Prometí hablar de una película reciente de Valentina Leduc. Se trata de una obra híbrida entre la dramatización y el documental. Quizá se encuentra más cerca de este último que de aquélla.
La obra se llama Los sueños que compartimos y trata del esfuerzo de grupos de productores agrícolas en al menos tres puntos del planeta: Puebla (México), Galicia y Alemania.
Me gustó el esfuerzo por darles voz a comunidades que de otra forma quedarían desprovistas de cualquier presencia en los ámbitos públicos.
Los tres sitios albergan grupos humanos que, en efecto, conforman comunidades en la medida en que comparten proyectos y estrategias de resistencia ante intereses distintos a los suyos.
El director de fotografía es Juan Carlos Rulfo, y la cámara se entromete hasta las cabañitas que grupos ecologistas instalan en un bosque de Alemania para resistir desde allí a la invasión ultra capitalista de explotación de la tierra.
Una tenue ficcionalización se produce desde el momento en que la historia se sitúa en 2050 y ve este decenio de los veinte como un hecho del pasado (pasado presente, diría Agustín de Hipona). La directora no pone mucho énfasis en esta distancia temporal, pues los acontecimientos narrados ocupan siempre un primer plano.
La palabra "compartimos" tiene el siguiente sentido: comunidades de los tres países buscan encontrarse para conocerse y para compartir energías, ánimos, ideas, con el respeto a las respectivas especificidades. De hecho, la directora nos presenta un viaje de neozapatistas a Alemania, donde son recibidos por personas afines en un país que hoy enfrenta desafíos inmensos, entre otras razones por su carácter geoestratégico: es centro de Europa, casi corazón en lo geográfico y lo económico, cerca de Rusia, país con el cual hay tensiones de diversa índole. Y, por ser "corazón", Alemania quiere mantenerse como locomotora vertiginosa y motor de la Unión Europea; esto se traduce en un afán híper capitalista que entra en colisión con el respeto a la ecología, justo en el país donde el amor por la naturaleza encontró un impulso en el romanticismo de hace un par de siglos.
En algún momento la película habla de comunismo en el sentido de que las comunidades (esto es muy claro en la poblana) comparten bienes, recursos, debates, decisiones. Pensé en una reflexión que ahora comparto.
El comunismo llega a realizarse en las comunidades al parecer más conservadoras: las congregaciones religiosas, que ponen en común los bienes y se reparten las tareas.
Gracias al discurso feminista y a otros esfuerzos teóricos y prácticos, las casas tienden al comunismo, aunque no lo sepan: ingresos y egresos en común; tareas asimismo en común. Para vivir el comunismo en casa, resulta imprescindible la coordinación y organización de educadas voluntades.
“Jesús fue el primer comunista”, clama un personaje de Feria (2021), novela de la española Ana Iris Simón. Con esta sentencia la protagonista reconcilia a las dos partes de su familia, separadas desde la guerra civil.
Éxitos novelísticos recientes se explican porque sus autores median entre posturas opuestas y ofrecen salidas que de otro modo la sociedad no encontraría. Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas, y Patria (2016), de Fernando Aramburu, pertenecen a este grupo.
La sociedad del cansancio que pregona algún escritor podría no ser otra cosa que la queja inconsciente por la fractura de una vieja secuencia: 1) pensamiento y 2) efectos de tal pensamiento en la vida. Carlos Marx admiró el comunismo de las primeras comunidades cristianas, antes de que el cristianismo se volviera religión de Estado en el siglo iv. El comunismo –dijo– era susceptible de extenderse a toda la sociedad. Pero el comunismo es viable en comunidades pequeñas, donde las personas se conocen cara a cara y renuevan su pacto de comunidad todos los días y así contienen y canalizan los impulsos individualistas.
El siglo xx fue el esfuerzo por contener o revertir los efectos de al menos dos filosofías: la de Carlos Marx, que se degradó en estalinismo, y la de Friedrich Nietzsche, que se degradó en fascismo y nazismo (y ambas en totalitarismo como una amplísima caricatura letal de la puesta en común de las comunidades pequeñas).
En todo caso, la comunidad poblana en la película de Valentina Leduc logró un éxito enorme: impidió que una envasadora transnacional de agua siguiera acaparando el líquido y quitándoselo a los agricultores de la zona: se trata de un comunismo comunitario que funciona muy bien allí donde puede funcionar. Gracias a la película, que recibió aplausos al final de la función en la Cineteca de Coyoacán, nos enteramos de un heroísmo muy concreto entre compatriotas.
Valentina Leduc es hija del cineasta Paul Leduc y de la productora Berta Navarro. Otro hijo de cineasta, Jonás Cuarón, dejó ver en días pasados el avance de su película Campeón gabacho. Confieso que el avance me alarmó. Anoté por allí que parecería tratarse de una constante violencia gratuita, con jóvenes que se involucran en una sucesión de actos con más fuerza en los puños y en las bocas que en la calidad cinematográfica, todo ello aderezado con clichés de la cinematografía norteamericana, como un Avengers de barrio neoyorquino. Pero puedo estar equivocado, pues un corto o avance o tráiler es ideal para un juicio sin suficiente fundamento, como el que me produce el avance de Digger, que divide opiniones.
Otro tipo de corto, un “reel”, me presenta a Guillermo del Toro haciendo una oportunísima crítica del fascismo y dejando entrever tanto la indiscutible importancia del cine para el mundo contemporáneo como el riesgo de que sea devorado por los cada vez más poderosos intereses económicos “billonarios”, término que al cineasta ya le parece ofensivo.
Por cierto, otro cineasta, Eduardo Quiroz, está invitando a un curso, “Apreciación de cultura cinematográfica. Tres genios mexicanos contemporáneos. Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro. Éxitos y fracasos. Causas y efectos”, en el marco de las actividades de Fundación UNAM.
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