Viernes 23 de Agosto, 2019 - México / España
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Nostalgia sobre la educación



No puedo dejar de pensar sobre la idea que Ernesto Sábato, en su libro, La Resistencia, repite varias veces: “la corrupción de la educación” y con esto la corrupción del espíritu humano. 

¿A qué punto hemos llegado? El acento en las ciencias, en las tecnologías, en los esquemas…no hacen nada más, sino crear seres automatizados, instrumentos; seres que solo saben actuar sin pensar, que saben actuar por necesidad, impulso, sin reflexión alguna. Me da la impresión que últimamente lo que estamos creando a través de esta educación (donde la paideia, está formación del hombre a través de la virtud se quedo como una sombra y un recuerdo que nadie hace presente) son hombres sin sentido alguno.

La educación es formación para la búsqueda de sentido y, al mismo tiempo, es formación de carácter, esto es exactamente lo que olvidamos y dejamos atrás. Hoy en día, debido al mal entendido de la educación, se están formando hombres con proyectos a corto plazos, que tienen que ver nada más con el éxito, el poder y el dinero. Pues como bien dice Gabriel Zaid, desafortunadamente “Vivimos hoy en una cultura del éxito (…) el éxito se ha vuelto una vocación religiosa (…). Lo importante es tener éxito, no importa en qué, ni cómo”. (Gabriel Zaid, Oficio y vocación, en Letras Libres, Febrero 2009, año XI, numero 122, Mexico, 44-45

Hay un culto al éxito de tal manera que para lograrlo hasta la educación renuncia a sus criterios. Hoy en día la educación ha dejado a un lado la vocación y la búsqueda de sentido, porque no está enfocada más en la formación del carácter; se trata de quitar la dimensión antropológica y lo que queda, por seguro, es una mutilación, un sistema abstracto de reglas sin sentido que no tienen nada que ver con la persona. La educación debe partir de un cuestionamiento antropológico porque lo que se educa no es un objeto abstracto, no es una máquina, sino la persona humana.

Pero, hoy en día, y gracias a esta “nueva y reformadora” pedagogía, lo que se intenta “formar” son hombres cuya condición inherente y existencial es el aburrimiento, el sin sentido, el hombre sin pensamiento ni reflexión alguna. ¡De qué sirve pensar cuando al éxito se llega a través del dinero y no del pensar! Esta es la única “profundidad de reflexión” que conocen nuestros jóvenes. La mayoría quieren dinero, poder, éxito, sin darse cuenta que para poder hacer dinero se necesita inteligencia, para poder tener éxito se necesita perseverancia y esfuerzo,  y para el poder se necesita sabiduría.  

Para todo en esta vida se requiere una preparación, una educación auténtica que inicie desde las fuentes del espíritu: una educación humanista, con valores. Y ¿qué inteligencia se puede encontrar en jóvenes que no saben dónde están las librerías, que no saben el olor de los libros? La lectura les parece el acto más aburrido y desesperante. Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Proust, Borges etc. son nombres tan extraños …que no tienen nada que ver con la vida de estos jóvenes. 

 Me atrevo a decir que, en el fondo, la gran herida del siglo XXI es la mediocridad. Los hombres prefieren pensar que saben todo, que pueden controlar todo y que el mundo les pertenece. ¡Esto se llama el gran engaño! La falta de cultura, la falta de conocimiento, la falta de educación llevan a la falta del espíritu, a la falta de profundidad. Y… donde no hay espíritu, lo que sí hay, sin duda, es el vacío. 

Cundo el hombre no quiere vivir su tiempo, sino matarlo, entonces ¿de qué tipo de hombre hablamos? ¿Qué hombres estamos preparando? Hombres sin futuro, hombres del presente donde el hecho de ser se mide a través de tener y no hacer más que tener cosas: desde coches grandes de último modelo, hasta casas grandes, ropa de marca, dinero, éxito…..locura. ¡Que locura!..Y entonces regreso a lo mismo. Estamos creando seres inertes, insensibles, seres por el cual el máximo valor es competir con el otro para medir el poder.

En este sentido Ernesto Sábato tenía razón “la búsqueda de una vida humana debe comenzar por la educación. Por eso es grave que los niños pasen horas atontados delante de la televisión, asimilando todo tipo de violencia; o dedicados a esos juegos que premian la destrucción. El niño puede aprender a valorar lo que es bueno y no caer en lo que le es inducido por el ambiente y los medios de comunicación. No podemos seguir leyendo a los niños cuentos de gallinas y pollitos cuando tenemos a esas aves sometidas al peor suplicio. (…) Gandhi llama a la formación espiritual la educación del corazón, el despertar del alma, y es crucial que comprendamos que la primera huella que la escuela y la televisión imprimen en el alma del niño es la competencia, la victoria sobre sus compañeros y el más enfático individualismo: ser el primero, el ganador. La piedra angular de nuestra educación se asienta sobre el individualismo y la competencia. Genera una gran confusión enseñarle cristianismo y competencia y darle largas peroratas sobre la solidaridad que se contradicen con la desenfrenada búsqueda del existo individual para la cual se los prepara. Necesitamos escuelas que favorezcan el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condenan el feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Thomas Hobbes cuando dice que el hombre es lobo para el hombre”. (Ernesto Sabato, La resistencia, Ed. Seix Barral, México, 2000, 79-80)

¿Entonces? Debemos regresar a una visión humanista sobre la educación que nos enseñe a aprender de nuevo sobre la persona, educar de nuevo el espíritu. Debemos regresar la pedagogía a su lugar y a su inicio; dejar de mutilarla y transformarla en un monstruo, en un proceso instrumental donde se pierde cualquier vínculo humano. 

Hoy en día la educación ya no se fundamenta en el diálogo, sino en “competencias”; el maestro ya no es maestro, sino un “facilitador” y la pregunta que sigue es ¿si no hay diálogo, si el maestro es un facilitador, que será el alumno?

Los griegos intuyeron perfectamente el papel de la pedagogía: de formar un espíritu bello, es decir armonioso y esto se realiza cuando se entiende que no sólo hay que educar la parte intelectual para formar buenos profesionistas. Lo que se debe educar son las cuatros dimensiones del hombre: la intelectual, la estética, la moral y la espiritual. No podemos educar sólo para acumular conocimiento. Sino que la educación debe ofrecer al hombre el equilibrio, la armonía para poder vivir en el mundo. 

Me llegan a la mente las palabras de Petrarca, quien decía que el hombre se ve no tanto en el rostro, como en sus palabras. Esto es lo que debería significar ser hombre. ¿Qué tenemos hoy? Hombres preocupados de sus rostros incapaces de decir palabras.

No hay pensamiento, no hay reflexión, no hay palabras. Es doloroso ver como las universidades fomentan, cada día más, una educación que promueve el éxito inmediato. Compiten en ofrecer oportunidades, diplomas, áreas más y más especializadas. Un verdadero mercado de “sabiduría”.  Quieren formar hombres extraordinarios…Pero, como bien afirmaba Kierkegaard, “el verdadero hombre extraordinario es el verdadero hombre ordinario cuanto más sabe un hombre realizar en su vida lo que es común al género humano, más es un hombre extraordinario […].Sabe bien que todo hombre se desarrolla con la libertad, pero sabe también que ningún hombre se crea a sí mismo de la nada, pues se posee a sí mismo como tarea de su concreción”. (S. Kierkegaard, O el uno o el otro, Trotta, Madrid)

Para poder vivir en el mundo el hombre necesita educarse y esto le da un sentido porque “solamente el hombre se pregunta por el sentido de la existencia, porque sabemos que desde que nacemos iniciamos un viaje que nos conduce en forma necesaria y sin retorno a la eternidad”. (Javier Vilchis, Persona, educación, destino, Ed. Plaza y Valdez, Mexico, 2003, 21)

Entonces la educación va a mano con la idea de sentido de la existencia, le abre el hombre posibilidades de encontrarse a sí mismo con su existencia. Y no puedo dejar de pensar en Eliade que estaba convencido que la salvación del hombre se da a través de la educación, de la cultura…

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Imagino un lugar donde la única preocupación es la búsqueda de verdad…un lugar donde maestros y alumnos se encuentran en el dialogo incesante  sobre la belleza, la verdad y la bondad. Un lugar donde hay espacios para lectura, para la reflexión; un lugar donde nadie compiten pero todos comparten este amor por la sabiduría…un paraíso de la cultura…y mi nostalgia de este paraíso.