Jueves 22 de Agosto, 2019 - México / España
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Ética Pública



No compartimos la costumbre tan difundida al día de hoy por la cual el valor de una idea, de un tema, de una investigación se mide en base a su “actualidad” y sus posibles “aplicaciones” o “recaídas” concretas. Pensamos, al contrario, que hay que reconocer criterios intrínsecos para evaluar la calidad, el valor, la originalidad, el interés de tantos productos del ingenio humano, y su actualidad puede ser otro elemento de juicio que se añade a los más fundamentales y puede reforzarlos.

 

En el caso de los valores éticos implicados (que es otra cosa que decirlos simplemente “implícitos”) en la educación de las culturas nahuas nos encontramos precisamente en la segunda de las dos situaciones mencionadas arriba, ya que hemos considerado el elevado valor intrínseco de sus ideales y prácticas educativas, pero podemos al mismo tiempo considerar la razón por la cual aquella ética tradicional tiene también un valor de actualidad para el tiempo presente.

 

No se necesita de muchas palabras para decirlo: frente a las graves crisis morales, sociales, económicas y políticas que está viviendo el mundo moderno (especialmente el occidental), se oye a menudo lamentar la falta de una ética pública, cuya ausencia se encuentra a la raíz de tantos males, como, en primer lugar, la corrupción, que genera ineficiencias, favoritismos, ignorancia del mérito, desconfianza en las instituciones, desgaste de recursos públicos, etc. Este diagnóstico no es difícil, así como es correcto ver un aspecto específicamente moral en la crisis actual. Sin embargo no sería correcto interpretar esta dimensión moral como el hecho de que los políticos, los funcionarios públicos, los ejecutivos de las grandes empresas son “malos”, son animados por intenciones moralmente condenables o tienen una conducta moralmente reprobable. En realidad muchos de ellos, y probablemente la mayoría, son buenas personas, nutren buenos sentimientos, son leales en sus amistades, dispuestos a ayudar los necesitados que conocen, correctos en sus costumbres. Entonces como se explica esta paradoja? Es la paradoja que ya los latinos habían expresado en la frase Senatores boni viri, Senatus mala bestia (Los senadores son buenos hombres, el senado es una mala bestia) que subrayaba la discrepancia entre las virtudes privadas y los males de la acción pública.

 

Es nuestra opinión que el problema de una ética pública tiene que abordarse considerando el enfoque general que ha sido dado a la ética de nuestra cultura moderna, y no es difícil reconocer que dicha ética ha sido enfocada en el individuo y en particular en su conciencia moral. Era entonces una ética de la acción personal, en la cual el factor principal era la intención, aunque no se ignorara el resultado de la acción (que podía ser bueno o malo en sí mismo). Las consecuencias de la acción no entraban directamente en la consideración ética (a menos que fuesen voluntarias y por lo tanto cabían dentro de la intención). Como consecuencia de todo esto la responsabilidad moral de un hecho se entendía como exclusivamente individual y muy estrictamente ligada a la intención. Este planteamiento se reforzó con el hacerse más y más compleja la estructura de las sociedades modernas, en las cuales un individuo casi nunca puede prever y menos decidir las consecuencias no inmediatas de sus acciones y es así que todo el significado de la moralidad vino concentrándose en la intención (como es muy claro en la ética de Kant).

 

Es bastante claro que una ética de este tipo no proporciona las herramientas para tratar adecuadamente la calidad moral de las acciones colectivas, ya que estas no son una simple suma de las acciones individuales y, además, en muchos casos presuponen la determinación de fines, medios y correlaciones entre acciones particulares que las conciernen “como un todo” y no pueden reconducirse a intenciones o decisiones personales. Por esto decimos que hoy en día se necesita una verdadera innovación en la ética, es decir (sin despreciar el aspecto individual de la ética) elaborar principios y normas para una ética pública. Estamos todavía muy lejos de ver los rasos de esta ética, aunque no falten inicios prometedores. Pero no es de estos que queremos hablar ahora. Sino mencionar que la ética de las culturas del Anáhuac tradicionales ya era una ética pública, como lo hemos visto hablando de aquellas culturas, y lo era porque en primer lugar se inspiraba a ideales de vida y crecimiento dentro de comunidades (familia, tribu, pueblo, etc.) dentro de las cuales el individuo alcanzaba su madurez ejerciendo un papel que era al mismo tiempo personal y jerárquicamente ordenado: mandaba obedeciendo y obedecía mandando y decidiendo, y ésta es la expresión tal vez más correcta de la responsabilidad. Sobre todo porque también el superior al que se obedecía era alguien que a su vez obedecía no tanto a un jefe, cuanto a un ideal de servicio a la comunidad.

 

Esta ética, como lo hemos visto, no se transmitía por “enseñanzas” doctrinarias, sino a través de una educación continua y concreta, que se realizaba dentro de los muros de la casa así como dentro de las otras formas de convivencia y al final dentro de las instituciones específicamente educativas. Era la “sinergia” de estos “cuerpos intermedios” que garantizaba la cohesión y el éxito de la transmisión de ésta ética pública. En las sociedades actuales es muy difícil pensar de reimplantar una estructura parecida de cuerpos intermedios, pero por otro lado es indispensable que ciertos valores sobre-personales reciban el debido reconocimiento en la sociedad y sean explícitamente transmitidos mediante la educación, no en forma de preceptos indoctrinados, sino como algo que penetra en la manera de sentir, pensar y vivir y esto necesita esencialmente del ejemplo. En nuestros salones de clase los alumnos se consideran listos si saben copiar durante el examen, En otros países los alumnos no copian porque se avergüenzan de hacerlo: es una pequeña diferencia, pero nos indica los pequeños pasos que se pueden realizar para conseguir mediante la educación un mejor nivel de ética pública, cual nuestros antiguos antepasados habían sabido alcanzar.