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PRI, un candidato ganador



A pesar de haber recuperado la Presidencia de la República en el 2012, el Partido Revolucionario Institucional no puede reestablecer el método de selección del candidato presidencial que estuvo vigente, con ligeras variantes, a lo largo del siglo pasado. ¿En qué consistía? En que el presidente saliente tenía la facultad, no escrita, pero indiscutible, de seleccionar de manera unipersonal  al candidato presidencial del partido en el poder. Como fue la era del partido hegemónico, casi único, la sucesión se decidía en ese trance. Las campañas de proselitismo no eran competitivas. Servían para que la gente conociera a quien sería presidente.


¿Con qué criterios se elegía? La idea era seleccionar a alguien que pudiera con el paquete, que no generara resistencias excesivas en el grupo del poder y que fuera leal al presidente saliente, su familia, para proteger sus intereses patrimoniales y políticos. De manera que hacía todo lo necesario para que el candidato emergiera con banderas desplegadas. Funcionó tan bien durante tanto tiempo que un afamado novelista, hoy metido en escándalos de la prensa del corazón, describió al sistema como “la dictadura perfecta” .


El sistema descarriló en Lomas Taurinas, la colonia popular en la que Mario Aburto disparó su revólver Taurus, de fabricación brasileña,  en la sien y el vientre de Luis Donaldo Colosio. El sistema también cayó agonizante. Se designó un candidato sustituto, Ernesto Zedillo, muy lejano al partido con el que estableció la afamada “sana distancia” y a la hora buena, en la elección presidencial del año 2000, lo dejó a su suerte con el resultado de que Vicente Fox, candidato del PAN, pudo presumir de haber sacado a los priistas a patadas de Los Pinos. Francisco Labastida abanderó a los priistas y reconoció su derrota. Hubiera sido un buen presidente, mucho mejor que Fox, no tengo duda. El sinaloense actuó como un demócrata y le levantó la mano al guanajuatense.


En el año 2006 el PRI hizo un papel ridículo, entre otras razones porque sus principales dirigentes Roberto Madrazo y Elba Esther Gordillo se trenzaron en un pleito vergonzoso, que los mandó a un lejano tercer lugar en las elecciones que ganó Felipe Calderón. Madrazo fue el candidato. Un político audaz, marrullero, pero sin una gota de carisma, que se agandalló a sus compañeros de partido y desde el Comité Ejecutivo Nacional operó para construir su propia candidatura. No está de más recordar que se formó al interior del partido un grupo que se conoció popularmente como el Tucam, Todos Unidos Contra Madrazo. En el 2012 las condiciones fueron otras.


Desde que Enrique Peña ganó la elección del Estado de México se estableció la idea de que el PRI tenía un gallo para retomar el poder en el 2012. No exagero al decir que a estas alturas del sexenio pasado todo mundo sabía que el mexiquense sería candidato presidencial  y que tenía posibilidades reales de ganar. La realidad se impuso y el partido lo nombró candidato sin ninguna resistencia formal. De regreso en Los Pinos el presidente recuperó la facultad de elegir a su sucesor, pero hay una diferencia colosal. Decir el nombre del ungido y ganar la elección son dos cosas muy diferentes.


El PRI tiene que elegir para el 2018 alguien que pueda con el paquete, que no genere rechazo sustantivo, que cuide los intereses del presidente saliente, pero sobre todo un candidato que pueda ganar en una elección competida, o sea con carisma y arrastre. ¿Lo tiene? La verdad es que no lo veo, pero se puede construir con tiempo, dinero y esfuerzo. Si el PRI quiere comenzar el proceso de construir un candidato ganador la víspera de la elección presidencial,  corre el riesgo de volver a la oposición.


@juan_asai

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