Un investigador –de Guillermo de Baskerville a Jacques Clouseau– se dedica fundamentalmente a una cosa: hacersepreguntas. Éstas surgen del asombro; por eso pretenden dar con un porqué. En el caso de la novela de Umberto Eco, la indagación de fray Baskerville –interpretado magistralmente por Sean Connery en la película de 1986– busca dar con el asesino y, más relevante, con sus motivos. Para lograrlo, piensa.
Todo investigador es un pensador. Sus quehaceres están implicados. Sin la nomenclatura tecnocrática de la modernidad, Parménides ya investigaba, lo mismo que Basilio de Cesaréa, Boecio, san Agustín o Bernardo de Chartres. En ellos había un afán de encontrar algo que se suponía que debería estar allí; pero no era evidente. En todo investigador hay un detective, un Sherlock Holmes que ansía dar con el asesino y sus motivos.
La investigación universitaria actual se parece a la labor del gambusino que criba la arena del río para encontrar pepitas de oro. Para encontrar el ansiado metal, tiene que detenerse a mirar el lecho acuoso, calibrar dónde podría hundir la cesta y sacar más provecho. En el fondo, quiere dar con un porqué para obtener el mineral tan preciado.
Así, toda investigación debería ser –como se dice ahora– «aplicada». Da igual si se busca el tiempo perdido o el sentido del hombre. Al bascular en torno a un porqué, el interés de quien indaga sobre algo es encontrarle sentido.
Pienso que la justificación de la investigación no radica en las patentes que se registren (muchas de las patentes en Estados Unidos siguen saliendo de una cochera: de Harley Davidson a Google, pasando por Hewlett Packard). Por supuesto, estoy tirando agua para mi molino; pero no sólo (hasta ahora, soy miembro del SNII en el rubro de «ciencias sociales»). Lo que pretendo decir es que las preguntas hondas y sugerentes y rabiosamente incómodas son indispensables para prevenirnos del dogmatismo, la cerrazón y el fanatismo.
Esta actitud de apertura y búsqueda es crucial en el tramado educativo de cualquier sociedad. En Ideas de vario linaje –un librito que reúne conferencias, ensayos dispersos y otros textos– Eduardo Nicol sostiene que urge reeducar a los educadores. «Si los escolares no fueran las primeras víctimas de la crisis moral –escribe el catalán nacionalizado mexicano–, no habría el peligro de que más tarde engrosaran la masa de los causantes. La crisis es masiva. Los escolares son víctimas porque no reciben una educación moral que contrarreste el mal ejemplo que ofrece el ambiente».
Nicol señala un asunto crucial. ¿Quién prepara al educador? ¿Quién le pone delante un ideal a conseguir? ¿Al amparo de qué principios se prepara al educador? Implícitamente, el filósofo transterrado –llegó a México a bordo del Sinaia en 1939– apunta a lo que yo esbocé líneas arriba. Sin una investigación que atienda a los porqués y no se limite exclusivamente a describir fenómenos ni a registrar datos –estadísticas– lo relevante seguirá oculto.
Sin embargo, para formular esas preguntas –e intentar darles respuesta– es necesario tiempo y sosiego. ¡Ah! ¡El hilo negro! ¡La leche tibia! Esto ya lo sabía la antigüedad griega: sólo en el ocio es posible pensar bien. La Atenas clásica lo consiguió creando una institución imposible de replicar hoy: la esclavitud. La Florencia del siglo XV fue más humanitaria y encontró una mejor manera de hacerlo: el mecenazgo.
La sociedad estandarizada y burocratizada encomendó al Estado un montón de asuntos, incluido el de la investigación. Luego de la sacudida revolucionaria, Lázaro Cárdenas creó el Instituto Politécnico Nacional y el Consejo Nacional de Educación Superior y de Investigación Científica; éste último, para coordinar y ordenar las instituciones de educación superior y de investigación científica. Luego, Miguel Alemán lanzó el Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC) con idénticos objetivos.
A partir de esos esfuerzos, en 1970 nació el Conacyt (antecedente inmediato de la actual Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación) que, en 1984, cobijó al Sistema Nacional de Investigadores, cuyo propósito era evaluar individualmente a los investigadores y reconocer sus méritos, tanto con medallas como con dinero. La razón es obvia: que quien se dedica a pensar –a investigar– no se distraiga con las exigencias de la vida mortal.
El asunto es que el actual SNII se ha impregnado de la ideología de turno, que desprecia todo aquello que no provenga del Estado. Los esfuerzos individuales o comunitarios de organizaciones fuera de la órbita estatal o gubernamental son vistos como herejías. La palabra sagrada es «público». Lo público es inmaculado y perfecto. Lo demás es anatema.
Es absurdo creer que el trabajo de un profesor adscrito a una institución pública debe preferirse al de su colega perteneciente a una institución privada. El dogmatismo que empapa esta postura ensucia a la investigación misma, cuyo objeto no debiera ser otro que dar con la respuesta a los porqués.
La universidad es, fundamentalmente, una comunidad de personas dispuestas a pensar. Por eso, una universidad sin investigación no lo es del todo. La universidad no es un sistema cerrado, porque su actividad esencial –pensar– es abierta. El pensamiento exige apertura. Me parece que toda investigación supone cierta moralidad. Lo que soy determina el objeto y modo de mi investigación.
Por supuesto, cabe instrumentalizar la ardua tarea de investigar. Hacerlo sólo por la reputación. El brillo de ese oropel que llamamos ego es irresistible. Hay un cúmulo de motivos detrás de un investigador; pero la esquizofrenia es el lastre del utilitarismo. Al final, cuando el Estado quiere imponer una ideología y chantajea a quien se dedica a pensar, lo que sale a relucir es el cinismo de los burócratas.
Como también escribió Nicol: «El cinismo no consiste en desafiar la sanción, sino en convertir en mérito la astucia que permite evadirla». Y el cinismo conduce, en la mayoría de los casos, a destruir comunidades, a asesinar los proyectos que sólo son alcanzables si los hacemos juntos. Mientras la comunidad que hace investigación siga rota, los cínicos tendrán la victoria asegurada.
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