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Muerte y Fe, en "El Séptimo Sello"



“Caballero (moviendo su cabeza): La fe es un tormento, ¿lo sabías? Es como amar a alguien que está ahí, afuera, en la oscuridad pero nunca aparece, no importa que tan fuerte lo llames”[i]

El cine no es solo un medio de entretenimiento o de comunicación, sino que puede ser una forma de pensamiento de orden filosófico en la medida en que no reduzcamos el pensamiento a una razón abstracta que se obsesiona por objetivar el mundo en categorías; sino que volvamos al origen de la motivación filosófica como esa pasión amorosa por comprender la verdad en su modo de ser en el tiempo y que nos interpela de forma personal. En otras palabras, el cine puede ayudarnos a pensar filosóficamente aquellos tipos de verdades que requieren para ser comprendidas que nos entendamos en ellas, es decir, que no permiten una comprensión a distancia de nuestro tiempo y persona. Este tipo de verdades se manifiestan en su acontecer de forma temporal, para lo cual requerimos comprender su modo de devenir y esto, como dice Tarkovski[ii], es lo esencial del cine: que nos hace participar, y por ende reduplicar en nuestro interior, los modos de devenir de la realidad y en ese sentido de comprender y pensar la verdad acontecida.

Este es el caso del filme de 1957 El Séptimo Sello[iii] de la leyenda sueca Ingmar Bergman. Porque la historia que nos muestra es un ícono del significado de la condición existencial humana, quiero decir, de las condiciones con las que todos nos encontramos para poder realizarnos como seres humanos y cuya comprensión requiere que cursemos junto con el protagonista los elementos de la misma.

Esta condición si pudiéramos resumirla en unas cuantas líneas es que el devenir humano es una pasión por realizar de forma libre y personal la síntesis entre tiempo y eternidad que le da su carácter de temporalidad; con esto quiero decir de entrada que la temporalidad no es el mero pasar, sino es el devenir mismo de la eternidad en tiempo y del tiempo en eternidad, por lo cual la indiferencia de la muerte puede ser burlada o salvada, pero nunca siendo ni uno ni otro. Si se queda sólo en la eternidad la existencia se petrifica en su luminosidad como racionalidad o conocimiento y si es solo tiempo se diluye en su vacuidad. El acto que pudiera realizar la síntesis es, como diría Kierkegaard[iv], un salto cualitativo de fe que es la mayor pasión del hombre en virtud del absurdo de la razón.

Como dice el mismo Bergman: “La idea del séptimo sello me vino contemplando los motivos de pinturas medievales: los juglares, la peste, los flagelos, la muerte que juega al ajedrez, las hogueras para quemar a las brujas y las cruzadas. Es un intento de poesía moderna que traduce las experiencias vitales de un hombre moderno en una forma que trata muy libremente los hechos medievales. En el Medievo los hombres vivían en el temor de la peste, hoy viven con el temor de la bomba atómica. El séptimo sello es una alegoría con un tema muy sencillo: el hombre, su eterna búsqueda de Dios y la muerte como única seguridad” [v]

Los tres personajes principales del filme: el caballero cruzado Antonius Block, su escudero Jons y el juglar Jof son modos de confrontar esta condición humana siempre acompañados por un modo de representación de lo que desata la pasión, la muerte. Por ello, podríamos decir, junto con Kierkegaard y Cioran, y así con Bergman, que la falta de temporalidad es un modo de morir, por lo cual es cuando ella misma aparece representada con toda su frialdad, pero ante el acto de la fe la muerte no tiene representación.[vi]

¿Cómo se comprende esta condición humana en el filme de Bergman? ¿Cómo es que cada personaje es un ícono de nuestra forma de afrontar la condición humana? La trama en general del filme es un caballero cruzado teutón, Antonius Block, que desolado y separado de sus compañeros se encuentra con la representación de la muerte en su hora final, pero trata de ganarle tiempo a la muerte retandola a jugar ajedrez, para que con el tiempo ganado pueda conocer un sentido a la existencia y poder hacer al menos un acto significativo[vii]. Durante el filme veremos a Antonius Block llevar a cabo diversas reflexiones en relación a varios personajes que se va encontrando en su camino, sin poder encontrar el camino de la fe que le permita dar el tan anhelado salto cualitativo que llenaría de significado su existencia, sin embargo como trataremos de mostrar, es en la vida del juglar Jof y en su modo de ser, a quien se encuentra con su familia, en donde encuentra el camino de esa fe.

Lo primero que se nos muestra en el filme es el carácter del tiempo como tal, que se denota en el estado de ánimo que produce la ambientación y las locaciones del filme que representan la futilidad, la miseria del mundo como diría Pascal[viii], el carácter efímero y frágil de todo lo que existe; pero sobre todo la imposibilidad de revertir su degradación. Se muestran los signos de degradación, de miseria, de depravación y de corrupción de la existencia en todas sus formas. Los cuales tienen como característica la indiferencia a la interioridad, a los anhelos, a la pasión por el mundo del espíritu. Por ello son una enfermedad,  representada en particular con la peste, que no ve a quién ni cómo ni porqué.

La hipocresía, la superstición y el fanatismo de los clérigos, la resignación de los verdugos y el pueblo, la infidelidad y el adulterio en medio de la parodia de los juglares. El fracaso de las cruzadas, la volubilidad de los ánimos humanos, la pérdida de los ideales y el juicio, y la muerte a los inocentes en plena juventud. Tanto el mundo, el cuerpo y la voluntad de los hombres es tan corruptible que terminan por vaciar de sentido y significado al mundo. De hecho parece ser un mundo en el cual sólo valen los placeres inmediatos, lo efímero, ya nadie cree en el arte y sus símbolos, al pedir la presencia de Dios, de una razón última, solo responde la muerte. Como nos dice el personaje de Antonius Block: ¿Cómo puede ser todo por gloria de Dios cuando el paisaje es tan desolador? Cuando hacemos estas preguntas no es Dios lo que se hace presente sino la certeza de morir, del tiempo, de la falta de temporalidad[ix].

Esto lo vemos inclusive representado desde la primera escena con el silencio del mar, el cansancio y soledad de los personajes tomando en primer plano la oración de Antonius Block que parece no ir a ningún lado y no escuchar nada más que el vacío, ahí se aparece la muerte, como si la muerte personificada fuera la respuesta a sus plegarias.

La muerte aparece representada como un hombre pálido, sin expresión, sin vitalidad, con absoluta frialdad, imperturbabilidad, indiferencia absoluta, extremadamente fría, sin emociones, sin prisa ni paciencia, sin tiempo, con la seguridad de que de ella nada escapa, y además hace trucos, no conoce, no sabe, no tiene secretos que revelar; pero eso sí no carece de ironía y de un gran sentido de interrogación. Como vemos desde la primera relación de Block con la muerte o en la magistral escena del confesionario, tal como si fuera precisamente la conciencia de la muerte en todos sus signos concretos, como si nos enfrentáramos directamente con ella, lo que despierta la pasión de comprender con toda su fuerza y nos pone en situación de darnos cuenta que no solo somos puro tiempo, es decir, que no le pertenecemos a la muerte como tal.

En las primeras escena, esto lo vemos cuando la muerte le dice que siempre ha caminado con él por mucho tiempo, y cuando le pregunta si está asustado, pero Block contesta que su cuerpo sí pero él no, como una constatación más de la futilidad de la vida corpórea, lo cual es como si la muerte correspondiera sólo a la corporeidad; o la ironía de cuando van a jugar ajedrez le da las negras y la muerte le dice “muy apropiado”. Pero, lo más importante, es cuando la muerte le pregunta ¿por qué quiere jugar ajedrez?, en donde la apuesta es que mientras Block siga ganando no se lo llevará y si pierde se lo llevará. A la pregunta Block contesta: tengo mis razones, a lo que la muerte réplica: ese es tu privilegio, es decir, la muerte no puede conocer la interioridad o la eternidad del hombre. Pero sobre todo lo vemos en la magistral escena del confesionario en la que sabemos las razones de Block sin saber que quien lo escucha no es un sacerdote, sino la misma muerte, que además lo interroga:

El CABALLERO se encuentra arrodillado frente a un pequeño altar. Está oscuro y tranquilo a su alrededor. El aire es frío y húmedo. Imágenes de santos lo miran con ojos petrificados. La cara de Cristo está vuelta hacía arriba, con su boca abierta como en un grito de angustia. En el haz del techo se encuentra una representación de un demonio escurridizo espiando a un ser humano miserable. El CABALLERO escucha un sonido del confesionario y se aproxima. El rostro de la MUERTE aparece detrás de la reja por un instante, pero el CABALLERO no la ve.

CABALLERO: Quiero hablar con usted tan abiertamente como me sea posible, pero mi corazón está vacío.
MUERTE: no responde.

CABALLERO: El vacío es un espejo vuelto hacía mi propio rostro. Me veo en él, y estoy lleno de temor y disgusto.

MUERTE: no responde.

CABALLERO: Debido a mi indiferencia a mis compañeros humanos, me he aislado de su compañía. Ahora vivo en un mundo de fantasmas. Estoy prisionero en mis propios sueños y fantasías.

MUERTE: Y aún así no quieres morir.

CABALLERO: Sí, yo quiero.

MUERTE: ¿Qué estás esperando?

CABALLERO: Quiero conocimiento

MUERTE: ¿Tú quieres garantías?

CABALLERO: Llámalo como quieras. ¿Es tan cruelmente inconcebible poder captar a Dios con los sentidos? ¿Por qué debe Él ocultarse en una neblina de promesas medio dichas y de milagros que no se ven?

MUERTE: no responde.

CABALLERO: ¿Cómo podemos tener fe en aquellos que creen cuando no podemos tener fe en nosotros mismos? ¿Qué es lo que les sucederá a aquellos que como nosotros queremos creer pero somos incapaces? ¿Y qué será de aquellos que ni quieren ni son capaces de creer?

El CABALLERO  se detiene y espera por una réplica, pero nadie le habla o le responde. Hay un completo silencio.

CABALLERO: ¿Por qué no puedo matar a Dios dentro de mí? ¿Por qué Él sigue viviendo de este modo doloroso y humillante aun cuando yo lo maldigo y quiero arrancarlo fuera de mi corazón? ¿Por qué a pesar de todo, Él es una realidad desconcertante, de la que no puedo sacudirme? ¿Me escuchas?

MUERTE: Sí, te escucho.

CABALLERO: Yo quiero conocimiento, no fe, no suposiciones, sino conocimiento. Yo quiero que Dios pueda extender su mano hacía mí, revelarse a sí mismo y hablarme.

MUERTE: Pero Él permanece en silencio.

CABALLERO: Yo lo llamo a Él en la oscuridad pero no parece haber nadie ahí.

MUERTE: A lo mejor no hay nadie ahí.

CABALLERO: Entonces la vida es un horror indignante. Nadie puede vivir en  la cara de la muerte, sabiendo que todo es nada.

MUERTE: La mayoría de las personas nunca reflexionan acerca de la muerte o la futilidad de la vida.

CABALLERO: Pero algún día tendrán que estar de pie en ese último momento de la vida y mirar hacia la oscuridad.

MUERTE: Cuando ese día venga….

CABALLERO: En nuestro temor, hacemos una imagen, y a esa imagen le llamamos Dios.

MUERTE: Te estás preocupando…

CABALLERO: La muerte me visitó esta mañana. Estamos jugando ajedrez juntos. Este indulto me da la oportunidad de arreglar un asunto urgente.

MUERTE: ¿De qué se trata el asunto? 

CABALLERO: Mi vida ha sido una persecución fútil, un errante, una gran cantidad de charla sin sentido. No siento ninguna amargura o autorreproche porque la vida de la mayoría la gente es muy parecida a esto. Pero voy a utilizar mi indulto por un acto significativo.

MUERTE: ¿Es por esto que estás jugando ajedrez con la muerte?[x]

Aquí es donde vemos, en segundo lugar, ya no el tiempo, sino la pasión absoluta de la razón de Block al tener conciencia de la temporalidad, no como lo que pasa y sucede, sino como el contenido moral y de sentido del tiempo de vida, de la obra, del significado que se traduce como el juego de ajedrez con la muerte. Ante la muerte el miedo no es intelectual es carnal dice el personaje, porque el intelecto sin la carne no es persona, el miedo es personal, el miedo de perder la temporalidad como el contenido del sentido propio de la vida. Pero Block se ve cansado y aburrido de sí mismo.

Se dan las preguntas existenciales fundamentales como expresión de la angustia que es conciencia de la libertad y por tanto de la temporalidad como esa contradicción entre la necesidad de saberlo todo, eternidad y el  tiempo que vuelve absurda toda pretensión, el anhelo de encontrar respuesta no en los ídolos y las supersticiones sino en la propia interioridad. Conforme va profundizando la reflexión la cámara lo va encuadrando, se va iluminando su rostro y se ilumina el de Cristo cuando lo ve, luego la parte más fuerte de las reflexiones se da entre dos paredes ante su propia sombra. Como dicen Juan Orellana y Juan Pablo Serra[xi], parece que Block tiene nostalgia de la encarnación, es decir, de un Dios palpable, de un Dios vivo, presente, hecho vida. Lo que quiere Block es lo que quiere la pasión de la razón, el conocimiento del sentido de la contradicción existencial: la de por un lado saber con certeza sobre la muerte, pero por otro no poder aceptar que esto se degenere de tal modo, porque si no, como dice el personaje de Block la vida es un horror, pero la muerte que más le puede decir.

Como diría Kierkegaard, Block es una especie de Juan Clímaco[xii], con un sentido faustico, de querer tener evidencia completa y total del sentido último de la existencia, de Dios como única condición de creer, o más bien de sentir que quiere creer pero no puede. Esta es la condición de todo ser humano, como cuando dice Block, que por más indiferentes que seamos llegará le momento en que “tendremos que mirar en el último instante de la vida y mirar hacia la oscuridad”[xiii] Block no encuentra la respuesta en su interior, no la encuentra en el exterior, su corazón, como dice es un vacío que refleja su verdadera realidad que lo llena de temor y disgusto, como los presentimientos del Werther de Goethe[xiv] cuando mira dentro de sí.

La existencia misma es una paradoja, que apasiona a la razón a comprenderla, pero que se encuentra ante la imposibilidad absoluta de toda comprensión, y en ese momento su pasión puede ser infeliz o feliz, la infeliz dígase escándalo o como Hegel la llamaría conciencia desgarrada. Si por un lado el tiempo, se representa como la futilidad, la eternidad o al menos el deseo de ella se denota como esa pasión frustrada de la razón que proviene de la intimidad del ser humano. Por eso Block es taciturno, reflexivo, si no fuera por el cine no sabríamos  que pasa en su interior y no podríamos comprender esa verdad.

El tema es que Antonius Block busca al final de todo, alargar el tiempo de vida, para realizar un solo acto significativo, como dirían Tarkovski y Kierkegaard, recuperar el tiempo perdido o el tiempo en sentido moral. Block se da cuenta que ese juego de ajedrez es la temporalidad, no sólo el tiempo, sino el tiempo que adquiere un sentido eterno o la eternidad que se encarna en los modos de la presencia, este acto podría ser el acto de la fe; es decir, de la confianza de esperar en otro la revelación del misterio, esta será la pasión feliz, pues para ello se necesita tener el coraje de que puede haber modos de ser que no se contemplen por la razón sino que se revelen en la decisión, o es más, en el interior del corazón.

La fe es una pasión que pasa por la posibilidad del escándalo que se denota en el momento en que la pasión de la razón choca contra la frustración de su propia pasión en la paradoja de su condición existencial y por ello dirá Kierkegaard, la fe será un acto de elección apasionado en virtud del absurdo[xv], no por el absurdo, sino en virtud de que es absurdo que la razón como Block quiera comprender lo que ni la misma muerte sabe.

Por ello la actitud ante esta situación es triple: la del escudero cuya actitud es cínica e irónica, la de Block que como Fausto está desesperado de comprender, de saber, y sin saber no puede creer, y la de los juglares que en la inocencia de la simplicidad de la vida que da el amor de familia, sobre todo en el niño, se encarna una visión de esperanza. De aquí las visiones del mundo del espíritu diversas de Block y del juglar, el juglar ve santidad, plenitud, gozo, fruición, Block no se satisface con ello, lo requiere ver encarnado; el escudero es desobligado, Block es taciturno, el juglar Jof es alegre. Como se ve en el texto del guión cuando ve a la Virgen María, de hecho solo Jof  y Block ven las representaciones o visiones de este mundo espiritual.

El silencio juega un papel importante en la película en dos sentidos: primero, como presencia de la plenitud o segundo, como ausencia de toda ella. Este silencio depende no del silencio mismo, sino de la dirección espiritual del personaje. Block es taciturno y reflexivo, el juglar es inocente, ingenuo en cierto sentido y disfruta y ama lo que ve, sobre todo a su familia. En cambio el escudero es siempre ruido e interrupción de sus pensamientos por su propio cinismo. La reflexividad de Block es como aquél que ha dejado de vivir en este mundo y se obstina por encontrar el sentido en la propia, es un anhelo de revelación que no llega porque no da el salto cualitativo

Es en la participación de la vida en comunidad con la familia y con el niño pequeño, en el amor de unos y otros, que Block vislumbra ese acto de fe, de confianza y esperanza, y por ello es el único momento donde lo vemos sonreír, su corazón se calma y es lo único que quisiera recordar:

CABALLERO: Recordaré este momento. El silencio, el crepúsculo, los tazones  de fresas y leche, sus caras en la luz de la tarde. Mikael durmiendo. Jof con su lira. Trataré de recordar de lo que hemos hablado. Llevaré esta memoria entre mis manos tan cuidadosamente como si fuera un tazón lleno hasta el borde de leche fresca.

Él vuelve su rostro y mira hacia el mar y el descolorido cielo gris. 

CABALLERO: Y será un signo adecuado, será suficiente para mí.[xvi]

Es decir es un momento sagrado, por eso queda satisfecho y listo para morir, o más bien ya no importa si la muerte gana o no el juego, aunque aún al final del filme Block espera la revelación en la muerte, pero no hay tal secreto, solo el devenir del tiempo o de la eternidad en tiempo en la danza con la muerte. Queda abierta la idea de la fe como ese acto que ni la muerte puede comprender en el amor entre seres humanos concretos.

En conclusión, el tiempo es futilidad, la razón eternidad, pero la fe es la relación entre ellas por el amor entre los seres humanos que denotan una posibilidad o esperanza, y esto es la temporalidad, la fe es pasión y así es el sufrimiento y devenir de la razón en amor.

[i] Ingmar Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet) (Valparaíso-Göteborg: Rock Editions) , 34, accesado Octubre 25, 2014, http://www.astro.puc.cl/~rparra/tools/ROCK_EDITIONS/det_sjunde_inseglet.pdf, p. 34. La traducción de los textos del guión es mía.

[ii] Cfr. Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo, (Madrid: Rialp, 1997), 84.

[iii] El séptimo sello (Det sjunde inseglet, Ingmar Bergman, 1957)

[iv] Cfr. Søren A. Kierkegaard, El concepto de la angustia, (Madrid: Alianza, 2007), 72.

[v] Ingmar Bergman, Images: My Life in Film, (New York: Arcade Publishing, 2011)

[vi] Cfr. Søren A. Kierkegaard, El concepto de la angustia,170. Cfr. Emil M. Cioran, De lágrimas y santos, (Madrid: Tusquets,1988 )

[vii] Cfr. Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet), 12-13.

[viii] Cfr. Blaise Pascal, Pensamientos, (Buenos Aires: Editorial del Cardo, 2003), parágrafo 693.

[ix] Cfr. Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet), 13.

[x] Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet), 11-13.

[xi] Cfr. Juan Orellana & Juan Pablo Serra, Pasión de los fuertes. La mirada antropológica de diez maestros del cine, (Madrid: CIE Dossat 2000, 2005), 18.

[xii] Juan Clímaco es el nombre de un monje del siglo V que Kierkegaard utiliza como seudónimo para sus obras Migajas filosóficas y Postscriptum conclusivo no científico a Migajas filosóficas. El cual es alguien que busca comprender a Dios con la escalera de la razón. Cfr.  JP V 5944 (Pap. VII1 A 158) n.d., 1846

[xiii] Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet), 12.

[xiv] Cfr. Johann Wolfgang Von Goethe, Las penas del joven Werther (Madrid: Alianza, 2011)

[xv] Cfr. Søren A. Kierkegaard, Temor y temblor (Madrid: Técnos, 2013), 29-30.

[xvi] Bergman, The Seventh Seal (Det sjunde inseglet), 34.