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William Marx (Villeneuve–lès–Avignon, 1966) se siente el último mohicano. No lo es exactamente, pero nuestra tribu de lectores morosos, detallistas, amantes del silencio, usuarios del lápiz para subrayar como complemento indispensable de la lectura al grado de que George Steiner identificó ese utensilio en mano como la estampa por excelencia del intelectual, no sólo se siente, sino está en peligro de extinción.

Si ya las redes sociales distraían ofensivamente la atención de quienes aprenden a leer, incluyendo la de quienes aún somos lectores de tiempo completo y afligidos maestros de lectura como críticos, filólogos o sencillamente profesores, la aparición de la Inteligencia Artificial Autogenerativa parece ser el último clavo sobre nuestro ataúd.

No sólo está en riesgo el tipo de lectura iniciado, para no irnos hasta la Antigüedad temprana, cuando San Ambrosio, obispo de Milán, descubrió a Agustín de Hipona leyendo en silencio, sino el libro mismo –aquello que el profesor y ensayista francés llama los "textos" y a cuya salvación nos urge–, objeto cuya autoría está dejando de ser, con una rapidez a verificar, obraje de seres humanos.

Mientras tanto, los mohicanos, encabezados por nuestro Marx, tenemos –él lo advirtió en su lección magistral ante El Colegio Nacional el pasado 22 de octubre– poco tiempo para dedicarnos al desahogo de Casandra, poniéndonos a trabajar, como él lo ha hecho desde L'adieu à la littérature (2005) hasta Des étoiles nouvelles (2021).

No es la primera vez que los poetas son desterrados de la ciudad, como advierte Marx en La haine de la littérature (2015) y yo agrego que la Edad Media fue una civilización iletrada y de ella salieron, empero, diferentes renacimientos, pero en poco ayuda seguir con ese recuento del analfabetismo real o funcional o recordar las hogueras para quemar libros, y después, personas.

Estamos ante una ofensiva sistémica que no proviene de los demonios ideológicos sino de una transmutación tecnológica en el orden ético y en la jerarquía epistemológica de los saberes, lo cual nos lleva, ha escrito Marx, a decir que Platón cumplió con su propósito y más aún, junto a los poetas fueron expulsados de la república, los libros y casi todos sus lectores. Los primeros han perdido el prestigio social que gozaban en nuestra infancia y adolescencia, en plena Edad de la Crítica, y las condiciones necesarias para leer creativa, gozosamente, se han vuelto detestables.

Si el odio a la literatura, ya sea por su supuesta inmoralidad (lo sufrió Charles Baudelaire aunque su castigo fue poca cosa junto a los padecidos por los censurados del siglo XX), por su inutilidad práctica (nadie sabe para quien trabaja como lo hizo Lev Tolstói al condenar la imaginación), por su eventual eficacia política (la de Alexsandr Solzhenitsyn, autor de uno de los pocos libros que han cambiado casi de inmediato la historia) o por ser, como parte de las humanidades, una antigualla anticientífica (nos recuerda Marx, en ese caso, a C.P. Snow, de tristona memoria), ¿qué podemos hacer los mohicanos?

Sobreviviremos, quizás, reunidos en cenobios como los de los primeros cristianos. Nos serviremos de samizdats o nos haremos cargo de libros enteros como los personajes de Ray Bradbury e inclusive lograremos salir del pequeño departamento de Anna Ajmátova habiendo memorizado sus poemas, al calor del samovar, para imprimirlos en secreto. El destino del libro quizá sea peor que su desaparición. Se convertirá en un incunable, en un ícono imposible de bajar del baptisterio, en una intocable, por única, piedra lunar.

Pero aún asumiendo que los libros no desaparezcan, los mohicanos hemos de analizar por qué las buenas cifras de la industria editorial se contradicen con el desplome de la capacidad mundial de la comprensión del lector, en todos los niveles de enseñanza. Ello no se debe a sólo se edite basura o que se edité más que antes pues la mala literatura siempre ha tenido un público y es bueno que así sea, porque una lectora de Isabel Allende puede convertirse fácilmente en una lectora de Isak Dinesen.

Se debe –y en ello acaso Marx concuerde conmigo– a que aún la buena literatura es víctima, en todas las lenguas, de la simplificación. No estoy en contra de la literatura ligera: ni de la primera Colette, ni de la claridad belicosa de un Aristófanes, para que se me entienda. Tampoco considero que todo novelista deba intentar un Finnegans wake, pero si comparamos la prosa de Marguerite Yourcenar con la de Michel Houellebecq, o la de William Faulkner con la de David Foster Wallace o la de Luis Goytisolo con la de Javier Cercas o, para hablar de México, la del detestadísimo Agustín Yáñez con la de Xavier Velasco (todos ellos escritores meritorios en otros registros), es notorio que, al menos, el léxico narrativo y su ingenio adverbial se han empobrecido.

Las excepciones siguen siendo muchas, desde la recién premiada Anne Carson a un prosista único como lo fue Daniel Sada, el de Mexicali, pero tiende a imponerse una regla que hubiese escandalizado a Gustave Flaubert y a un Paul Valéry, no en balde poeta y no balde, penate del ensayista meridional. Marx ha curado su Cours de poétique, junto a otros libros singulares como Vie du lettré (2009), Le tombeau d’Oedipe (2012) o Un savoir gai (2018).

No sólo se simplifica la lengua literaria, sino, como lo advierte Marx cuando habla de que un Ovidio y sus Metamorfosis han vuelto a escandalizar en los campus de los Estados Unidos, la moral retoma su vieja batalla contra la literatura. Confieso que me asusta más lo primero. Como mexicano, acaso, estoy más acostumbrado que Marx a las oleadas puritanas que vienen del norte y encuentro cierto placer en combatirlas. Pero me entristece y mucho, eso sí, que nuestra Francia, la de Paul Verlaine que es también la de Rubén Darío, se ponga de rodillas ante la pseudo religión woke, como si el profesorado francés delatara al fin que su odio a los “americanos” era amor clamando por salir del armario.

Es arduo, pero hay que dar esa batalla, empezando por no autocensurarse. Si ello es inevitable, recordar a Jorge Luis Borges cuando dijo que la censura no es necesariamente mala para los escritores. Buscar el retruécano, la alusión o el eufemismo malicioso, enriquece la imaginación estilística. De no ser por la censura estalinista –ya lo he dicho– que hizo de su vida un infernal peregrinaje por el equívoco, varias de las sinfonías y de los cuartetos de cuerdas de Dmitri Shostakóvich, no serían tan complejos y tan dados a sucesivos niveles de lectura e interpretación, como lo es el misterio que Marx exige respetemos y busquemos en cada obra nueva, extraña o agresiva que caiga en nuestras manos.

El marqués de Sade y L.F. Céline, lo explica Marx, no exigen nuestra absolución. Sus obras sólo nos piden, dice, la suspensión del juicio a la manera de Sexto Empírico o de Pirrón. Tan sencillo como leer antes de juzgar. O regresar –siempre– a los clásicos abandonados, vivificados por el tiempo que almacenan según Borges, en búsqueda de la extrañeza. Algunos han dicho que “sólo lo difícil es estimulante” y en el caso latinoamericano, solemos atribuir la frase al eximio neobarroco José Lezama Lima. No, William Marx, no eres el último mohicano.


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