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Razón encarnada



PONENCIA EN EL HOMENAJE A CARLOS DÍAZ

Motto: “Al saber no se llega bien cenado, es preciso tener un caos dentro para engendrar una estrella fugaz (solo lo que duele enseña). Además, no siempre se sabe decir lo que se sabe, ni se sabe del todo lo que se quiere decir; con frecuencia tengo algo que decir, pero no sé del todo qué, ni cómo. La sabiduría es como las luciérnagas, necesita las tinieblas para brillar. En última instancia, el entendimiento alumbra como las velas, derramando lágrimas. Y no hay saber que no tenga 99% de transpiración y 1% de inspiración.” (Díaz, C. 2010, 61)

Nos encontramos hoy con la alegría de la esperanza que se instala en el corazón, profundiza en la comprensión, atrae la memoria y revela el porvenir que ha motivado de nuevo la pasión por creer que lo imposible es posible y me ha animado a elaborar, desde la oscuridad del silencio de mi caos interior, algo de los amplios destellos de una estrella en el firmamento del pensamiento y el cristianismo que es la obra del filósofo español Carlos Díaz, en este merecido homenaje que organiza la consejería de educación de la embajada de España en México por el Dr. Agapito Maestre.

Es la luz de una batalla, de una lucha, de un sufrimiento incesante contra los modos en que el mal nos seduce en nuestros tiempos en una conformidad clausurada en nosotros mismos. Una ideología bastarda por la cual le somos indiferentes a las razones del corazón que laten de modo misterioso y apasionado en la singularidad universal de cada uno, invocándonos a la comunidad con el Evangelio de la verdad encarnada en el amor. Una luz que se desborda de manera urgente, apasionada, fecunda en cantidad y calidad, sin improvisaciones, contra la muerte en vida que produce el abandono a las utopías y a creer en la encarnación del amor. Una luz que es resultado de una entrega vital al estudio y la enseñanza, que cristaliza en la visión militante del personalismo comunitario y en la fundación del Instituto Emmanuel Mounier: “Para cumplir con lo escrito en los libros de caballería, quizá: mejorar el mundo con un alma de misionero que cree en Dios. El fundador es alguien que, necesitando ampliar la identidad de su autoconciencia se dice a sí mismo: ¿cómo sacar de mi pecho lo universal que me trasciende, cómo extender lo meritorio en sí para ti y para nosotros, acaso no está hecha la luz para alumbrar, el bien para ser difundido, la palabra para ser comunicada?” (Díaz, C. 2004, 103)

Esta misión de tiempo comunitario que nos ha entregado Carlos Díaz con su tiempo personal de vida –y con el amor abnegado de su esposa María Julia como él lo ha dicho después de más de 30 años de casados- lleva en su fondo y origen, fuente de toda creación auténtica, la compasión por el dolor del que sufre por su pobreza, en uno mismo y en el otro, en el dolor compartido de estar siempre ante la tensión de creer que no somos amados. Esta indiferencia al amor y a la fe, es el origen de todos los males y de las crueldades que hemos presenciado en la historia y que nos duelen cada día como muestras de una vida descarnada del amor. Como nos dice Carlos Díaz en su poema del amor:

La justicia sin amor te hace duro.
La inteligencia sin amor te hace cruel.
La amabilidad sin amor te hace hipócrita
La fe sin amor te hace fanático
El deber sin amor te hace malhumorado
La cultura sin amor te hace distante
El orden sin amor te hace complicado
La agudeza sin amor te hace agresivo
El honor sin amor te hace arrogante
La amistad sin amor te hace interesado
El poseer sin amor te hace extraño
La responsabilidad sin amor te hace implacable.
El trabajo sin amor te hace esclavo
La ambición sin amor te hace injusto (Díaz, C., 2010, 198)

La vida y obra de Carlos Díaz, debe celebrarse, darse a conocer, difundirse, estudiarse y continuarse porque es una aportación a que el amor siga siendo carne, sea realizada entre dos, en un nosotros siendo testimonio de la promesa, profética, realizada en la encarnación de Cristo, bajo la convicción de que: “Realmente la indiferencia es la forma entrópica de la hostilidad. También la indiferencia mata. Cuando el otro resulta indiferente, cuando pierdes la esperanza en el otro, ya no existe para ti.  (..) pero el infimalismo es una vita mínima, y  a mí no me gusta pasar mi vida como un zombi, muerto en vida.  Solo quien nos ama nos rescata de la muerte, por eso amara a otro es decirle: ‘mientras yo viva, tú no morirás’ “ (Díaz, C. Febrero 2013)

Lo cual es una labor de revolución interior que con su padre, hermano y abuelo Emmanuel Mounier, Carlos Díaz se da cuenta que gran parte de esta indiferencia asesina y cruel es por una razón fría, instrumental, pero principalmente sin carácter profético. La razón humana es titánica, pretende como Prometeo ser dueño y fundamento de todo lo que es, una ambición angelical de desarraigarse de su condición de ser creado. Es la vulnerabilidad de la razón, que a la vez es su propia fuerza, en la que el mal se instaura, porque es donde adquiere mayor fuerza para cegarnos de las razones del corazón que nos hablan desde el interior y de modo personal en el propio tiempo. 

El itinerario de Carlos Díaz es en y desde el pensamiento en su disciplina más elevada y prometeica, la filosofía, en la que encuentra su campo de batalla; para que podamos contrarrestar el mal la razón debe adquirir su fuerza auténtica venciendo su tentación prometeica, en la cual teoría y práctica se aíslan, en un modo de pensar que proviene y reconoce que su fondo no es ella misma, como filosofía egocéntrica, sino la realidad en la cual se encarna y a la cual se encamina, como filosofía de relación-alteridad. Pero el planteamiento de Díaz si bien se inspira y aprende, inclusive de forma personal, de los grandes pensadores de la alteridad, es el carisma de Mounier el que lo lleva a un planteamiento original del pensamiento de una razón cálida como razón profética o dicho con mayor precisión utoprofética.
Una razón profética que desde las lágrimas interiores, de la pasión de una visión interior que se encarna en Cristo, que como paradoja absoluta desde una razón ilustrada derrota sus pretensiones y en su impotencia o escándalo más que aniquilarse y dejarse llevar por los sentimientos ciegos de piedad se descubre en su propia calidez, es decir, se encuentra en la relación inter-personal de quien le sale al encuentro en un acontecimiento de acogida que se vuelve maestro interior.

Derrotada la razón ilustrada recupera su valor en la gratuidad del amor que la sitúa en un orden adecuado de valores y de relaciones de fines y medios.  De ese modo la razón no es sujeto trascendental, sino salida, confianza y espera en el encuentro del amor del otro, en espera de la reciprocidad que le completa el sentido, intencionalidad profética cuyo camino es la revelación de la encarnación. La razón se encarna en el acto de amor que le da su carácter profético.

La razón profética de amor encarnado gana su fuerza en la debilidad, dejando a un lado su narcisismo prometeico, cesa de imponer su capricho o sus estructuras y se abre a saberse completada e invocada en la relación de aquél que nos ama y que nos ha amado a todos. Por ello la razón profética es un camino de ser testimonio profundo e íntegro de que somos amados.  En este sentido la razón profética no carece de profundidad, ni de teoría, pero tampoco de acción, sino que enraizando en la teoría la acción es implícita a su reflexión, porque es reflexión que siente y sentimiento que reflexiona, y en su relación se trasciende por la palabra y mueve y conmueve a que el otro descubra el saberse amado; que aprenda a creer de nuevo que es amado, pero que como profética debe recorrer todas las entrañas de la propia encarnación, desde el sentimiento superficial hasta la invocación de la oración.

Por ello nos dice Carlos Díaz:
“Lo digno de ser llamado profundo comienza en la piel, pero lleva al fondo..al fondo de lo que no es piel. Frente a la erudición, el saber es como un edificio hermoso, que ha de tener su entorno libre para que podamos disfrutar de su verdadera forma. Libre, sobre todo, de la vanidad: todas las cosas (la belleza, la bondad, el saber) pierden su íntimo encanto cuando la vanidad decide exhibirlas, pues la vanidad torna vano o vacío lo que estaba lleno, de ahí –contra lo que suele decirse- la imposibilidad de que el vacío pueda estar lleno de vanidad, pues no se puede estar lleno de vacío. Al término de la jornada hasta el más sabio se sabe (precisamente el más sabio se sabe) inútil sabedor de su insipiencia, haciendo ciencia de su nesciencia. Pero ni siquiera la modestia respecto del yo sería verdaderamente sapiencial sin el diseño de la correspondiente utopía, lo cual entraña la adhesión a una escala de valores que guíen mi acción adecuando debidamente los medios a los fines, a fin de evitar eso tan patético de pensar para el Sur con categorías de Norte”.(Díaz, C. 2010, 162-163)

El itinerario de la razón profética, como el mismo itinerario de Carlos Díaz va del Prometeo al Profeta, pero para ello debe pasar por la abnegación sufrida del amor y la alegría de la gracia. No es una razón que de testimonio de modo angelical sino en las relaciones actuales en las que se lleva a cabo la encarnación del amor. En primer lugar es una pasión original que de modo interno no se sabe a sí misma y no sabe exactamente lo que dice, pero que desborda las estructuras que ya se establecen y en ese desbordamiento, provocado por el diálogo con otros,  invoca al pensamiento a salir de su erudición y de su narcisismo, abriendo la pasión más allá de sí mismo. Primero se expresa en lágrimas que no son llanto sino expresión de esa relación original de tensión que aún no encuentra su resolución, conmocionado por la pasión se abre al corazón de quien lo ha invocado. Por ello nos dice Carlos Díaz que: “es la urgencia, la com-pasión, la misericordia la medida de la razón profética, dolet ergo sum. Y ese dolor ha de pasar  de presencia anónima a presencia significativa. “(Díaz, C., 2004, 191)

La presencia significativa de la razón profética, como camino hacia un amor encarnado, es el diseño de la utopía, la idealidad, por lo cual requiere en esa apertura dedicarse al estudio profundo y serio en el diálogo con otros, buscando la revelación de las utopías y las microutopías de una visión de vida que se conjura como ese ideal de la persona amada hasta después de la muerte.  Por ello no es resignada, sino creyente, en contra del posibilismo ético mediocre y calculador, hace una y otra vez un acto de estudio, un acto educativo, para comunicarse en la palabra, y a través de ella como un acto de confianza y espera de amar y ser amado.

En este sentido lo profético supera el diálogo pues nos lanza a creer de nuevo que eso imposible es posible –ser amado por toda la eternidad- que se instaura en el corazón por la entrega vital al estudio y la enseñanza, en ese dolor interno de reconvertir el sentido de la voluntad de un yo a una persona que se sabe amada y cuidada para toda la eternidad, es decir, cuando el amor se hace carne y no solo cuerpo,  no se resigna con los mínimos sino que desborda las propias capacidades, la literalidad e invita a desbordarse a sí mismo como si provocara la catarsis del llanto, no por amargura, sino por sentirse pleno en la bondad del saberse amado.

La razón profética si bien recupera una memoria viva se lanza en la revelación a ese encuentro con los sentimientos, con el futuro, pero siempre con raíz en el presente y con raíz en la inmanencia, porque la raíz profunda se encuentra en la propia encarnación del espíritu que nos habla desde nosotros mismos. El pensamiento es esa profundidad del saber en la pasión de existir que se invoca como llamada a ser con otro. Si bien la razón dialógica nos pone en relación con otro la profética nos une desde el otro, nos llama a la acción de  renovar la pasión de la fe mediante el estudio, la conversación, la palabra, y el silencio.
 
La razón profética genera utopías, es decir esperanzas, pero con pies, que exigen y piden como tal lo mejor de cada ser humano, porque ha descubierto la dignidad a la que está invocado. Es un idealismo, pero como nos dice Carlos Díaz: “el mal idealismo genera ideaciones y el bueno idealidades. Y para esto último, para el buen idealista para las idealidades la acción no forma parte extrínseca de la teoría, sino intrínseca. La praxis no es intrínseca a la teoría, es su manifestación más profunda.” (Díaz, C. enero-febrero2013) Y es que la encarnación no se soporta solo con las ideas sino con los ideales que son acciones movidas por ellas que se transfiguran en el personalismo comunitario que como nos dice Carlos Díaz: “tiene, además de la visión política inerradicable, etc.., independiente, una instancia utoprofética de carácter educativo y testimonial.” (Díaz, C. 2009)

El sentido de la razón profética es el de encarnar el amor en un modo de comunidad de personas en el cual siempre se entabla la dificultad de la bidireccionalidad. Y en este sentido el personalismo comunitario como razón profética que se fragua en la fundación del Instituto Emmanuel Mounier es: “un cristianismo profético con voluntad de colaborar aconfesionalmente  y en pie de igualdad con todos los orientados hacia la transformación de las estructuras” (Díaz, C. 2004, 107-108). Una voluntad crítica contra moralina burguesa, es un pensamiento que hermana con el corazón de quien lo escucha, y si quien lo escucha se halla en conflicto con la verdad le parecerá polémico y para quien está dispuesto a escuchar le parecerá que debe entrar al encuentro y vivir el conflicto, el sufrimiento que se halla en las propias palabras del filósofo. Es una filosofía escrita con la pasión de la conciencia del sufrimiento del hombre por encontrarse con la verdad encarnada. Es un tierno acompañante que incendia el interior del amor por ese encuentro con el otro en el Ordo Amoris, no solo sustancial, sino relacional que subsiste y  hace subsistir en el entre de la misma.

Por eso su urgencia es ante el vulnerable, el extraño, el pobre el que sufre de no poder creer de resignadas miserias. Lo profético está en que desde esa condición lo que pueda decir lo hace con confianza y esperanza de ser rectificado pero solo si ha sido desde una pasión auténtica, porque ella es verdad y busca su forma verdadera. Es un pensamiento va y viene entre el arrepentimiento y el perdón de lo dicho, entre lo cual hace su aparición la lucidez que invita e ilumina. Tensión que se denota en el modo de escribir y en el propio estilo de expresarse, pues la razón profética del personalismo comunitario es una que pide relación, que pide revelación, que exige confianza que aspira a la esperanza enamorada de la verdad y que no se resigna con satisfacciones banales. ¿Cómo escribir para comunicar ese saberse amado del profeta dentro de sí para que el otro se vea impelido a la comunidad o comunicación o participación del mismo amor? Pues se deben dar argumentos, pero los del corazón no los de los protocolos académicos, los que dan testimonio, como modo del amor y del pensar del corazón en el cual cada uno es una persona digna y se conoce realmente a sí mismo como ser humano, como nos dice Carlos Díaz el personalismo comunitario es: “un modo de vida caracterizado por la amorosa relación subsidente abierta a Quien es su fundamento.” (Díaz, C. 2001, 143)

Es como en  el filme de Wim Wenders Las Alas del deseo, si se me permite la analogía, en el cual el personaje principal, un ángel, decide renunciar a su angelidad para comprender el amor del que ha sido testigo en la concreción de las relaciones humanas en tiempo y espacio, para comprenderlo en su encarnación, condición de su carácter profético. El amor se le revela cuando al encarnarse el filme cambia de blanco y negro a colores, pero sobre todo en la relación de amor con una trapecista que simboliza el ángel caído, así en la escena final del filme dice las siguientes líneas:

Damiel Voz en off: Algo ha sucedido. Continua ocurriendo. Me une.   
                           Fue verdadero en la noche, y es verdad en el día, y aún más ahora.                    

                           ¿Quién era quién? Yo estaba en ella y ella estaba a mí alrededor.
                           ¿Quién en el mundo podría haber reclamado que ella estaba con otro ser?
                           Estamos juntos.
                           No se ha engendrado un niño mortal. Solo una imagen común inmortal. 
                           Aprendí ha asombrarme aquella noche.
                           Ella vino a llevarme a casa y encontré un hogar.
                           Sucedió una vez.
                           Una vez, y de ahí para siempre.
                           La imagen que nosotros creamos estará conmigo cuando yo muera.
                           Yo habré vivido dentro de ella.
                           El asombro acerca de nosotros dos, asombro de la relación entre un hombre y una mujer.
                           Me ha convertido en un ser humano.
                           Ahora yo sé lo que ningún Ángel sabe. (Wenders, W. 1987)

El pensamiento de Carlos Díaz, desde el pensamiento, motiva a la acción de encarnar el amor, por lo tanto a entender lo pensado no como concepto si no a entenderse a sí mismo en él, es decir en el acontecimiento de la relación de amor con el que sufre. Es un sentir –reflexivo, una reflexión-práctica como una oración activa que provoca al pensador y llama al corazón a no ser indiferente con el otro, a nunca ser descorazonado en el interior, no un activismo sin idealidades o ideales sin actividad, sino una síntesis, profética, de ideales-activos, una razón que se encarna y un amor que profesa. Es una invocación a pensar en concreto y a querer en concreto porque es ahí donde el rostro del otro como extranjero o de viuda se hace presente en un tú que se puede abrazar: esta es la utoprofecía de la razón profética como ideal, como nos dice Carlos Díaz “¿De qué serviría el personalismo sino es para crear santos en una sociedad destrozada?” (Díaz, C. 2004, 77)

Así el modo de escritura de las obras de Carlos llaman al otro hermano, en el cual al escribir se denota el rigor del pensamiento, la profundidad del silencio, pero sobre todo la tensión del que busca en la propia escritura la revelación como interrelación con el otro, como una poesía filosófica, en el silencio del estudio, la pasión del encuentro y la urgencia de la comunicación, correcto o incorrecto pero siempre en busca de la verdad. No escasea el asombro sino que lo desborda, tan lo desborda que la pluma no alcanza a verter todo su pensamiento, por ello hay que escucharlo y encontrarse con Carlos Díaz: ir del texto al diálogo, del diálogo al abrazo, y del abrazo a la oración en común. Leer la obra de Carlos Díaz es un itinerario por la experiencia de la fe pues como él nos dice “la fe no ha sido para mí un concepto, sino una experiencia de noche y resurrección. Y sigue siendo para mí una experiencia de optimismo trágico, de esperanza y de dolor.” (Díaz, C. enero-febrero 2013)
 
Una obra, una vida, un pensamiento o una frase, sea cual fuere la dimensión de nuestro acercamiento con Carlos Díaz, la luz que se deja entrever en sus palabras nos hacen pensar, pero pensar sobre lo que amamos y cómo lo creemos, y por ende cómo lo encarnamos, pero aún más importante provocan y llaman a nuestra pasión a tomar un acto de resolución, al menos a considerar de nuevo que sí es posible creer en ello; que no será hasta ese momento en que la misión se haya realizado porque entonces uno más habrá recuperado la fe en el amor,  pero no con entusiasmo febril o la pasión juvenil, sino con aquella que emerge y cobra forma en el pensamiento profundo que con todo su poder se arrodilla ante la realidad del amor y solo puede orar como acto de agradecimiento, por ello le doy gracias a Carlos Díaz porque su fe mueve a otros a elegir la fe hecha carne en el amor. Su obra es grande porque no está solo, como nos dice Carlos: “nadie confiere grandeza a su andadura sino convencido de que pertenece a la humanidad, es decir, de que no está solo.” (Díaz, C. 2004, 13)

RAFAEL GARCÍA PAVÓN (COORDINADOR DEL DOCTORADO EN HUMANIDADES DE LA UNIVERSIDAD ANÁHUAC MÉXICO NORTE)

REFERENCIAS:
Díaz, Carlos. (2001) ¿Qué es el personalismo comunitario? Colección Persona no. 1. Madrid: Fundación Emmanuel Mounier.
Díaz, Carlos (2004) Mi encuentro con el personalismo comunitario. Madrid: Fundación Emmanuel Mounier.
Díaz, Carlos. (2009) “Entrevista  a Carlos Díaz: Grupo humano y Estado.” En Revista Internacional Persona. Buenos Aires.
Díaz, Carlos (2010) Razón cálida. La relación como lógica de los sentimientos. Madrid: Escolar y Mayo.
Díaz, Carlos (febrero de 2013) “Cristo es nuestro mejor Tú”. En entrevista con José Luis Palacios en Noticias obreras. No. 1544. Recuperado  el 3 de mayo de 2013 de: http://issuu.com/hoac/docs/p_30-32_ent?mode=window&viewMode=doublePage
Díaz, Carlos (enero-febrero de 2013) “Conversaciones. Carlos Díaz: ‘Mounier ha sido mi padre,  luego mi hermano y ahora es mi abuelo’”. En entrevista con Carlos Eymar, El Ciervo. Revista mensual de pensamiento y cultura. No. 740. Recuperado el 3 de mayo de 2013 de: http://www.elciervo.es/html/default.asp?area=articulo&revista=138&articulo=1149
Wenders, Wim, (1987) Las Alas del Deseo (Der Himmel über Berlin).