Jueves 12 de Diciembre, 2019 - México / España
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Las horas y las deshoras



La explicación justificadora del fiscal de Guerrero, don Xavier Olea, respaldada por el gobernador Héctor Astudillo en cuanto al asesinato y la inutilidad de las escoltas cuya presencia iba (en teoría) a proteger la vida del pobre alcalde de Pungarabato, Ambrosio Soto Duarte (RIP y QDDG), nos aclara muchos de los grandes misterios de la historia, incluidos algunos magnicidios notables.

Los funcionarios guerrerenses, con la sabiduría de quien acaba de inventar el agua tibia, nos han dicho:

“… el alcalde de Pungarabato, Ambrosio Soto, se arriesgó al viajar por la noche a Michoacán, sin tomar en cuenta que estaba amenazado por la delincuencia organizada.

“Soto Duarte fue asesinado a balazos en San Lucas, municipio perteneciente al estado de Michoacán. De acuerdo a la información proporcionada por funcionarios de la administración de Pungarabato, el munícipe regresaba del municipio de referencia, estaba por pasar Riva Palacio para ingresar a la demarcación que gobernaba, cuando fue víctima de un atentado a balazos.

“Ante esto, Xavier Olea dijo en una entrevista televisiva que ‘lamentablemente tomó una decisión de ir a deshoras a Ciudad Altamirano a sabiendas de que había sido amenazado. De noche para cualquier ciudadano es peligroso viajar, no sólo por seguridad sino por cualquier eventualidad’”.

Dicho lo anterior podemos deducir dos cosas: no debemos salir a deshoras pues como todos sabemos de noche son pardos todos los gatos y los malos salen a hacer las maldades imposibles bajo la luz del sol. Ni viajar a deshoras ni andar en malas compañías. ¡Ah! Y comes frutas y verduras.

Visto lo anterior ahora entendemos: a Colosio lo mataron en Lomas Taurinas, cuando no había aún penumbra favorecedora, pero fue por haber ido a Tijuana. Si hubiera estado en su casa no le habría pasado nada, como tampoco a Jesucristo. Lo crucificaron por estar en el peor momento de la historia, entre truenos y centellas de Cecil B. de Mille, en una hora inconveniente, sobre el cerro de la Calavera.

Malo fue el horario de Julio César en el Senado (hubiera ido mejor a la orgía de al lado) y peor la mala hora de Cuauhtémoc cuando navegaba en su piragua por Tlatelolco en vez de llamar un Uber lacustre de los de aquel tiempo. Todo es culpa del reloj.

“La mala hora” se llama una obra de Gabriel García Márquez seguramente incógnita para el hoy difunto munícipe guerrerense, quien además de todo era terco y obstinado, pues si ya sabía de las amenazas sobre su edilicia cabeza, cómo no se le ocurrió suicidarse antes para evitar el crimen. Ésa es una forma segura de inhibir un atentado. El consejo se lo pudo dar también Xavier Olea, ¿No?

También pudo releer la crónica de la muerte anunciada, como no hizo Santiago Nasar.

Hoy ya lo sabemos: los narcotraficantes, en constante amago sobre las tierras de la zona caliente de Michoacán y Guerrero, respetan las fiestas de guardar y sólo asesinan a deshoras. Ahora y en la hora de nuestra muerte… amén.

Pero a mí me queda una pregunta: ¿cuáles son las horas y cuales las deshoras? Y otra cosa me escuece igual: ¿cuál es la madre y cuál es el desmadre?

Ya lo sabemos ahora. Si usted quiere ir por una carretera, digamos a Acapulco y detenerse a desayunar en Chilpancingo, por ejemplo (es como Lisboa, pero sin agua), y un bloqueo lo detiene, la culpa es suya por viajar a deshoras. Debería usted circular cuando los profesores no han salido del mullido lecho para colocar la barricada, pero ahí corre el riesgo de otra “deshora” y entonces lo atacan los otros salteadores de caminos.

Usted siempre vive a deshoras; ellos deciden las horas.

Si John Kennedy hubiera puesto su convoy a las tres de la mañana por Dallas y con las luces del alumbrado público apagadas, seguramente la puntería de Oswald no habría cambiado el curso de la presidencia estadunidense. Nunca habría llegado Trump a encabezar a los Republicanos, por ejemplo.

Esa puntada de Olea, joya del humorismo involuntario, me recuerda una anécdota sinaloense.

Un gatillero había recibido el encargo de matar a un político muy notable. Pero por cosas de la vida éste le había hecho al pistolero un favor, años atrás. Y aquel le quiso expresar su gratitud.

—Oiga amigo –le dijo–, si lo veo mañana en la carretera para donde va ir usted a Mazatlán, lo mato.

—Gracias, pero de todos modos voy a ir.

—Pues si lo veo, lo quiebro. Se lo aviso.

El político se guardó en la cajuela. Pasó a la hora ya sabida y el gatillero tuvo el auto y al chofer en la mira. Lo sabía, su “encargo” estaba dentro del coche, pero él era un hombre de palabra. Le había jurado disparar si lo veía, pero así como iba… no lo vio.

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