Domingo 21 de Abril, 2019 - México / España
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Catástrofes; cambios políticos y sociales



Si Miguel Alemán hubiera sometido a consulta pública la construcción de la Ciudad Universitaria, de seguro Carlos Lazo y los demás maestros de la arquitectura habrían visto cómo se hacían viejos los proyectos en una gaveta.

Quizá los más sesudos analistas de la sociología no hayan reparado en la forma como los fenómenos naturales inciden en los cambios políticos, pero en México tenemos varios ejemplos de ello.


La historia de la ciudad de México, con toda su exageración mitológica en torno de la participación civil espontánea y mirífica, no sería igual sin los sismos del 85. La réplica de esa movilización de vecinos y espontáneos no solamente creó una corriente ya irreversible de participación (aun cuando a veces participar se confunda con obstaculizar, bloquear o nada más protestar por sí o por no), con la cual se deben planear los actos de gobierno, especialmente la obra pública.


Hace unos días, durante una sesión del consejo en cuya sede se discute mucho y se debate hasta el cansancio sobre detalles, a veces niños, para decidir el destino de la consulta para ver si los consultados deciden algo en torno del proyecto de la avenida Chapultepec, me surgió una duda: si Miguel Alemán hubiera sometido a consulta pública la construcción de la Ciudad Universitaria, de seguro Carlos Lazo y los demás maestros de la arquitectura habrían visto cómo se hacían viejos los proyectos en una gaveta.


La Ciudad Universitaria, sencillamente, no existiría. Los ejidatarios de la zona (como sucedió después en Santa Úrsula) habrían tirado al jefe del Departamento Central.
En casos más recientes muchas obras importantes y útiles, por ejemplo la Supervía Poniente, no se podrían haber hecho (como tampoco los segundos pisos) si diez o doce notables se hubieran puesto a discutir interminablemente sobre si las preguntas mismas de la consulta deben ser ocho o diez y si deben participar en ella sólo los habitantes de Cuauhtémoc, los de todo el DF o los de la Zona Metropolitana y hasta los anillos de Saturno, si éstos tuvieran habitantes.


Es más, el mismo desfile del 16 de septiembre se suspendería (a veces no importa suspender una celebración si se puede hacer otro día) si la ruta de los tanques y caballos se sometiera a la opinión de los vecinos.


La participación social implícita en los compromisos políticos del jefe de gobierno, el doctor Mancera, cuyo informe mañana de seguro incluirá frases importantes y definiciones en torno de la concurrencia y la gestión combinada, no puede ser un elemento de parálisis, sino una garantía de satisfacción ante observaciones legítimas.
Cuando son legítimas y no las observaciones, es asunto cuya naturaleza sólo se da con el profundo conocimiento político de cómo operan las fuerzas en el entramado a veces subterráneo del poder.


Cuando Carlos Hank iba a hacer los ejes viales hubo una notable movilización vecinal, obviamente adversa (ya se gestaba el germen del “contratismo”, es decir, estar en contra). El pretexto eran los árboles. Los pobres arbolitos, cuyo conjunto boscoso es, en cualquier caso, un recurso renovable.


Hank (otros eran los tiempos y los modos) simplemente dijo:—Me quieren torcer el brazo, pero primero me lo quiebran y después inauguro los ejes viales. Lo hizo y la ciudad logró unos cuantos años más de fluidez vehicular. Nadie se murió de asfixia y Juan Siles movió árboles y palmeras por toda la ciudad. No sobrevino una catástrofe ecológica y la obra todavía hoy funciona.


Lo mismo sucederá en el paso deprimido de Insurgentes y Mixcoac. Las cosas se resuelven haciendo algo, no protestando con la pancarta por la muerte de un ficus, el cual se puede reemplazar por otros diez.


En este sentido llama la atención la otra mitología: la condena al automóvil como si los vehículos de motor fueran entidades con vida propia (alienígenas perversos). Cuando alguien condena el uso del automóvil, debería pensar en quién o quiénes van a bordo de dicho auto.


Se condena la lámina rodante como si no fueran los propios habitantes de la ciudad quienes los utilizan.


Y cuando se quieren desarrollar espacios donde no haya automóviles y se mejore la operación de autobuses y bicicletas, como ese segundo piso peatonal de Chapultepec, entonces también hay quejas.

¿Por fin?


EGIPTO
Por lo menos deberíamos decirle golpe bajo a esa alusión egipcia para exculpar al gobierno de la muerte de civiles y extranjeros en un ataque confuso y mal planeado. Decirles a los mexicanos (por lo menos a la secretaria de Relaciones, Claudia Ruiz Massieu, solícita y atinente en su labor) sobre las bajas “colaterales” en la lucha contra el narcotráfico, es llevar las cosa demasiado lejos en la autojustificación.

 

rafael.cardona.sandoval@gmail.com

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