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Tras las huellas de Tolstoi



A pesar de que el centenario de Tolstoi se celebró el pasado 2010, el gran escritor sigue siendo la importante figura del patriarca, no sólo de Yásnaia Poliana -su lugar, su tierra- sino de un siglo, de una época; es él quien todavía domina con su mirada firme el mundo literario del siglo XX y toda la cultura occidental.

Tolstoi pertenece a los hombres que representan y encarnan un mundo de valores. El que lee a Tolstoi, o el que lee sobre Tolstoi, se da cuenta que una vez con su muerte un entero mundo encontró su atardecer. Y eso es lo que nos trata de transmitir Mauricio Wiesenthal, en su libro –El viejo León. Tolstoi, un retrato literario- meramente discreto, escrito con mucha pasión. Un libro que, así como el titulo lo sugiere, es un retrato literario, escrito con sencillez, evitando toda la expresión árida, formal o académica. En este retrato los colores toman la forma lúdica de la palabra, se encarnan en ella; y así el retrato radia de luz y colores ardientes. El autor supo pintar con palabras y, a la vez, con cada palabra imagina, sueña, añora la cercanía del viejo Tolstoi.  Se entiende de esta manera que para el mismo autor el libro es algo sagrado donde él mismo, peregrino callado y humilde, camina tras las huellas tan grandes y sólidas de Tolstoi.

Me llama la atención no sólo el hecho de que el autor retrata a Tolstoi; sino el hecho de que el autor contrapone el mundo de Tolstoi, los valores y la cultura, a nuestra civilización cínica –como él mismo afirma; una civilización cuyo único interés es el entretenimiento y el consumo.

Esta crítica a la sociedad actual, es decir a nuestra cultura occidental cuyos pilares se están derrumbando cada día más por falta de interés hacia la llamada del espíritu, se siente desde las primeras páginas: el viejo mundo está olvidado; los grandes hombres –humanistas por definición-, abandonados. “¿Cómo no pensar que una cultura se destruye cuando carece de valores reales de justicia y cuando olvida sus ideales de renacimiento proponiendo sólo un horizonte de abundancia, de oportunismo moral y de progreso material sin fe?”(12).

Lo que también el lector siente, tras cada página de lectura, es la pasión auténtica del autor, una pasión para la vida, la obra y el hombre Tolstoi; una pasión traducida en horas sin fin de lecturas, de búsqueda a veces en condiciones escasas “algunos días tenía muy poco que llevarme a la boca, pero preocupaba olvidar el hambre escribiendo como un alma en pena” (15).  Nos habla de cómo se refugiaba del frío del invierno en la Biblioteca Nacional de París o de Madrid para leer a Tolstoi; cómo se iba en su búsqueda, pisando tras sus huellas en la calle Rivoli o en los jardines de  Luxembourg- transmitiendo, al mismo tiempo, de que los valores se cultivan a través del estudio, de la lectura y en especial de la lectura de los clásicos. “No sé si debo pedir perdón al recordarle a los jóvenes que, en el desierto moral de este tiempo cobarde” los clásicos nos esperan con sus historias, con sus vivencias, con sus ideas.

Aprende ruso no sólo para leer a Tolstoi, sino para sentir algo de la Rusia de Tolstoi y aún siente, en sus recuerdos, “los escalofríos de las madrugadas en el departamento sin calefacción” (19) donde leía a los rusos.

Con estas ideas-testigos, sin duda, de su búsqueda Wiesenthal nos enseña qué significa escribir con pasión y vocación. Wiesenthal, hasta hace poco desconocido para mí, me sorprendió con su estilo de un verdadero artista de la palabra. Wiesenthal no escribe para escribir, sino que escribe para invitarnos a viajar; viajar por el mundo de la cultura y del espíritu. Al abrir su página en línea (ya que el Internet ofrece la posibilidad de buscar también cosas que valen la pena) uno descubre la riqueza cultural de este autor, la experiencia de un viajero y la calidez de un hombre que piensa que lo más importante es estar siempre en camino, en búsqueda. Él mismo afirma “he escrito muchas páginas al aire libre, en la mesa de un restaurante a orillas de un río, en la noche solitaria de mis travesías en barco, en mi azotea de Roma y en las terrazas de los hoteles y los cafés. Y, por eso, me gustaría que mis libros fueran para los lectores como el aire que removía las hojas mientras los iba escribiendo, desordenando mis ideas, mezclando los personajes, derramando los colores… Quizás el viaje es también una forma del desorden, que es el estado perfecto para crear. Y estoy convencido de que la vida es una lucha continua entre el orden y el desorden, un viaje de ida y vuelta, hasta que nos sorprende la muerte: esa hora final en que no podemos superar el caos con la creación”.
(www.mauriciowiesenthal.com)

Hombre de mundo, aventurero dedicado, Wiesenthal es un escritor original, un escritor que se deja educar por sus viajes y por los hombres que encuentra en el camino. A algunos los retrata, con talento de pintor, en algunos de sus libros. Así es también el caso de Tolstoi. El autor viaja, busca, y camina tras sus huellas y el resultado es un retrato auténtico que nos dejan ver un Tolstoi diferente a todas la interpretaciones  académicas.  Y logra pintar a Tolstoi como una de las grandes figuras de la cultura occidental -un profeta que tuvo la genialidad de intuir el destino del hombre en un mundo más y más escaso de sentido. Pero Tolstoi no sólo intuye, sino hace una propuesta; es decir nos invita a regresar “a los valores sencillos de los campesinos, a los nobles ideales, a una sabiduría basada en el sentimiento evangélico, en el respeto a la naturaleza, en el trabajo y en la exigencia moral” (20).

Siento que una cierta nostalgia hace al autor acercarse a este mundo ruso que se encarna en la mirada de Tolstoi; una nostalgia de un mundo perdido, de un mundo donde la fe, el amor, la sencillez llenaban el alma del hombre y daba sentido a su vida. Y Tolstoi es esto lo que representa: la sencillez, el amor y la fe.

Esta añoranza hace que Wiesenthal visite muchas veces Rusia, Moscú y la casa de Yásnaia Poliana – esta tierra tan amada, donde se respira el perfume feliz, blanco y primaveral – como el mismo Tolstoi escribía.  No sólo sabía de memoria la biblioteca de Tolstoi, sino que aprendió a mirar “dentro de las tinieblas que se apoderaron de los rusos, es decir el despotismo, la injusticia, la pobreza” porque sólo así se podía entender el mensaje moral de Tolstoi.

Pero ¿cuál es el retrato de Tolstoi? ¿Cómo luce su figura? ¿Cómo brillan sus ojos? ¿y cómo se reflejan sus sombras? Toda la vida Tolstoi pintó la realidad con detalle y fuerza, hasta llegar a una perfección artística inestimable. De hecho, criticaba con avidez “la literatura moderna que trata más de satisfacer los gustos del gran público en vez de sacar a la luz lo que nadie ve o no quiere ver” (239). 

Teniendo que retratar al gran Tolstoi, el autor siente que la tarea no es fácil. ¿Cómo lograr captar la pasión que arde en la sangre de Tolstoi, su amor por la tierra, por los campesinos, por la fe; cómo describir en palabras el fuego de su mirada? ¿Cómo retratar un hombre tan complejo: “Tolstoi defensor de los campesinos, Tolstoi padre de trece hijos, Tolstoi amigo de Turguéniev, Tolstoi peregrino”, y continuaría diciendo: Tolstoi amante de la música, Tolstoi el solitario, Tolstoi el admirador silencioso de Dostoievski, Tolstoi el viajero, Tolstoi el esposo; etc. Una personalidad tan facética, cameleonica es, sin duda, difícil de sorprender en palabras. Como afirma Selma Ancira en el estudio introductivo a sus Diarios, “El conde Lev Nikoláievitch Tolstoi era de todo impredecible. Un día se encontraba en medio de una batalla en Crimea y al siguiente aparecía segando el heno con los campesinos. Otro día aprendía el oficio de zapatero y días más tarde estaba estudiando griego clásico para leer a Homero. Era una personalidad llena de contradicciones, desmesurada y seductora” (9).

Frente a estas afirmaciones hechas por un especialista y frente al hecho de que las Obras completas de Tolstoi, en la edición rusa, ocupan noventa volúmenes, esta más que claro que escribir sobre Tolstoi es una aventura.

Sin embargo, Wiesenthal se avienta, se entrega y logra hablar libremente de Tolstoi porque el mismo Tolstoi experimento libremente la vida –que la consideraba la única fuente autentica para la creación.

Me  encuentro en una situación difícil al tratar de rescatar algunas ideas sobre Tolstoi, con la esperanza de que el que va a leer esta reseña, en un día podrá regresar a Tolstoi, o podrá aprender que las grandes vidas no nacen en las comodidades, sino que los grandes hombres son los que supieron renunciar a las comodidades de la vida para poder encontrarse a sí mismo y de allá dar el salto hacia la llamada de Dios.

Repasando –a través de la pluma de Wiesenthal- la vida de Tolstoi aprendí que la escritura no sólo que te compromete con la humanidad, sino que te responsabiliza; la escritura no sólo significa describir hechos, o pintar la realidad con bonitos colores; sino escribir tiene una implicación moral. El escritor debe ser el que asume el riesgo de acercar al lector a la realidad, abrir los ojos sobre esta y responsabilizarlo. Un autentico escritor debe tener “un tercer ojo”. Y Tolstoi es uno de estor escritores que tenía el don de ver y sentir lo que otros no podían ni ver, ni sentir.

De hecho, como nos recuerda el autor de este “retrato literario”, hay una “vieja leyenda rusa que cuenta que, a veces, el ángel de la muerte visita, por error, a un hombre antes de su hora. Y, el ángel oscuro, al sentir que la mano de Dios detiene su espalda, respeta la vida de su víctima pero le deja una marca: un tercer ojo que le convertirá ya para siempre en un vidente” (233).

Tolstoi mismo pensaba que un escritor debe ser antes que nada un “educador” y una “autoridad espiritual para su pueblo”. Entregado tanto a esta idea, la trayectoria de vida de Tolstoi  esta llena de búsquedas y de renuncias para llegar a ser esta “autoridad espiritual y moral”. No cabe duda que Tolstoi siguió la llamada de Dios; de hecho estaba convencido que el verdadero sentido de vida se define por la vocación de cada uno. Y Tolstoi entendió su vocación cuando, después de pasar por la etapa de dandy, se compromete y se casa, en un 23 de septiembre, con Sofía, su compañera para toda la vida, volviéndose el padre de familia, el esposo respetado hasta el momento cuando su vocación lo lleva a seguir un solo camino: el de Dios.

Hay un momento especial cuando Tolstoi sufre una crisis y una conversión profunda. Tolstoi siente que el mundo lo necesita; que Dios lo necesita; que el prójimo lo necesita. Sin embargo, la crisis de Tolstoi y su conversión no son al azar. Desde una edad muy temprana Tolstoi empieza a reflexionar sobre sí mismo y en torno al mundo en cual vive; un mundo decadente donde “la civilización industrial conducirá a la violencia tecnificada, al abuso de la burocracia del Estado y a nuevas formas de injusticia social si el hombre no se dotaba de una conciencia moral y de un contenido espiritual” (23).  Tolstoi entendió perfectamente que ahí donde existe un desierto moral, los espacios son siempre muy fáciles de conquistar. Está claro que en este sentido tenía una sensibilidad profética. Como humanista, Tolstoi  luchó toda la vida para la verdad que surge desde una búsqueda auténtica; para una verdad no dada sino trabajada, conquistada por el espíritu porque sabía muy bien que “solo la verdad nos hará libre”, pero una verdad libre de cualquier ideología política o religiosa.  Sus escritos –que sean novelas, relatos, anotaciones en sus diarios o cartas-  reflejan esta  búsqueda que es el autentico ejercicio de la verdad.
Por eso Mauricio Wiesenthal, con una pluma de artista, crea con sutileza este puente entre los ideales que buscaba y profetizaba Tolstoi y nuestro mundo donde el hombre está solamente entregado al consumir con avidez toda basura mercantil –como el mismo autor subraya. La esperanza será que, recordando a Tolstoi, retomando su testimonio de vida,  su enseñanza, su pedagogía podíamos recobrar el sentido de vida: “El sentido de vida se halla fuera de nuestro conocimiento –afirma Tolstoi- porque nos formamos en una experiencia limitada –sometida a espacio, tiempo y casualidad – y tenemos que liberarnos de todo para comprender lo importante: la salida, la muerte, la vuelta a lo divino” (228).

En el fondo, la idea de sentido de vida fue la obsesión de Tolstoi. Debido a esta idea, como resulta también de su escrito Confesiones (libro prohibido y confiscado por la policía) Tolstoi, en la última etapa de su vida sufre una conversión, una crisis que lo aleja totalmente de la vida aristócrata así como lo aleja de su esposa, Sofía y de sus hijos.  A esta etapa él la llama de la “regeneración moral”, una etapa en el cual se convierte casi en un “monje herético o un profeta bíblico” (210). Y llega a afirmar con certeza que “la vida interior de cada ser humano es un secreto entre él mismo y Dios; no hay que rendir cuentas a nadie”(210). Quiere entregar todo a la gente pobre y renuncia también a sus derechos de autor, cosa que era totalmente incomprensible para la familia.

Pero la crisis de Tolstoi no es sólo espiritual; es una crisis que surge frente al progreso de la sociedad, progreso material que trae consigo la decadencia moral. Tolstoi -como Nietzsche o como Kierkegaard en su momento- es un testigo de su tiempo; no un testigo pasivo, sino activo que lucho hasta el último momento para la salvación de la cultura, de la educación del espíritu, amenazadas por la pereza y el desierto moral.

Sólo el que sigue su vocación puede entender la vocación de Tolstoi no sólo de escritor, sino de ser humano entregado al amor al prójimo. Para Tolstoi sólo el amor es el único que nos puede salvar, pero el amor autentico, el amor que significa entrega total, devoción y ayuda. Lo único que hizo fue seguir el Evangelio. Afirmaba en este sentido: ”Me imagino que, desde la más tierna edad, a nuestros hijos debería enseñárseles que un hombre no puede ser superior a otro… que es una vergüenza y una bajeza en querer hacerse superior al prójimo” (203). Por eso en esta última etapa Tolstoi se entrega a la lucha para los derechos de los pobres y humildes; es decir de la gente desfavorecida. Sin embargo, desde antes de su conversión, Tolstoi sintió esta llamada hacia el otro: le gustaba pasar el tiempo ayudando a los campesinos, trabajando junto a ellos el campo; su escritura es también una forma de buscarse a sí mismo para entregarse al otro; también su preocupación para la educación y la pedagogía, reflejan esta filosofía de vida para el otro. Cuenta Mauricio Wieshental cómo Tolstoi logró poner en práctica su ideal pedagógico: es decir, creó una escuela en su tierra, para los niños pobres; una escuela “de alegría y libertad, integrada a la vida del campo. (…) En ese ambiente natural, los niños se comunicaban mejor con el maestro y aceptaban el diálogo, basado siempre en las realidades de su entorno” (228). Una pedagogía al estilo socrático- podemos decir; una pedagogía fundamentada en la formación humanista de la persona, sin métodos y competencia, sino a base del diálogo para que el niño pueda desarrollarse en función de su propia personalidad y así poder encontrar su vocación y su sentido de vida. Una idea meramente liberal y humanista. En este sentido Mauricio Wiesenthal recuerda cómo Tolstoi “pensaba que los jóvenes deben elegir su vocación generosamente; preguntándose sí son capaces de entregar su vida por un ideal y asumir los mayores sufrimientos. Desconfiaba de los niños educados para ser artistas o científicos, si no existía en ellos capacidad de sacrificio. El valor de una obra consistía, para Tolstoi, en cuánto había entregado su creador para realizarla” (178).

Es posible que algunos consideren a Tolstoi ya anacrónico, un escritor que debe quedarse allá en la multitud d muchos otros; representante de su época y su tiempo y nada más; recordado de vez en cuando como el autor de Ana Karenina y Guerra y paz. Pero, después de leer este “retrato literario”, que nos pinta con luz y color la vida interior de Tolstoi, sus ideales y sus luchas, nos damos cuenta  de qué estamos perdiendo al considerarlo un clásico y nada más. Me doy cuenta de la actualidad de Tolstoi, la actualidad de sus ideas más en un contexto social en lo cual se cultiva lo inhumano, el éxito, “la riqueza material que se paga con la sordidez moral”, como él mismo afirmaba. Tolstoi viajó por toda Europa, conoció la riqueza, el desperdicio,  el ocio, la vida sin sentido; sin embargo, la grandeza de Tolstoi viene de algo que ningún otro escritor ha logrado. Es decir, a pesar de nacer en una familia rica, de ser conde, de vivir “una juventud despreocupada, de educarse como un hombre con espíritu cosmopolita” (32), en un momento de su vida, el hombre Tolstoi da el salto decisivo, guiado por esta palabras: “Habéis oído que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tus enemigos. Y yo, yo os digo: amad a vuestros enemigos, hacen el bien a los que os odian. (Mateo, 5, 43)” (27). Y se dedica a escribir para poder entender al ser humano, para poder aprender la sabiduría sencilla del pueblo, para poder amar, para poder educar, para poder perdonar, luchar, buscar. Se recuerda como Tolstoi ha construido asilos para niños desnutridos, llevando pan y leña a la gente, en la hambruna que pego Rusia en 1891-1892. Porque para Tolstoi el verdadero amor se refleja en los verdaderos y auténticos actos. Estaba contra los actos de beneficencias, de la falsa filantropía que “clama momentáneamente la conciencia de los poderosos” (252).

Tolstoi decide en un momento vivir para el amor, para la verdad y para la justicia y eso se refleja también en sus escritos. Como bien afirma Wiesenthal, “Tolstoi tiene el valor de experimentar en sí mismo las aventuras, la vida y las inquietudes de sus personajes” (84) Hasta aquí, ¿será suficiente decir que Tolstoi fue y es un genio? Hombre culto, intelectual por definición, amante de la música y en especial admirador apasionado de Chopin, autodidacta y perfeccionista, Tolstoi tiene una sencillez y una sensibilidad fuera de lo común. Un humanista y un hombre de fe; de una fe autentica para cual lucho toda la vida arriesgando y asumiendo ser llamado hereje; porque la fe de Tolstoi es esta fe que se reconoce “si miráis a Dios directamente en la cara, sin gafas y sin entornar los ojos” (118).

Esto es el legado más importante que dejo Tolstoi, no sólo a sus hijos o a su esposa –qué lo entendió y lo perdonó- pero a la humanidad entera: una vida de amor y fe; una vida en Dios; una vida que es un secreto entre la interioridad del hombre y Dios  que nadie tiene derecho de juzgar… La vida de Tolstoi es la historia de un ser humano frente a Dios…