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"Para los tiempos que vienen, no soy yo el maestro que debéis elegir, porque de mí sólo aprenderéis lo que tal vez os convenga ignorar toda la vida: a desconfiar de vosotros mismos" aconseja Antonio Machado en su Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Se trata de un pasaje que acostumbraba citar un hombre que pasó más de medio siglo recorriendo los caminos de la literatura: un creador que escribió más de cuarenta libros y que además encontró tiempo para coordinar talleres, escribir guiones, editar libros y redactar cientos de artículos periodísticos. Un maestro a quien ayer sábado rendimos homenaje en la Casa Marie José y Octavio Paz de la Ciudad de México: Orlando Ortiz.

Nacido en Tampico en 1945, Ortiz debutó en 1968 con una novela cuyo título ya revelaba lo que habría de ser una de sus consignas: En caso de duda. Su trayectoria incluye la publicación de más de cuarenta libros en los que pueden rastrearse, paso a paso, los momentos clave en el último medio siglo de la vida nacional: las luchas estudiantiles en 1968 (Sólo sé que así fue), el Jueves de Corpus (Jueves de Corpus), el surgimiento de la guerrilla y su exterminio por medio de la “guerra sucia” (Vidrios Rotos, Genaro Vázquez), las luchas por la apertura de espacios democráticos (Última espera, De entonces y ahora, Solo sé que así fue) hasta llegar a nuestros días. Fue, además, un apasionado estudioso de la historia nacional, como consta en su libro Diré adiós a los señores. Vida cotidiana en la época de Maximiliano y Carlota. Falleció en 2021 en la Ciudad de México.

El más reciente fruto de esa vasta producción es Prosa-ismos, título que combina ensayos, artículos, crónicas y entrevistas. Compilado y prologado por la cuentista y novelista Bibiana Camacho, y publicado por el Fondo Editorial Tamaulipas, el libro es un muestrario de las muy variadas preocupaciones de un escritor que se esforzó en permanecer al margen de modas literarias, y que abrazó la duda como método para profundizar en la realidad.

Dividido en cuatro secciones, Prosa-ismos abre con cuatro trabajos que comparten una preocupación común: ¿Cuántas son las Huastecas? ¿en dónde radica el factor que aglutina las distintas regiones? ¿Es un asunto geográfico, de identidad, de historia? Lejos de abrazar conclusiones rápidas, el autor nos invita a profundizar en la discusión analizando el asunto desde diferentes perspectivas. El tercero de estos trabajos, titulado “B.Traven en Tampico” arroja luz sobre las aportaciones que, al imaginario del puerto, añadió una de las obras más significativas del enigmático novelista: El tesoro de la sierra madre. Apunta Ortiz que mucha gente identifica con Tampico el contexto donde se desenvuelve la historia: si bien en el libro jamás se menciona el sitio por su nombre, la versión cinematográfica, protagonizada por Humphrey Bogart, sí fue filmada en el puerto.

La segunda sección agrupa 14 textos que abordan el oficio de narrar. Se trata de apuntes y reflexiones de un maestro que, como ya mencioné, recorrió muchas veces el país impartiendo talleres y seminarios. Bajo el título “Allá por Dinamarca”, Ortiz recuerda cómo, con menos de treinta años de edad, fue invitado por Víctor Sandoval para formar parte de un esfuerzo descentralizador que terminó llamándose Tierra Adentro, y que no sólo incluía talleres, también una revista y una colección editorial destinada a divulgar la obra de jóvenes autores de los estados. Insisto: no son crónicas fáciles: hay artículos que exigen doble y hasta triple lectura. Bajo el alfonsino título de “Entre burlas y veras”, el maestro se pregunta por qué se ha instalado entre los escritores la certeza de que en la poesía estriba el ejercicio más alto del idioma, mientras que la prosa suele ser considerada de menor gramaje. Así, por ejemplo, cuestiona que en talleres y círculos de lectura se califique a un buen cuento como un cuento “poético”, mientras que a los poemas pobres se les tilde de “prosaicos”. Y sin embargo al final del artículo se agazapa una trampa que nos obliga a releerlo con otros ojos.

Mientras la tercera sección compila entrevistas en las que el escritor comparte sus visiones en torno a la literatura y a la vida literaria, en el cuarto apartado se revela, una vez más, su vocación de polemista: como bien señala Bibiana Camacho en el prólogo, Ortiz rescata la obra de autores que considera poco leídos. Acaso al que más ensalza es a Ignacio Ramírez, El Nigromante, sobre todo la tarde en que, hace casi dos siglos, se presentó por primera vez frente a los miembros de la Academia de Letrán para confrontarlos con una frase provocadora y apóstata.

Existen temas que atraviesan todo el libro. Uno de ellos es la discusión en torno a lo que en otras épocas los escritores llamaban inspiración: ¿son los escritores una suerte de médiums cuya tarea consiste en aterrizar ideas que no comprenden del todo o, por el contrario, son los encargados de planear hasta en el más mínimo detalle las obras que más nos conmueven? Una vez más, Ortiz se abstiene de dar conclusiones rápidas: abona argumentos en favor de ambas posturas y después nos deja solos con las evidencias.

Lo he dicho otras veces y lo repetiré aquí: durante los años en que escribí mi primera novela, entre 2004 y 2006, la guía de Orlando Ortiz fue invaluable. Más de una vez le pedí consejos para escribir. "Si quieres escribir, escribe", respondía lacónico. No obstante, su generosidad se manifestaba por otros caminos: cada semana, sus alumnos analizábamos raros libros de olvidadas ciencias, como la "Filosofía de la composición" de Poe y el Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga. Con malicia, nos acercaba en la misma sesión trabajos que postulaban ideas contrapuestas del oficio, y con gesto pícaro nos alentaba a discutir: más que disipar nuestras dudas, nos ayudaba a profundizar en ellas. No puede esperarse otra cosa de los mejores maestros.


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