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Magia a la luz de la luna de Woody Allen (2014)



El amor es una ilusión verdadera.

Motto: “Si la infatuada sagacidad, que se jacta de no dejarse engañar, tuviese razón cuando afirma que no debe creerse nada que no se vea con los ojos de la carne, entonces en lo que primeramente habría que dejar de creer sería en el amor. Y si se hiciese tal cosa, precisamente por el temor a ser engañado, ¿acaso no estaría uno engañado? Pues de seguro hay muchas maneras de ser engañado: uno puede ser engañado creyendo lo falso, pero también puede muy bien ser engañado no creyendo lo verdadero; a uno le pueden engañar las apariencias, pero también es engañado por esa apariencia de sagacidad, esa halagüeña presunción que se considera completamente asegurada contra todo engaño”  (Kierkegaard, S. 2006: p.21)

Magia a la luz de la Luna como la ilusión verdadera del amor

En el filme más reciente de Woody Allen, Magia a la Luz de la Luna (Magic in the Moonlight, 2014), la magia del cine es hacernos creer sobre la verdad del amor, que no se puede demostrar por ninguna razón suficiente, sino sólo por su presencia en el acto de acontecer con la forma de una ilusión. Porque la naturaleza de la ilusión no es ser una mentira, sino suspender nuestras certezas inmediatas para plantearnos la posibilidad del amor, la cual sólo será real si elegimos creer que es posible en el “aquí y el ahora”.

La magia del amor, por decirlo de alguna forma, es vivir no como alguien que tiene en sí mismo el poder egocéntrico de todas las explicaciones y las razones, es decir como un yo, sino vivir aceptando que la verdad de nosotros mismos se manifiesta y revela en la medida en que nos liberamos del ego y nos aceptamos en la vulnerabilidad y contingencia del amor del otro. La magia del amor es saberse necesitado de ser amado, saberse un tú y no un yo, y simultáneamente amar es reconocerse como tal ante el otro, por lo que el otro se sabe también necesitado del amor.

Por ello tan malo es engañarse sobre creer en un amor falso, pero es peor engañarse a sí mismo ante un amor verdadero, pues como dice Kierkegaard “engañarse a sí mismo en el amor es lo más espantoso que puede ocurrir, constituye una pérdida eterna, de la que no se compensa uno ni en el tiempo ni en la eternidad.” (Kierkegaard, S. 2006: pp. 21-22)

En el filme éste es el caso del encuentro y el arco dramático que se desarrolla entre los dos personajes principales: el escéptico y ególatra ilusionista inglés Stanley Crawford (Colin Firth) y la joven, estafadora espiritista norteamericana, Sophie Baker (Emma Stone). Tanto el filme como los personajes pasan de un escepticismo e incredulidad en el amor a creer y elegir el amor gracias al juego de la ilusión cinematográfica. Todo ello ambientado con la magnífica fotografía de la Costa Azul, cerca de Provence, en los tiempos entre guerras, en concreto el año 1928. En los cuales la desesperanza, el escepticismo sobre la civilización europea y sus grandes valores, así como la insatisfacción de progreso prometido por la ciencia positivista, eran el espíritu común de los tiempos, y por ello, se buscaban vías alternas de comprensión a la verdad que se  consideraban ilusiones o mentiras: como el psicoanálisis -el anfitrión de la casa de los Catledge donde se lleva acabo el encuentro entre Stanley y Sophie es psicoanalista-, el espiritismo, o el ilusionismo. Esto lo  expresa irónicamente Stanley cuando su amigo Burkan (Simon Mc Burney) le comenta que para desenmascarar a la espiritista han pedido la presencia de los científicos, y Stanley comenta: “¿No saben que los científicos son los más fáciles de engañar?” (Allen, W. 2014)

El filme es un juego entre diversos tipos de engaños e ilusiones, pero que terminan por hacer que tanto Stanley como Sophie se desengañen sobre sus propios poderes que los mantienen incrédulos sobre la posibilidad de un amor verdadero. Stanley del poder de su lógica y racionalidad, Sophie de sus poderes de seducción femenina, terminando por elegirse en el amor que se ha dado entre ellos. Ambos son expertos engañadores, pues cada uno se dedica a ofrecer a otros las ilusiones en las que ellos mismos no creen -Stanley lo hace por el arte mismo del engaño que satisface su propio ego, a su yo que cree saberlo todo y controlarlo todo.  Sophie lo hace por razones de negocio para salir de su condición social, en donde además su madre es su agente de ventas-.

Lo interesante es que su encuentro se da dentro del juego de otro engaño, porque Stanley conocerá a Sophie en la casa de los Catledge seducido por el desafío que le propone su amigo de la infancia Burkan para desenmascarar a Sophie, en la sesión espiritista en casa de los Catledge. Pero en realidad Burkan, en previo acuerdo con Sophie, lo que pretende es que Stanley se dé cuenta de que no es tan poderoso, como una especie de venganza juvenil por la envidia que le tenía, lo que se manifiesta en el desenlace del filme. 

¿Cómo se desarrolla este juego de engaños e ilusiones, como lo son las imágenes cinematográficas, que logran desengañar a unos incrédulos y los llevan a elegir el amor de verdad? Este juego de engaños y seducciones entre lo real y lo aparente en relación al amor es un juego entre nuestros deseos y tendencias íntimas pero que el mundo exterior parece no satisfacer o contradecir. Esta contradicción en general se refiere siempre al enfrentamiento entre nuestro deseo de durar, de inmortalidad, y el hecho de la muerte, como dice Stanley a su amigo Burkan “Todos deseamos que aparezca alguien con superpoderes pero el único superpoder que aparece seguro, usa bata negra” (Allen, W., 2014: 15:58)

Esta condición humana se manifiesta en todas las dimensiones de la propia existencia, en el caso del amor –que es el fondo del problema de Stanley- entre el deseo de un amor eterno y el hecho de la pérdida del mismo; ya sea por las decisiones de las personas de no ser fieles y honestas, o por la muerte misma. Estas dos contradicciones se concentran en el caso de los Catledge, y es la razón por la cual han pedido al presencia de Sophie con sus supuestos poderes espiritistas de contactarse con el mundo oculto del espíritu y de los muertos, pues la señora Catledge (Jackie Weaver) ha perdido a su esposo, y como dice en una de las escenas: “¿Cómo puede ser que todo lo que es, es lo que vemos? Que pensamiento tan desconsolador (…) ¿Por qué Dios se habría tomado tanto trabajo si todo se convierte en nada?” (Allen, W. 2014: 21:07) Pero no sólo eso, una vez que se lleva a cabo la sesión, la señora Catledge, quiere saber también si ella fue la única que amo, que nunca le fue infiel. Deseo de inmortalidad y amor eterno, son los mayores deseos del espíritu humano, pero ante los hechos pareciera ser que ni una ni otra es posible.

La vida y el amor son como actos de magia, cuando entramos al espectáculo, aunque sabemos que los actos imposibles que aparecen ante nosotros son trucos, el no saber los trucos y no pretenderlo, permite que suspendamos nuestra subordinación a los hechos y creamos por un momento que eso es realmente posible. Pero si pretendemos sabernos todos los trucos el espectáculo de magia pierde su sentido, y al final del día es una falsa pretensión. Si vivimos o amamos  creyendo que nos sabemos todos sus trucos y que no hay nada más que lo que se ve, el amor y la vida pierden su sentido. Mientras el misterio de la vida y el amor permanecen como algo oculto ante nuestros propios poderes sus posibilidades siguen siendo razonables, creíbles y elegibles, pero una vez que no lo fueran, no habría nada que elegir, porque todo estaría dado inmediatamente.

Esto es lo que pasa con el personaje de Stanley, quien al parecer por un amor perdido en su pasado, ha decidido vivir sin creer más en las posibilidades del mismo. No cree en nada más allá que lo que le dicen los hechos, la racionalidad y su sentido común, no hay más verdad que ello y cree saber todos los trucos. En el fondo lo que Stanley no quiere aceptar es esta condición humana de la que hemos hablado, que como decía Kierkegaard, es una tensión dinámica entre lo finito y lo infinito, entre lo necesario y lo posible.

Stanley no cree más en esta condición y se resigna a lo finito y lo necesario. Pero es esta soberbia la que lo seduce y lo hace entrar en el engaño de Burkan, motivando el encuentro con Sophie. Porque Burkan después de exponerle como si fuera verdad que él ha tratado de descubrir los trucos de Sophie pero no ha podido, le dice que ha llegado a dudar de que a lo mejor es verdad que hay ese mundo oculto y que sus poderes son reales, a lo cual Stanley responde iracundo: “Nada es verdad, todo es falso, del espiritismo al Vaticano (…) No sé a quién odio más, a los que usan trucos simples para engañar a los inocentes o a los inocentes que merecen lo que tienen por estúpidos.” (Allen, W., 2014)

El juego, entonces, en el que se encontrará con Sophie se dará entre lo que pensamos que debemos creer en función de nuestras certezas y las posibilidades que pueden ocultarse aun no develadas o incluso novedosas que se descubren, no por los hechos, sino por aceptar que la certeza no es la última fuente de verdad. 

Para ello, lo que sucede en el filme, es como dice Kierkegaard, que Stanley es engañado para descubir la verdad. Stanley cree estar en la verdad, que en realidad no lo es, al no creer en la condición existencial, que de hecho es la verdad; así se engaña sobre la verdad. Para salir de este engaño y asumir la verdad de su condición humana, tendrá que experimentar, como si fuera real, la posibilidad de ese mundo oculto y será en ese proceso, en esa acción, donde podrá tener la posibilidad de desengañarse. La ilusión no es como tal una mentira o una simulación, es la presencia de la realidad en su modo de posibilidad, y esto es lo que Stanley se niega a aceptar, que los hechos puedan ser de otra manera.

En este sentido decir que el amor eterno es una ilusión no implica necesariamente que sea falso o que no pueda existir, lo único que indica es que es posible, y que su existencia no depende de ninguna condición ya de hecho, sino que requiere la elección de una persona para convertirse en una realidad que esté porvenir  y no en un sueño de ocasión.

El engaño para la verdad que Sophie le provoca a Stanley, inicia cuando le hace creer que sabe cuestiones de su intimidad y de su vida pasada, imposibles de saber por ella misma –al final sabemos que Burkan le proporcionaba esa información- y antes que él la desenmascare, ella lo pone en evidencia como la persona detrás del gran ilusionista Wei Ling Soo. Ante esto, Stanley la desafía soberbiamente, diciéndole que puede replicar todos sus trucos, pero lo que no dejará dormir a Stanley y lo pondrá en el camino de la duda de sus propias certezas será lo que Sophie le contesta: “No lo dudo usted es genial, pero el que los pueda duplicar  no prueba que no sean reales” (Allen, W., 2014: 30:44)

Stanley empieza a dudar de sus certezas, representado en las noches que no puede dormir con la 7ª. Sinfonia de Beethoven –que es la misma que se escuchaba cuando él realizaba sus actos de ilusionismo al inicio del filme  indicando el momento en que es posible que la magia acontezca- esta duda, sobre las propias certezas que nos engañan, provocada a su vez por un engaño, el estar ante una realidad que no cuadra en ellas, moviliza el interior de Stanley y del espectador. Abre su reflexión con el deseo de empezar a plantearse de que es posible que eso sea real, y si es así, el mundo que parecía frío o cruel y sin mayor sentido que la indiferencia de sus hechos, aparecería con nuevos significados, como lleno de posibilidades, pues como dice en uno de sus diálogos con los Catledge, todo nuestro concepto de realidad cambiaría pero sería a su vez muy esperanzador.

Stanley decide seguir el impulso de ese movimiento interno cuando invita a Sophie a visitar en Provence a su tía Vanessa (Eileen Atkins), y el movimiento se desarrolla en tres escenas fundamentales que marcan el viaje de ida y de regreso con la tía: primero, cuando llegan al restaurante de camino a casa de la tía, segundo cuando están en la casa de la tía Vanessa y tercero, cuando debido a la lluvia y al auto descompuesto, deben refugiarse dentro de un observatorio, siendo esta escena la que da nombre al filme.

En  la primera escena, que consta de dos secuencias, cuando van en el auto hacia Provence y cuando comen en un restaurante del camino, el diálogo que se entabla entre ellos adquiere el tono de una confesión personal de Stanley y de una sorpresa ante la seducción de Sophie. Ella le plantea dentro del juego del coqueteo, es decir de hacerse más interesante para él, que seguro él estaría feliz de que ella fuera un fraude porque así probaría que tiene razón. La respuesta de Stanley es inesperada para ella por lo que la oposición entre ellos empieza a convertirse en atracción.Stanley le responde que él es un hombre racional y que todo lo demás es locura, pero que es “al revés, si supiera cuánto deseo que no sea una impostora. Admitir la verdad y estar equivocado (…) la inteligenica no debe desesperarse sino mejorarse.” (Allen, W. 2014) En este momento los dos han quedado de algún modo desarmados porque se manifiestan ante el otro no en relación de la arrogancia de Stanley o la seducción de Sophie, en este momento Sophie no tiene más que decir o hacer y Stanley aparece como un hombre que sufre, inseguro y vulnerable, es decir humano.

De hecho esta deconstrucción interna de Stanley inició antes del viaje cuando ante el desafío que le lanzó a Sophie de que podría replicar todos sus trucos, que nadie lo había engañado, ella le hecho en cara que probablemente esa fue la causa por la que Jenny –su amor perdido y motivo de su pedantería- lo abandonó. Ante las dudas internas que ponen en el claroscuro la máscara con la que Stanley ha ocultado su implicación y posible culpa o repsonsabilidad en la pérdida del amor de Jenny, disuelven y destrozan las certezas, y ponen a Stanley frente al espejo de su propia humanidad.

Esto quiere decir que aparece el tiempo pasado con sus posibilidades perdidas, los hechos no cambian, Jenny no regresará, pero las posibilidades que en su momento configuraban la situación en la que Stanley decidió y Jenny lo abandono, vuelven como tales, como una situación posible de nuevo. Esto es a lo que Tarkovski (1997) se refería cuando decía que en el cine se puede recuperar el tiempo perdido, ese tiempo, como en la historia del filme, que se fugó y por lo que aún no ha sido vivido.  Y aunque Stanley aún no lo reconozca, es en su relación con Sophie que ese tiempo perdido se está haciendo presente ya no como hecho pasado sino como un futuro de nuevo, estamos viendo el movimiento de la posibilidad de reconciliarse consigo mismo, lo cual sucederá cuando se atreva a volver a creer en la vida oculta del amor.

En la segunda escena, en la que llegan a la casa de a su tía Vanessa, este movimiento de apertura-arrepentimiento de Stanley se manifiesta con toda su fuerza hasta llevarlo, en ese impulso, a creer con certeza que la ilusión, que los poderes de Sophie, son reales y que existe un mundo espiritual de verdad -aunque sabemos que no lo es- que es el amor y ahí es donde Stanley tendrá que elegir, no entre un mundo oculto o no, sino entre creer que es posible de nuevo el amor o no.

Esta contundencia del movimiento se da porque Stanley desafía de nuevo a Sophie y le pide que si es tan vidente que le diga algo de su propia tía a quien no ha visto nunca. Evidentemente Sophie requiere datos concretos del pasado de la tía, porque si fueran datos comunes o lugares comunes Stanley no lo creería, tiene que ser algo que sea totalmente imposible de saber y que su lógica no pueda comprender. Astutamente Sophie pide antes llamar por teléfono, depués sabremos que es a Burkan a quien llama y le da la información que necesita. Pero en el lapso en que ella se va a hablar por teléfono, entabla un diálogo con su tía que pone de manifiesto la condición humana que Stanley rechaza ante sus propios ojos.

Stanley le confiesa a su tía que está más confundido que nunca, que entre más la mira más se confunde, “¿Podría ser real?” Claro, su tía, le dice que es real, pero el amor, no ese mundo oculto que Stanley busca desesperadamente. Por ello lo ironiza diciéndole que él no sabe de amor romántico porque eso lo uniría a la raza humana. Sin embargo, Stanley no capta la indirecta de la tía, sigue obsesionado por la realidad de ese mundo espiritual, que como lo dice en la película “Si fuera real disiparía la nube que me persigue de la infancia” (Allen, W. 2014) En el segundo momento del diálogo, Stanley acepta que por fin está cuestionando su sentido común, a lo que la tía de nuevo, con sutileza, le hace ver que si se considerara más humano se daría cuenta que nunca puede estar tan seguro, porque al final del día nunca tenemos del todo una certeza absoluta, somos seres limitados.

En este momento de la historia, Stanley ya no sólo confiesa tener dudas, sino que sabe que las certezas por las que ha vivido han sido una forma de no asumir la condición humana, en la que siempre hay un horizonte de posibilidades abierto que configura parte de nuestras capacidades, pero sobre todo, de nuestro modo de ser. Él no quiere aceptar la limitación de su humanidad ante el acontecer de lo real, su vulnerabilidad. Pero no le queda más que aceptarlo con emoción, esperanza y con una mirada de liberación, cuando al regresar Sophie del teléfono, describe el amor pasado de la tía Vanessa. En este momento, Stanley se siente liberado y motivado  a nuevas posibilidades de la vida ante la certeza que Sophie le ha traìdo, paradójicamente, con la ilusión, de que este mundo no se reduce a lo racional y no es predecible.

Finalmente, en la tercera escena y a mí parecer la más importante, es cuando, después de esta euforia, se descompone el auto en medio de la lluvia y se refugian del chubasco en un observatorio que se encontraba cerca. La entrada al observatorio podría ser análoga cuando  entramos al cine o cuando entramos a un lugar en donde todo se suspende y se puede hablar y sentir con la verdad, sin influencia de la sociedad, de la inmediatez o de los prejuicios. Se encuentran frente a fente el uno al otro y con el universo, sin el supuesto don de Sophie y sin el supuesto concepto de realidad de Stanley, aceptando su vulnerabilidad mutua, en el frío, el cansancio, y las incertidumbres, en una palabra como seres humanos desnudados en su humanidad.

El movimiento del que hemos hablado en las dos escenas anteriores ha pasado, en esta tercera escena, de la simple confesión y deconstrucción de sus supuestos poderes, a la disposición de aceptar y de recibir lo que el otro, el mundo y el universo tienen que ofrecer con sus posibilidades ocultas. De ahí, que la imagen fundamental de la película es cuando en el silencio en que se ha terminado la lluvia pueden abrir el techo del observatorio, a través del cual apunta un gran telescopio, en ese ángulo de cámara los rostros de ambos ven el horizonte de estrellas con la luna en el fondo.

Es una metáfora de la propia apertura interna de los personajes, en donde él le confiesa que gracias a lo que le ha hecho descubrir la vida le aparece con mayor misterio, con más magia, y no solo con la aburrida tragedia de la realidad. Ante ese misterio infinito, que es también el del amor, Stanley le cuenta a Sophie de cómo cuando era niño venía a este lugar, a lo cual ella le pregunta “¿Qué es lo que te parece tan amenazador del universo?”, lo cual indirectamente es como decir ¿Qué es lo que te parece tan amenazador del amor?  Stanley le responde: “el tamaño”, podríamos decir no sólo en el espacio físico, sino en el horizonte espiritual, porque es infinito. Sophie lo contradice, porque a ella le parece romántico. Ella está confesando su amor indirectamente, y da ese paso que si Stanley pusiera mayor atención en el momento sabría que están enamorados, pero Stanley aún necesita un empujón mayor.

En esta imagen, viendo los dos al universo, a la luz de la luna, desde la apertura del observatorio, es como si el tiempo de cada uno de ellos se hiciera uno solo y se sincronizaran. Ahí existe algo que es oculto, pero que es real y verdadero, la temporalidad de cada uno como la densidad de sus sentidos de vida  rotos, que ahora pueden cobrar continuidad de nuevo y reconciliarse consigo mismos, este es el campo del amor, pues como dice Kierkegaard “que es otra cosa que une lo eterno con lo temporal, sino el amor” (Kierkegaard, S. :2006).

Sin embargo, a pesar de este momento mágico, Stanley aún no lo elige, parece que está a punto de perder de nuevo el tiempo, necesita una sacudida mayor. De todos modos el movimiento ya ha hecho efecto en Stanley, la ilusión ha provocado en él un cambio, pues ahora empieza a disfrutar las flores, la realidad frente a sí mismo, ve a Sophie como la que le trajo todo lo bueno a su vida, al volver a creer que algo tiene sentido. Tanto es así que organiza una conferencia de prensa para aceptar públicamente que Sophie es un milagro y que él ha estado equivocado todo este tiempo. Stanley aún tiene un instante de arrogancia que no lo ha terminado de deconstruir, pues la presentación pública lo hace ver a él como alguien auténtico y verdadero, pero no termina de darse cuenta que hay algo más importante que ello: saberse amado. Por eso el reclamo de Sophie en una cena-baile de gala posterior, en la cual, vestida con sus mayores atractivos, le pregunta directamente a Stanley de que opina de ella como mujer, y él le contesta que nunca la ha visto como mujer, ante lo cual furiosa Sophie lo deja, él se siente orgulloso y avergonzado a la vez.

En cierta forma la seducción de Sophie ha logrado en Stanley hacerlo que reconsidere su tiempo, su forma de ser, y se disponga a estar más abierto y dispuesto a recibir del mundo y de otros. Lo que no puede controlar con su sentido común, con su razón y su lógica. Este momento de descubrir idealmente las posibilidades de ser, que es el efecto de la seducción, no implica por ello que la persona viva ya de hecho en relación a este porvenir, requiere, como dice Kierkegaard, dar el salto de vislumbrarlo a elegir creerlo aquí y ahora, en otras palabras, lo que Sophie le reclama a Stanley es que no ha dado ese paso en relación con ella que es una mujer concreta.

El salto lo dará Stanley después de salir de la ilusión, con lo cual, aunque el carácter ficticio de la ilusión se termine o se descubra, su cometido se ha cumplido, hacer presente una realidad posible que ahora es tarea del que la ha experimentado. Es como cuando salimos del cine, la ilusión terminó como tal, pero la realidad de las posibilidades presentadas son tarea de nuestra libertad para el propio tiempo.

Stanley requiere para el salto, como decíamos, una sacudida mayor de la ensoñación en la que ha entrado su espíritu, requiere comprender como real esta decontrucción existencial de la razón para darse cuenta, como decía Pascal, que hay razones del corazón que la razón no entiende. Esto se denota en las dos escenas finales, la escena cuando su tía se enferma y está al borde de la muerte, y al final del filme cuando delibera con la tía sobre el amor de Sophie.

En la primera secuencia, después de la conferencia de prensa, le avisan a Stanley que su querida tía ha enfermado y está al borde de la muerte. En este momento Stanley se queda solo consigo mismo y ante la recomendación del yerno de la señora Catledge, de que podría rezar y de que si su tía muere al menos será reconfortante que Sophie la contacte, se pone a rezar. Pero es en este soliloquio consigo mismo que se da cuenta que no tiene una fe real, vuelve de algún modo a aflorar su ego y su necia racionalidad, pues se da cuenta del engaño  de su amigo Burkan y la ilusión de los supuestos poderes de Sophie.

El intento de rezo de Stanley es significativo, porque al intentar creer y pedirle a Dios, en el que no ha creído hasta entonces, de que lo reconforte ante la posible muerte de su tía, reconociendo que no tiene las respuestas y que es probable que exista un plan mayor de la realidad que no comprende, se pone de forma personal ante la mayor imposibilidad de la existencia humana y ante el absurdo de su modo de rezar, porque la muerte finalmente acontecerá, aunque recemos, y la fe no puede ser solo motivada por reconfortarse a sí mismo, pues sería egoísmo. En ese momento se da cuenta que cayó en el engaño de Burkan y de la seducción de Sophie, por su propio ego de querer tener razón y de reconfortarse ante la muerte y el amor perdido.

Se podría pensar que Stanley volverá a ser el mismo que vimos al principio del filme, como si la ilusión de Sophie no hubiera finalmente cobrado ningún efecto real, pero es exactamente lo contrario, porque en la escena del rezo y la escena inmediatamente posterior, donde le echa en cara a Sophie y a Burkan su engaño, ya no hay más ilusiones, todos están desenmascarados, pero algo se ha ganado, algo verdadero ha quedado, que la posibilidad del amor con Sophie no fue un sentimiento, una emoción o un pensamiento irreal, sino que sucedió en el ámbito de esa condición de apertura en su total vulnerabilidad.

Es en la escena final, donde de nuevo la tía de Stanley , recuperada, y con el uso de su irónica sabiduría femenina, pone a Stanley en su lugar. Porque Stanley intenta encontrar todas las razones posibles para justificar porqué el amor con Sophie no es real y si lo es con el de su pareja de esos momentos, Oliva. La tía como buena socrática, aparentemente le da la razón a Stanley de sus absurdas explicaciones y razones, pero así lo ironiza y lo hace que se de cuenta por sí mismo que en realidad está enamorado de Sophie.

Por ejemplo, empieza a justificar que Sophie hizo lo que hizo y que no es real por su condición social y sus intereses, en cambio, se dice a sí mismo, Olivia si lo ama realmente, porque es una mujer educada, elegante y de una clase social acomodada; la tía al escucharlo, asiente repitiendo lo que ha dicho, y ahí es donde él  mismo se da cuenta que no hay razón suficiente para el amor. Pues sin embargo, sigue pensando en Sophie, y esto finalmente desafía el intelectsu tía se lo confirm, pero le matiza: lo que desafía es a Tú razón.

Esto quiere decir que las razones no son suficientes para saber si es o no es amor, sino que finalmente es una decisión personal, lo cual no quiere decir que no se deba razonar. Será, se pregunta Stanley que ¿la lógica es tonta? La lógica no, como le ha dicho la tía, sino su modo de ejercer la lógica, es él el tonto no la razón, pues o que debe de hacer es elegir si cree o no en la posibilidad del amor, aunque no pueda ser explicada o demostrada con cadenas lógicas. Ante ese callejón sin salida en el que la deliberación racional nos pone en las cuestiones de la libertad, se hace patente el efecto de la lilusión que ha vidido Stanley, y en nosotros con las imágenes cinematográficas: que se enamoró de Sophie aunque le parezca irracional y lunático.

El amor encuentra la justificación en sí mismo y sólo hay una forma de saber si es real o no, eligiéndolo; en este caso Stanley, da el salto y decide declararse, a su manera, y con la dificultad que esto le acarrea, pues es una transfiguración de su modo de vivir hasta entonces, en el cual debe frente a Sophie sin razón alguna confesarle su amor y su necesidad de ser amado. Como dice en el filme, “cada uno debe encontrar una razón para abrazar la vida y Sophie es esa razón” (Allen, W.: 2014).

Stanley, haciendo a un lado su ego, haciendo el esfuerzo de romper con la inercia de la máscara con la que ha vivido haste entonces, se acerca a Sophie y a su manera le dice: “en algún lugar de tu oscuro y criminal corazón te importo” (Allen, W: 2014). Claro está que así dicho a Stanley le falta dar un paso más, porque la frase sigue siendo que a ella le importa, cuando la declaración de amor debiera ser al revés, te necesito porque a mí me importas. Es el cambio de haber sido un yo desde donde el mundo era controlado, a saberse alguien cuyo fundamento no es sí mismo sino la necesidad sin justificación del amor. Por ello, finalmente el salto lo da cuando le dice que necesita llevarla a la luna bajo el observatorio.

Sophie lo abandona, y aparentemente, no se dará la relación, pero en la escena final de nuevo, Stanley en su soledad, expresa el salto definitivo: “había magia, porque desde la primera vez que la miré, sentí algo. Todo lo que buscaba era una señal” (Allen, W.:2014) En ese momento se escucha que alguien toca a la puerta -como lo era en las sesiones espiritistas cuando supuestamente el espíritu se hacía presente-  Stanley sin pensarlo pregunta si es Sophie, pero no es su espíritu, es Sophie, de carne y hueso, que lo ha escuchado y ha respondido al amor que recíprocamente los ha encontrado, desnudado, desenmascarado, y amado a la luz de la luna.

Bibliografía:

Kierkegaard, Soren (2006) Las obras del amor. Salamanca: Sígueme.

Tarkovski, Andrei (1997) Esculpir en el tiempo. Madrid: Rialp.

Allen, Woody Dir. (2014) Magia a la luz de la luna (Magic in the Moonlight)EEUUA: Sony Picture Classics.