Domingo 15 de Diciembre, 2019 - México / España
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El amor romántico, una pasión metafísica.



Cuando se habla de amor es común que se refiera a que éste debe ser romántico o que

nuestra época carece del romanticismo necesario del amor. Sin embargo, casi siempre la

connotación tiene que ver más con un modo cursi de entender el amor, que si bien proviene

de la concepción del romanticismo ha hecho a un lado su carácter metafísico original. Por

lo que en este breve ensayo pretendo mostrar algunas de las características metafísicas del

amor romántico como fue concebido por los pensadores y escritores del llamado

romanticismo Alemán a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, como esa pasión

infinita por re-ligarse artísticamente en una unidad absoluta con el ser de todas las cosas,

pero que sólo ven su plenitud al morir en el momento de mayor pasión del amor absoluto

con su amada, teniendo así siempre un sentido trágico, lo cual el sentido cursi nunca

considera.

El amor romántico como pasión infinita y consciencia trágica.

El amor romántico es un anhelo cuasi-religioso de reconciliación entre el mundo y el ser

más íntimo del hombre, en una sociedad burguesa que ha establecido tantas convenciones

racionales que impide la expresión auténtica de la pasión por vivir, espontánea y libre que

surge del fondo de la naturaleza humana. Para los románticos el mundo moderno ha

enajenado al hombre de su verdadero ser de manera irremediable, lo ha hecho ajeno a ese

ser que se expresa como pasión infinita, desbocada y a la vez creadora y cuyo único rumbo

tiende a abrir el mundo en diversas y amplias posibilidades infinitas en el horizonte del

tiempo. La imaginación es la expresión más auténtica de esa pasión que no encuentra un

lugar en el mundo artificial para vivir y desarrollar sus anhelos.

En otras palabras, el mundo del romántico es inminentemente interior, su fuente es la

pasión, que es expresión de la fuerza creadora del universo y de la vida, pero que en sí

misma es inobjetivable, no puede sujetarse, como expresa Werther en Las penas del joven

Werther de Goethe “Me reconcentro en mí mismo y hallo un mundo dentro de mí; pero un

mundo más poblado de presentimientos y de deseos oscuros que de realidades y de fuerzas

vivas. Y todo, entonces, se tambalea ante mis sentidos, y sigo por el mundo con mi sonrisa de ensueño.” Esto quiere decir que es un misterio la fuente de nuestra vitalidad y de nuestro auténtico sentido existencial.

Esta pasión infinita, este amor por lo infinito desde lo finito, si bien eleva al hombre y lo

lleva a alturas insospechadas de creatividad humana, también lo enfrenta contra el abismo

de su propio porvenir, que es un ser finito, o sea limitado y contingente, y que entre lo

infinito y lo finito hay una desproporción inconmensurable que la pasión y la imaginación,

sólo pueden expresar estéticamente pero no pueden alcanzar realmente. El amor así, es

pasión infinita pero a la vez consciencia de nuestra trágica fragilidad humana que no

encuentra esa salvación, esa redención cósmica, como nos dice el poeta Hölderlin: “Un dios

es el hombre cuando sueña, un mendigo cuando reflexiona.”

El amor romántico como pasión infinita por ello se traduce en idealización y creación

estética de la vida misma, en llevar al mundo a su más alto grado de idealidad, y en este

proceso encontrarse con el lenguaje y el ser del mismo creador; Dios se descubre o se

revela por el arte y el amor, por el poeta y no por la razón, pues Dios está vivo en los

objetos finitos del amor y no es un objeto de conocimiento científico.

Dicho de otra manera, para el romántico su pasión infinita es la pasión por Dios mismo, por

unirse con la fuente de su ser de la que ha sido arrancado por la subjetividad moderna y la

vida burguesa y acomodada. El romántico por ello busca una vida creativa, llena de

aventuras, de peligros, donde lo divino se revele en mi individualidad, o mi individualidad

se funda aunque sea por unos segundos con la divinidad. Esta pasión infinita que es el amor

romántico es esencialmente idealización o amor de poeta.

El amor sublime y absoluto a la mujer.

Este amor es para ellos la expresión más sublime de la libertad. La libertad es pasión

infinita que crea y recrea el mundo para develar el ser y lo divino, para encontrarse consigo

mismo, para retornar al lugar de donde surgió. La libertad es acabar con la enajenación, con

la falta de intimidad entre el mundo y mi mundo interno, lo cual sólo puede ser vivido si se

vive como artista, es decir, creativamente y con pasión.

Así es como el amor romántico no busca bellezas, busca lo sublime, busca no mujeres

hermosas, sino mujeres sublimes, mujeres que sean lo más posible la expresión de esa

idealidad divina, puesto que son ellas la misma expresión de la fuerza divina de la

naturaleza, ellas guardan en su seno el misterio del ser. El amor romántico es así un amor absolutamente apasionado a la mujer sublime, a la mujer ideal, o a la mujer idealizada por su creatividad, mí mundo interno se reconcilia con el mundo externo a través o por la mujer que es el mundo ella misma, como nos dice de nuevo Werther: “nada oye, nada ve, nada ama sino a él, sólo a él; no suspira más que por él, sólo por él. No está corrompida por los frívolos placeres de una inconstante vanidad, y su deseo va derecho a su objeto.”

Pues lo sublime es ese sentimiento con el que nos encontramos donde nos fundimos con el

todo que contemplamos o amamos, superando nuestra fragilidad y nuestra fragmentación,

como cuando se observa un paisaje en el cual quedamos seducidos, idealizados, fundidos,

olvidados de nuestra contingencia por algunos momentos, y cuando nos damos cuenta de

nuevo de nuestra individualidad surge el sentimiento de terror. El terror de saberse

impotente para cumplir los designios de la pasión infinita, los designios del amor, como nos

dice el poeta Hölderlin en Hiperión: “Tuvo que apoderarse de mí la desesperación al

comprobar que lo sublime que yo amaba era tan sublime que no me necesitaba.¡Que me

perdone ese sagrado ser! Con frecuencia maldije el momento en que la conocí.”

Por ello para un romántico el amor no puede ser con cualquier mujer, la mayoría de las

veces es con mujeres maduras –no en el sentido de la edad sino de la conciencia de sí

mismas- o con mujeres que han sido reprimidas en su idealidad por las convenciones

sociales, surgiendo así la revolución romántica en el amor que fue romper por la pasión

infinita los matrimonios establecidos donde la intimidad faltaba, es la época de los amantes

en todo su esplendor, que fuera de la vida común viven un mundo que han creado, la

ficción, la poesía, la estética de la existencia se hace real en los momentos oscuros de la

noche en que el amante rapta a su amada y heroicamente la salva de una vida condenada a

morir de insensibilidad. Entonces su idealidad sensible, el amor erótico, se eleva a grado

metafísico, es decir, como el único proceso capaz de reconciliarnos con aquello de lo que

hemos sido arrancados.

Pero saben que eso en sí mismo no puede durar establemente, en algún momento terminará,

pues ¿cómo mantener la pasión infinita y el amor absoluto en un mundo temporal? En un

mundo donde la contingencia hace fracasar toda ficción, toda idealidad.

El amor romántico y la muerte.

Así el amor romántico de pasión infinita, de conciencia trágica de la vida, pasa al amor

sublime y erótico, entregado absolutamente a la mujer, a una persona o a una idea (la revolución) como acto heroico de mutua liberación y reconciliación con su ser fragmentado.

Sin embargo, la conciencia de la tragedia sigue vigente, pues el poeta se retira porque no

puede vivir en las condiciones finitas que el amor le impone. Necesita de la vida mundana

para amar y poetizar, pero no puede vivir en ella. Como expresa el escritor seudónimo –que

e sun romántico- de la obra Diapsálmata de Kierkegaard: “¿Qué es un poeta? Es un hombre

desgraciado que oculta profundas penas en su corazón, pero cuyos labios están hechos de

tal suerte que los gemidos y los gritos, al exhalarse, suenan como una hermosa música.”

Entonces sólo queda un horizonte, aquél donde todo es posible, la muerte. Pero no la

muerte natural, sino la muerte estética. Amor y muerte se vuelven indisolubles, para amar

auténticamente, libremente, idealmente, es saberse liberado por unos momentos, y que sólo

queda el camino de la muerte para eternizar la libertad, se debe morir amando, viviendo y

no vivir muriendo, como dice de nuevo Werther: “Yo iba y venía sin encontrar jamás lo

que buscaba. Con lo que está distante de nosotros sucede lo que con el porvenir. Un

horizonte inmenso y crepuscular se extiende delante de nuestra alma; en él al par que

nuestras miradas, se sumergen nuestros sentimientos y ¡ay! Ardemos en deseos de

entregarle por completo nuestro ser, soñando saborear en toda su plenitud las delicias de

una sensación grande, sublime y única. Pero cuando hemos corrido para llegar; cuando el

allí se ha convertido en aquí, vemos que todo queda como antes, permanecemos en nuestra

miseria, encerrados en el mismo círculo, y el alma suspira por la ventana que acaba de

escapársele.”

Por ello en las obras de Wagner como Tristán e Isolda y o de J. W. Goethe como Las penas

del joven Werther ante la imposibilidad del amor ideal, este se vuelve un amor imposible y

para no ser desgraciado la muerte se vuelve el momento en que ese amor perdure para

siempre, los amantes de Tristán e Isolda y Werther, todos mueren en el momento de mayor

pasión, haciendo de la pasión infinita, del amor romántico el anhelo más intenso de vida,

como diciendo que es preferible una vida intensa llena de sentido de 20 segundos a una

vida aburrida de 50 años. El amor romántico sacrifica el tiempo por la intensidad, o más

bien eterniza la pasión como último camino necesario para la redención de su ser solitario e

irremediablemente fragmentado.

El amor romántico es así impaciente, es idealizante, es pasión infinita que no permite ser

calmada ni devorada, el amor romántico es anhelo de absoluto y de reconciliación de lo

finito con lo infinito, de la intimidad con el universo. Y eso sólo puede ser en el sueño, de

ahí que la vida es sueño, la naturaleza ideal y el poeta un desgraciado que canta el amor,

pero que no puede amar, como decía F. Schlegel en su obra Lucinde: “cuando se ama como

nosotros, también la naturaleza que hay en el hombre retorna a su divinidad original.”