Jueves 22 de Agosto, 2019 - México / España
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La edificación humana



Aprender de los animales ser más humanos.

Seamos honestos: si en los périodicos se publican artículos sobre crímenes y la crueldad humana, los leemos; si en la noticias se presentan todo tipo de catástrofes y crueldades las vemos, y nos lamentamos de la violencia y de los desastres, nos impactamos de lo cruel que puede ser el hombre con otro hombre.

Pero si se publicará un artículo sobre la violencia de los seres humanos contra los animales, seguramente pasaría de largo. No será comentado en la mesa familiar del domingo y la página con semejante artículo sería usada para diferentes necesidades domésticas…

Escribo estas líneas, consciente de que a muchos no les va a importar, pero al menos sé qué no crucé mis brazos, que no cerré mis ojos y no quedé indiferente. Les hablaré de la importancia de los animales para que el ser humano se vuelva una persona e inicio con las palabras de Tolstoi que “si un hombre aspira a una vida correcta, su primer acto de abstinencia es el de lastimar animales”.

Vivo en una sociedad donde los animales representan para muchos una plaga, unos seres que deben ser exterminados o, si ya no satisfacen nuestros gustos, abandonados. Desde que llegue a México me ha tocado ser testigo de tres actos de crueldad contra los animales, sin contar la historia de cómo encontré a mi perrita, un Scotch Terrier de raza fina, abandonada, sub-nutrida, llena de heridas y con traumas hacia ciertos objetos que para ella representaban una amenaza (escoba y diferentes objetos con los cuales se podía pegar). Sin duda, era un perro que sufrió actos de violencia. La hemos adoptado y hoy es una perrita que se curo debido al amor que recibió de nuestra parte. Porque si todavía hay algunos que no saben...el amor es la mejor cura para las heridas.

Pero no insistiré en esta historia, sino quiero mencionar aquellos otros actos de crueldad de los cuales fui testigo. Uno de estos actos paso hace unos cuatro años atrás. Era pleno día y nos encontrábamos en nuestro coche (mi esposo y yo). Frente a nosotros un individuo manejaba con mucha velocidad, en un lugar donde podían haber pasado niños u otras personas. Me llamo la atención. De repente, a distancia, vimos dos hermosos perros de raza labrador: uno negro y uno color chocolate. Andaban desorientados. Se veía claramente que escaparon de sus casas y no sabían orientarse en plena calle. Quisieron pasar la calle y lo inevitable se produjo. Fue el momento cuando mi corazón se congelo: el individuo que manejaba un coche tipo pick-up, pego con toda la velocidad la os dos perros y se fue huyendo sin siquiera haber parado. Grité. Dimos la vuelta: el labrador negro, herido, logró huir. El labrador color chocolate estaba tirado en la calle, todavía respirando. Lo subimos en nuestro coche y nos dirigimos al veterinario. El labrador atrás, respiraba pero su mirada estaba perdida. Lloraba. Llegamos al veterinario. El resultado después de la consulta: hemorragia interna. Empecé acariciar el perro entre lágrimas que no podían ser paradas. En unos minutos…murió.

Salimos de allá con mucha tristeza con un sentimiento de rebeldía. Pero ¿a quién gritar? ¿a quien reclamar? ¿dónde desapareció el asesino? ¿cómo podía dormir tranquilo aquel hombre que le pego a dos perros de un paso?

El otro hecho paso hace unos mese atrás. Salí a caminar con mi perrita. Desde hace dos años, fuera de mis edificios, yo y mi esposo cuidamos de unos gatos que fueron abandonados. A cuatro de ellos los cuidamos nosotros dándoles comida y un poco de cariño. No molestan a nadie.

Algunos vienen de vez en cuando, para pedir comida. Así paso en aquella tarde que paseaba con mi perrita. Estaba caminando y pasé la calle dentro del “residencial” donde vivimos. Atrás de mí, paso con velocidad, una señora en su coche. Regresaba, probablemente de su trabajo. De repente, intrigada de la velocidad que tenía la señora dentro de los condominios, miré y atrás de su coche y vi un gato dando vueltas y vueltas. Grite. El gato se arrastró tras un coche. La parte de atrás, su dos patitas, no las podía mover. Logre llevarlo en mis brazos y la puse en el jardín, en la hierba. El gatito respiraba difícil. Asustada me fui a buscar en la casa medicinas y un poco de leche. Pensaba que se podía curar, que la podía ayudar. Regresé. Junto a la gatita un señor de la vigilancia. La gatita empezaba a sacar sangre por su boca. Entendí. Empecé a llorar. Sabía que ya no podía salvarla. Lo único que pude hacer fue acariciarla hasta que frente a mis ojos la gatita dejo de respirar. Me imagine que le crecían alas y que poco a poco se iba allá donde sólo los ángeles viven.

Regresé a mi casa sin poder controlar mis lágrimas. Mi perrita me recibió con su mirada preocupada. Se sentó junto a mí para compartir conmigo el dolor. Los animales saben acompañarnos de manera desinteresada tanto en la alegría como en el dolor.

Les dije que desde hace dos años estamos cuidando cuatro gatitos: uno que nació en una llanta de un coche y fue abandonado por su mamá; otros dos llegaron y se apegaron a nosotros –dicen que los animales nos eligen- y otro que hace unos meses llegó asustado y tan flaco que se le podían ver las costillas. Ahora es un gato hermoso y sano. Estos gatos son ya de aquí. No molestan a nadie, andan escondidos, cuidan el lugar de ratones y otros animales de tierra y nos alegran el día al verlos cuando salimos a pasear con nuestra perrita. Hace unos días atrás nos enteramos que algunos vecinos decidieron matarlos, supongo con la intención de envenenarlos, por la simple razón que los gatos se suben, de vez en cuando, encima de sus coches. Me quedé sin palabras. Llore. Tratamos de hablar con la gente que se quejan pero están desaparecidos. Solo aparecen para amenazar pero no dan la cara para dialogar. Recientemente aprendí de un gran maestro de mi corazón que en hebreo, Satán significa el que acusa y no da la cara. ¿Y nos seguimos preguntando de donde viene el mal?

Tratamos de convencer a los que administran el lugar que los animales son inofensivos, esterilizados (porque también nos hemos ocupado de esto, mientras…) y que si se suben a los coches lo hacen porque buscan el calor cuando hace frío. Sin embargo, no hay con quien dialogar -y recuerdo al filósofo Martin Buber que nos decía que no somos personas si no estamos dispuestos al diálogo...La presencia de cuatro gatitos afectan “los intereses” de algunos. Debemos buscar protección y forma de que no maten a estos seres llenos de bondad que no afectan la existencia de nadie en particular, solo algunos “intereses”.

Y por lo último, para que entiendan mi llamada, hace unos días algunos niños dejados solos afuera, sin ser supervisados por sus padres, encontraron que es una gran diversión tirar con piedras a los gatos.

Les pido que reflexionemos juntos: vivimos en una sociedad que se pretende avanzada, con muchos desarrollos, que se pretende innovadora. Luchamos para los derechos humanos, para los derechos de todo tipo, cosa que está muy bien. Pretendemos ser unos “buenos cristianos” y tenemos la pretensión de ser éticos. Pero hay un largo camino hasta allá. No existe un ser humano ético sin que la eticidad se refleja en su manera de relacionarse con su mundo. No solo con otro ser humano, sino con nuestro mundo, con todo lo que éste tiene incluido. Porque, les recordaré que el mundo no solo es el hombre. Si abrimos la Biblia, en el primer libro, el del Génesis se dice lo siguiente: “E hizo Dios animales de la tierra según su género y ganado según su género y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen conforme a nuestra semejanza…” ( Génesis 1. 25-26)

Curioso hecho: ¡Dios creo primero a los animales y luego al hombre para que cuide a los animales…!

Hoy pretendemos educar a los hijos para el futuro; para un “un mundo mejor”, “un planeta ecológico”, pretendemos educarlos en escuelas de alto nivel educacional y cristiano y no hay una sola clase, fuera de la biología, donde enseñarles ser mejores personas cuidando y respetando la naturaleza y los animales. ¿Qué es lo que pasa? La mayoría de los niños ven en los animales un juguete, un ser que se puede tener por gustos y satisfacción de deseos. ¿El resultado? Padres que dispuestos a ofrecer a sus hijos todo lo mejor, ya no saben diferenciar entre sus necesidades y sus caprichos. Si el hijo quiere hoy un perro, porque su amigo tiene, mañana el papá le comprará el perro. El niño juega un rato y en una semana ya está aburrido ya no lo quiere porque aquel animal de compañía (gato o perro) exige de cuidado, de respeto y de responsabilidad. El siguiente paso es deshacerse del animal. Soltarlo en la calle es, para muchos, “una buena solución”.

Conforme los hechos, ¿cuál es la lección que aprende un niño? Que en cualquier momento nos podemos deshacer de aquello que no nos guste. Y desafortunadamente, tras este tipo de hechos, los padres se siente estupidamente contentos de haber satisfecho los caprichos de un niño. De lo poco que sé, los niños se educan mediante el ejemplo. Cuidar y hacerse responsable de los animales es la mejor manera de hacer crecer en el corazón del niño la bondad necesaria pare ser un adulto capaz de vivir éticamente en la sociedad. Si no, lo único que se desarrolla en el niño son sus potencialidades de llegar a ser un individuo egoísta, incapaz de convivir en una comunidad e incapaz de relacionarse con su mundo, pero si capaz de utilizarlo conforme sus caprichos.
Y no lo digo para hacer moraleja, lo dice uno de los grandes filósofos personalistas, de inicio del siglo XX, Martin Buber, quien nos enseña que el ser humano es el único capaz de establecer una relación con el mundo. La verdadera relación es yo y tú, ahí donde está presente el espíritu; donde está presente Dios: “Los ojos de un animal tienen una gran facultad de lenguaje. Por sí solos, sin precisar la ayuda de sonidos y gestos, elocuentes al máximo cuando dependen de su propia mirada, expresan el misterio de su cautiverio natural, o sea, en la ansiedad del devenir. Sólo el animal conoce ese grado del misterio, sólo el animal puede revelárnoslo, sin descubrírnoslo del todo. El lenguaje en el que esto sucede es lo que el lenguaje mismo dice: la ansiedad, la oscilación de la criatura entre los reinos de la seguridad vegetal y de la aventura espiritual. Ese lenguaje es el balbuceo de la naturaleza al primer contacto del espíritu, antes de que ella se entregue a su aventura cósmica, a la que llamamos “ser humano”. Pero ninguna palabra repetirá jamás lo que ese balbuceo es capaz de comunicar. A veces, miro un gato a los ojos. El animal domesticado no ha recibido de nosotros, como tendemos a creer, el don de la mirada “elocuente”, sino solamente –y al precio de su inseguridad natural- la capacidad de dirigir esa mirada hacia nosotros, las bestias feroces. Y con esa capacidad ha penetrado en esa mirada, en su ocaso y aun en su amanecer, una mezcla de asombro y de interrogación que falta por completo en la mirada salvaje, aun con toda su ansiedad. Sin duda, la mirada de este gato empezó por preguntar, resplandeciendo al contacto de mi propia mirada: ¿”Es posible que pienses en mí? ¿De veras no te basta con que te entretenga? ¿Acaso te intereso? ¿Existo para ti? ¿Existo? ¿Qué es lo que viene de ti a mi? ¿Qué es eso a mi alrededor? ¿Qué hay en mí? ¿Qué es eso?”…Así surgió la mirada del animal, ese lenguaje de la ansiedad, en toda su dimensión, y así también se desvaneció…” (Martin Buber, Yo y Tú, Lilmond, Argentina, 2006, p. 87-88).

Les recuerdo: la relación con los animales nos hace mejores seres humanos.  No lo digo porque así me parece; todos lo grandes hombres de la cultura han sido posesores de animales. ¿Por qué? Pues porque sólo tienen de verdad cultura los que saben respectar y amar su mundo. George Bernard Shaw nos decía que “El peor pecado que cometemos contra nuestros amigos las animales no es odiarlos, es ser indiferentes con ellos. Esa es la esencia de lo inhumano”. Hemos domesticado a los perros y a los gatos desde hace aproximadamente 15 mil años…y ahora buscamos desesperadamente deshacernos de ellos. ¡Pues, esto implica, les recuerdo, deshacernos de nuestra historia y prehistoria! Y cuando el hombre se deshace de su pasado se vuelve un extranjero en su mundo…

Hoy pretendemos ser civilizados, pretendemos educar a los hijos saludar al vecino, pero bien nos deja indiferentes si tira con una piedra en un animal. Pero …¡cuidado padres de hijos!: hoy puede tirar con una piedra en una animal, mañana tirará en un hombre.

Hoy pretendemos vivir en residenciales lujosos, con coches caros, educarnos en escuelas de alto nivel; aspiramos a subir de niveles sociales mediante todas las mediocridades posibles, pero no nos preocuparnos elevar nuestro espíritu hacia la humanidad. Ser humano, que así nos definimos, significa elevar el espíritu, por eso la tarea del hombre es hacerse humano …no bestia.

¿Cómo nos hacemos humanos? Luchar contra los caprichos y los egoísmos que se apoderan de nuestras almas: tener piedad con los animales, respetarlos, cuidarlos y enseñar a las generaciones que vienen después de nosotros que los cuiden. Un animal no es una plaga, no es algo sucio: el animal es el ser que Dios crea antes que el hombre. El animal, y más doméstico, necesita de la presencia del hombre, de su cuidado y de su cariño. Esto es lo que quieren cuando nos miran. Si esto no es convincente, Fred A. McGrand decía: “La crueldad ha maldecido a la familia humana durante incontables eras. Es casi imposible que alguien sea cruel con los animales y amable con los humanos. Si a los niños se les es permitido ser crueles con sus mascotas y otros animales, aprenderán fácilmente a adquirir el mismo placer de la miseria humana. Estas tendencias pueden fácilmente concluir en el crimen”.

Queridos adultos, padres de hijos, que son hermosos seres en devenir, en lugar de comprar IPods, IPads y todas las cosas que la tecnología nos vende como un cuento de hadas, en lugar de dejar olvidados a sus hijos frente a la tele viendo quien sabe qué, en lugar de comprar a los niños ropa cara y acostumbrarlos a un mundo de ocios, les sugiero enseñarles respectar el mundo en el cual vive; enseñarles una película que habla sobre la vida de un perro -les puedo inclusive sugerir: Hachi o el Red Dog. Son historias en donde sólo el que no tiene corazón no vibra a la belleza de la edificación humana mediante los animales; enseñarles cuidar a un animal, enseñarle convivir, en comunidad, con otro ser vivo, respetar la naturaleza. Les propongo: dialogar con sus hijos sobre como deben respetar su mundo de verdad.

Hemos destrozados bosques, hemos invadido y quitado el habitad natural de los animales, hemos levantados ciudades enteras y pretendemos vivir en sociedad, pero no queremos ver animales, ni pájaros ni insectos…porque son plagas. Pues les recuerdo que allá donde viven, en aquel lugar, vivió una vez un animal, un pájaro o un insecto…Antes que fuera su casa, fue el mundo de estos seres vivos sin la cual la vida en la tierra sería imposible. ¿Por qué? Porque aquel que pasó un poco por la escuela …debería saber.

¿Les molestan mis palabras? A mi también me duele su indiferencia. ¿Te duele que esto es el mundo en el cual vivimos? A mi también me duele. Pero tú leerás esto, te intrigarás y mañana o pasado mañana olvidarás. Yo pienso día y noche porque miro en los ojos de los animales, en especial los gatos que he cuidado y que se desean ser eliminados, y no sé como responder a su inocencia… y a esta mirada que me dice…”no me decepciones, cuídame”.

Otra vez les pregunto: ¿están dispuestos a entender que la bondad se educa en relación con la naturaleza y los animales? ¿Queremos avanzar? ¿Queremos cultura y civilización?¿Un mundo mejor para nuestros hijos? Pues escuchen y hagan presentes en sus vidas las palabras de Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral puede ser juzgado por la forma en que sus animales son tratados”.

He visto, queridos lectores de estás paginas, que la maldad humana es tan presente y se refleja en la forma en la cual tratamos a los animales. Y les digo, porque lo creo: ¡Que no pretendas tú, que no amas a un animal o al menos no lo respetas, ser una persona noble y moral, porque vivirás en el mayor engaño de tu vida! ¿Qué no pretendas que diario le pides a Dios por tu familia, si por tu mente te pasa envenenar a un animal, porque vivirás en una gran mentira: Dios no está para los que no saben amar de verdad! ¡Qué no pretendas tú, el que enseñas ética y te crees un ejemplo a seguir, ignorar el sufrimiento de un animal, porque entonces serás una bestia!

Decía el gran escritor ruso, Dostoievski: “Ama a los animales: Dios les ha dado los rudimentos del pensamiento y gozo sin problemas. No disturben su gozo, no los hostiguen, no los priven de su felicidad, no trabajen contra las intenciones de Dios! Hombre, no te vanaglories de tu superioridad ante los animales; ellos son sin pecado, y tú, con tu grandeza corrompes la tierra con tu aparición en ella, y dejas el rastro de tu estupidez tras de ti. Ah! Es la verdad de casi todos nosotros.”

To be continued….