Miércoles 20 de Febrero, 2019 - México / España
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Kierkegaard y la realización de la mujer mediante el matrimonio



Con la ocasión del día internacional de la mujer

No son pocas las veces que se ha reprochado a Kierkegaard que dentro de su filosofía la mujer es relacionada con las categorías más bajas, siendo considerada el “sexo débil”. Si fuera así, la mujer no sería en la escritura de Kierkegaard una presencia constante y siempre inquietante. No voy a presentar aquí todo un análisis sobre lo femenino en la filosofía de Kierkegaard, sólo quiero enfatizar que Kierkegaard es uno de los pocos filósofos que habla de la mujer, en un sentido peculiar pero con la finalidad de transmitir la idea que la mujer debe enfrentar la realidad de su condición y tomar conciencia que debe elevarse por encima de una condición que la reduce al ser el objeto de aprecio y seducción, para así descubrir su valor que es la de realizarse a sí misma en la relación más difícil que es el matrimonio

¡No se mal entienda! Mediante estas hojas no queremos hacer la “apología del matrimonio” ya que no se trata de convencer a nadie. Seguramente los escépticos levantarán la ceja, las feministas se escandalizarán, los “convencidos” buscarán aquí una receta. No se trata ni de escandalizar, ni de dar lugar a escepticismo, y tampoco de escribir recetas. Se trata sólo de un análisis que nos invita a reflexión, a aquel “juzgar por sí mismo”,  para entender cuál es la intención de Kierkegaard al tener a la mujer, siempre presente, como si fuera uno de los personajes más importantes de su escritura. En un momento, Kierkegaard afirmaba que ha escrito sobre el matrimonio tanto en su obra como en su Diario, dejándonos entender que la mujer fue “una obsesión” o siempre un “misterio a descifrar”, pero seguramente un tema que siempre tuvo in mente. Sin embargo no se ocupa de hacer un “análisis de la naturaleza femenina” sólo para satisfacer un capricho más, sino con la intención de hacernos comprender la mujer se realiza a sí misma sólo en el amor, igual el hombre, amor que encuentra su plena manifestación en el matrimonio como relación de alteridad radical pero, a la vez, la relación más relación más edificante. Aún así, Kierkegaard no escribe sobre las características de un “matrimonio perfecto”, al contrario, esta idea le repugna y la considera una disimulación, un engaño, como vamos a ver.

Estoy totalmente consciente que escribir sobre un tema así, en tiempos en el cual el matrimonio si no es un negocio, es un juego, y si no es un juego, es un “aguante” y si no es un “aguante”  es visto como algo innecesario en una sociedad donde la mujer, a la par con el hombre, llegó a bastarse a sí misma; digo ante estas ideas, estoy convencida que un análisis sobre el tema del matrimonio es una provocación asumida. No pretendo nada con esta reflexión, en el sentido de que no pretendo convencer a nadie y tampoco juzgar a nadie. Yo soy la primera en declarar que hace años no creía en el matrimonio. Pero, como diría Kierkegaard, el amor lo cambia todo.

Cada uno de los lectores de estas páginas, será capaz de llegar a sus propias conclusiones. De una cosa estoy convencida: que dentro de la literatura de especialidad, nadie como Kierkegaard ha logrado plantear el tema de lo femenino y del matrimonio, de manera tan original. Si no me equivoco, es el único. Su propuesta es sumamente provocativa y se necesita mucha valentía reflexionar en torno a ella y asumirla.

También debemos entender que su escritura en torno a lo femenino y al matrimonio no es al azar. Hay toda una tradición y una reflexión en torno a este tema que surge después de la Revolución francesa, debido a todos los cambios sociales. En un contexto así, la cuestión de la mujer se hace todavía más presente tanto en relación con la parte jurídica, es decir en cuanto la cuestión sobre sus derechos, como en relación a la reflexión sobre su misteriosa naturaleza, empezando así, dibujarse las primeras ideas sobre la diferencia y sobre la igualdad. Estos cambios, darán lugar a un discurso filosófico que gira alrededor del tema del matrimonio y de la mujer pero centrado en el tema de la diferencia en especial (naturaleza masculina-naturaleza femenina, matrimonio-familia, vida pública-vida privada etc.), diferencia que exige ser comprendida en el “nuevo mundo” centrado más en temas como la libertad individual y la autonomía, temas que exigen un repensamiento en cuanto la relación hombre-mujer y sus papeles en la comunidad y sociedad. Aunque se repiensa el estatus de la mujer en la sociedad, hacia el final del siglo XVIII, al papel de la mujer seguía ser limitado  al cumplimiento de ciertos deberes.

En este contexto la posición de Kant es clara ya que para él la telos del matrimonio es un contracto entre dos personas de sexo distinto, para amarse o para tener hijos o para el uso muto de la sexualidad. Ante esta postura, varios filósofos, entre ellos Fichte, Hegel con más insistencia, expresara la indignación. Pero Kant es bastante radical en este aspecto: para él, el matrimonio es un contracto para la procreación, ya que la mujer tiene una sola tarea: de perpetuar la especie. En este aspecto, Kant contradice su propia de que el ser humano es un fin y nunca un medio ya que en el matrimonio, la mujer era, para el filósofo alemán, un medio para procrear la especie.

El debate sobre el sentido del matrimonio ha sido la preocupación de varios filósofos entre ellos, y fuera de Kant, tenemos a Samuel Pufendorf, luego Christian Wolff, Lessing, Herder, o Hippel, Fichte, Novalis o Jean Paul, etc. No cabe duda que el tema del matrimonio como pacto social, ha dado lugar, empezando con Rousseau, Kant, y luego continuando con Fichte o Hegel, a plantear el tema de la diferencia sexual entre hombre y mujer; un tema que, en 1762, aparecía debatida por J. Jaques Rousseau en Francia, mediante su escrito Emilio o de la educación. Después de esto cual fue condenado tanto en Francia como en Holanda ya que la sociedad no estaba preparada en enfrentar la realidad.

Pero esta visión del matrimonio que se dibujaba con la Ilustración, es decir el matrimonio limitado a un “contracto” o “arreglo” generó, en muchos casos, una reacción radical y determinaron las mujeres buscar el amor fuera del matrimonio, donde podían expresarse libremente y sin convenciones. La consecuencia de todo esto, fue que el matrimonio perdió su verdadero sentido ético y religioso, pero también estético. Era más que nada un “convenio”, dentro del cual la mujer, en especial, se sentía “condenada” a una vida de “deberes” sin libertad de manifestar su propia naturaleza.

Kierkegaard no pudo estar lejos de esté “debate” en torno al papel de la mujer y del matrimonio. Sin embargo, a diferencia de los románticos, el filósofo danés trata de rescatar el significado del matrimonio desde otra perspectiva que ha dado lugar, en el curso del tiempo a muchas controversias. Como afirma Adrian Daub, el filósofo danés “fue comprometido con el tema del matrimonio y la sexualidad, más que cualquier otro pensador del siglo XIX hasta Freud” (Daub, p. 270).

La preocupación por comprender el matrimonio se manifiesta desde sus primeros escritos y la reflexión en torno al mismo representa, desde mi punto de vista, una crítica al matrimonio como una mera unión social (lo general) donde falta la decisión singular, ya que para Kierkegaard, y en relación a su contexto y su época, casarse no significa cumplir con una ley de la vida o con un deber abstracto, como si deberíamos señalar en una lista las cosas que en la vida “se deben” hacer. Al contrario, para Kierkegaard el matrimonio es la relación por excelencia, una relación donde el deber abstracto se transforma en amor, y si hay algo de deber, esto es sólo uno:  “tu debes amar.

Mediante el escrito La validez estética del matrimonio, lanza su critica hacia el amor romántico, que es caduco y cuyo único objetivo es el erotismo y la sensualidad. Sólo en breve hay que decir que para los filósofos románticos el matrimonio o no existía o, si existía, la unión se limitaba al momento de lo erótico, a aquel momento perfecto que los amantes querían alcanzar. En cambio para Kierkegaard, el matrimonio entre el hombre y la mujer no se puede reducir al mero erotismo, porque esto no tendría continuidad alguna. La continuidad se explica por el trabajo de los dos –hombre y mujer- de proyectarse mediante la decisión en una dinámica que es la expresión de la relación y de la realización de sí mismo. Por eso, el matrimonio tiene una dinámica en sí dada por esta decisión permanente de amar al otro. 

Kierkegaard no niega el amor romántico  pero subraya que  sin la elección, sin la decisión quedaría allá, suspendido fuera del tiempo. Por eso el arte del matrimonio es mantener lo erótico (lo estético) junto a lo ético y lo religioso, ya que religioso no significa para Kierkegaard algo radical opuesto a lo estético, al contrario para el lo religioso es parte de la naturaleza humana. Estando presente lo estético, lo ético y lo religioso, entonces sí el matrimonio representa la realidad del amor y la historia de los amantes. En otras palabras, el matrimonio debe incluir al primer amor (el amor erótico) pero, a diferencia de éste, contiene en sí un momento ético y religioso.

Kierkegaard afirma que el matrimonio no se puede construir ni sólo sobre el amor erótico, es decir sobre un fantasma, ni sólo sobre la mera decisión, ya que sin amor la decisión no tiene sentido. El matrimonio debería ser un síntesis de estos dos, una relación justificada así sólo ante Dios, que es el tercero de la relación. El matrimonio es una decisión, una relación y una transformación simultánea (tanto del hombre como de la mujer) y es una elección ante un tercero que es (Dios=Amor).

Kierkegaard sabe que, en general, los hombres, al casarse, tienen intenciones finitas; es decir, buscan el matrimonio aquello que el matrimonio en sí, no debe tener: buscan un “por qué”. Ejemplo: me caso “porque debo tener un esposo/esposa”, “porque debo tener hijos”, “porque debo tener una posición”, “porque…etc. etc.”. Esta “finalidad” está contra a lo que el matrimonio en sí debería representar: el amor; ya que el amor no necesita tener un “por qué”. Esta idea de finalidad en relación al matrimonio para Kierkegaard es absurda, ya que el matrimonio no puede representar al medio para tener una finalidad traducida, en especial, en la idea de familia o hijos. Esto podía parecer escandaloso ya que, por lo general, pensamos que nos casamos para “tener hijos”. Lo que quiere Kierkegaard enfatizar es el hecho de que el matrimonio no puede ser acompañado de aquel “por qué”. No se debe casar “por eso” o por “aquello”. Afirma en este sentido: “Si una mujer, por una locura de la que el mundo ya ha oído hablar, se casara para darle al mundo un salvador, ese matrimonio sería tan antiestético como inmoral e irreligioso” (Kierkegaard S., O-O II, p. 65).  Es decir, el matrimonio no puede ser una unión para conseguir algún provecho y tampoco no es un contrato para la propagación de la especie; sino que es la expresión de la conciencia de la eticidad que se refleja en está relación donde tanto hombre como mujer se vuelven, mediante una libre decisión, uno–para-el-otro; se asumen con toda decisión y toda libertad y voluntad ante Dios, como unidad. No es el resultado de una espontaneidad, de algún azar, de algún capricho o interés; tampoco el matrimonio es el resultado de una necesidad, así como no es un medio para realización social; sino que es una obra de libertad en la cual no se debe realizar la naturaleza humana, sino se debe realizar la individualidad como relación: ser-para-el-otro en su absoluta diferencia, aceptar al otro en su peculiaridad como un individuo totalmente diferente.

En esta decisión de ser uno mismo frente al otro diferente y a la vez ser para el otro, tanto el hombre como la mujer se transforman interiormente ya que se trata de hacer presente el amor y hacerse responsable de mantener vivo y presente el amor sin ninguna finalidad, sino porque simplemente se ama.

A no entenderse que si Kierkegaard habla de que la finalidad del matrimonio no son los hijos, está en contra de la creación de la vida. Al contrario, sólo enfatiza el hecho que no es esto el único motivo por el cual uno se debe casar. Si hay un motivo, este será la realización de la individualidad mediante el amor y si se tienen hijos éstos son, sin duda, una bendición, pero se tienen porque son resultado del amor y no de alguna deuda que luego los hijos deben pagar para con sus padres, así como tampoco representan algún objetivo que los padres deben alcanzar para poder tener poder sobre ellos. Afirma Kierkegaard: “Los hijos pertenecen a la vida (…) Cada criatura viene también con una aureola sobre su cabeza, de modo que todo padre sentirá que hay en el hijo  algo más que lo que éste debe a él. (…) Un niño constituye un tipo de posibilidad totalmente diferente, una posibilidad tan seria, que tu no tendrás jamás la paciencia de sostenerla” (Kierkegaard S., O-O II, p. 71-72). Por eso la idea de “tener hijos” aprobada por el “matrimonio” es para Kierkegaard una falsa proyección y un malentendido ya que si los hijos surgen en la vida de los que se aman son el resultado del amor, de la bendición divina y no de la posesión.

Pero la sociedad siempre guía a los seres humanos conforme otras reglas, y éstos, al no elegirse en el amor, caen en la trampa de cumplir con una falsa moral, dentro de la cual prevalece la “obligación” más que el amor. Para Kierkegaard el matrimonio no es una estructura normativa de la sociedad; no representan una relación abstracta, una relación de poder, de dominio y de deber para la procreación Kierkegaard criticando así las ideas en especial de Kant; es decir, uno no se casa sólo para dar continuidad a la especie, tampoco se casa para satisfacer las exigencias de otros.

 Cuando dos personas deciden amarse, lo deciden ante un tercero que es Dios, no ante otros, en este caso, la familia. Es decir, uno no se casa para recibir la aprobación o la protección de la comunidad que es la familia con la que cada uno viene en el matrimonio. La consecuencia de un matrimonio así, será que al final, el matrimonio va a depender de los caprichos de la familia y cuando algo no funciona cada uno de los esposos se cobijan en la protección de su familia. Esto acaba con el matrimonio. Afirma: “Si el amor conyugal es en verdad un primer amor, hay también en él algo oculto que no quiere ser expuesto a la contemplación, que no dedica su vida a obtener un puesto entre los familiares, que no encuentra su sustento en felicitaciones y cumplidos, ni en el culto divino que la familia puede rendirle” (Kierkegaard S., O-O II, p. 95). El amor y el matrimonio no es una relación pública, es decir no debe estar totalmente expuesto a la mirada de todos los demás, sino que debe guardar su ocultes, su intimidad sabida sólo por los que se aman.

Un matrimonio realizado para satisfacer los deseos de una comunidad (en especial, familia) es efímero ya que como dice la “comunidad constituye realmente un asunto peligroso” (Kierkegaard O-O II, p. 95). Para Kierkegaard, el matrimonio es relación de singulares, de individuos y no de familias (comunidad) ya que los que se aman se casan ante Dios primero y luego viene la familia (la comunidad), pero el matrimonio no debe ser una “exigencia” de familia.

Entendido desde esta perspectiva, el matrimonio es una relación inclusiva del otro diferente; una relación de decisión y amor en la cual debe coexistir lo estético, lo ético y lo religioso. Es la relación mediante la cual el hombre y la mujer encuentran su igualdad en la realización como individuos frente al otro diferente en lo que tienen ellos de auténtico. Por eso, en el matrimonio uno se pone ante el otro en toda su vulnerabilidad y no es una casualidad que el filósofo danés afirma las siguientes palabras: “se necesita coraje para mostrarse tal como uno es en verdad” (Kierkegaard S., O-O II, p. 98). Dicho de otro modo, la diferencia y las ausencias que tiene cada uno, hombre y mujer, por naturaleza, se elimina mediante el amor que se realiza en la relación. Ni la mujer puede vivir atada a la finitud, así como tampoco el hombre puede vivir en la reflexión sobre lo infinito. Cada uno necesita complementarse en su naturaleza, ninguno es autosuficiente ya que existir supone devenir pero este devenir de sí mismo se realiza en relación con el otro diferente en un plan de igualdad y reciprocidad.

Hay que especificar que se ha reprochado a Kierkegaard el hecho de que una vez planteando el problema de lo religioso, rechaza cualquier idea de sensualidad, cosa que no tiene ningún sentido. Cuando pensaba el matrimonio desde el punto de vista cristiano, Kierkegaard no pensaba en un matrimonio casto, al contrario. En su escrito Las obras del amor, el filósofo danés, menciona que la gente piensa que el cristianismo tiene algo contra el amor, contra la sensualidad, pero esto fue, dice Kierkegaard un malentendido. Quedarse nada más en la sensualidad, en el amor erótico, esto sí, es un egoísmo porque no hay una relación real.

Para Kierkegaard lo ético no aniquila lo estético, sino que lo incluye, y el matrimonio es una relación incluyente. Por eso, en las palabras del hombre casado, especifica que el matrimonio no puede reducirse ni a ser un mero “contrato social” pero tampoco sólo un noviazgo permanente, pero si a pesar de ser un compromiso ético debe incluir el primer amor. Este amor no está fuera de la relación, no es algo sobre cual se debe tener nostalgia, como un ideal añorado o algo que fue y se esfumo para siempre, sino que debe guardar su carácter de unicidad siendo una síntesis de temporal y eterno, de la libertad y de la necesidad ya que “el individuo siente que un poder irresistible lo atrae hacia el otro individuo, pero en ello mismo siente su libertad”.

En este sentido, Kierkegaard nos deja entender que el matrimonio, a diferencia del primer amor como tal, tiene espiritualidad porque es una armonía interna que se realiza por la voluntad de los que se aman y es mediante esta que el amor se pone en relación con el otro diferente; el amor se vuelve un movimiento interno que necesita de la voluntad para relacionarse libremente con el otro y para que los dos se realicen en el futuro.  Más que un deber, el matrimonio es una relación posible sólo cuando el amor, como movimiento interno, es decir, como decisión, se orienta hacia la libertad. Si un fuera así, es matrimonio “deviene un refugio para los años de declino y vejez” (Kierkegaard S., SLW, p.155). 

Al contrario de lo que la mayoría piensa, Kierkegaard sostiene que el matrimonio es libertad. Sabemos que también, por lo general, se piensa que al casarse uno pierde “su libertad” ya que el ser humano atado a la inmediatez teme que una vez cumplido el “deber” del matrimonio, el amor llega a su fin. Para Kierkegaard, al contrario, la libertad se pierde cuando el matrimonio no es una decisión libre sino uno deber, y el amor se acaba cuando uno se casa para alcanzar una finalidad. Pero sin el amor y sin la decisión de amar, el matrimonio se hunde en la nada.

Las palabras de Kierkegaard pueden intrigar a muchos. La mayoría de los seres humanos se casan, y de estos casi todos están convencidos de que ya saben que es el matrimonio; en boca de la mayoría: “un enamoramiento” y luego  “un aguante” del otro para tener alguna “finalidad”. El filósofo danés nos cuestiona y, a la vez, deconstruye  toda esta “sólida” estructura creada tras prejuicios, mostrándola en su fragilidad, y advirtiendo que sí no se trata de amor y de una decisión libre en el cual uno, como individuo, está totalmente inmerso, entonces el matrimonio es sólo un fantasma. La pregunta es ¿si estamos dispuestos a esforzarnos y trabajar día y noche para semejante relación de tal manera que no nos sintiéramos encarcelados, sino vivir desde la más honda libertad?

Recordamos, de manera muy breve, que para Kierkegaard el único deber que la persona debe asumir es amar. Kierkegaard subraya en este sentido –mediante el Juez- que sin el amor ninguna decisión tiene sentido y ningún matrimonio se podrá construir. Este deber se traduce en ayudar al otro devenir sí mismos, es un amor genuino, como afirma Stephen Evans, un amor que ignora las diferencias y ama lo peculiar de cada uno (Evans S., p. 178). Un amor así, de cual Kierkegaard habla, no hace las diferencias, no debemos amar a una persona solo por las características especiales que lo distingue de otros. Cuando amamos a alguien debemos amarlo con todo lo que tiene. Es decir, la tarea no es encontrar una persona que es amada por sus características diferentes, sino encontrar la persona que es amada por todo lo que ella representa (Evans S., 178-179). 

Esto lo expresa Kierkegaard cuando mediante el seudónimo Juez Guillermo afirma que no se ama a la mujer porque tiene el pelo rubio, o no se ama nada más por su belleza, ya que esta belleza se transfigura. Es decir, no se puede amar porque una mujer es joven y bella - es más, “la belleza de una mujer joven no es todavía auténtica, es como un sobre que cubre, porque sólo con los años aparece la verdadera belleza” (Kierkegaard S., SLW, p. 133). Se ama porque se elige amar todo lo que representa la persona y esto es el más alto deber, amar de esta manera genuina.

Más que el amor sensual con el que se debe amar la esposa, debe prevalecer el amor espiritual, que implica poner al otro por encima de ti, amarlo en su peculiaridad y además reconocer la singularidad del otro. Mediante estas palabras nos deja entender que el matrimonio es una relación no de dominio, no de posesión (mío-tuyo) sino que representa la relación de entrega y libertad donde cada uno se realiza mediante el. Sólo así se salva el matrimonio de ser reducido a una relación egoísta donde uno se vuelve objetivable en la medida en la cual satisface los deseos del otro.

Aún así, Kierkegaard no evita mencionar que es muy común encontrarse con matrimonios que aplican “el sistema de la disimulación”, incluyendo aquí aquellos matrimonios donde aparentemente todo es dichoso entre los esposos. Para Kierkegaard este tipo de matrimonio es “sospechoso” ya que “por encima de esta dicha flotaba un oscuro designio” (Kierkegaard S., O-O II, p. 107);  es decir hay algo que uno ocultaba. Entre la disimulación también incluye “el buen entendimiento”; pero pregunta a la vez: “¿cómo podrían vivir el buen entendimiento cuando no se entienden el uno con el otro” (Kierkegaard S., O-O II, p. 107).  Entonces, otra vez, no se trata de disimular algo que no existe porque así el matrimonio termina por ser un casamiento donde no hay nada de belleza cuando no hay sinceridad y real entendimiento. Pero, porque la mayoría viven esta relación mediante la disimulación, por eso, muchos ven en el matrimonio una terrible monotonía, un “acostumbrarse” donde todo se vuelve rutina y uniformidad. Esto pasa cuando el amor es visto sólo como un medio para alcanzar aquella finalidad egoísta de cada uno de los implicados en la relación.

Pero como en su verdadera esencia, el matrimonio es libertad, la tarea de vencer la monotonía mediante la recreación del amor es la verdadera tarea del matrimonio. Cuando se llega a la monotonía, es porque ya se vive la desesperación, y esto pasa porque es más fácil desesperar que amar. Si se vive en el engaño, en la disimulación es porque en el fondo la vida de la persona misma es un engaño. Por eso, en el matrimonio no hay que luchar contra enemigos externos, como dice Kierkegaard, sino contra los enemigos internos. Afirma: “El amor conyugal no se reconoce por signos externos, como el pájaro rico por sus trinos y gorjeos, sino que es la incorruptible esencia de un espíritu tranquilo” (Kierkegaard S., O-O II, p. 127).

Kierkegaard nos deja entender que el matrimonio no se fundamenta sobre la ocultes y la diferencias; sobre costumbre y monotonía, así como no se construye sobre ciertas pretensiones y preferencias, o para satisfacer los requerimientos de otros que es la unión de los enamorados mediante la decisión y en las condiciones reales del mundo y es la tarea más difícil. Afirma el Juez: “Ser un hombre casado es la más hermosa tarea; la persona que todavía no se caso es un desafortunado cuya vida o no le permitió esta tarea o que nunca se enamoro, o es un carácter sospechoso (…). El matrimonio es la plenitud de los tiempos” (Kierkegaard S., SLW, p. 117).

Me quedo con una idea después de todo esto: lo único que sostiene el matrimonio es el amor como decisión libre de la mujer y del hombre de edificarse, de crecer juntos como personas en el amor. Al contrario de lo que se piensa, el matrimonio no es sostenido ni por los hijos, ni por la familia, ni por alguna otra cosa...Tampoco el matrimonio es una relación de poder y de dominio... Cuando es así, la experiencia nos demuestra que en cada momento un matrimonio se acaba, porque uno abandona la tarea difícil de amar. No hay recetas, en vano nos esforzamos creer que si cumplimos con lo que los otros quieren, con miles y miles de exigencias, lograríamos "vivir felices para siempre". El matrimonio no es un cuento de hadas, es una relación demasiado real sostenida no por fantasías y fantasmas, sino solo por la decisión simultánea, del hombre y de la mujer, de amar. Si solos decide uno y el otro no, tampoco funciona. Sin embargo no hay garantías; lo única que tenemos es la libertad de amar. Sin embargo: ¿estaríamos dispuestos a decidir amar de verdad, es decir una y otra vez, hasta que el yo e nuestro ser se disuelva plenamente en el tú del otro?

Bibliografía:

Kierkegaard S., “La validez estética del matrimonio” en O lo uno o lo otro. Fragmentos de vida II, Madrid: Trotta, 2007.

Kierkegaard S., Reflections on Marriage” en Stages on the Life´s Way (mi traducción) Princeton: Princeton University Press, 1988.

Daub A., Uncivil Union: The Metaphysics of Marriage in German Idealism and Romanticism, Chicaco-Londres: The University of Chicago Press, 2012.

Evans S., Kierkegaard´s Ethics of Love, New York: Oxford University Press, 2008.