Consagró su vida a nuestra alma mater por cuarenta años; enriqueció el ser cultural de México. Honró a la UNAM y al país.
Miguel León Portilla
Tengo el privilegio de que la doctora Beatriz de la Fuente, esa notable académica e investigadora que es hoy referencia obligada de los historiadores del mundo prehispánico, fuera mi abuela. Mis primeros recuerdos no son los de la gran historiadora del arte que hoy reconozco, sino simplemente los de mi abuela.
La recuerdo como una mujer con una presencia muy fuerte, muy inteligente, curiosa y profundamente dedicada a su trabajo. En su casa había dos estudios: el de mi abuelo y el de ella. Y ahora pienso que eso decía muchísimo de mis abuelos y también de la época: ella tenía un espacio propio para trabajar, investigar, leer, escribir, reunirse con colegas y con estudiantes; algo que quizá no era tan común para una mujer de su generación. Los libros, sus investigaciones, sus alumnos y la Universidad formaban parte natural de la vida de la casa.
Tuve la fortuna de disfrutarla bastante. Los domingos nos invitaban a comer a su casa. Nadábamos, comíamos botana en el patio alrededor de la fuente, con Los Panchos de música de fondo, y a las 2:00 pm nos sentábamos a comer, alrededor de una mesa larga, entre muros de piedra volcánica y rodeados de arte. Esa también es Beatriz de la Fuente para mí.
Hay otro recuerdo que guardo especialmente: un viaje que hicimos con ella a Palenque, solamente las nietas, puras mujeres. Recorrer Palenque con mi abuela fue extraordinario. Hoy pienso que tuve ahí una de las mejores clases de historia de mi vida. No estábamos únicamente conociendo Palenque a través de una historiadora del arte, estábamos descubriéndolo a través de alguien que lo había estudiado profundamente y que sabía enseñarnos a mirar.
Para nosotros, sus nietos, la gran académica y la abuela eran simplemente la misma persona. Con los años he ido comprendiendo la dimensión de su trabajo. Cuando eres niña no sabes que tu abuela está haciendo una aportación fundamental al conocimiento del arte prehispánico en México. Para ti, simplemente es tu abuela.
Conmigo, además, hubo momentos en los que nuestras vidas académicas se cruzaron. Me ayudó mucho con los antecedentes de mi tesis de licenciatura de Arquitectura y, años después, tuve la enorme oportunidad de coincidir profesionalmente con ella. Yo trabajaba con Enrique Norten en Nueva York y formé parte del equipo que trabajó en la museografía de la exposición El Imperio Azteca para el Guggenheim de Nueva York y Bilbao. Ahí pude verla también desde otro lugar: ya no solamente como mi abuela, sino como la especialista y la académica que era.
Aunque trabajamos desde disciplinas diferentes, en mi caso desde la Arquitectura Interior, encuentro una coincidencia profunda. Las dos partimos de una necesidad de mirar, observar, investigar y hacernos preguntas para tratar de comprender qué hay detrás de las formas.
Ella empezó estudiando Medicina, quizá influida por la cercanía con su papá, que era médico, pero pronto se cambió y estudió Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana. Después hizo su maestría y su doctorado en Historia, en la Facultad de Filosofía y Letras, en la UNAM,de la cual ya nunca se separó.
Y aquí hay una historia que me encanta, porque habla también de cómo eran las cosas para las mujeres de su generación. Mi abuela contaba que ella y su gran amiga y colega Marta Foncerrada, se casaron muy jóvenes, antes de haber consolidado realmente un proyecto de estudios, y poco después decidieron juntas estudiar Historia del Arte. La carrera solo existía en la Ibero, que en aquel momento estaba justamente donde hoy está el restaurante San Ángel Inn.
Ya en la UNAM conoció a maestros que para ella fueron fundamentales. Siempre los recordaba. Justino Fernández y Francisco de la Maza, señaladamente, así como otras figuras que le enseñaron a mirar las formas artísticas y a entender qué significaba hacer historia del arte. Alberto Ruz, que descubrió la tumba de Palenque. También recordaba a Raúl Flores Guerrero, quien murió muy joven, como una figura importante en sus primeros acercamientos al arte prehispánico.
Pero hay otra parte de esta historia que a mí me impresiona muchísimo. Mi abuela hizo buena parte de su formación mientras ya era mamá de dos hijos, y luego llegaron otras dos. En mi familia se cuenta que llevaba a mi tía Beatriz, la mayor, y a mi papá a Ciudad Universitaria por las tardes, a finales de los años 50 del siglo pasado, recién inaugurada CU, y mientras ella entraba a clases, ellos jugaban por ahí, en los jardines cercanos al estacionamiento de la Facultad de Filosofía y Letras. A mí esa imagen me parece extraordinaria: una mujer joven, a mediados del siglo pasado, con hijos, tratando al mismo tiempo de construir su vida familiar y su vocación intelectual propia. ¡No es poca cosa!
Y además hay que pensar en lo que significaba entonces estudiar el arte prehispánico. Hoy, gracias al trabajo de investigadores como ella y de muchas otras personas de su generación, tenemos libros, fotografías, registros y una enorme cantidad de conocimiento disponible. Pero en esos años investigar ese campo implicaba también ir a los sitios, meterse a recorrer zonas arqueológicas poco exploradas y hacer trabajo de campo en condiciones muy distintas a las actuales. Llegar a algunos lugares implicaba viajes mucho más complejos, con menos caminos, menos infraestructura y, en algunos casos, adentrarse en lugares verdaderamente inhóspitos.
Entonces, pensar en ella como una mujer joven, madre de cuatro hijos, en un México con muchos prejuicios, que al mismo tiempo que estudiaba se iba a recorrer esos lugares para construir su propia trayectoria académica, con aportaciones originales, me parece todavía más extraordinario.
Una vez metida en la Historia del Arte, encontró lo que sería la gran pasión intelectual: el arte prehispánico. Los olmecas, los teotihuacanos, los mayas, los mixtecos y zapotecas. Una a una, recorrió sus regiones, estudió sus culturas y sus manifestaciones artísticas. Su obra monumental, La Pintura Mural Prehispánica, que son cerca de 10 tomos, es el proyecto que sintetiza mucho de su manera de investigar y sus aportaciones. Toda una vida dedicada a comprender, preservar y enseñar una parte fundamental del patrimonio y de la Historia de México.
Creo que, sobre todo, algo excepcional fue su capacidad de enseñar a mirar. Hay una idea asociada a ella que me parece maravillosa: "Acercarse y mirar". Así se titula un libro homenaje en su memoria. Me parece un principio fundamental, no es sólo una frase. No conformarse con la primera impresión, sino observar, preguntar, comparar, reflexionar.
Por lo que cuentan muchas de sus alumnas y alumnos, y yo tuve la oportunidad de conocer a varios de ellos, era una maestra cercana, clara y exigente, pero también profundamente generosa. Compartía no sólo sus conocimientos, sino también su biblioteca, sus ideas y sus hipótesis. No buscaba solamente transmitir información; le interesaba formar investigadores capaces de hacerse sus propias preguntas.
Me parece especialmente importante que ella entendió que las pinturas murales no podían estudiarse como objetos aislados. Para documentarlas, conservarlas e interpretarlas era necesario reunir distintas disciplinas y distintas miradas. Fue un proyecto colectivo y multidisciplinario que, además, partía de una enorme preocupación por preservar un patrimonio extraordinariamente frágil. Combinó la multidisciplina con metodologías y aproximaciones complementarias, en un proyecto universitario que encabezó hasta el final de su vida. Y quizá una de las mejores pruebas de la importancia de ese proyecto es precisamente que continúa. Mi abuela lo inició y lo dirigió durante muchos años, pero después de su muerte otras investigadoras e investigadores, que habían sido sus estudiantes, han continuado desarrollándolo y ampliándolo.
Hace apenas unas semanas regresamos al museo de murales teotihuacanos que lleva el nombre de mi abuela, en la zona arqueológica de Teotihuacán. Lo acaban de remodelar y fue muy emocionante ir con la familia y constatar que su trabajo sigue teniendo presencia y significado tantos años después.
Creo que ahí está una de las formas más bonitas de entender lo que es un verdadero legado académico: cuando un proyecto sobrevive a quien lo inició, deja de ser solamente una obra personal y se convierte en una verdadera aportación al conocimiento, un proyecto institucional. Agradezco a todas las personas que lo continúan y lo llevan hacia nuevas preguntas, nuevos derroteros.
La UNAM en nuestras vidas
La UNAM forma parte de nuestra historia familiar, pero para mí nunca ha sido solamente una tradición. Es el lugar donde me formé como arquitecta, donde descubrí mi vocación por la docencia y donde he construido buena parte de mi vida profesional. Llevo 19 años dando clases ahí y hoy soy profesora de tiempo completo. Es un espacio al que siento que pertenezco y que, de muchas maneras, forma parte de quien soy.
Para mi abuela significó también una parte fundamental de su vida. En la UNAM investigó, enseñó y formó generaciones de estudiantes, pero además asumió importantes responsabilidades institucionales: fue Directora General de Publicaciones, Directora del Instituto de Investigaciones Estéticas y miembro de la Junta de Gobierno. La Universidad reconoció su trayectoria con el Premio Universidad Nacional en Investigación en Humanidades y con su nombramiento como Investigadora Emérita. Entonces creo que para ella la UNAM tampoco fue solamente el lugar donde trabajaba. Fue también su casa, una institución a la que dedicó buena parte de su vida y desde la cual pudo investigar, enseñar. Siempre recordó con gratitud a sus maestros y condiscípulos. Cuando voy al Instituto de Investigaciones Estéticas me emociona constatar que la recuerdan con cariño. Y para mí, pertenecer a la UNAM significa también una continuidad familiar y una responsabilidad. Cuando tu universidad te ha dado tanto, se establece un compromiso para devolverle algo de lo recibido. En mi caso intento hacerlo a través de la docencia, la investigación y, sobre todo, de la formación de nuevas generaciones. Disfruto mi trabajo.
Quizá ahí encuentro otra continuidad con mi abuela. Cada generación de nuestra familia ha construido su propio camino dentro de la Universidad, pero compartimos algo esencial: un profundo sentido de pertenencia con la institución, con sus principios y con la convicción de que el conocimiento también implica la responsabilidad de compartirlo.
La primera mujer en ingresar a El Colegio Nacional
Mi abuela ingresó a El Colegio Nacional en 1985 y fue la primera mujer en hacerlo. Eso significa que entró a un espacio que hasta ese momento había sido exclusivamente masculino. Y lo siguió siendo hasta hace no mucho. Pero algo que me parece muy importante señalar, es que ella no llegó ahí simplemente por ser una mujer que rompió una barrera. Llegó por la solidez de su trabajo, por su originalidad, por su trayectoria académica, construida durante décadas y porque había desarrollado una voz propia dentro de su disciplina y dentro del mundo del arte y la cultura, en México y fuera de México.
Como mujer y como académica, hoy entiendo que para abrir ciertos espacios no basta con tener capacidad y mucha dedicación. También se necesita una enorme constancia, tenacidad, seguridad y fuerza de carácter.
Creo que hay algo todavía más importante en el hecho de haber sido la primera mujer. Cuando una mujer llega por primera vez a un espacio que hasta entonces había estado cerrado a las mujeres, no llega solamente ella: abre un camino. Después de que una llega, ese lugar deja de parecer imposible para las que vienen detrás. Así ha ocurrido. Es muy alentador que ahora haya varias mujeres en El Colegio Nacional. Muy buenas en sus campos, con trayectorias muy distinguidas. El caso de mi abuela, me parece especialmente significativo. Ella llegó ahí por mérito propio, por la calidad de su trabajo y por su trayectoria, pero al hacerlo, contribuyó también a que otras mujeres pudieran imaginarse ahí.
Memoria, identidad, tradición
Mi abuela estudiaba una escultura, una pintura mural o una representación artística no solamente como un objeto, sino como algo capaz de hablarnos de toda una cultura; de una manera de pensar y de entender el mundo. Yo, desde la arquitectura y particularmente desde la arquitectura interior, que es mi especialidad, me hago preguntas muy parecidas frente al espacio: qué nos dice sobre quien lo habita, cómo lo experimentamos, qué memoria contiene y qué nos revela acerca de una sociedad y de un momento determinado. Creo que las dos entendemos, desde lugares distintos, que las formas y los espacios no son solamente objetos físicos. Contienen memoria, identidad, tradición y maneras de habitar y comprender el mundo. Y esto es algo que he descubierto sobre todo con los años. Cuando era más joven no necesariamente veía esa relación entre su trabajo y el mío. Hoy, conforme he ido entrando más en la investigación y en la docencia, encuentro coincidencias que antes no alcanzaba a reconocer. Pero su legado y su herencia están vivos.
Entiendo mucho mejor que estudiar una forma, una pintura, una escultura o un espacio significa también preguntarse por las personas que estuvieron detrás de ellos: quiénes los hicieron, quiénes los vivieron, qué pensaban, qué sentían, qué querían expresar. Y quizá ahí encuentro una de las relaciones más bonitas entre el trabajo de mi abuela y el mío: las dos, desde ópticas distintas, buscamos poner al ser humano, a la persona, detrás de las formas.
Durante años, para mí Beatriz de la Fuente fue simplemente mi abuela. Con el paso del tiempo, y especialmente a medida que yo misma he construido una vida académica, he ido descubriendo a la otra Beatriz: a la investigadora, a la maestra, a la mujer que abrió caminos. He conocido a sus alumnas y alumnos, he leído sus libros y todo eso me permite recordarla en sus distintas facetas. Ha sido muy bonito reencontrarla también de esa manera después de su muerte.
Hoy que leo sus textos, escucho a sus alumnos que me cuentan sobre ella y descubro aspectos que cuando era más joven quizá no comprendía. Y, al mismo tiempo, detrás de esa figura académica que pertenece a la historia de la UNAM y de México, yo sigo reconociendo ante todo a mi abuela. Mi abuela querida.
Quizá ése sea para mí su legado más entrañable: descubrir que una persona puede pertenecer a la historia y, al mismo tiempo, seguir siendo profundamente humana, ser ante todo familia. Mi familia.
Mariana de la Fuente Obregón es arquitecta por la Facultad de Arquitectura de la UNAM y maestra en Diseño de Interiores por Pratt Institute, en Nueva York. Desde hace 19 años es profesora en la Facultad de Arquitectura de la UNAM.
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