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El escándalo reciente suscitado por la acusación del periódico el País de que la novela Donde el agua trabaja del peruano David Silva Rojas, ganadora del I Premio de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, ha sido escrita con inteligencia artificial ha abierto una discusión que va, o que debiera ir, mucho más allá del mero nivel del fraude que implica que un autor no escriba sus obras, sino que lo haga una máquina.

Lo que tendríamos que preguntarnos es para qué los humanos están utilizándola. En literatura, y precisamente en concursos literarios que ofrecen jugosos premios, es evidente que se trata de ganar dinero y prestigio de manera ilegítima.

Si bien el escándalo de la novela publicada por Almadía es sobre la utilización de la IA, habría que señalar que este caso exhibe, con una elocuencia corrosiva, las condiciones que lo posibilitaron: la impostura de parte de la industria editorial y de algunos escritores que han convertido a la literatura en un mero vehículo ideológico propagandístico y en un medio de legitimación moral, antes que en una manifestación artística.

La transformación, económicamente muy rentable, de la figura del simple escritor en activista político "portavoz" de las víctimas, ha producido la total emasculación de la crítica literaria y la alienación del lector, ambos incapaces de reconocer el grosero chantaje que implica que la literatura se haya vuelto refractaria a la crítica. Porque ante el victimismo convertido en bandera de identidad que reina en buena parte de los discursos literarios de moda la crítica literaria, vapuleada como incorrecta, ha sido incapaz de señalar lo obvio: se publican, y se premian obras por muy malas razones, a menudo extra literarias.

No toma mucho trabajo reconocer que, si la verdad moral se impone sobre la verdad literaria, la literatura como tal habrá desaparecido y su juicio deberá ser relegado a cortes de derechos humanos. Resulta evidente que es de este chantaje aleccionador que se alimentan empresas editoriales como Almadía (que ha aplicado políticas policiacas de cancelación con sus propios autores, como fue el caso de la escritora colombiana Carolina Sanín), pero no exclusivamente y autores que, a través de la elección de temas propios de la corrección política (violencia, mujeres, migrantes, el ecocidio, etc.) ascienden por la escalera, tapizada de conmovedores flyers, del prestigio literario.

Por supuesto, no podemos dejar de anotar aquí la ironía de que sea el mismo sistema capitalista que permite su ascenso, el que al mismo tiempo crea las condiciones de injusticia social que los provee de temas. Pero en medio de la confusión generalizada entre periodismo, activismo y literatura, es fácil que lectores caigan en la propaganda editorial que convierte a escritores oportunistas en buenos autores o luchadores sociales.

El sistema de legitimación moral lejos está de ser exclusivamente económico porque provee el capital simbólico que todo autor busca hoy en día, que consiste en ser, antes que un autor, un personaje visto, necesariamente visto, como paladín de la justicia. Esta figura, con su aura moral, es elevada como autoridad literaria por la falta de crítica y la avidez del mismo mercado que tan buenos dividendos deja para el aparato editorial (simbólicos y económicos). Esto explica, en parte, el auge de las narrativas testimoniales, las poéticas de la corrección política, la literatura de denuncia que abunda en los estantes de las librerías en su versión narrativa, poética, o periodística, predecible y reiterativa y, sobre todo, muy mal escrita, incluso premiada. Sus autores están más preocupados por la denuncia demagógica que por la elaboración estrictamente literaria, es decir, por la investigación en el lenguaje y sus formas. Lo cual es una consecuencia natural de la política editorial que anima este tipo de escrituras de fórmula y que ha logrado desaparecer no solo al crítico, sino al lector mismo mientras convierte a la literatura en una forma, paradójica, de normalización de las mismas injusticias y males sociales que denuncia. Porque, hay que decirlo, las obras realmente subversivas no suelen dar grandes dividendos hasta pasados los años y la mejor literatura suele recorrer caminos intrincados.

¿Donde la IA trabaja?

En este contexto no sorprende, pues, que Almadía haya conformado un jurado integrado por tres escritoras latinoamericanas Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, para lanzar su Premio de Novela Breve, ni que estas hayan decidido premiar la novela Donde el agua trabaja del peruano David Silva Rojas y que hayan anunciado con mucho orgullo las “virtudes” de la obra seleccionada entre 2204 manuscritos de 22 países. La conformación del jurado, por cierto, fue anunciado junto con la convocatoria, lo que implica que los autores concursantes sabían quién los iba a leer y qué tipo de narrativas podrían interesarles.

Lo sorprendente es que características que son impresentables y evidentes fallas literarias de Donde el agua trabaja como su ritmo monótono y repelente conseguido a fuerza frases cortas que siguen un mismo patrón repetitivo durante toda la novela, incapaces de transmitir ninguna experiencia fueron presentados como “un uso magistral de los silencios”, a su falta de imaginación para crear la historia o los personajes y a la falta de precisión verbal (desde el título mismo que aparece desligado de la novela) como “una lengua cuidada y sensible” y a su incapacidad para configurar la interioridad de la voz humana la elogiaran como “una lengua que humaniza a los personajes que están en contextos deshumanizantes”, en suma, a su incapacidad literaria la elogiaron como “contenida, estremecedora” porque “aborda el trabajo precario y ese sistema de precarización de los cuerpos que trabajan en el campo”.

La decisión del jurado no fue, pues, un error de lectura (si es que el libro está escrito con IA) ni un descuido imperdonable sino una decisión deliberada, producto de la idea intoxicante de que la literatura tiene que ser un vehículo de denuncia política y también un mecanismo humanizante. De allí, la necesidad de que narrativas “humanicen los cuerpos” previamente deshumanizados por la imaginación literaria, no por los capataces. La manera de hacerlo, sin embargo, es paradójica porque seleccionaron una obra que es, en su lenguaje y composición, esencialmente deshumanizadora, porque “Donde el agua trabaja” carece de profundidad, de imaginación verbal, e incluso de cualquier asomo de humana empatía, ya no digamos de belleza. Lo que el jurado llama “ambiente opresivo” es, en realidad, el efecto de una prosa meramente descriptiva, incapaz de generar ningún significante que traspase la mera función informativa del lenguaje, salpicada con burdas consignas sobre la opresión como cuando la protagonista asienta tras alimentar a un caballo “pienso que comen mejor que nosotras” o “Me pregunto si saben lo que pesa una jaba. El cansancio no entra en gráficos” o “Empiezo a medirme en días pagados. En horas reconocidas. En lo que entra y lo que no”. Porque lo realmente notable de esta escritura es precisamente que parece la obra de la IA: “Cuando termina, me quedo parada un segundo. El cuerpo espera orden. El caporal hace un gesto con la cabeza. Hacia el fondo. Camino.”. La protagonista no habla, describe mecánicamente a todos los personajes y los escenarios con una vaguedad lingüística exasperante durante toda la novela: no hay ninguna desviación, ninguna nota discordante, es una planicie sin imaginación, con personajes planos.

No, Donde el agua trabaja no es la historia sensible de una trabajadora agrícola explotada; es una novela sin novela: una escaleta de un panfleto, “narrado” monótonamente por una mujer que es un mero pretexto ejemplarizante de la opresión laboral, sin ninguna emoción. Para decirlo con justicia, es un dato. Sus dolores corporales son vagos, desconcertantes “Es un dolor parejo que no avisa, que no entra ni sale” o “El equilibrio empieza a fallar distinto. Mareos al levantarme. Náuseas sin comida”. Su trama, mal construida, con personajes del todo inverosímiles, parece más bien creada para conmover a autoras deliberadamente: una mujer, pobre, explotada que va una temporada a trabajar recogiendo uvas, que se hermana con otra (que no alcanza a ser personaje, sino pretexto), que sufre acoso sexual (aunque nunca se revela), que es perseguida por un ruido ominoso que tampoco es un ruido sino una ocurrencia gratuita, a la que le duele el cuerpo por el trabajo, que luego se enamora (contrariada y feministamente) de un médico, (el hilo narrativo de la amiga quedó así, volando) que, al final, cobra menos de lo que trabajó ¿Y el agua? El agua no cumple ninguna función más que como una ocurrencia decorativa (o, si fue escrita con IA, el título resultaría una inclemente burla).

Por esto, por la nula calidad literaria de la obra y porque parece haber sido escrita por la IA, incapaz de generar ninguna experiencia, resulta todavía más perturbador que el jurado haya elogiado que la novela nunca cayera “en la tentación del panfleto ni la declamación”, es decir, en el exceso de la voz humana. En su juicio, la correcta representación de la explotación de una mujer peruana consiste en el retrato, aséptico, impreciso y sin exabruptos, quejas o lamentaciones de mal gusto… de una idea (muy probablemente creada por un procesador de texto). Esto implica, obviamente, no solo la muerte del autor, sino más precisamente del lector, a quien estas obras ya no necesitan.

No sabemos aún si “Donde el agua trabaja” fue escrita con inteligencia artificial o no, pero como puede verse, es irrelevante. Su “autor” logró la proeza de que un jurado literario encontrara, en su producto ideológico, el límite grotesco de una idea de la literatura.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/el-fin-de-la-literatura-una-critica-de-donde-el-agua-trabaja/

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