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Landeros le pregunta a Garro si “una obra literaria debe contener, aparte de lo que quiso decir el autor, algún mensaje de tipo político”, a lo que ella responde contundente: “Hay, claro, los escritores que creen que hay que escribir con mensaje. Yo no creo que sea necesario, ya que la obra de arte en sí misma lo lleva. Yo no creo en los eslogans”

Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves

Yo, Elena Garro (Lumen, 2007) es la compilación de varias entrevistas realizadas por el periodista Carlos Landeros a Elena Garro, así como dos entrevistas complementarias: una al crítico literario Emmanuel Carballo y otra a Archibaldo Burns, quien fue pareja de la escritora.

Fue imposible dejar el libro de lado una vez iniciado, disfruté profundamente la sagacidad de Landeros como entrevistador. Conforme la confianza entre ellos iba aumentando, las palabras y las formalidades en ambos iban desapareciendo, dándole a las entrevistas —algunas de las cuales eran hechas a manera de correspondencia, y muchas otras en persona— una fluidez y naturalidad que hoy en día es ya difícil de encontrar.

Desafortunadamente —a propósito de este noble género periodístico que es la entrevista y, a mi parecer, capaz de ser profundamente literario—, las entrevistas que el periodismo comercial promueve son cada vez más imparciales, guiadas por el espíritu del consumismo, de la respuesta fácil, y con un ínfimo interés en dar a conocer la naturaleza del entrevistado, sus surcos y claroscuros. Como dice Elena Garro en este libro, a propósito de cuando describe algunas generalidades del periodismo: “Algunos directores de los diarios no son periodistas, son empresarios en venta”.

Quizá por eso es que he disfrutado tanto este libro. La manera en que Landeros aterriza sus preguntas —tan a menudo ociosas y relampagueantes de frivolidad— dan en el clavo con las respuestas de Garro, la escritora más controversial desde mediados del siglo XX hasta la fecha; a quien nadie ha logrado superar en controversias y exilios, y cuya calidad literaria en novela, cuento y teatro, no tiene sentido siquiera equiparar con la de otros escritores más afortunados en su momento.

En este libro aparecen también muchos diálogos de Helena “La Chatita” Paz Garro, única hija que la escritora tuvo con Octavio Paz, y una poetisa de primer orden que, hasta el día de hoy, no ha tenido el alcance que merece porque la gente ha preferido leer otras modas que allá ellos.

El libro comienza con una presentación de Elena Garro escrita por ella misma. Se trata de una carta fechada en México, D.F. en julio de 2006, en donde más de una vez menciona los apuros económicos en los que se encuentra (“Me siento agotada y harta de tanta pobreza”). 

“Soy Elena Garro, nacida de José Antonio Garro y Esperanza Navarro en la ciudad de Puebla el 11 de diciembre de 1917. En piedra me convertí, como mi personaje Isabel Moncada, el 22 de agosto de 1998, delante de los ojos de mi hija Helena Paz Garro. Causé la desdicha de mi marido Octavio Paz, al igual que él causó la mía…” Así es como da inicio esta primera carta que recuerda a su novela más conocida, Los recuerdos del porvenir, novela que, aunque publicada en 1963, fue originalmente escrita en 1952.

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A lo largo de estas entrevistas, Garro reivindica su fascinación por los románticos alemanes y por la literatura francesa; argumenta que los únicos escritores mexicanos que le interesan son Guadalupe Dueñas y Juan de la Cabada, cuyos cuentos de ambos leyó, a Dueñas la considera la mejor cuentista mexicana, mientras a De la Cabada lo considera el maestro de Rulfo.

Sobre Rulfo dice: “creo que Rulfo por primera vez le dio un nombre a los indios, aunque todavía no nos ha dado un rostro del indio”. Aunque más adelante, en una entrevista posterior, Garro le comenta a Landeros que Rulfo le parece mejor que Juan José Arreola, que Carlos Fuentes, José Agustín, Gustavo Sáinz, Juan García Ponce.

Afirma detestar la racionalidad en la escritura de Simone de Beauvoir, y cierra diciendo: “Publicidad, ¡ésa sí que ha tenido!”. Landeros le comenta que muchos consideran que las actitudes de Garro están inspiradas en Beauvoir, a lo que Garro responde: “Ella es feminista y filósofa racionalista, cree en el progreso; yo no creo en eso. A mí no me interesa que exploten a la mujer, además no creo que la exploten. Tampoco soy feminista, soy casi antifeminista”.

A propósito de esto último, Landeros le pregunta a la escritora si “una obra literaria debe contener, aparte de lo que quiso decir el autor, algún mensaje de tipo político”, a lo que Garro responde contundente —bendita sea—: “Hay, claro, los escritores que creen que hay que escribir con mensaje. Yo no creo que sea necesario, ya que la obra de arte en sí misma lo lleva. Yo no creo en los eslogans […] Estoy en contra de esa novela actual con situaciones anecdóticas que se publican en todo el mundo”.

Elena Garro afirma sin temblar, ante a la insistencia de Landeros, que ya leyó La casa de los espíritus de Isabel Allende, pero que ya le aburren tantos pueblos, “cada gallo canta en su muladar”, sentencia; también le comenta a Landeros que prefiere a García Márquez que a Cortázar; que Vargas Llosa le parece muy menor; que Borges sí le gusta, sobre todo en el género del cuento.

Sobre los géneros literarios, Garro menciona: “La novela es más difícil porque hay que detallar más, en cambio el teatro es puro diálogo, es más fácil”.

Sin duda para los apasionados de Elena Garro, este es un libro que recomiendo leer. Repito, lo leí de inicio a fin porque las ansias me comían por conocer todas sus versiones, Garro es una escritora impresionante, con una historia deslumbrante y las entrevistas que le hicieron nunca decepcionan.

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Las dos entrevistas —a Emmanuel Carballo y Archibaldo Burns— incluidas al final de Yo, Elena Garro resultan breves e insuficientes, no se alcanzan a desarrollar, sin embargo rescato un fragmento de la de Carballo, en donde habla sobre los géneros literarios que involucran la fantasía: “Los lectores que se atreven a leer este tipo de obras hoy tan desprestigiadas deben tener al mismo tiempo cultura literaria y credulidad infantil. El lector que no es crédulo, que no vuelve a la infancia cuando lee, por ejemplo, Los recuerdos del porvenir, no es un buen lector: si es necesario debe comulgar con ruedas de molino, creer a pie juntillas lo que diga el autor, aunque parezca alocado […] Debes leer sin prejuicios”. 

Quizás es una idea obvia, pero cuando las obviedades se dicen con esta claridad es necesario subrayarlo, remarcarlo, para continuar disfrutando de la literatura que no busca repartir enseñanzas, sino solazarse en la escritura —y en la lectura— como mero acto creativo, como manifestación estética.

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