Lunes 09 de Diciembre, 2019 - México / España
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AMLO ante el dolor de las víctimas



Está en curso una tragedia nacional. Tiene dos protagonistas. El primero son los amigos y familiares de los muertos o desaparecidos por la violencia, ellos son las víctimas. Otro protagonista es el Estado mexicano. Rebasado, no ha podido cumplir con su misión primigenia de brindar seguridad a los habitantes del territorio que gobierna. Incumple así con su parte del contrato social más elemental: obediencia a cambio de seguridad. En esta lógica, las víctimas podrían argumentar que ya no tienen la obligación de obedecer.

La relación entre ambos protagonistas es muy difícil. Están en tensión permanente. La tensión no desaparecerá mientras no haya justicia, o sea que los responsables de las desapariciones y los asesinatos sean llevados ante un juez, procesados y que paguen con cárcel sus delitos. En un país con las debilidades institucionales de México en materia de procuración e impartición de justicia esto es algo prácticamente imposible. Suena desalentador, pero así es.

López Obrador y su equipo se han metido a este problema desde la campaña como otro protagonista. Vieron el problema y se les ocurrió una propuesta de solución: el perdón. Así lo ha dicho en múltiples oportunidades el ahora presidente electo. Perdón, sin olvido. No funcionó. La sencilla razón es que no coincide con el afán de las víctimas, que no es perdón, sino justicia. Están en todo su derecho. AMLO y los suyos pensaron que la oferta del perdón sería bien recibida, que incluso los jerarcas de las diferentes iglesias estarían complacidos y que el mismísimo Papa Francisco vendría a darle su bendición. No ha sido así. Los jerarcas han mostrado más prudencia y se han mantenido al margen. Las esperadas ganancias políticas no llegaron. En cambio el presidente electo ha sido un sometido a un desgaste lastimoso.

No está mal tratar de obtener réditos políticos de cualquier tema, esa es la naturaleza de los políticos, eso no es criticable, sí lo es su afán de insistir en una fórmula que no transita. Aunque ha ido matizando su discurso y ya no menciona el tema de la amnistía a criminales y la invitación al diálogo a los capos de la mafia, ambos disparates colosales, el presidente electo insiste en privilegiar el perdón para lo cual, a pesar de los 30 millones de votos, no tiene autoridad moral para demandar.

 A partir del primer minuto del primero de diciembre, AMLO no asumirá el mando de una iglesia, será el jefe de Estado de Mexicano, y por lo tanto comandante de las fuerzas armadas, de la policía federal, de la PGR, del Cisen y de todos los órganos dedicados a la seguridad en el ámbito federal. Su obligación será utilizarlos para tratar de que el Estado cumpla su responsabilidad de proteger a los habitantes del territorio que gobierna. AMLO dijo que en su discurso de toma de protesta pedirá perdón a las víctimas, lo cual muestra su buen corazón que no tengo empacho en reconocer. La buena voluntad abre muchas puertas. No obstante hay que insistir sin que esto merme mi reconocimiento al buen corazón del presidente electo, que lo que todos esperan, comenzado por las víctimas, es una lucha efectiva contra la impunidad.

El único camino para lograrlo pasa por el fortalecimiento de las instituciones. Más y mejores policías, mejores jueces, mejores cárceles, además de acuerdos internacionales con los países productores de droga y con el principal país consumidor, que es Estados Unidos. Es un trabajo agotador y poco lucidor, pero es el único y las víctimas merecen que se recorra.

 

jasaicamacho@yahoo.com
@soycamachojuan

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