Jueves 18 de Abril, 2019 - México / España
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La Filosofía



“La filosofía es esencialmente intempestiva puesto que le corresponden aquellas cosas originales cuyo destino es no poder encontrar resonancias inmediatas (…) es una locura.”

¿En dónde se encuentra la filosofía en nuestros días? ¿En la esquizofrenia de algunos cuantos iniciados? ¿En las formas románticas del pasado de idealizar el mundo y el ser humano? ¿En la rigidez y complejidad de los argumentos que no quieren dejar nada de lo real fuera de su lógica? O  en las pláticas de café de cualquiera que tenga un mínimo de razón y se identifique con el esnobismo que otorga la idea en desuso e la superioridad de la razón, o finalmente ¿en aquél lugar de buenos deseos pero que no sirve para nada?

Si cualquiera de estas preguntas con su respuesta implícita fuera verdadera no tendría ningún sentido la filosofía y mucho menos la investigación sobre la misma. Como decía Heidegger el lugar de la filosofía es la de los caminos del bosque del pensamiento, es decir, en donde los caminos están llenos de realidades, de misterios, de sorpresas, de aventuras, de horizontes y de peligros, pero donde nunca hay un camino ya hecho o formado, o donde ninguna técnica o método creado por el ser humano puede acceder a su realidad completa; precisamente porque ni una ni  otra respetarían el bosque en la complejidad del dinamismo de sus relaciones.

La filosofía, dice Heidegger, se encuentra en ese andar pausado, respetuoso, que espera y sabe cuando el bosque le ofrece un camino o un sendero por el cual dejamos de ser un invasor de lo real, sino que nos reconocemos en sus propias formas de ser. La filosofía se encuentra en el camino del desvelamiento del ser, que no es un árbol, un lugar o un objeto, sino la manera como acontece la relación entre el pensamiento y el bosque mismo, la filosofía no es sólo lo real, ni sólo el pensamiento, sino su relación creativa.

En ese sentido la filosofía es un caminar con el propio pensamiento que trasciende el mero sentido de lo útil y lo  instrumental a nuestro paso, sino que otorga un sendero de relación íntima y por tanto de sentido nunca acabado, terminado, y mucho menos en posesión de algún intérprete autorizado; la filosofía se encuentra en la libertad del pensar con toda la infinitud de su forma de ser, “la filosofía no puede jamás de una manera inmediata aportar las fuerzas o crear las formas de acción y las condiciones que susciten una acción histórica. (..) no es un saber que se pueda adquirir y utilizar directamente. No concierne jamás sino a un reducido número de personas. No puede ser apreciada por criterios comunes. No se puede hacer nada con ella: por el contrario, es ella la que puede hacer algo de nosotros si nos comprometemos con ella.”

Como dice Slavoj Zizek, es ocioso andarse preguntando ¿para qué sirve la filosofía? Porque en esencia no sirve para nada, es decir, si el día de hoy hubiera una invasión alienígena no usaría la filosofía, si se me descompone el coche, no me pongo a filosofar, utilizo la ciencia, la técnica. La filosofía dice, Zizek en el mismo sentido Heideggeriano es comprender: ¿por qué cuándo se dice que algo es verdad, por qué lo es? En otras palabras, es un comprender radical. ¡¿Comprender qué?! dirán algunos, pero si todo parece tan obvio. Pero es este el signo mismo de nuestra falta y necesidad de filosofía. A veces en nuestros tiempos todo parece tan obvio, que hemos dejado de comprender, hemos dejado de dudar, de preguntar, y más de sentir pasión por las preguntas, lo que nos lleva en última instancia a dejar a un lado nuestras relaciones con el mundo, con los otros y la trascendencia, teniendo consecuencias tan graves como la falta de respeto total por el otro, por el otro animal, humano o divino. Por ello, comprender es la pasión de interrogarse por la realidad que nos enfrenta para relacionarnos con respeto y libertad.


La filosofía es en este sentido una tarea hermenéutica de comprensión y auto-comprensión, que en términos antiguos no era más que el intento de Platón de salir de la caverna de las sombras, de darle satisfacción a ese eros interno de realizarse plenamente, y cuya realización sólo se da en la comprensión de lo que ya me comprende, hoy le llamaríamos búsqueda de sentido. Por eso nos dice Gadamer que  la filosofía busca la verdad no en lo que está dicho, no hay nada de verdad en lo dicho, en lo que se muestra, sino en lo que hizo posible que se dijera o que se mostrara; ese sentido oculto pero a la vez presente, ese fundamento lejano, pero a la vez cercano, que no se deja aprehender fácilmente, sino mediante el esfuerzo de recorrer el mismo camino de posibilidades que lo hicieron ser, o acontecer, es decir llegando a las mismas situaciones de interrogación y a la situación existencial de las mismas. Por eso para Gadamer este es el fin de toda investigación y en especial de la filosofía, no lo que está dicho, sino el silencio o el secreto de lo dicho implícito en las preguntas.
 
No hemos dejado a Platón atrás, sigue siendo, como decía Whitehead nuestro pie de página desde el cual hacemos contemporáneo su pensamiento original por el cual algunos dicen que fue el creador de la metafísica o filosofía primera propiamente. La diferencia es que las sombras de las que hablaba ingenuamente, el día de hoy no son exclusivas de un dominio del pensamiento o de la experiencia inmediata, sino que se han convertido en inherentes al lenguaje con el que pensamos. El lenguaje es al mismo tiempo ambivalente, mostrando y ocultando, iluminando y ensombreciendo, y en ese sentido no hay sombra tan sombra que no posea un grado de realidad, y no hay realidad tan realidad que no posea un grado de ocultamiento.

El desocultamiento, la aletheia como le llamaban los griegos no es acabar con el lenguaje y su forma de ser específica, sino reconociéndolo, asumiéndolo, respetarlo en su mostrarse y en su ocultarse, y por medio del pensamiento abrir el camino de esas sombras a las relaciones con la misma experiencia lingüística que uno es en su devenir como ser humano. Cada una de nuestras decisiones, como el lenguaje, acontece en el tiempo,  como tales ocultan y muestran, y el pensar es ese reino de vivir entre las sombras, en el umbral y el amanecer del bosque en el cual las cosas cobran su particular sentido. No el observar, no el controlar, sino el mirar, el contemplar y como en ese desocultar se revela nuestra propia intimidad hasta el punto que en la propia sorpresa nos descubrimos relacionados y lanzados a ese mar de sombras que llamamos posibilidad.

La filosofía, bien decía Heidegger es esta locura intempestiva del origen hecho presente, del acontecer del pensar como ser en el tiempo, verdad en el tiempo, de la experiencia del caminar. Es así que la investigación en filosofía no debe pretender ni abarcar todo, ni totalizar todo, sino en pensar cada día más intensamente, para al menos vislumbrar el sendero de la propia comprensión, la clarificación del horizonte, la vista del misterio en la experiencia de la libertad.

En este sentido es una primera línea de investigaciones filosóficas que tiene que ver con la comprensión del lenguaje, de su sentido metafísico u ontológico, con los caminos del pensamiento y sus estructuras, de la búsqueda de fundamentos que no se queden en la abstracción y la distancia de la pregunta, sino en la caída en el tiempo desde ella. De ahí las líneas que siguen actualmente la deconstrucción, la hermenéutica o la crítica ideológica en la cual el lenguaje pretende hacerse más fantasmagórico y generar una realidad que es manipulada de antemano.

La investigación en filosofía, en estricto sentido, debe estar llamada por una vocación, no de resolver un problema específico, sino de comprender cómo ese problema acontece y cómo en su acontecimiento realiza un sentido, un significado o una ruptura que llama a comprender su significado en el acto de pensarlo, por eso en cierto sentido como decía Simone De Beauvoir “el hombre no puede escapar de la filosofía porque no puede escapar a su libertad: ésta implica el rechazo de lo dado y supone la interrogación (..) Toda iniciativa viva es una elección filosófica, y la ambición de una filosofía digna de ese nombre es ser un modo de vida que tenga n sí mismo su justificación.”

En otras palabras, la filosofía tiene otra línea de investigación, que no sólo es la comprensión o la contemplación, sino la comprensión que me pone en situación e tomar una decisión, el sentido práctico, el significado práctico de mis elecciones.  La introspección de cómo se dan mis relaciones con otros de forma libre, de cómo me narro entre otros o hacía otros.

La filosofía implica una forma de vida porque implica un serie de toma de posturas al pensar, al decir y mostrar, que implica al mismo tiempo la ocultez de lo que no tomamos como posición y de esta forma un ámbito es siempre abierto no sólo para el pensar sino para las elecciones. Desde este punto de vista la verdad filosófica no sólo se aprehende objetivamente para ser utilizada, no es algo que ya podamos saber de antemano y deduzcamos en relación con nuestro instrumental lógico, sino que es algo que debemos decidir. ¿Por qué? ¿Es esto relativismo? De ninguna manera, sino el reconocimiento que el objeto de la filosofía no es nada que ya esté objetivado, es decir, conceptualizado o configurado y que de ahí en adelante nos ahorre tiempo en el pensamiento, en el descubrimiento, pero que nos quita ámbitos de interrelación y de intimidad.

La verdad en filosofía se da primero como en Sócrates, en el acto de interrogar , siempre como una ruptura con esa economía del pensar, por no decir mediocridad, y que es el origen de todos los males. En esa ruptura desafía al sujeto que se atrevió a entrar en sus dominios al serle fiel y comprometerse con su acontecer para develar su destino, es así como dice Badiou en nuestros días, recordando a Kierkegaard en Migajas filosóficas, que la verdad filosófica, de sentido de comprensión se da en el acto mismo de decidir comprometerse fielmente con su carácter de acontecer, dándole la libertad de revelarse en nuestros actos de decisión. Y en este sentido los grados de decisión y compromiso a los que nos lleva la filosofía se vuelven mayores en la medida en que implican una cualidad de nuestro ser o implican el ser en su totalidad, del ámbito estético al ámbito religioso.
En esta perspectiva la filosofía es siempre una encrucijada en donde hay que tomar decisiones de pensamiento, compromisos de pensamiento y fidelidad al pensamiento en orden de que acontezca su sentido en nuestro acto de decisión, y así se convierte en una forma de vivir, en una forma de ser.

Este es el ámbito de la investigación de la filosofía moral, política, social, religiosa en las cuales la implicación de la libertad para con la verdad es esencial en la forma de vivir, y la filosofía determina el ámbito desde el cual nos realizamos como sí mismos, como otros y como un ser llamado a.

¿A qué nos lleva todo esto? A que la mayoría de nuestros problemas actuales, si bien no se resuelven con filosofía, la investigación filosófica los hace salir de sus propias sombras y los pone en su lugar por decirlo así, y en ese orden caótico adquieren su sentido propio y comprometen nuestra libertad en un caminar que se abre cada vez más a la condición de realidad de su existencia. Por ello las preguntas filosóficas que guían la investigación al inicio hacen caer en nuevas preguntas, o a lo mejor las mismas preguntas, pero con una amplitud de claridad y de densidad de su misterio que abre la mirada interior al amor de toda lo real. Sin filosofía las formas de vida se condenan a la simulación, la manipulación, la confusión eufemística y la siempre despersonalizada e indiferente mirada hacia los otros, porque la filosofía es todo menos indiferente.

La investigación filosófica en este sentido abona a un camino de comprensión, a una forma de vida, implica la toma de posición y por tanto estar abierto a la revelación de la verdad en su acontecer. Por lo mismo la filosofía genera, crea, recrea lenguajes, ese acto en el tiempo por el cual las relaciones de encuentro se dan y posiblemente se abra el reconocimiento de sí mismo.

Finalmente, esto nos lleva a que la investigación filosófica, aunque tome las formas del rigor académico, pues es el medio en el cual se realiza su fondo y su forma, sin embargo lo trasciende y debe trascenderlo, no puede ser su único objetivo obsesivo, en la medida en que se convierta en ellos pierde su carácter de comprensión radical y moral existencial que hemos mencionado, y se convierte en instrumental y por tanto ideológico.

La filosofía no reposa en el academicismo y la obsesión de comprenderlo todo, sino en el saberse en un camino fiel al acontecimiento de la verdad y así son los ojos siempre abiertos a su develación. La filosofía es de alguna forma el ritual occidental de las culturas anteriores a la modernidad, de la espera de una señal de continuidad, de esperanza de ser, y en se ámbito destruye el lenguaje, conceptos, los reutiliza, los reconvierte, los re- significa, y lo hace personal, íntimo y único, pero a la vez un camino universal para otros. La investigación filosófica por ello debe estar siempre dispuesta a la pregunta, al argumento, a la ruptura, al asombro al misterio, a la infinitud y al compromiso de la libertad en las elecciones de significar, como bien decía Kierkegaaard de forma muy elocuente,  al respecto, acerca de la investigación del pensamiento:

“A juicio mío, quien se disponga a escribir un libro hará muy bien en tener consideradas de antemano todas las diversas facetas del asunto que quiere tratar. Tampoco estará nada mal, que en cuanto ello sea posible, entable conocimiento con todo lo que hasta la fecha se haya escrito sobre el mismo tema. Y si nuestro escritor en ciernes se topa por este camino con alguien que de una manera exhaustiva y satisfactoria haya tratado una que otra parte del asunto, entonces hará muy bien en alegrarse como se alegra el amigo del esposo, quedándose parado y escuchando con toda atención la voz de este. Hecho lo cual con mucha calma y con el entusiasmo propio del enamoramiento, que siempre busca la soledad, ya no necesita más. Nuestro escritor se pone a escribir su libro, lo hace con el primor característico del pájaro que canta su canción y lo edita sin mayores cuidados y preocupaciones, aunque también sin darse la menor importancia, pensando, por ejemplo, que ha agotado todo el asunto o que todas las generaciones de la tierra han de ser benditas por su dichoso libro. Porque cada generación tiene su tarea y no necesita cohibirse con la extraordinaria empresa de pretender serlo todo para las generaciones pasadas y las venideras. Y cada individuo, dentro de la respectiva generación tiene su propio afán y le basta y le sobre con cuidarse a sí mismo, no necesitando para  nada abarcar toda la contemporaneidad con su paternal y pueblerina preocupación.”

La investigación filosófica es un ejercicio de humildad, en el cual la medida de su valor no está en relación con el éxito, sino con la dignidad adquirida ante la misma idea de ser humano, ante la propia tarea de su propio tiempo, ante el acontecimiento de su propia verdad, esta es la encrucijada de las sombras, las sombras ideológicas, eufemísticas, narcisistas, que pueblan el mundo del pensamiento y que como en el bosque por la mañana deben ser disipadas para verlas con claridad en su acontecer, en su propio devenir.

Rafael García Pavón

gclimacus@yahoo.com.mx