Miércoles 20 de Febrero, 2019 - México / España
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Vasconcelos y la educación



“Llego con tristeza a este montón de ruinas de lo que antes fuera un ministerio que comenzaba a encauzar la educación pública por los senderos de la cultura moderna. La más estupenda de las ignorancias ha pasado por aquí asolando y destruyendo, corrompiendo y deformando, hasta que por fin ya sólo queda al frente de la educación nacional esta mezquina jefatura de departamento que ahora vengo a desempeñar por obra de las circunstancias; un cargo que sería decorativo si por lo vano de sus funciones no fuese ridículo; que sería criminal si la ley que lo creó no fuese simplemente estúpida. Doloroso tiene que resultar para toda alma activa venir a vigilar la marcha pausada y rutinaria de tres o cuatro escuelas profesionales y quitar la telaraña de los monumentos del pasado, funciones a las que ha sido reducida nuestra institución por una ley que debe calificarse de verdadera calamidad pública”. (Vasconcelos, J:771)


Vasconcelos inicia así en 1920 su posición como rector de la Universidad Nacional, en un discurso que encierra en su tono romántico y lacónico la pasión de un hombre por la verdadera educación.  Por una educación que se realice como cristalización de los esfuerzos y sacrificios de una revolución sangrienta, que deje las armas en el suelo y las cambié por el estudio de los clásicos, que deje a un lado la búsqueda del poder, por la búsqueda de la verdad,  que terminé de una vez y para siempre con la mediocridad de seguir repitiendo las formas anquilosadas de una serie de leyes inadecuadas para llevar a cabo una federalización de la misma.

Pero esta federalización de la educación, Vasconcelos no lo ve como un acto de maniobra política, ni como una forma de posicionar su figura en las turbias aguas del ascenso político, sino como un deber al que se ve llamado por conciencia, lo ve como una responsabilidad a la que lo llama su vocación de Maestro, de educador y de filósofo. Como dice más adelante, “por encima de todas las leyes humanas está la voz del deber como lo proclama la conciencia, y ese deber me obliga a declarar que no es posible obtener ningún resultado provechoso en la obra de la educación del pueblo si no transformamos radicalmente la ley que hoy rige la educación pública, si no constituimos un Ministerio federal de Educación pública.” (Vasconcelos, J: 772)
Para Vasconcelos, esta ley federal de educación, era su República Platónica, porque no se trataba de una propuesta sólo en términos de las formas y los procedimientos, o  de modelos pedagógicos, sino principalmente de la esencia misma de la educación superior y de una educación universitaria. Esta esencia era mediante el derroche de las ideas, la educación clásica y la recuperación de los valores de las relaciones maestro-discípulo, salvar de la ignorancia y la pobreza al pueblo de México. Pero esta salvación no se daría por medio de que la educación ofreciera empleos o carreras profesionales ad hoc con el mercado laboral imperante, sino haciendo que los individuos se formarán en la experiencia viva e intelectual de la condición humana.

La primera consigna de Vasconcelos a la educación superior es:

 “dedicarse a poner en manos de todos los seres humanos de nuestro pueblo las obras, ideas, pensamientos y teorías de los más grandes pensadores sobre la condición humana universal, como Tolstoi, Dostoievsky, los griegos, San Agustín” esa condición que se cristaliza en la forma concreta del mestizaje cultural. La consigna de Vasconcelos, cual Sócrates o Platón del nuevo mundo, es que todo individuo deje de ser un repetidor de formas funcionales que nos deshumanizan y que sólo están al servicio de los intereses de dominación de ciertos países con intereses corporativos –en su tiempo los USA- que los institutos culturales dejen de copiar las formas en que estos países imponen su cosmovisión del mundo. La consigan es eduquemos para que el pueblo de México se conozca a sí mismo, no en el nacionalismo retrograda que hace de la cultura un instrumento, sino en el conocimiento de lo que universalmente nos hace humanos y que de forma concreta conforma nuestra cultura, encontrar eses espejo enterrado del que Carlos Fuentes nos hablará más tarde. Como nos dice Vasconcelos: “nuestras instituciones de cultura se encuentran todavía en el período simiesco de sola imitación sin objeto, puesto que, sin consultar nuestras necesidades, los malos gobiernos las organizan como pieza de un muestrario para que el extranjero se engañe mirándolas y no para que sirvan (…) Afirmo que esto es un desastre, pero no por eso juzgo a la universidad con rencor. Todo lo  contrario; casi la amo, como se ama el destello de una esperanza insegura. La amo, pero no vengo a encerrarme en ella, sino a procurar que todos sus tesoros se derramen. Quiero el derroche de las ideas, porque la idea sólo en le derroche prospera”. (Vasconcelos, J: 772, 773)

Lo que nos toca hacer como universitarios es responder al problema de la ignorancia, lo que nos toca hacer como maestros es vencer la ignorancia con el bien de la cultura.

Esta ignorancia que es causa de mantenernos inseguros ante nosotros mismos con una mente cerrada que ve como extraño y amenazador todo aquello que nos parezca novedoso, cuando visto con los ojos de la cultura, lo extraño deja de serlo para convertirse en ocasión de encuentro. Esta ignorancia mantiene en la pobreza a muchas personas, no sólo por no tener ingresos, sino a muchas de las que tienen en su manso el poder de tomar decisiones. Las mantiene en una pobreza de espíritu y de creatividad humana, en una inercia mercantil y una lógica de éxito que los aleja cada vez más de lo que hace deseable el don de la vida, y cuando el donde la vida deja de ser algo amable, se convierte en odio y escarnio sin escrúpulos donde todo es extraño y todo es extranjero y la única certeza es las posesiones inmediatas. Como diría Sócrates si un alma no se examina a sí misma no puede llevar a cabo una vida buena, lo mismo hace Vasconcelos en este discurso, incita a la universidad a los universitarios a hacer un examen de conciencia de su responsabilidad no con estar a la vanguardia del conocimiento y de las tecnologías, sino estar a la altura de las necesidades que el país nos exige para ser humanos, contra esta ignorancia que reina en el ámbito del conformismo, la mediocridad y la fatalidad. Salir del aula no para mundanizar el aula, sino para iluminar el aura del tránsito que lleva a todo ser humano de ser un amera bestia a ser un humano cabal, íntegro, universal y singular. La consigna de Vasconcelos a la educación es ser ejemplo, foro inclusivo de sabiduría.

Esta era la idea de la Revolución en Vasconcelos como nos dice más adelante:

“La Revolución anda ahora en busca de los sabios. Mas tengamos también presente que el pueblo sólo estima a los sabios de verdad, no a los egoístas que usan la inteligencia para alcanzar predominio injusto, sino a los que saben sacrificar algo en beneficio de sus semejantes. Las revoluciones contemporáneas quieren a los sabios y quieren a los artistas, pero a condición de que el saber y el arte sirvan para mejorar la condición de los hombres”. (Vasconcelos, J: 775)

La liberación de la ignorancia proviene de la sabiduría y el arte, aquélla que es digna de los que se llaman maestros, aquella que se cierne sobre la vocación esencial del maestro, que se ha decidido a vivir y morir no por una ideología o por algunas voluntades de partido, sino por el amor a sus prójimos, que requieren de su estudio dedicación y sacrifico, para verse a sí mismos como semejantes ye n esa semejanza acceder a la gloria enriquecida de lo que significa ser humano, por eso sabios son Dante o Beethoven, cuyas obras no son producto de la egolatría, sino de la entrega y de estar a la altura de las exigencias de sentido de nuestros semejantes, en cada una de sus obras se trasluce el sentido universal de la humanidad y su carácter trascendente.

Como dice Vasconcelos, se trata de que la educación sea colaborativa en un acto de reconocimiento humilde y certero de la complementariedad de trabajar juntos no en relaciones de dominio sino de encuentro y de amor fraterno en donde “la educación es una enseñanza directa de parte de los que saben algo a favor de los que nada saben. Me refiero a una enseñanza que sirva para aumentar la capacidad productora de cada mano que trabaja y la potencia de cada cerebro que piensa. No soy amigo de los estudios profesionales, porque el profesionista tiene la tendencia a convertirse en parásito social, parásito que aumenta la carga de los de abajo y convierte a la escuela en cómplice de las injusticias sociales. Trabajo útil, productivo, acción noble y pensamiento alto, he allí nuestro propósito.” (Vasconcelos, J:775)

La educación universitaria, empeñada en la sabiduría que ayude a los hombres sobre sí mismos como hombres y como pueblo, tiene una finalidad social. Donde social significa la formación de una comunidad de trabajo y de sabiduría, fundada en el amor al prójimo e inspirada en el anhelo trascendente de una unidad cósmica con la existencia. Como nos dice Vasconcelos al final de este discurso a la universidad: “Los educadores de nuestra raza deben tener en cuenta que el fin capital de la educación es formar hombres capaces de bastarse a sí mismos y de emplear su energía sobrante en el bien de los demás. Esto que teóricamente, parece muy sencillo es, sin embargo, una de las más difíciles empresas, una empresa que requiere verdadero fervor apostólico” (Vasconcelos, J:776)

Esta labor universitaria por ello no se reduce a los que pueden acceder a la educación, sino que es una llamada para Vasconcelos de acercarse al humilde, al desprotegido, en una auténtica opción preferencial por los pobres, en la que pueda darse, como dice él, al estilo de los misioneros que propagaron la fe, propagar esta necesidad de búsqueda de sí verdadera y unidad en la verdad, no relativa un tiempo o un espacio, sino que universalmente se transfigura en las diferentes culturas que conforman nuestro país.

Nos dice  Vasconcelos “organicemos el ejército de los educadores que substituya al ejército de los destructores. Y no descansemos hasta que las jóvenes abnegadas, los hombres cultos, los héroes todos de nuestra raza, se dediquen a servir a los intereses de los desvalidos y se pongan a vivir entre ellos para enseñarles hábitos de trabajo, de aseo, veneración por la virtud, gusto por la belleza y esperanza por sus propias almas. Ojalá que esta universidad pueda alcanzar la gloria de ser la iniciadora de esta enorme obra de redención nacional.” (Vasconcelos, J: 776)
Esta obra de utópica, platónica, evangélica, pero sinceramente auténtica de educación queda como la tarea central a realizar de vivir por una vocación docente.

La obra de la educación que Vasconcelos concibe en su tiempo para la educación pública recae no en los nuevos sistemas educativos o en nuevas técnicas pedagógicas, ni siquiera en la implementación de la llamada escuela activa proveniente de los modelos de Estado Unidos –que el día de hoy se ha puesto tan de moda en la mente de los pedagogos- pues como dice en De Robinson a Odiseo “la misión del pedagogo es despertar lo que hay del hombre total en el propio especialista. Y recordarnos que la verdad es grande; no es asunto de cenáculo ni se aprende en escuelitas de ayer o de anteayer; porque, a través de los tiempos, los hombres de eternidad se dan la mano y se transmiten la sabiduría, para que cada cual la disfrute según la amplitud y elección de su idiosincrasia, única y comúnmente maravillosa.” (Vasconcelos, J: 1520)

Es decir, la tarea del maestro, pero no del maestro entendido como cualquier facilitador didáctico de la enseñanza, no como el maestro que se dedica sólo a repetir los manuales que conforman dulcemente a los mediocres a las ideologías imperantes, si no al dolor sacrificado de llegar a ser maestro, de llegar a tener esa autoridad de maestro, una tarea que dura toda la vida y a la que hay que entregar la vida entera.

Ser maestro para Vasconcelos, formar un ejército de maestros, es lo que requieren estas consignas a la educación universitaria, no requieren nuevos modelos de evaluación o tecnologías educativas, requerimos verdaderos maestros, que por vocación a la docencia como un amor al crecimiento del espíritu de otros que lo requieren entrega su tiempo al estudio, investigación y comunicación  de la sabiduría de lo que significa ser humano en cualquiera que sea la especialidad de su asignatura concreta. El maestro es aquél que siente una llamada a responder de forma absoluta a acoger a otros individuos que están dispuestos a crecer y madurar en su espíritu humano a través del tiempo que el maestro ha dedicado al estudio profundo de la sabiduría de todos los tiempos. Por eso no le gustaba a Vasconcelos la escuela activa, porque como era posible decir que un alumno que ha leído un libro de historia en su vida tuviera la misma autoridad que la de un maestro que ha leído toda la vida.

En la visión de Vasconcelos la consigna es preparémonos como maestros, y eso qué significa, dice Vasconcelos en su discurso a los maestros en la fiesta del maestro en el teatro Abreu: “¿Maestros de qué? ¿Qué es lo que sabemos nosotros para ser maestros? Uno que otro procedimiento útil, una que otra receta para que la vida del hombre no se confunda con la del bruto, pero de las grandes cuestiones fundamentales no sabemos nada; y así como dijo Tolstoi que el hombre no puede constituirse en juez del hombre, se hace necesario afirmar, por razones semejantes, que el hombre no puede ser el maestro del hombre. Sin embargo es preciso que cada generación transmita su experiencia a la que siga y que cada hombre ofrezca su ejemplo a los demás; de aquí que afirmamos que es legítimamente maestro el que trata de aprender y se empeña en mejorarse a sí mismo. Maestros son quienes se apresuran sin reserva a dar un buen consejo, el secreto recóndito, cuya conquista acaso ha costado dolor y esfuerzo. Uno que ya pasó por distintas pruebas y no ha perdido la esperanza de escalar los cielos, eso es un maestro.” (Vasconcelos, J: 807)

Ser un maestro no es cuestión de ser instructor de una que otra forma de operar o de informar, ser maestro es una vocación que llama a comunicarse con los alumnos en la forma de ser, hacer, decir, pensar y apasionar del maestro y la comunidad educativa para promover la vida integra de cada persona humana. Vocación que exige que el maestro no se oculte de tras de la pedagogía o detrás de las técnicas pedagógicas, requiere que el maestro salga al encuentro, con humildad, de los rostros de las personas que requieren de su sabiduría. Lo que implica también que los alumnos debe tener vocación para serlo y esto significa estar dispuesto a reconocer la autoridad del maestro y seguir sus pasos, no porque sea mayor o porque tenga más años, sino porque ya ha cursado ese camino doloroso de la sabiduría que en las circunstancias actuales está lleno de obstáculos y desesperanzas, sin embargo el maestro sigue en pie en el ideal de ser humano y no ha sido vencido por los vaivenes de los tiempos, el maestro es una vocación a permanecer fiel a las exigencias de vivir un ideal de ser humano a pesar y más allá de las circunstancias favorables o desfavorables.

La autoridad del maestro no está en la cantidad de conocimiento, sino en la profundización de su conocimiento y cómo lo relaciona con la condición humana. El maestro llega a serlo cuando en cada especialidad puede hacer al alumno acceder a una tradición de vida, de conocimiento en la cual se conecta con el significado de su propia condición como mortal, trascendente, libre, racional y comunitario.

Para Vasconcelos el maestro no es un hombre que se quedó en el pasado o que vive en la inmediatez del presente, sino que irradia fe y esperanza en los alumnos de un futuro que está por venir y que depende de su amor a la verdad y su pasión por el trabajo en comunidad. En ese sentido, el alumno busca en un maestro además de conocimiento sobre todo esperanza y fe, en un futuro que le corresponde a su actividad de graduado llevar a cabo, sin maestros al esperanza estaría muerta en una tradición o en una visión del hombre sin sentido y sin actualizarse, como nos dice Vasconcelos: “Creadores de cosas nuevas y factores del porvenir: eso somos nosotros, pese a todos los menguados que aún se empeñan en lanzar gritos de desaliento; creadores sois todos vosotros, porque yo os he visto luchar y vencer dentro de vosotros mismos, conquistando la fe; la fe en la vida, que es un tránsito glorioso; la fe en la raza, que es un resplandor mágico de la corriente humana; la fe en la justicia, que lleva dos mil años de abrirse paso desde la humilde tierra de Galilea hasta los tiempos presentes, en que invade el mundo con nombres nuevos, pero no menos santos; la fe en el ideal que se revela en el universo con eclosión de infinita belleza. Esta luz y esta confianza os han permitido triunfar de las más duras pruebas, aparecer constantes mientras otros desesperan, resurgir después de la más honda angustia, plenas vuestras almas de esperanza.” (Vasconcelos, J: 804)

Por lo mismo llegar a ser maestro no es cuestión de un empleo, no es cuestión de ser facilitador, no es cuestión de modelos pedagógicos, es cuestión de vocación. Una vocación que llama y exige de forma absoluta la entrega del tiempo de vida de una persona a luchar por el valor del diálogo, el valor de las ideas, el valor de la verdad, el valor del espíritu humano por encima de la brutalidad de los que se han quedado en la bestia, pero sobre todo en el amor incondicional a lo mejor que un ser humano puede aspirar: a realizarse en un ser virtuoso, es decir que reconozca y ame el donde de su vida y al de otros, le defienda y la proteja, que ame su propia cultura en la que se concreta la vida humana, un amor a la justicia, a la búsqueda de la verdad y a la belleza, no como instrumentos sociales o de poder, sino como presencia misma del ideal trascendente de unidad de todo el universo. El profesionista se convierte en maestro cuando sus capacidades se ponen a la altura y al servicio de saber cómo en ellas y a través de ellas se puede saber acerca de la unidad de sentido en origen y destino de cada hombre con otro ser humano y el cosmos entero, hasta Dios.

Esta siempre ha sido una tarea ardua que no es para espíritus débiles y mediocres, pues el mundo siempre nos tienta a quedarnos en la fascinación de lo inmediato y olvidarnos de que somos humanos. Por eso el maestro, es testimonio vivo de haber vencido los demonios del mundo que ya sea por dinero, desprecio, maltrato, ideologías ha querido ser reducido a una figura sin autoridad moral, pero el verdadero maestro no ha desistido de creer que su vocación está en formar en esta sabiduría a otros seres humanos y que hablándoles de persona  a persona, sin máscaras ni masificaciones o etiquetas, logra sacar para la propia conciencia del individuo, del alumnos, el valor de todas estas virtudes y de su vocación como ser humano y no como mero técnico o especialista o funcionario y así posiblemente darle la puerta abierta para formarse un carácter íntegro entre lo universal humano y sus circunstancias particulares, los maestros somos forjadores de posibles héroes de la humanidad, esto es lo que nos hace maestros y no otra cosa. Por ello la educación centrada en la vocación de ser maestro y de algunos que hemos decidido entregar la vida a ello, no solo forja profesionistas sino seres humanos con rostro humanos y personal en el cual pueda algún día relucir el sentido de la belleza con la justicia y al verdad con el amor.

La conclusión es que la educación no debe dejar de mirar siempre inclusivamente, al necesitado de sabiduría, como conocerse así en el amor a los demás para formar comunidad en hábitos de virtudes excelentes como seres humanos, y en medio de una tradición viva. La educación por medio de la vocación de ser maestro es elevar el alma, extraer el espíritu de la bestia, como dice Vasconcelos: “Ejército desgarrado, pero que lleva en el pecho un fulgor como de hazaña heroica: eso parecéis cuando se os contempla, maltratados por la vida, pobres de aspecto, peor con no sé qué de firmeza interior que quizás viene de que en vuestras vidas no hay simulación, de que vuestras vidas son tenaces, de que vuestras obras son modestas, pero firmes; pequeñas, pero santas. La tarea de enseñar con humildad deja en vosotros una aureola, algo como la claridad que se desprende de una lección sencilla que eleva el alma y paso a paso desde la condición pasiva de la bestia hasta la altura, dolorosa pero magnífica, del hombre.” (Vasconcelos, J: 804)

Rafael García Pavón

gclimacus@yahoo.com.mx