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“El 8 de julio de 1976, luego de una violenta asamblea de socios de la Cooperativa Excélsior, su director Julio Scherer García fue expulsado, acusado de malversación, del periódico al que había ingresado en 1947. Era la primera vez en la historia de ese diario que su máximo funcionario era despedido de esa manera”.

La cita pertenece al libro La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976 (FCE, 2016), del periodista e historiador Arno Burkholder, que relata el poco más de medio siglo de vida del diario capitalino que cambió su relación con el poder tras la matanza de 1968.

Ese Excélsior de Scherer sembraría nuevas formas de hacer periodismo, uno más crítico, independiente y “civil”; tras su salida y en las décadas por venir, reconfiguraría a su vez la relación del oficio con el poder gubernamental.

A medio siglo de este momento histórico, académicos, historiadores y periodistas hablan de cómo se ha transformado la relación entre el poder y la prensa desde entonces, así como de la libertad de expresión y la represión de los poderes políticos, gubernamentales y fácticos —muchas veces en conjunto— que hasta hoy enfrenta el periodismo crítico.

La red de los espejos

La relación elemental entre poder y prensa a lo largo del periodismo moderno en el siglo XX, pasa principalmente por el vínculo con el gobierno encabezado por presidentes y gobernadores. A lo largo de este periodo histórico y hasta hoy, esa dinámica dependerá de la circunstancia política por la que atraviese el país, dice Burkholder a Confabulario.

Desde antes de Scherer y hasta hace no mucho, en este binomio encerrado en un espejismo, añade citando a Jorge Ibargüengoitia, el lector y la ciudadanía han tenido poca relevancia para ambos.

El periodista e historiador recuerda que el Excélsior de “Scherer” es producto del movimiento estudiantil de 1968, donde la relación más íntima de complicidad se rompió con la matanza del 2 de octubre; eso desató la furia presidencial contra el periódico y sólo fue apaciguada por la intermediación que solicitó el periodista a Lázaro Cárdenas.

El diario sobrevivió así hasta la llegada de Luis Echeverría, cuya política errática no fue la excepción con el Excélsior. Ante las promesas de un PRI renovado, Scherer busca colaborar con el presidente para fortalecer a un gobierno que prometía ser más parecido al de Cárdenas. “No está pensando en una democracia ni en la alternancia en el poder. Esas cosas no se consideraban en ese entonces (…) Busca que el periódico, con su crítica, ayude a sostener al sistema político”.

Pero la ilusión del gobierno de Echeverría se esfumó gradualmente y las críticas del diario pesaron; el descontento gubernamental derivó en la intención de controlar el medio en un juego político que, primero, utilizó a los empresarios para que no se anunciaran en éste.

De esta forma, el gobierno y el presidente salieron al rescate del periódico, como lo reconoce Scherer en Los presidentes. “Lo dice abiertamente: Echeverría nos dio dinero en efectivo para que siguiéramos pagando la nómina y para que el periódico no cerrara. A cambio de eso, el diario anunció a las empresas paraestatales”.

Cuando los empresarios se dieron cuenta de que su boicot no serviría de nada porque seguían teniendo dinero y que habían sido utilizados por el presidente, regresaron su publicidad al diario, agrega Burkholder. La siguiente estrategia de la presidencia fue dinamitar políticamente al periódico desde dentro, a través de su cooperativa y alianzas de los opositores a Scherer, lo que dio resultado con su expulsión hace 50 años.

El estire y afloje entre prensa y poder durante este periodo, retrata la dinámica del paternalismo del poder político priista donde el presidente resuelve todo y todos buscan su favor. “De acuerdo a las circunstancias políticas y al estilo del presidente, eso termina influyendo tremendamente en cómo se comportan los medios”.

El periodo posterior, agrega, se enmarca por un PRI y un gobierno con menos poder que quiere remontar una crisis económica y que a la vez demuestra una corrupción más sinvergüenza que la acostumbrada; además de un presidente más frívolo. Hay comportamientos que ya no pasan de largo de manera automática por la prensa, además de que, durante el gobierno de José López Portillo ya existe la revista Proceso, que rompe la vieja regla de que un periodista con problemas con el presidente era despedido y fichado. “Pero con Scherer y sus colaboradores ya no”.

Aunque entre 1976 y 1982 era un medio pequeño e “inofensivo”, añade, Proceso comenzó a decir cosas que los demás no y a tener fuentes de información que otros medios o no tenían o no querían usar. “Además, nació con el sello editorial de Scherer: vengo del gran golpazo que me dieron y no se me va a olvidar”.

Así se inaugura una etapa en la década de los ochenta donde se crean y suman medios críticos al poder gubernamental, como el Unomásuno, La Jornada o medios específicos como El Economista y El Financiero. Esto ocurre en medio del resquebrajamiento del PRI, que da lugar a una generación de políticos formados en otra escuela y que ya no tiene el mismo poder, enfatiza el historiador.

“Todo esto ocurre porque el gobierno ya no tiene la misma fuerza de antes. Ese es el gran cambio. A finales del siglo XX y principios del XXI, el Estado se va haciendo más chiquito y tiene menos capacidad de decisión, crecen otros poderes –como el crimen organizado– y la sociedad empieza a participar más, es así que los medios cambian”. Esa etapa continuaría con la alternancia política y hasta 2018, apunta.

Adendum estatal

Mientras tanto, la dinámica entre prensa y poder gubernamental ocurría en un contexto local diverso en los estados durante ese periodo. Poco importaba lo que ocurría con los medios en el Distrito Federal, dice el historiador Benjamin T. Smith.

Si bien la época previa a 1976 en la capital se caracterizó por una marcada complacencia de los medios para mantener la narrativa gubernamental, en los estados “se vivía una revolución”, señala el profesor de Historia Latinoamericana en la Universidad de Warwick, Reino Unido.

De la mitad del siglo XX hasta los setentas, existió una “época de oro”, agrega el británico, marcada por “periódicos regionales que eran muy combativos”. En los estados poco interesaban las intrigas del poder y la prensa capitalina. “Nadie hacía caso de lo que se publicaba en Excélsior o El Universal. No fueron tan importantes (…) Nadie conocía a Julio Scherer o a Carlos Denegri en los estados”. Lo que se leía en las demás entidades federativas, agrega, era la nota roja y la revista policiaca, desde donde los periodistas descubrieron corrupción y vínculos entre políticos y criminales.

El autor de La prensa mexicana y la sociedad civil, 1940-1976 (University of North Carolina Press, 2018) añade que la diferencia en la relación del poder gubernamental estatal con los medios se enmarca en las elecciones locales, donde si bien el PRI mantuvo el control, la gente controlaba al candidato oficialista elegido. “Ahí hubo mucha más democracia que en el D.F., de lo que los historiadores imaginan”.

De esta forma, periódicos locales en estados como San Luis Potosí, Baja California o Oaxaca, ejemplifica, contribuyeron a cambiar los cacicazgos, la política o de plano “tumbaron” a los gobernadores. “Periódicos como El Chapulín de Oaxaca tuvieron influencia y poder, además de que la gente les tenía confianza y disfrutaban leerlos”.

El académico especializado en política del siglo XX, narcotráfico y delincuencia en México, puntualiza además que, después de 1976 el escenario no cambió demasiado, aunque medios como Proceso hicieron más visible lo que ocurría en los estados.

“Fue la primera revista que tomó en serio a los periodistas de fuera. En sus primeros años podemos leer sobre Sinaloa y la Operación Cóndor o sobre la corrupción en Chihuahua. Pero lo que los periodistas capitalinos llamaron libertad de prensa después de 1976, en los estados era una reflexión de lo que ya ocurría”.

Caja de Pandora

Tras el debilitamiento del PRI y el poder gubernamental, la relación con la prensa vuelve a cambiar y posteriormente se desarrolló una nueva etapa en la alternancia en el gobierno con el triunfo de Vicente Fox y el PAN en el año 2000. A partir de entonces se abriría una caja de Pandora que traería un periodo de contradicción: mayor libertad, crítica y profesionalismo mediático, y una escalada de violencia para reprimir a la prensa que no ha cesado hasta la actualidad, que descubrió a un nuevo actor en el juego del poder, el crimen organizado.

“Por primera vez se vislumbran las condiciones para ejercer un periodismo profundo y riguroso, donde se vuelve un contrapeso del poder político”, puntualiza el periodista Jacinto Rodríguez Munguía.

El contexto dentro de un proceso de sociedades abiertas, donde se crean institutos autónomos como el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), forma parte de un oleaje global preocupado por la rendición de cuentas de los gobiernos, así como un empoderamiento ciudadano, que incluye a la prensa, explica.

En este nuevo escenario de libertad de expresión, agrega, arriba una nueva generación de periodistas jóvenes que hacen periodismo de investigación y que no teme involucrarse en temas antes intocables. “Es una nueva generación con una agenda que no está condicionada por el vínculo de los medios con el poder gubernamental”.

Pero auscultar a los poderes legales no era lo mismo que hacerlo con los poderes fácticos, como el crimen organizado. Ahí, el periodismo perdió la inocencia en este nuevo escenario democrático.

“Tan sólo unos pocos años después nos damos cuenta de que no era el mejor momento para ese periodismo. Hasta la fecha tenemos más de cien periodistas muertos y un número importante de desaparecidos.

“Tenemos una generación de periodistas más arrojados que hace al crimen organizado sentirse observado; su reacción no es de negociación y persuasión como ocurría antes con el gobierno, sino de violencia directa”.

Desde el inicio del nuevo milenio y la transición democrática, puntualiza el investigador y autor, ninguno de los tres partidos en el gobierno ha cambiado de manera significativa este panorama: “es una de las grandes deudas del PRI, PAN y ahora Morena, ninguno en estos 25 años ha dado la seguridad de Estado que requiere el ejercicio del periodismo”.

Entonces, por un lado, el periodista tiene más herramientas y una desvinculación con el poder tradicional, pero, por otra parte, hacer periodismo se vuelve en un gran riesgo no sólo por el crimen organizado como tal, sino por sus vínculos con el poder político y de gobierno.

“Creo que no alcanzábamos a dimensionar el tamaño de este vínculo del crimen organizado con el poder político. Cuando el PRI pierde el poder quedan hilos sueltos en la negociación con los poderes fácticos, además de que los medios no estábamos preparados para la irrupción de un poder tan violento”, dice el autor de La otra guerra secreta: los archivos prohibidos de la prensa y el poder (Debate, 2007).

Hacia 2010, apunta Jacinto Rodríguez, ya hay una reconfiguración del ejercicio periodístico. En la frontera, por ejemplo, se establecen límites y las redacciones se dejan de hacer coberturas, se cuida más la integridad de los periodistas y regresan los temas intocables, algo que no ocurría de forma tan explícita desde años atrás.

Narrativa mañanera

Este es el contexto en el que se desarrolla la última parte de la historia reciente del periodismo y los poderes que gobiernan el país, que inicia con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia y el ascenso del partido Morena. El toque del ex mandatario cambió de nuevo las reglas y la relación, con un pragmatismo como el del viejo régimen, pero severo con la crítica.

El primer rasgo característico de la nueva dinámica fue directo al dinero que recibían los medios mediante publicidad oficial, subvenciones que muchos medios grandes no necesitaban, pero muchos otros pequeños e independientes sí, apunta Andrew Paxman, quien acota que esta política de recorte en principio era algo sensato si se observan las cantidades destinadas por los antecesores de López Obrador.

Pero bajo el control de Jesús Ramírez Cuevas en Comunicación Social de la Presidencia, tampoco sucedió un subsidio “sano”, blindado de la injerencia política, como ocurre en países europeos, añade el académico de la División de Historia del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

“Ocurrió justamente al revés: a diferencia de lo que decían sobre que la publicidad se iba a gastar según las audiencias de los distintos medios, se optó por dar preferencia a los medios afines; en el caso de la prensa escrita a La Jornada y el Grupo Cantón. En tanto, medios independientes verdaderamente buenos que solían pedir cuentas al poder, como Proceso, Aristegui Noticias, Animal Político, Reforma, El Universal recibieron muy poco, si es que alguna, y esto tampoco es sano”.

La segunda característica que destaca el académico –quien publicó recientemente Andrés Manuel. Una biografía en 50 episodios (Debate, 2026)– fue, “como todos sabemos”, la polarización con la prensa incómoda y la que suele pedir cuentas al poder. “Hubo una tendencia de catalogarlos como si fueran prensa ‘fifí’, conservadora u opositora, cuando que en la mayoría de los casos los medios que cité no se comportaban de manera opositora, sino crítica, que no es la misma cosa”. Los medios a su vez no están completamente libres de culpa en ese proceso de polarización, puesto que varios no ejercieron un debido derecho de réplica y adoptaron un tono más sesgado, agrega.

Los señalamientos y descalificaciones tuvieron como foro las conferencias matutinas, “mañaneras”, un invento político “genial” para el control de narrativas y para mantener la popularidad del mandatario, refiere el autor de Mexican Watchdogs: The Rise of a Critical Press Since the 1980s (University of North Carolina Press, 2025).

Este clima polarizado se desenvuelve además dentro de un proceso de disminución de la confianza social en los medios, como la tendencia mostrada por la World Values Survey; a su vez, figuras como Carmen Aristegui pierden confianza de acuerdo con el Digital News Report, publicado por el Instituto Reuters.

“En tiempos de Enrique Peña Nieto, Carmen Aristegui estuvo entre los primeros tres lugares y ahora ha caído al noveno. Evidentemente ha disminuido la confianza del público debido a las repetidas críticas que le lanzó AMLO durante su sexenio fue mencionada como trescientas veces durante las mañaneras”.

Mientras tanto, este clima habría generado un ambiente propicio para que en los estados se desenvuelva un acoso judicial del poder político a la prensa cívica, señala Paxman y cita casos como los de Miguel Barbosa y el diario digital e-consulta, en Puebla; y a Layda Sansores y diversos medios en Campeche. De acuerdo con la organización Artículo 19, tan sólo en 2025 se registró un récord de 69 demandas y procesos judiciales contra periodistas y medios de comunicación –el triple en comparación con 2024–. “Es un problema que se está empeorando”.

Sin embargo, el tono de confrontación y conflicto desde el gobierno federal se ha atenuado durante la presidencia de Claudia Sheinbaum, acota el especialista del CIDE. “Eso es importante, puesto que el tono que asienta un presidente tiene consecuencias a nivel nacional y a nivel local”. No obstante, Paxman cuestiona si todo este ambiente nocivo (falta de publicidad, ataques, judicialización y violencia) para el periodismo crítico-civil ha repercutido en el declive del periodismo de investigación.

La historia entre prensa y poder se sigue escribiendo, pero el panorama no es halagüeño. Recientemente, representantes de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) se reunieron con la titular de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, para analizar el estatus de la protección a periodistas y libertad de expresión.

En el encuentro se dio a conocer que sólo seis de los 22 compromisos que el actual gobierno asumió en 2024 ante RSF para fortalecer la libertad de prensa registraron avances, y que ninguno alcanzó la categoría de “avance significativo”; adicionalmente, se documentó que en estos dos años han sido asesinados 18 periodistas.

Visto desde una perspectiva histórica –señala Jacinto Rodríguez– nunca ha habido un buen momento para la libertad de expresión en México. “Sin embargo, como dice Tomás Eloy Martínez: el buen periodismo siempre va a estar enfrentando circunstancias para acallarle”.

El escenario parece desalentador para la prensa civil e independiente que busca el fortalecimiento de la democracia, ya no del Estado. El ejercicio periodístico ha pasado por un túnel complejo a lo largo de estos 50 años de relación con el poder, no obstante, parece haberse asomado fuera del espejismo, de la red de los espejos referida por Burkholder. Eso, finalmente, lo decide o decidirá el lector, la sociedad civil.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/prensa-y-poder-el-espejismo-de-una-relacion-cambiante-en-50-anos/

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