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A propósito de la conmemoración del centenario del nacimiento de Fidel Castro y de la agudización del bloqueo criminal que ejerce Estados Unidos hacia la isla, surge esta reflexión en torno a las diferencias de lo que representa este bloqueo desde dentro y desde fuera de Cuba

Texto: Rogelio López

Foto: Roberto Chile / Cubadebate

CIUDAD DE MÉXICO.— El nombre del conductor del taxi de aplicación era latino. Eso es importante cuando no dominas el inglés. Ahora solo había que esperar unos minutos a que llegara el Honda Civic gris.

—¿Carlos? —preguntó.
—¿Rogelio? —contestó él.

Ya dentro del auto, con los cinturones abrochados y listos para iniciar el viaje:

—¿De dónde eres? —preguntó.
—De Cuba —contestó.

—Están terribles los apagones —empecé la plática.
—Sí, mi mamá lleva meses sin luz. De repente llega unas horas.

—La culpa es del brutal bloqueo al que los tiene sometidos Estados Unidos —le dije.
—No, la culpa es del gobierno. Ellos todo se lo roban; mientras que uno tiene que mantener tres trabajos, ellos se dan la gran vida.

—Yo, por ejemplo, soy músico profesional, pero allá tenía tres trabajos. Primero me levantaba temprano para ir a trabajar al campo, después daba clases y, en la tarde, en mi moto, repartía cosas. ¿Y sabes cuánto ganaba? Menos de un dólar. Con eso es muy difícil mantener a una familia.

Mi reacción ante esta declaración fue de enojo. ¿Cómo es posible que exima de toda responsabilidad al bloqueo que Estados Unidos mantiene desde hace décadas contra la isla? Entiendo completamente las difíciles condiciones que me describe, pero ¿qué hay de Estados Unidos?

—En cambio, aquí estoy pagando el carro y, como chofer de Uber, puedo mantener a mis dos hijos y a mi esposa.

Ya no pensaba en el valor de su respuesta. Dentro de mí iba acumulando una especie de enojo porque no solo no culpaba a los Estados Unidos, sino que ahora hablaba con agradecimiento de la nación que lleva más de sesenta años de un bloqueo que, hoy, con Trump en la presidencia, se torna en genocidio.

Yo, tercamente, insistí: «Pues sí, estas terribles condiciones están estrechamente relacionadas con el bloqueo».

—No, el bloqueo no tiene nada que ver —me contestó.

Mi esposa me apretaba la mano. Mi hijo me decía en voz baja:
—Ya, papá.
—¿Qué música escuchas? —preguntó mi esposa.
—Es un grupo cubano, se llama…

Ahora la plática giraba en torno a la música que le gustaba al «gusano». Pocos minutos después, llegamos a casa.

—Gracias —debí haber dicho.

Ya en casa, el reclamo de mi esposa y de mi hijo:
—Te pones bien loco.

—Pues sí, pero ¿cómo no dice nada del bloqueo? —contesté.

Un congreso de geografía física en La Habana

Y sí, la realidad cubana vista desde fuera es muy distinta.

En 2001 tuve la oportunidad de visitar la isla. El pretexto: un congreso de geografía física celebrado en La Habana. Este viaje me permitió embarrarme un poco de la realidad cubana que se vivía a principios de la década de los dos mil.

Todo empezó en el Instituto de Geografía, un año después de la huelga de 1999. En uno de los espacios donde se anuncian los eventos académicos —congresos, seminarios, diplomados y esos acontecimientos del mundo de la academia y la investigación— vimos el anuncio: una invitación al Congreso de Geografía Física a celebrarse en julio en la Universidad de La Habana. Información con la Dra. Teresa Reyna.

—¿Cómo ves? —me pregunta mi compañera.
—Pues yo no estoy interesado en la geografía física —contesté.
—No seas menso. El chiste es conocer Cuba.
—Ah, pues sí, verdad.

Apenas terminaba lo que se conoció como el Periodo Especial, la etapa posterior a la desaparición de la Unión Soviética, el principal apoyo del gobierno cubano. Tal como ocurre ahora, la isla se quedó sin una de sus principales fuentes de combustible y de muchas otras cosas. En un contexto de bloqueo económico, quedarse sin el apoyo de su viejo aliado, la URSS, era catastrófico. Sin embargo, como tantas otras veces, los cubanos lograron salir adelante.

Ir de turista a la isla naturalmente te pone en una posición de privilegio. Por más que intentes hacer una inmersión y pasar desapercibido, era imposible; parecía que te olían:

—¡Mexicano! ¡Juan Gabriel! ¡Jorge Negrete! Yo quiero mucho a México —me gritaba un cubano en la calle para, inmediatamente después, intentar venderme alguna cosa.

Durante ese viaje nos hospedamos en un departamento ubicado en El Vedado. Ahora que lo pienso, un Airbnb cubano.

La compañera con la que hice el viaje conoció en México a un joven cubano, «Alex». Cuando le platicó que iría al congreso a Cuba, él le propuso la renta del departamento.

Cuando llegamos a Cuba, un 26 de julio, en plena fiesta nacional por el aniversario del asalto al Cuartel Moncada, tuvimos que ir por las llaves del departamento a otro barrio de La Habana Vieja. Nos subimos al «camello», un tráiler color café que arrastraba dos cajas donde viajaban amontonados los ruidosos pasajeros.

Nos bajamos del «camello» y empezamos a caminar. Ahí vamos con nuestras pesadas mochilas, por calles oscuras donde la única luz que se veía en los porches de las casas de madera eran los cigarros encendidos de las personas que tomaban el fresco de la noche.

Nunca nos sentimos inseguros. Llegamos a la casa donde nos entregaron las llaves y, por la hora, nos ofrecieron pernoctar en su casa.
Al día siguiente, un café cubano, concentrado y endulzado.
Nos despedimos de Celia y Juanito, caminamos unas cuadras y a esperar la «guagua». Irremediablemente me venían a la memoria todos los vocablos que escuché en los programas de La Tremenda Corte, y «guagua» era uno de ellos.

Los cubanos como ejemplo

Alex nos había encargado conectar con Carla para entregarle unas cosas que le había enviado. Carla era una chica rubia, bronceada, de máximo treinta años, quien fue pareja de Alex, el cubano que en México nos consiguió el «Airbnb». Si bien nunca se expresó mal de su expareja, al tratarla un poco más me dio la impresión de que, en el fondo, tenía un cierto resentimiento hacia Alex por haber tomado la decisión de salir del país. Alex fue su novio de la universidad, con quien prácticamente vivía en la casa de sus padres durante sus años de universidad (los cubanos, en ese aspecto, son muy liberales). De un día para otro Alex desapareció y apareció en México. No solo es la ausencia de Alex; ahora también tenía que hacerle favores como el que le hacía con nosotros.

Carla, podríamos decir, formaba parte de una clase media alta en Cuba: tenía un auto, un Tsuru II, un privilegio en Cuba; su papá, según recuerdo, trabajaba para el gobierno. Ella, al igual que su exnovio, era psicóloga, y sí, en el fondo ella estaba consciente de que, si se quedaba en la isla, lo único que tendría seguro Alex era un trabajo precario y una vida difícil, como la de todos los cubanos.

Imagino que para ella debió ser un poco incómodo tratar con unos mexicanos que, de alguna forma, se habían vinculado con su expareja; no obstante, sin tener ninguna obligación con nosotros, ella siempre se mostró amable y generosa.

Un día nos invitó a una reunión con unos de sus amigos; si mal no recuerdo, algunos eran jóvenes periodistas que trabajaban en el Granma o en algún otro medio de comunicación cubano. El lugar, un departamento en una buena zona de La Habana. En esa reunión bebieron aguardiente como si fuera simplemente agua natural. Ya en la plática, Carla, entrada en confianza y seguramente derivado de la plática y del aguardiente, nos dice:

—Es muy cansado que todo mundo tome a Cuba y a los cubanos como ejemplo de la resistencia al imperialismo; ¿por qué, en lugar de echarnos porras, no hacen su propia revolución? Porque es muy fácil venir de fuera y decirnos: échenle ganas, ustedes son nuestro ejemplo.

Fidel y las cajitas de fricasé

Ah, es verdad, dije que viajamos a un congreso de geografía física en la Universidad de La Habana. Ahora que intento recordar la universidad, me llega un vago recuerdo de un gran auditorio con cortinas de terciopelo verde y butacas como de cine antiguo, de esas de latón; en realidad no sé si el lugar era así. El caso es que conocimos a unos compañeros que también estudiaban la carrera de Geografía. Josésito era uno de ellos, sonriente y amable, como todos los cubanos. Él nos presentó a otro compañero; no recuerdo su nombre, pero aquel joven era el representante de los estudiantes de la carrera de Geografía en la universidad.

En determinado momento, este compañero comienza a platicar y nos cuenta de unas reuniones a las que asistió como representante estudiantil, donde acudían otros estudiantes representantes de otras carreras, así como profesores y autoridades universitarias. En una de estas reuniones se apareció Fidel.

Incrédulo, le pregunté: ¿se apareció así nomás?

—Sí, Fidel se aparece así; en determinado momento llega y, así mismo, se va.

Nos contó que Fidel, cual encantador de serpientes, podía hablar de béisbol, de los jugadores del momento y, poco tiempo después, estar hablando de la teoría del Big Bang. El chico se mostraba orgulloso de poder contar cómo a quien algunos consideran la figura más importante de América Latina en el siglo XX, de pronto se aparece de la nada y se pone a platicar con los estudiantes de ponches, hits y jonrones y, para terminar, hablando de la teoría de cuerdas.

Algo simplemente impensable que pudiera suceder en México, en momentos en que el presidente era Vicente Fox, un «gringo» oligofrénico —no solo por su mentalidad de colonizado, sino porque su padre era de origen estadounidense—. ¿De qué podría hablar con los estudiantes? ¿De lavadoras de dos patas? ¿De los huevones que quieren todo gratis?

Salimos de la universidad con hambre; no vimos el bote de tamales, solo un puesto que vendía una cajita con arroz frito y unos pedacitos de carne de cerdo que se llama fricasé.

Los 100 años de Fidel

El pasado 13 de agosto se celebraron los 100 años del nacimiento de Fidel Castro Ruz, el comandante Fidel, el líder de la Revolución Cubana. Esta conmemoración se desarrolla en medio del bloqueo criminal que, con más de 60 años de existencia, en este último año, con el regreso de Trump a la presidencia de Estados Unidos, se ha tornado en un descarado genocidio contra la isla de Cuba. Un castigo colectivo que busca negar cualquier posibilidad de independencia y autonomía a la mayor de las Antillas.

Tal vez muchos no lo vean así. Igual que sucede con el genocidio de Israel en Palestina, negar su existencia es como cerrar los ojos ante la salida del sol: por más que aprietes, sabes que el sol está ahí. Lo mismo pasa con el bloqueo impuesto por Estados Unidos. Y esto no necesariamente implica descalificar a priori el sentir de los cubanos que han tenido que abandonar la isla. El paso de los años bajo un bloqueo en el que la pérdida de aliados, el aislamiento y la imposición de nuevas sanciones son vueltas de tuerca que aprietan más y más, asfixiando e imposibilitando la vida en Cuba.

El pecado de Fidel y de su revolución fue precisamente revelarse ante otro tipo de bloqueo, el cual impedía que la gente accediera a educación, salud y alimentación. Este renacer posibilitó que Cuba se convirtiera en una potencia en el área de la salud y en el deporte.

Como decía Maradona: ¿se imaginan el jugador que hubiese sido yo sin los problemas de adicción? ¿Se imaginan lo que hubiese sido Cuba sin un bloqueo criminal?

Sin embargo, así como Carlos Marx se convirtió en la piedra en el zapato del capitalismo al escribir su obra El capital y decir que esta era «el misil más terrible que se ha lanzado hasta ahora sobre las cabezas de la burguesía», Fidel Castro es ese mismo misil que, además, expone las miserias del imperialismo estadounidense.

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