In memoriam Stephen Kovacevich
(1940-2026)
Ha pasado casi un cuarto de siglo desde que escribí por primera vez sobre la Orquesta Sinfónica de Yucatán. Este sábado 24, ese admirable ejemplo de resiliencia que es "la OSY", como la llaman cariñosamente en Mérida, volvió a tierras chilangas para presentarse en el Palacio de Bellas Artes con su nuevo titular, Alfonso Scarano, quien con el pretexto de que su autor estaría cumpliendo 120 años, desempolvó la Sinfonía de las Américas de Daniel Ayala y la insertó entre el Primer Concierto para violín de Paganini y las nueve escenas que seleccionó de las suites del ballet Romeo y Julieta, de Prokofiev.
Coincidencias de la vida: en diciembre de 2002 inicié aquél comentario puntualizando que, "cuando se habla de Yucatán y su música, es inevitable remitirnos a los bambucos, las jaranas y las composiciones de Guty Cárdenas, Ricardo Palmerín o Armando Manzanero en el plano de la música popular; sin embargo, en el ámbito de concierto, la música y el quehacer musical de yucatecos distinguidos como Daniel Ayala, Fausto Pinelo Río o José Rubio Millán está prácticamente en el olvido".
¿Quién le hubiera dicho a Daniel Ayala, que sería él quien les brindaría la posibilidad de venir al Blanquito, para conmemorarlo? Sobre todo, considerando cuán relegado está este insigne violinista, compositor y director nacido en Abalá que estudió con Ponce, Carrillo, Huízar y Chávez; que con Salvador Contreras, Blas Galindo y José Pablo Moncayo formó el Grupo de los Cuatro y a quien se debe que, en 1944, se organizara una de las tantas sinfónicas de Yucatán que antecedieron a la ahora existente. Aquella ofreció siete temporadas entre ese año y 1950, pero las dificultades para obtener los recursos para los conciertos y los vaivenes de la política local le hicieron abandonar el proyecto y, en 1955, su estado.
Ha pasado mucha agua bajo el puente, y más de una vez esta nueva OSY –surgida gracias a la pasión y los afanes de Don Adolfo Patrón Luján y Domingo Rodríguez Semerena, entonces director del Instituto de Cultura de Yucatán- ha debido sortear tempestades propiciadas por la ignorancia de gobernantes como Ivonne Ortega, que estuvo a punto de desaparecerla o, más recientemente, la falta de sensibilidad de Mauricio Vila, quien tras correr a Juan Carlos Lomónaco –su titular de 2009 a 2023-, los puso en el brete de nombrar intempestivamente un interino.
Dicha encomienda recayó en el compositor Javier Álvarez, quien tuvo a mal invitar para ello a un batutero que tenía por mérito el ser su cuate, por haberle dirigido varias veces su Metro Chabacano. Ante los tiempos políticos (a Vila le faltaba un año para concluir su mandato y consideraron prudente elegir al nuevo titular una vez que se diera la transición, "no fuera a ser la de malas y el nuevo gober ya tuviera en mente qué director quería incorporar a su equipo"), lo que iba a ser un tránsito fugaz acabó durando más de la cuenta, y tras más de un año de revisar propuestas y realizar la pasarela de rigor, el Maestro Scarano tomó las riendas de la OSY en enero de este año.
En marzo del año pasado consigné cuánto había dañado a la OSY el paso de tan laxo interino: poco quedaba de aquella agrupación que solventemente acompañara a Pavarotti, Flórez, Brightman o Garança. Había logrado contagiarles su falta de rigor y disciplina. Por ello, es admirable apreciar cuán bien ha “apretado las tuercas” Scarano en tan poco tiempo.
Por temor a que le copiaran, Paganini componía el acompañamiento de sus conciertos a un nivel tan rudimentario que cualquier agrupación pudiera tocarlo “a primera vista”; por ello, sería injusto valorar los alcances de ninguna orquesta con base en ello. Sin embargo, el acompañamiento con que la OSY y Scarano arroparon a Kerson Leong fue tan encomiable como la manera en que este joven solista arrostró la partitura. “Hacer Música” por encima de tanto circo es un mérito mayor, y la sencillez con que Leong cantó las frases del Adagio espressivo fue tan notable como su dominio sobre el arsenal de armónicos, dobles cuerdas, pizzicati y golpes y rebotes de arco que demandan este Concierto y la endemoniada cadenza de Emile Sauret que eligió.
Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega, y el Largo de la Tercera Sonata de Bach fueron los encores con que Leong correspondió a la ovación; tras el intermedio, vino el “reestreno contemporáneo” de la Sinfonía de las Américas de Ayala. Lamentablemente, el programa de mano no ofrecía información sobre las obras interpretadas, un descuido inadmisible tras tanto que cacarearan que, por primera vez, la OSY “interpretaría la obra de un compositor yucateco en el máximo recinto cultural del país”.
El colmo no fue la ausencia de contexto en torno a esta obra que tenía más de siete décadas durmiendo el sueño de los justos –aunque, por la impresión que dejó, más habría valido que ahí siguiera-, sino que no indicaran siquiera las cuatro secciones claramente diferenciadas que escuchamos. Tras un primer movimiento que raya en lo anodino, pues “preludia, preludia y preludia y no llega a nada”, surge el movimiento más rescatable de todos: dado su carácter festivo y tres escasos minutos de duración, merece cobrar presencia en cualquier programa de música mexicana; creo, también, que el tercer inciso podría resultar interesante en manos de un director más inspirado, algo que no me atrevería a imaginar del final, dada su insalvable y chabacana ramplonería.
Sé que las comparaciones son de pésimo gusto, pero, ante la apagada corrección de lo que oímos después, es imposible no recordar el entusiasmo con que, a finales de abril y en este mismo recinto, el público respondía a los mismos incisos de Prokofiev cuando los dirigió Alondra de la Parra ante una orquesta que también tiene años de sonar desguanzada: la Sinfónica Nacional. Digo esto porque, si bien Scarano ha hecho un espléndido trabajo “apretándole los tornillos” a la OSY, carece del arrojo y el carisma para volverla a la vida. Hacer Música, es mucho más que tocar las notas afinadas y en tempo.
En aquel primer texto sobre la OSY, celebraba que “el problema principal que padecieron sus predecesoras, consistente en la escasa conciencia de los gobernantes acerca del valor educativo y cultural de una agrupación de este tipo está identificado, y por ello la sociedad civil se ha organizado para vigilar el desempeño y desarrollo de su orquesta”. Veinticuatro años después, celebro su permanencia.
Ya nada más falta que la OSY vuelva a su sede, ese Teatro Peón Contreras que, justo, hoy cumple cuatro años de haberse incendiado, aunque… para ello, falta que Huacho Díaz Mena se ponga las pilas y suelte la lana para restaurarlo. ¡A ver para cuando!
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/la-visita-a-bellas-artes-de-la-orquesta-sinfonica-de-yucatan-por-lazaro-azar/