Martes 10 de Diciembre, 2019 - México / España
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Del ogro filantrópico al osito de peluche



Michoacán.- El caso de los Templarios y los autodefensas de Michoacán es uno de los asuntos más relevantes del quehacer político y social del país en las últimas décadas. Puede competir, por su trascendencia, con cualquier otro tema, incluidas las dos transiciones de poder presidencial. Para que los autodefensas emergieran, el Estado mexicano tuvo que desvanecerse, hasta  desaparecer. Esto sucedió en la región del territorio nacional conocida con el nombre de Tierra Caliente, donde, en pleno siglo XXI, con México considerado como una de las principales economías del mundo, bandas del crimen organizado ejercieron el poder real, sometiendo a gobernadores y  presidentes municipales y policías locales y, hay que referirlo para comprender la profundidad del problema, soldados y marinos.

Una banda dedicada al tráfico internacional de estupefacientes y de mercancías que si bien era fuerte en pequeñas localidades de difícil acceso, también lo era en lugares como el puerto de Lázaro Cárdenas, uno de los más importantes de América Latina. Supuso, en consecuencia, que agentes del Estado, ciudadanos se aliaran en los hechos con los delincuentes para crear una suerte de Estado alterno, en el cual los jefes de las bandas ostentaban el poder real sobre vidas y haciendas. La narrativa definitiva sobre lo sucedido apenas se está escribiendo. Periodistas notables, pienso en Denise Maerker, se han dado a la tarea de armar un rompecabezas que parece disparatado, o, mejor aún, de atar los cabos sueltos que son cientos.

No sorprende que en el fundamento de todo esté la dupla corrupción-impunidad que ha sido letal en territorio nacional a lo largo de la historia de México como nación independiente. Suena excesivo, pero se ajusta a la realidad. Grupos de bajo perfil de cultivadores de droga, a quienes autoridades federales y estatales “dejaban trabajar” en santa paz sin hacer mucho ruido, comenzaron a tener éxito inusitado, lo que abrió el apetito de cárteles más ambiciosos, más violentos, más agresivos que irrumpieron en la zona como cuchillo en mantequilla, sin encontrar apenas resistencia por parte de las autoridades que optaron por dar un paso de lado, no meterse en líos, y aceptar como algo normal que estuvieran a sueldo de la delincuencia, comenzando a sentar las bases de una cultura de la ilegalidad que explica lo complejo del fenómeno.

Como los delincuentes tenían control sobre las autoridades no tenían que esconderse ni actuar en las sombras, ni nada por el estilo. Al contrario, comenzaron a realizar sus actividades ilegales a plena luz del día, mostrando la cara, conviviendo de hecho con las víctimas de su estrategia de extorsión. Algo francamente desalentador que apenas puede creerse.  Menudearon los testimonios de habitantes de esas comunidades que juraban haber presenciado que agentes policiacos y connotados delincuentes convivían en, digamos, una cantina, “chupando tranquilos”, y despedirse con grandes abrazos y palmadas en la espalda.  Las autoridades federales e incluso los centros de inteligencia de Estados Unidos, con presencia irrebatible en la zona, no actuaron en consecuencia.  Preocupados por los problemas de violencia en la franja fronteriza no repararon en el crecimiento y desbordamiento del problema de inseguridad en la zona, en particular en Tierra Caliente.

Recuerdo pláticas con reporteros locales en las que se describían fiestas de los narcos con sus camionetas, su música, sus armas, sus mujeres, animando las noches de los municipios de Tierra Caliente, como si se tratara de una isla ajena al Estado nacional. Los límites entre los ciudadanos y los delincuentes se borraron. Comenzaron a notarse tiempo después cuando los malandros comenzaron a torturar a poblaciones enteras ejerciendo control sobre las actividades productivas de la región. El Estado mexicano, el mismo que protagonizó la era de la dictadura perfecta que tanto intimidó a los intelectuales de América Latina, el llamado ogro filantrópico resultó ser un osito de peluche que cedió la plaza y permitió, en un exceso que avergüenza a los hombres en uniforme en este país, que la delincuencia apilara una docena de cuerpos ejecutados de agentes federales para mostrarlo como escarnio, para demostrar quién tenía el mando. Lo tenían ellos, ¿cómo nos pudo ocurrir algo así?

jasaicamacho@yahoo.com

@juan_asai
 

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