La protagonista de Audición (Sexto Piso, 2026), nueva novela de Katie Kitamura (Sacramento, California, 1979), es una consagrada actriz de teatro de mediana edad que vive en Nueva York. Un día, mientras está teniendo dificultades para interpretar una escena en los ensayos de su próxima obra, un atractivo joven de veinte años que aspira a ser dramaturgo entra al teatro y termina por alterar la vida de esa mujer casada y cuyo nombre desconocemos a lo largo de toda la historia. Con una trama y estructura que coloca al lector como un espectador de una obra de teatro, la novela que colocó a la autora entre las finalistas del Booker Prize en 2025 incluye dos historias en una y un repertorio de personajes que, en el segundo acto, revelarán que nada es lo que parece.
"Me interesa mucho el papel que llega a tener la actuación en la vida cotidiana, no sólo en un escenario", dice en entrevista virtual la escritora, periodista, crítica de arte y profesora de escritura creativa en la Universidad de Nueva York; su obra ha sido traducida a más de veinte lenguas.
Precedida por dos novelas que le han dado el reconocimiento internacional, Una separación (Literatura Random House, 2018) e Intimidades (Sexto Piso, 2023) —elegida por The New York Times como uno de los cinco mejores libros de ficción de 2021 y que llegó a ser finalista del National Book Award ese mismo año —, Audición da continuidad a su obsesión por construir personajes femeninos cuyas profesiones implican una forma de actuación. En Una separación, la protagonista es una traductora; en Intimidades, una intérprete en el Tribunal Penal Internacional de La Haya.
En esta entrevista, Katie Kitamura habla de su interés por explorar cómo la actuación y los pequeños rituales de la vida cotidiana construyen nuestra identidad y llegan a sostener las relaciones personales, de los vínculos tan cambiantes entre padres e hijos y de su interés por crear protagonistas femeninas anónimas.
Audición plantea cómo, a veces, nuestra propia familia puede resultarnos extraña, sobre todo la relación madre-padre-hijos. ¿Qué querías explorar sobre esto?
Siempre me han interesado esos momentos de extrañeza en las relaciones personales, esos momentos en los que miras a alguien a quien crees conocer muy bien y te parece un desconocido, como si hubiera algún aspecto de su carácter o incluso de su vida que no reconoces. He escrito sobre eso antes, principalmente en el contexto de las relaciones románticas, en el contexto del matrimonio y, cuando tuve a mis hijos, me di cuenta que quizá la relación que enfrenta las transformaciones más rápidas y extraordinarias es, en realidad, la de los padres e hijos, especialmente la que se da en las primeras etapas de la vida de una persona. Mis hijos tienen apenas 13 años, pero en estos años se han convertido en personas muy, muy diferentes, desde que adquieren el lenguaje, el carácter y la personalidad. Me interesaba mucho la forma en que mi percepción de ellos y la que ellos tienen de mí han tenido que pasar por múltiples cambios, que es algo muy saludable y es parte del proceso natural del desarrollo de los niños. Quería escribir un libro sobre ese proceso, quizá doloroso pero muy necesario, por el que un niño se convierte en un extraño para sus padres.
Sobre todo cuando entran a la adolescencia, ¿no?
Sí. Muy cierto. De hecho, el punto de partida de la novela fue un titular que vi y que decía: "Un desconocido me dijo que era mi hijo". No leí el artículo completo, pero me llamó mucho la atención esa frase y la contraposición entre "desconocido" e "hijo". Y luego estaba hablando con una amiga mía cuyo hijo, que por aquel entonces tenía unos 23 o 24 años, se había ido a la universidad y ya no vivía en casa. Le conté lo del titular, ella me miró y me dijo: "Pero es que eso es una descripción de la maternidad: cada vez que mi hijo vuelve de la universidad, es como si un desconocido entrara a la casa". Así que esa sensación de distanciamiento e incluso de extrañeza, especialmente en las relaciones con las personas a las que quieres mucho, era algo en lo que quería reflexionar en esta novela.
¿Por qué te pareció que el teatro era el ámbito artístico más adecuado para explorar la identidad y las relaciones en esta novela?
Me interesa mucho el papel que llega a tener la actuación en la vida cotidiana, no sólo en un escenario. He escrito en mis trabajos anteriores sobre la forma en que la actuación influye incluso en nuestras relaciones más íntimas y aparentemente auténticas. Por ejemplo, a veces pienso en el hecho de que, al menos en Estados Unidos, el ritual del matrimonio es como un performance con un guion. En ese acto, pronuncias una de las declaraciones más significativas que puedes hacer en tu vida. Y, sin embargo, es la recitación de unas palabras que han pronunciado miles de personas; Además, te observan muchas personas. Esa actuación realmente da vida, significado, a ese momento de compromiso, a esa relación. Por eso, me interesa mucho la manera en la que la actuación influye en la experiencia cotidiana. Frecuentemente la gente piensa que decir que una identidad o que nuestra relación es una representación o algo performativo es algo totalmente negativo, pero yo creo firmemente que no es así. Creo que nos basamos en la actuación para comprender qué significa estar en el mundo y para entender cómo funcionan ciertas relaciones. Por eso, cuando empecé a escribir este libro, me interesaba ambientarlo en el mundo del teatro y que el personaje principal fuera alguien consciente del papel que desempeña la representación en la construcción de la identidad.
¿Y qué función llegan a tener los rituales de la vida cotidiana en la construcción de la identidad en un matrimonio o una familia?
Me interesan mucho los rituales, que creo que son, por supuesto, una especie de performance; es un pequeño momento con un guion. En esta novela, los personajes tienen como ritual un desayuno que sucede todos los días y es un pequeño momento que refuerza la historia de ese matrimonio. Ese ritual cambia y su significado se transforma: a veces se vuelve menos fiable de lo que inicialmente parecía, luego funciona como una forma de fortalecer el matrimonio... En la ficción me interesan mucho esos pequeños rituales, los momentos de repetición, porque pueden empezar a parecer un poco inquietantes, extraños. Creo que, en la vida real, esos rituales se vuelven rápidamente algo tediosos, pero en el ámbito de la ficción, pueden resultar fascinantes, por lo que revelan sobre lo que quieren los personajes y hasta dónde están dispuestos a llegar para hacer realidad esos deseos.
La protagonista de Audición siempre está buscando motivos para culparse a sí misma, como no ser una buena esposa, una buena madre, una buena actriz. ¿Qué aspecto de la culpa te interesaba explorar a través de este personaje?
La culpa es, creo, una emoción bastante católica. Y aunque no soy católica, es una emoción fascinante, creo que te condiciona a ser o actuar de una manera. Para mí y para muchas mujeres que conozco, nos condiciona la percepción de nuestras relaciones, esa sensación de quizá no estar a la altura o de decepcionar a la gente. Esta es una novela que trata sobre la creación artística y lograr visibilidad y creo que en estos aspectos es muy común tener un sentimiento de no ser lo suficientemente productivo. Puedes llegar a sentirte culpable cuando no estás con tu familia y, al mismo tiempo, hacia tu propio trabajo, sintiendo que no te dedicas plenamente a crear tu obra. En el caso de este personaje, me interesaba mucho la forma en que esta mujer no sólo no es productiva, sino que es bastante autoindulgente.
¿Cómo describirías la estructura de la novela, especialmente esa transición entre la primera y la segunda parte, que está abierta a múltiples interpretaciones?
Sí, sin duda se presta a muchas interpretaciones. A veces lo describo como el dibujo clásico del pato-conejo, esos dibujos que son una especie de juegos para niños, que cuando los miras desde un ángulo, es un conejo, y cuando los miras desde otro, es un pato. Creo que así es como mucha gente lee el libro, quieren saber qué mitad del libro es la verdadera y qué mitad es fantasía o imaginación. Yo he encontrado que la verdadera magia de esos dibujos del conejo y el pato está en ver ambos al mismo tiempo y este libro es uno en el que ambas realidades diferentes conviven y pueden captar algo de esa inconmensurabilidad que se encuentra en el corazón de tantas experiencias universales que estructuran nuestras vidas, ya sean experiencias de la paternidad, el matrimonio, la amistad o la creación artística.
Hay tantas formas en las que nuestras vidas no encajan en una única narrativa, sino que, de hecho, están bastante fragmentadas. También creo que la vida contiene muchas versiones, muchas realidades y, de alguna manera, esa es la estructura del libro.
¿Y cuál ha sido tu relación con el teatro más allá de esta novela?
Me encanta el teatro, aunque nunca he escrito nada para teatro. Tengo muchos amigos que son actores y que escriben obras de teatro. Cuando me mudé a Nueva York por primera vez, creo que en 2008-2009, tenía muchos amigos que se dedicaban a eso: guionistas, actores y directores. Hacían producciones bastante pequeñas en teatros fuera de Broadway y eso fue algo muy formativo para mí. Estar en ese entorno teatral, ver a la gente crear obras de forma tan activa.
Leer un libro tiene algo especial, porque, de alguna manera, te encuentras con un producto acabado. Quizá "producto" no sea la palabra adecuada, pero te encuentras con algo que está terminado. Es raro leer los primeros borradores de una novela o un relato corto, pero hay algo en ver los ensayos. Me fascinaba ver cómo surge una obra y la forma en que cobra vida en una sala entre los espectadores. Creo que, aunque nunca lo he hecho, esa forma siempre me ha parecido muy emocionante.
En la novela hay algunas referencias a la representación étnica en el teatro o el cine. ¿Crees que la ficción contemporánea ha mejorado a la hora de representar la complejidad étnica o simplemente ha desarrollado formas más sofisticadas de clasificar a los escritores y a los personajes? ¿Qué opinas?
Creo que ha mejorado, sin lugar a dudas. Lo que me ha parecido más emocionante es ver a escritoras que, en mi opinión, se sienten bastante libres para escribir sobre lo que quieran. Con el mismo tipo de libertad de la que han disfrutado durante muchos años sus compañeros hombres blancos, heterosexuales y cisgénero. Pienso, por ejemplo, en una escritora como Ling Ma, que es una escritora maravillosa y escribe de formas muy interesantes sobre la inmigración y la identidad racial, pero también escribe relatos de género y lo hace con mucha libertad. Cuando leo su obra, no tengo la sensación de que escriba para cumplir ninguna expectativa narrativa basada en su origen étnico.
Eso es muy alentador y creo que, como siempre, ese tipo de cambios culturales son frágiles y pueden revertirse muy fácilmente. En este momento en Estados Unidos, en términos generales, no diría que únicamente en el ámbito de la literatura o la edición, ha habido un gran retroceso, culturalmente hablando, y, literalmente, se están revirtiendo derechos. Creo que, como siempre, esos avances son frágiles y parte de la labor de la cultura consiste en intentar mantenerlos.
Finalmente, a lo largo de toda la novela nunca llegamos a saber el nombre de la protagonista. ¿A qué se debe eso?
He escrito tres novelas donde las protagonistas son narradoras sin nombre y algo que une a esos personajes principales es la sensación de que su lugar en el mundo es un poco inestable o de que están pasando de un papel a otro.
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/los-rituales-cotidianos-son-como-un-performance-katie-kitamura/