Miércoles 20 de Febrero, 2019 - México / España
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¿Qué significa viajar?



“Nada muere para los que creemos en los recuerdos”.

Mauricio Wiesenthal, a través de su escrito “oceánico”, El esnobismo de las golondrinas, nos invita a viajar redefiniendo el sentido de lo qué significa viajar, una entrega a la aventura, al conocimiento y a la pasión por la comprensión de un tiempo, de una época. Estamos acostumbrados, hacer las maletas, subirnos a un tren o un avión, o también en un coche, ir a un lugar, ver las cosas turísticas, hacer unas que otras fotografías y con esto llenar nuestros álbumes de efímeros recuerdos. Hoy pensamos que viajar es pasar de un sitio al otro, consumiendo turismo (compras, museos, restaurantes etc), pero Wiesenthal nos enseña qué significa viajar: comprender el sentido de estar en este camino de búsqueda, equivalente con la idea de búsqueda de sentido.

Hoy en día, reflexiona el autor, “Los turistas se lanzan sobre los monumentos acumulando datos, fechas, nombres, dimensiones… y olvidan lo más importante” (11). Wiesenthal propone viajar diferente, un viaje por la cultura viva de Europa, que no está en los famosos monumentos o en los famosos museos, en los malls o en las tiendas de recuerdos; Wiesenthal nos enseña una forma peculiar de viajar o, más bien, regresa al viaje su sentido genuino así como lo expresaba Heródoto. ¿Cuantos recordamos que el sentido primero de la filosofía era el viajar? En sus Historias, Heródoto relata el encuentro entre Solón, uno de los Siete Sabios y el legislador de Atenas, con el rey de Lidia, Creso. Este último se dirige a Solón, diciendo: “Mi huésped ateniense, el rumor de tu sabiduría, de tus viajes, ha llegado hasta nosotros. Se nos ha dicho que teniendo el gusto de la sabiduría, visitaste muchos países, movido por tu deseo de ver”. (Heródoto, Historias, I.30). Retomando el relato de Heródoto, Pierre Hadot, afirma que en ésta idea encontramos lo que originalmente significaba filosofía: “Los viajes que Solón emprendió no tenían otro objetivo que conocer, adquirir una amplia experiencia de la realidad y de los hombres, descubrir al mismo tiempo comarcas y costumbres diferentes”. (Pierre Hadot, ¿Qué es la filosofía antigua?, Fondo de Cultura Economica, México, 1998, 28)

Esto es el sentido del auténtico viaje, ya que viajar es buscar la belleza, la verdad, conocer y reconocer. El viajero es el hombre libre y viajar significa vivir porque la vida misma, como menciona el autor, es una ida y una vuelta. Es así como Wiesenthal se encamina hacia el viejo continente, tratando de recobrar el sentido de la  cultura olvidada en las esquinas, en los cafés de su vieja Europa; quiere salvar a este continente que invadido “por la globalización, por los nuevos ricos o por el optimismo de las vidas triunfantes” (13) se va muriendo, va desapareciendo, mientras que la Europa, “mí Europa”, como afirma el autor, “es tan pequeña que hubo un tiempo en que la recorríamos a pie, tan vieja que es cosnciente de que el crepúsculo embellece las cosas” (13). Como Montaigne, Wiesenthal, es el filósofo-viajero cuya sabiduría se descubre en la experiencia del camino: una nueva comarca, una nueva cultura…, conocedor de hombres y de la realidad. Montaigne, en su libro Itinerario narra su viaje por Europa, el esplendor de una cultura que nace en el viaje, en la calle, en los olores y las comidas…

En estas páginas la intención no es la de escribir una reseña, sino de compartir mi propia aventura al leer a Wiesenthal, un autor, hasta hace unos meses, desconocido para mi. Leyendo a Kierkegaard uno se da cuenta lo incomodo que representa para un autor la famosa reseña: ni bien aparece un libro y nos apuramos en escribir la reseña, momento catastrófico si el lector se limita a leer solo la reseña, dejando el libro y el autor olvidados o mutilados en la reseña o crítica. Con mucha ironía afirma Kierkegaard a través de su seudónimo N.N. (Nicolaus Notabene): “<¿Has leído la excelente reseña?>. <No>. <Entonces, es preciso que la leas. En verdad debes leerla; es justo como si yo mismo la hubiera escrito>. (…) <No la he leído todavía, pero un amigo de fuera, que es inteligentísimo y un entendido en esto, me dijo que el libro no cumple con lo esperado, aunque tiene algunos pasajes hermosos>”. (Kierkegaard, Prefacios, Univ. Iberoamericana, México, 2011, 19)

Debo confesar que he escrito reseñas y, a lo mejor, he sido por un momento, la mirada vigilante o “la policía de servicio”, como llama Kierkegaard a los reseñadores, de algún otro texto académico o no, he pasado por este ¿error? El mismo Kierkegaard hace un tipo de reseña en su escrito: La vida de una actriz. Pero hay libros que no se pueden reseñar, sin embargo, transmiten al lector este deseo de compartir con otro (inclusive un amigo imaginario) las vivencias que un texto o un autor inspiran. Por eso, en las páginas siguientes, no quiero escribir una reseña,  no quiero transformarse en un “garante de la opinión del público lector” (Kierkegaard, 20), tampoco posar en una erudita en cuanto el presente autor, sólo quiero llenarme con la alegría de leer este libro, y transmitirla más allá…Porque cuando algo se recibe, algo se debe dar…Y así como yo recibí el regalo que el autor me ha hecho a través de este libro, así yo siento la necesidad de compartir esta alegría, y me voy hacia mi amiga más cercana…la página blanca; a ella le compartiré primero mi experiencia.

El descubrimiento del estilo y de la pasión que expresa Wiesenthal se dio con la lectura del libro León Tolstói. El viejo león, que me sedujo a través del estilo intenso y apasionado con el cual escribe sobre Tolstói; desde aquélla primera lectura, Wiesenthal se volvió un escritor que me llama la atención. Confieso que no domino su literatura, pero tengo esta inquietud de descubrir ya que Wiesenthal no sólo es conocedor de algunos personajes famosos del siglo XX, pero Wiesenthal me remite a la idea de qué significa un hombre enamorado por la cultura.

Con Wiesenthal empiezo a viajar, como las golondrinas, hacia tiempos pasados que guardan este aire nostálgico, pero, a la vez, nos revela algo muy valioso que los tiempos actuales han olvidado o, prácticamente, han borrado de sus áreas de interés: me revela el sentido del tiempo, el sentido del arte, de la literatura, de la creación en general; el sentido de las tradiciones, de la historia; en otras palabras me revela aquella Europa que todos los enamorados de la cultura, literatura, filosofía o historia, buscamos. Con Wiesenthal uno se siente seguro en este viaje; no sólo escuchas el movimiento del viejo Orient Express, no sólo sientes el aroma de los cafés en los cafés de Viena, no sólo recuerdas, como en un sueño, el movimiento intenso del Danubio, pero sientes esta intimidad, este atrevimiento de sentarse junto a él y tomar una buena copa de vino, y escuchar; transformándote en aquél testigo silencioso y secreto de su confesión. Por eso, estás páginas representan no una reflexión, no un análisis, no una reseña, sino que comparten esta experiencia de escuchar a Wiesenthal y viajar, junto con él, por la auténtica cultura de Europa.

Wiesenthal es un viajero, no un turista desorientado en pantalones cortos, es un viajero que sabe andar, sabe respetar el silencio de los recuerdos y “sabe siempre donde esta la puerta”. Él busca los cafés, los viñedos, las esquinas, recorriendo el camino del espíritu de Europa. Queda al lector acompañarlos, como un testigo silencioso, en este viaje romántico, nostálgico e imaginario. Sólo el viajero sabe acompañar al viajero; y para leer las 1148 páginas uno debe saber tener la paciencia del viajero. Su libro oceánico es escrito con esta lentitud que recuerda la de un dulce soñar, una lentitud, “como el vuelo de las golondrinas”. Y el autor tiene toda la razón cuando nos dice que “hay libros para gente que come rápido y otros para gente que gusta saborear” (25). De hecho, el mismo Wiesenthal advierte que el libro está escrito para gente delicada y no para turistas. Lento, pero sabroso como el buen vino, el libro es una sinfonía, una oda a la cultura europea de la Belle Epoque. Basta abrir sus hojas, rodearte de silencio, dejar una rayo de sol que acaricie tu mirada, o el silencio que envuelva tu cuarto, y dejarte llevar, volar, como las golondrinas que siempre, después de invierno, regresan a su nido primaveral, allá donde empieza otra vez una nueva vida, una nueva esperanza.

Este libro nos enseña a viajar hacía el pasado donde no hay sitios geográficos pero si, si hay lugares que están “en las cartas secretas de la poesía”, …encaminarse como Ulises hacia Ítaca…disfrutando del camino, recobrar la esperanza, recobrando la cultura, recobrando el sentido de los tiempos todavía no tocados por la contracultura, postmodernidad o hipermodernidad; tiempos mágicos “que convertían las cartas en flores, las hojas en abanicos y la pena de escribir en una especie de alegría…, sin saber por qué, pero sin preguntarse nunca cuánto” (33).

Wiesenthal empieza su camino recorriendo el viejo río, el Danubio “río abierto, camino de naciones, religiones y razas; romántico río del exilio”(57). El río mágico que se mueve en ritmos de vals y que recuerda las melancolías y las alegrías de una cultura; en él se reflejan los bosque de la Selva Negra, la ciudad, una vez cosmopolita, de Viena, “los viñedos húngaros o se escucha el paso fugitivo y mágico de la primavera rumana…” (57). Viajamos con el autor dentro de “una historia en que se mezclan los tiempos, los personajes vivos y muertos, la cultura y el desorden, la religión y la magia” (96); los sabores y las aromas, los vinos y los cafés.

Empezando su viaje al lado de unos gitanos rumanos, que escaparon del régimen de Ceausescu, Wiesenthal aprende sobre el espíritu de la libertad, aprende dormir a la orilla del Danubio, aprende sobre la música y la melancolía, sueña e imagina, va tras la huellas de Zweig, Rembrandt, Rilke, Descartes, Beethoven, Mozart, se enamora de Lou von Salomé, se somete a una sesión de psicoanálisis en el diván de Freud, escucha historias, recorre los cafés, mira las estaciones, y se enamora de Viena y de todas la ciudades cansadas, como él las llama. 

Luego, apasionado por viajar en el tiempo, se sube en el Orient Express y recorre Europa y los hermosos recuerdos que este viaje le brinda. Orient Express es el símbolo de lo que es Europa, una Europa que no conocía todavía la división, una Europa libre, sin fronteras donde el viaje era una pasión en sí mismo; un tren simbólico, un tren de los recuerdos, de las melancolías y de las alegrías; un tren de la nobleza, de los escritores y los aventureros, el tren del vals y de los amores. “Y, mientras el tren corre por los lagos de Valais, por los túneles de los Alpes, por los campos del Véneto, por las riberas del Danubio comprendo, una vez más, que esta belleza de Europa es dulce como la música estremecida de nuestros gitanos” (172). Todos los personajes de aquellos tiempos viajaron con este tren: desde poetas, escritores…músicos, hasta reyes y reinas…”Desde el bow-window de un tren de lujo, se comprende mejor la Europa galante de María de Rumania y de Paul Morand. Porque el Orient Express fue el último salón donde se podía comenzar una fiesta en Londres, continuarla en París o Bucarest y acabarla en Estambul”(172).

Del viaje en este tren de todos los tiempos, el autor baja en está estación llamada Londres, ciudad de su juventud, recordando los años de estudio en Oxford donde “el estudio es una oración”. Londres, ciudad de las buenas costumbres, de los gentelemen, con primaveras excitantes y tibias, cuando las mujeres se vuelven provocativas, “elegantes y con magníficos escotes”… Primavera rondines, suave, discreta y provocativa a la vez, ”el momento cuando se rompen los matrimonios, se inician las aventuras y se celebran las carreras de Ascot” (241). De Londres a Marrakech ciudad de los aromas y las especies, misteriosa como los ojos verdes de la Zohra, la mujer del desierto; la ciudad donde el horizonte se quema en un intenso crepúsculo. Marrakech – un nombre tan misterioso, como misteriosos son los cuentos de mil y una noches…

Wiesenthal confiesa que no sólo pasó por la ciudad, sino que al tiempo de un año fue su huésped, llegando aquí en 1965 para llevar a cabo su año sabático. Aprende el árabe, lee del Corán, anda por la huellas de Allí Bey, y se queda con su mirada puesta en los ojos verdes, como el oasis del desierto, de Zohra; ojos que esconden la sombra de una misteriosa cultura, difícil de descifrar desde nuestro occidente, como él afirma. La cultura de esta parte del mundo es una cultura donde los poetas son profetas, es una cultura que trae de su pasado un olor de flores, recuerdos de amor …”una flor de jazmín y un amor declarado” (269). Aún así, dentro de este entorno frágil, misterioso, Wiesenthal se siente un extranjero; en un lugar donde el silencio es sagrado, con rincones mágicos, donde el aire huele a rosas y jazmín, uno trata de andar para no molestar esperando los días de Ramadán, días de penitencia, cuando se revela la Noche del Destino…cuando las horas son largas, tiempo de espera…Marrakech la ciudad de un amor perdido, de aquellos ojos verdes cuya intensidad y fuerza rebasan los tiempos y hacen vivos los recuerdos.

Al abandonar este misterioso lugar, Wiesenthal se encamina hacia su destino: de ser un extranjero y viaja más, con la misma sed de conocer y de descubrir, con la pasión de enamorarse y de entregarse a la aventura de la vida. Su interés lo lleva a Israel, tras las huellas de la figura más representativa de nuestra cultura: la Virgen María, para que después de Israel, llegar hasta Éfeso, donde María se refugio después de haber huido de Jerusalén…En Éfeso, junto a la Gruta de los Siete Durmientes “había unas parras y varios olivos y allí estaba la modesta casa donde –como explica la mística Ana Catalina Emmernich- vivió María de Nazaret, hasta la hora de su último sueño; debía ser un día de septiembre, cuando se van las golondrinas” (301).

De regreso a Estámbul, el autor trata de entender el pueblo turco, pueblo de poetas y místicos; pueblo donde la historia ha sido escrita por las mujeres y  el misterioso harem…Historias de pasión e intrigas seducen a Wiesenthal, historias que se ocultan, como un eterno secreto, en los ojos bellos de las mujeres…”Yo creo que mis amigos me entendían: tenia veinticinco años y, en mis pasos por Estambul, veía en todas partes los ojos de las mujeres” (307). Ojos de mujer como los poemas misteriosos, pétalos delicados como delicadas son las mujeres y Topkapi la ciudad donde la historia huele a flores y sofisterias de mujer; la ciudad olvidada en el dulce perfume del recuerdo…De Turquía a New York en el lujoso barco de Queen Elizabeth, el lector recorre, junto con el autor, un mundo lleno de lujosos detalles de la vida en uno de los barcos que hicieron historia.

Y así, como el movimiento del mar, del océano…la lectura corre, con más intensidad o con más lentitud, pero este es el ritmo de este libro que el autor nos advierte ser oceánico…Las historias corren y la imaginación junto con ellas. De repente te encuentras en Brujas, en la ciudad adormecida de tantas leyendas, para que luego seducido por otra historia te encuentras siguiendo, junto con el autor, el camino perdido en el tiempo, de una princesa o un escritor, que la memoria los han abandonado en el cajón del olvido…

Seducida por su forma de escribir, no puedo abandonar este largo viaje. Tengo días cuando me adentro, con todo mi ser, en las páginas que, como un caleidoscopo, giran alrededor de vidas de hombres y mujeres, de ciudades, de esquinas y jardines…de olores, perfumes y comidas. Siento cómo me invaden miles de sensaciones y de repente me siento la aventurera que partió en un viaje del cual no quiere regresar…un viaje como un poema, como un perfume, sutil, suave pero efímero, porque es el viaje de mi imaginación que las páginas me inspiran. Así como tengo días en las cuales no quiero aventurarme. Dejo el libro descansar, en el buró, junto a mi cama, donde en la noche se tejen los sueños…Y espero despertar con las ansias de partir de nuevo en el viaje, de ser otra vez la aventurera que se oculta en las palabras del autor; que observa, escucha, imagina, y huele los aromas de otros tiempos. Así, la imaginación teje el recuerdo que Wiesenthal comparte sobre Sevilla, una ciudad como una mujer que a pesar del tiempo y la edad, guarda un seductor y misterioso aire, porque Sevilla siempre se viste de fiesta.
Roma, la citta, urbi et orbe….la ciudad eterna de todos los tiempos… Cuando el autor me invita a Roma, siento la nostalgia y la alegría… Recorro, junto con él, esta ciudad que la amé antes de haberla visto. Recuerdo aquel verano, un julio caluroso, cuando pisé en la citta, sintiendo el aroma de otros tiempos, caminando por las calles estrechas, queriendo dejar ahí mi huella para siempre. El que no ama Roma, no sabe amar…porque Roma es Amor, porque esta ciudad trae consigo, todo aquello que necesitan los sentidos…Belleza, historia, arte, literatura y la moda, el fashion que brilla en las vitrinas de las tiendas con los nombres famosos: Cavalli, Bulgari, Dolce Gabana, Armani, Ferragamo, Gucci…No cabe duda, la cuna de todo la moda está en Europa, aquí se respira y el soplo se extiende, luego después, en todo el mundo.

Caminar por las huellas de la historia de toda nuestra civilización, pisar tras las huellas de Goethe, de Keats, de Listz,  Sthendal, Dickens Lord Byron… llegaron a Roma para deleitar sus almas, para encontrar sus musas…Pero esta es Roma, una fascinante mezcla, “una mezcla entre lo vivo y lo muerto, entre la modernidad y el pasado, entre las vitrinas espectaculares y los palacios más elegantes” (520). ¿Quién, visitando Roma, no se ha parado en las escaleras celeste de la Piazza di Spagna, en un respiro de contemplación a la hora del crepúsculo? Todavía recuerdo, al bajar del metro, la belleza que se reveló ante mis ojos. Entre una multitud de turistas, apurados en sacar las mejores fotos…estaba yo también, sintiendo mi corazón cómo vibraba de emoción… Frente a esta cansada belleza, con aire melancólico, uno queda sin palabras. ¿Cómo pudo Nerón quemar esta urbis? Sólo un loco lo puede hacer y  Nerón es la desesperación demoníaca quemando en llamas la citta.

Roma, ciudad del Pontifex, cuyo símbolo es la catedral de San Pedro, obra de Miguel Angelo, Bernini y Rafaelo, donde la Pietá domina con su belleza todos los tiempos y donde descansa aquel humilde pescador crucificado por haber recordado las palabras de Cristo. Cargada de sufrimiento, la historia nos recuerda la crueldad, pero a la vez nos recuerda que nada se construye sin sufrimiento. Roma, la ciudad de Augusto…hoy en ruinas, es sólo un hermoso jardín romántico que rodea el Coliseo. Roma, la ciudad de los amores y desamores….Nietzsche conoce a su amor, Lou von Salomé en Roma… Roma, la ciudad que Fellini la hace una eterna seductora. Roma…Roma es amor y quien no se enamora de Roma, no tiene espíritu, ni alma, ni sensibilidad, no tiene historia.  Recuerdo aquellos días cuando me enamoré, otra vez, en Roma, porque Roma es Amor.

De Roma, a Estocolmo y luego a la Costa Azul, lugar de peregrinaje para los aventureros…donde la vida se pinta en colores de flores y de mar. Mónaco y su lujo, Provenace y su naturaleza, lugar de musas y de creación. Luego hacia Montecarlo, donde por primera vez se escuchó la ópera La rondine, de Puccini, y hacia Niza, donde los poemas alzan sus versos hacía el mar, por donde pasaron honorables huéspedes como Alejandro Dumas o George Sand, el lugar donde en 1913, un rumano visionario, Negresco, con la ayuda del millonario Alexandre Darrac, inaugura, en 1913, su hotel donde llego toda la sociedad (664-665).

Los viajes continúan, pisando la tierra de la vieja Europa, tan vieja pero siempre joven al descubrirla en su atardecer. ¿No son los atardeceres los momentos más hermosos de un día, cuando todo se relaja, cuando los amantes se abrazan y las golondrinas vuelan sobre sus nidos? Después de un espléndido atardecer, las noches son intensas y misteriosas. Las noches traen los recuerdos y los viajeros reales o imaginarios, descansamos nuestro soñar en los recuerdos. Afortunados los que viajan, porque tienen algo que recordar. “Ser europeo es poder sentirse a la vez contemporáneo con Cesar, Rilke, Leonardo, Chopin. Y en mi largo viaje comprendí que los seres humanos sabemos recorrer el espacio en dos direcciones – ida y vuelta – pero no hemos aprendido regresar en el tiempo. (…) No sé si he sabido explicar los misterios de este viaje. Mientras haya gente que ande por los caminos, indagando detalles de la historia, existirá Europa”. (1145)

A pesar de ser un homenaje a la hermosa Europa, personaje principal de este escrito, diría que todo hombre que ama la cultura se puede sentir europeo, porque no hay manera de hablar de cultura sin regresar en el tiempo y pisar Europa. Para el que le gusta viajar debería empezar leyendo este libro, porque no hay mejor guía que un libro o un autor que sabe salir a tiempo, “y marcharse dignamente se aprende viajando” (26). 

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Al final queda claro. viajar no significa ponernos una ropa cómoda, unos tenis o zapatos ligeros, agarrar la cámara de fotografiar y recorrer con máxima velocidad todos los objetivos turísticos que tenemos en la lista. Viajar es hacer la maleta y entregarse a la aventura de descubrir el sentido del viaje, dejar el corazón que sienta la emoción de cada rincón que pisamos…De recordar la historia y la cultura, de disfrutar de las comidas, los olores y los perfumes… de darnos el tiempo de respirar el aíre de cada lugar y mirar, con calma, el horizonte con la esperanza de ver volar, en el alto del cielo, alguna golondrina, pero hasta entonces, la mejor manera de viajar es abrir un libro y sentirnos los héroes de la aventura que está por empezar.

Catalina Elena Dobre

katalina.elena@yahoo.com.mx