Mientras cada día van saliendo más libros en que se detecta el uso de la inteligencia artificial, Anne Carson —la más reciente Premio Nobel de Literatura— hablaba en una entrevista sobre el placer que le produce el escribir a mano. Hay una satisfacción inmediata al momento de hacerlo que es inigualable, que no se puede comparar
Por Évolet Aceves / X: @EvoletAceves
¡Ay ay AI IA! Ahora hasta los premios literarios tienen sospechas del uso de inteligencia artificial. No voy a abogar ni en pro ni en contra de quien escribió dicho libro premiado recientemente, ni de la editorial ni del jurado. Tampoco voy a leer algo nada más para tratar de formarme un juicio para demostrar o tratar de probar o desaprobar lo que dice la inteligencia artificial. No es ni la primera vez ni será la última en que este tipo de controversias aparezcan. Y desgraciadamente cada vez se vuelven aún más comunes.
También me pregunto, ¿ahora habrá que confiar en verificadores cibernéticos para juzgar a los libros? ¿Habremos de estar pasando cada libro que leamos por verificadores y filtros digitales para ver si fue escrito por una persona o no? ¿En dónde queda el juicio literario si ahora todo estará puesto en duda por verificadores de este tipo? Me parece un poco absurdo tener que llegar a tomar esas medidas. ¿Quién tiene la certeza de que estos verificadores son 100% efectivos; quien tiene la certeza contraria? ¿Qué valor tiene el veredicto de un verificador digital?
En meses recientes se ha sabido de un buen manojo de libros, publicados en distintas editoriales alrededor del mundo, que están empleando la inteligencia artificial, en mayor o menor —o descarada— medida, para fines creativos y generalmente lucrativos, en inglés, en francés, en japonés, en español, y seguramente en muchos más idiomas. Pero esto no solamente sucede en la literatura, se extiende básicamente a todas las disciplinas, artísticas y no.
Leía recientemente en algún artículo periodístico que una buena mayoría de los libros autopublicados en Amazon suelen tener una gran cantidad de contenido escrito con inteligencia artificial, lo cual, tristemente, no me sorprende.
Noto con cierta gracia el que este asunto se esté convirtiendo en una muy buena riña en redes sociales. Tengo la impresión de que en el ámbito literario hay una enorme competencia por ver quién escribe más al natural. Ya no falta mucho para que a alguien se le ocurra hacer un performance escribiendo desnudo junto a un árbol y con un bolígrafo biodegradable o algo por el estilo —con la respectiva crítica de Avelina Lésper, naturalmente.
Se discute en redes quién es el bueno y quién es el malo en torno a este premio que ya está cancelando sus presentaciones. Escritores y escritoras por igual se empeñan en demostrar quién escribe con menos inteligencia artificial. También hay quienes dicen que su escritura nunca podrá ser imitada por tratarse de una lengua indígena.
Y hay quien hasta descalifica al jurado de dicho premio por supuestamente no darse cuenta de que el libro está escrito con inteligencia artificial, pero de nuevo, ¿qué certezas tenemos, si ésta conclusión está fundamentada en otra inteligencia artificial? El jurado no tiene culpa de no ser expertas en informática y tecnologías y demás triquiñuelas que realmente son muy recientes. ¿Ahora los jurados de concursos literarios deberán estar integrados por ingenieras en informática y mostrar acreditaciones suficientes como para ser testigos de trampas tecnológicas? Yo creo que las integrantes del jurado de este concurso del que se está hablando leyeron la obra partiendo del supuesto de que quienes participaron en dicho concurso aceptaban las reglas y condiciones del mismo, el cual incluye el no utilizar ni parcialmente la inteligencia artificial.
Repito, no pretendo ponerme ni de un lado ni del otro. La simple idea de hacerlo ya me parece de inicio un poco ridícula, ¿desde cuándo comenzó la literatura a medirse en parámetros de este calibre artificial? Me parece tristísimo.
Creo que el uso de la inteligencia artificial es producto de un mundo regido por el expreso consumismo, pero creo también que no siempre es así. Cuando pienso en el uso de esta herramienta recuerdo el comentario de una alumna que tuve el semestre pasado en la Universidad de Nueva York, quien, durante un debate que dirigí en el salón de clases sobre sus posturas en torno al uso de la inteligencia artificial —ella se encontraba en el equipo que estaba a favor del uso de esta herramienta—, y su comentario hasta la fecha me resulta igual de válido y continúa resonándome.
Su comentario fue algo así como —parafraseo—: “Yo estoy de acuerdo con que se use la inteligencia artificial, siempre y cuando haya una razón justificable para hacerlo. Por ejemplo, la falta de recursos económicos me parece una razón suficientemente justificable: hay quienes no cuentan con los recursos económicos para solventar una necesidad apremiante, emergente, una que incluso puede poner en riesgo la vida o la integridad de una o varias personas”.
Me parece completamente aceptable su comentario, y sin duda la respaldo. Hay situaciones de las que a veces no nos percatamos por contar con algún tipo de privilegio que nos polariza hacia el uso definitivo de esta herramienta: o sí o no. Pero su opinión me pareció profundamente valiosa por su empatía al expresar su punto de vista. Aunque en su opinión haya utilizado un asunto bastante subjetivo, como lo es “una razón justificable”, ¿qué tan justificable es una razón para alguien? Sin duda depende mucho de las circunstancias de quien se lo plantee.
Lo que puedo decir es que, al menos para cuestiones creativas, me parece incluso contraproducente. Cuando se utiliza para fines creativos generados como un producto final y definitivo y cuya creación a su vez se adjudica a una persona y no a la inteligencia artificial, es ahí cuando me parece profundamente tramposo, inválido y hueco. Enfocándolo hacia la literatura, a mi parecer es algo que no merece la pena ser leído porque, al menos a mí como lectora, me deja una sensación de vacío, de estar leyendo algo que nadie jamás escribió, que detrás de ese texto en particular no se tomó el tiempo de crearlo con sus propias manos, o al menos no a conciencia, y que tampoco hubo momentos de reflexión como los que se tiene al escribir una obra literaria, y tampoco hubo esos minutos dedicados a la reflexión, porque mejor se decidió emplear la tecnología para crear un producto final hecho básicamente en piloto automático.
Y lo que me parece muy desafortunado es también el que se confíe en el resultado que un verificador de uso de inteligencia artificial, entrenado con patrones digitales, se le esté dando un peso tan definitorio como lo puede ser la carrera de un escritor. Posibilidad de error, la hay. Posibilidad de acierto, también. Lo que sobra es sólo el juicio y la inteligencia humana.
En casos recientes se supo de un libro académico que —qué barbaridad—, se fue directito a la imprenta y así salió a la venta, con una frase que decía hasta abajo en una de sus páginas: “Si quieres ahora te lo separo en subtítulos más didácticos para tu libro…” ¡Ay ay AI IA! No queda más que imaginarse a los estudiosos autores pensando cómo plantear la pregunta para que les quedara más didáctico el asunto.
En contraparte, recientemente escuchaba una entrevista a Anne Carson, la más reciente Premio Nobel de Literatura que fue dada a conocer hace algunas semanas, escritora primordialmente de poesía, aunque también de ensayo. En dicha entrevista habló sobre el placer que le produce el escribir a mano, le encantaba y le encanta escribir a mano, pero ella padece de Parkinson, la enfermedad neurológica que produce temblor principalmente en las manos, su escritura, dice, se volvió vergonzosa para ella misma.
Mencionó que comenzó a tomar clases de box por recomendación de su médico, pues favorece el pulso de las personas con este padecimiento. Y mientras la escuchaba me sentí sumamente identificada cuando describía el placer de escribir a mano, de ver su caligrafía escrita con su mano a través de la tinta. Hay una satisfacción inmediata al momento de hacerlo que es inigualable, que no se puede comparar. Pienso en la idea de adorar escribir a mano y poco a poco dejar de reconocerse en su propia letra.
Y habrá a quien le parezca una absurdez, pero realmente al escribir a mano hay todo un proceso mental que sucede a nivel psicológico, neuronal y hasta emocional compacto ahí, en la escritura a mano. Me hace pensar no sólo en mi escritura sino también en la de gente que vivió en el pasado, especialmente en los escritores que escribían sus libros enteros a mano y luego los transcribían a máquina, como es el caso de tantos y tantos escritores que siguieron ese método durante el siglo pasado y todavía en éste. Pero también pienso en la escritura a mano de quienes dejaron registros escritos, listas de despensa, por ejemplo, entre otros escritos cotidianos. Recuerdo la escritura de mi mamá, de mi abuelita, son de las caligrafías más bonitas que he visto. Ambas me han hablado, en diferentes momentos, del placer y la satisfacción que a ellas también les produce el escribir a mano.
Al pensar en autores de mi interés que ya no viven, tampoco puedo dejar de sentir cierta frustración porque, de haber tenido en su momento herramientas más eficientes como una computadora, quizá los escritores del siglo pasado nos hubieran deleitado con muchos más libros de su autoría. Pero también creo que no fue necesario.
Quizá si hubieran vivido en nuestros tiempos no hubieran escrito las maravillas que escribieron, porque de lo que estamos seguros es que hoy la inteligencia humana está siendo arrebatada desfachatadamente, y carcomida, por quienes hacen uso de ella de formas lamentables disfrazadas de creativas. Y esa no necesariamente es culpa de la tecnología —esa seguirá avanzando por el resto de los días—, sino más bien de quien hace un uso con fines premeditadamente antiéticos, y habría que preguntarse si también se cae en un error al otorgarle el albedrío del juicio a un ente digital, inánime.
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