Para Diego Méndez
Cruzamos la calle y nos encontramos con Ramoncito, que nos saluda de mano y con notable cariño. Es el tendero de La Bonita, centenaria y fecunda pulquería enclavada en el mismo cruce en el que se hallaba la cantina La Nueva Lucha, ahora difunta, en Aluminio y Cananea, en la vieja colonia Popular Rastro.
Antes de hacer conjeturas, Ramoncito nos confirma la tragedia: "Sí joven, la cerraron hace tres semanas. Carlos (mi amigo) decidió rentar el local. Ya llevaba mucho rato trabajando en la cantina. Imagínese, la heredó de su padre (Carlos Bermúdez Meza)... Yo creo que el buen Charly ya se quería ir a descansar. Y cómo no, ¡se lo merece! Dicen que la van a transformar en Oxxo. Bueno, pues ya andaremos comprando ahí nuestras coquitas. ¡Hombre!, pero no se me achicopalen, pásenle. Les ofrezco un pulmón o un mezcalito pal susto. Éntrenle, todavía me queda algo".
Un tanto confundidos, ofuscados y fuera de nuestros planes, mi amigo y yo aceptamos la amable invitación. Nos refugiamos en La Bonita, tomaduría de dorado coturno, que nos hace sitio a mitad del desconsuelo. Ramoncito –al que conocí hace algunos años, pues cada que venía a La Nueva Lucha (en la que feliz aún sería) me gustaba hacer una parada técnica en La Bonita, echarme un tlachique o una chela para calentar motores– se convirtió en jicarero de esta pulcata hace más de 30 años, cuando abandonó para siempre su antiguo oficio de zapatero.
Y es que esta colonia, ahora Nicolás Bravo, en otros tiempos dio vida a abundantes carnicerías, por su cercanía con el viejo rastro de la ciudad, y también a grandes tenerías –sobre cuyos terrenos ahora se levantan amplias unidades habitacionales– en las que se confeccionaban toda suerte de calzado de forma industrial. En una de esas grandes fábricas trabajaba Ramoncito, y cada fin de semana, al recibir su raya, se venía a La Rosita, o Las Carambolas (extinto expendio de caldo de oso, en Aluminio 161), para solazarse el gañote con las mejores aguas de las verdes matas.
Ese era también el tipo de clientes que frecuentaban La Nueva Lucha (deudo suyo, aquí lloraría), fundada en 1930 "por un español" y retomada en 1950 por la familia poblana Bermúdez: carniceros –sobre todo originarios de Jalisco, que se hicieron ricos pepenando cabezas de res en los rastros para crear los míticos y deliciosos tacos de cabeza chilangos (ojo, cachete, lengua, sesos, tronco de oreja...)–, zapateros y toda suerte de empleados de las muchas tenerías que circundaban la zona.
Hasta hoy, más pegadas al rastro, sobrevienen dos cantinas con las que la difunta Nueva Lucha compartió circuito: La Mascota (una de tantas con ese nombre), en Aluminio y Congreso de la Unión, con buena botana, buen desmadre y dulces destilaciones perennes a lúgubres fragancias de desolladero; y La Olga, "Desde 1953", en Canal del Norte y Eduardo Molina, ávido abrevadero de buen aspecto, buenos modales y buenos frascos, un poco usurera, ideal para los manirrotos, pero que a mí, por alguna razón que aún desconozco, me arranca bostezos como novela de Murakami.
La Bonita es una de las pulquerías más antiguas de la capirucha, que bien sabe de lo bello, lo bueno y lo profundo. Fundada en 1916 por un señor de nombre Facundo, hacia la década de 1990 fue adquirida por su tercer y más reciente dueño: don Roberto Rivero. El amigo Roberto también fue dueño de la pulquería Las Licuadoras, conocida así porque se preparaban los curados al instante en licuadoras, que estuvo en la calle Dr. Manuel Ugarte (Federico Gómez Santos) esquina con José María Vértiz, en la Doctores, y que fue inmortalizada por Antonio Aguilar en la canción “La cruda”.
Aunque el tiempo la ha mutilado, La Bonita todavía guarda algunos tesoros de sus años mozos. Por ejemplo: una fandangosa y sonora rocola de acetatos de 45 revoluciones que todavía suena. Mi amigo y yo, como es costumbre, nos apostamos en la límpida barra de azules azulejos sobre la que descansa una hilera de tinas de pulque. “Me queda de jitomate, avena, piñón, apio y…. todavía sale un par de guayaba. Ah, y de ajito todavía tengo un barril completo”, nos entera el amable Ramocito.
Mi amigo se anima por uno de jitomate. Yo opto por uno de ajo y acepto un mezcal de compañía. Nuestro obsequioso jicarero hace lo propio. La Bonita tiene los muros tapizados de grabados históricos referentes al pulque y a la milenaria cultura del maguey y retratos de boxeadores como el Ratón Macías o Vicente Saldívar, El Zurdo de Oro. Pasando revista, están presentes todos los elementos ineludibles de una clásica pulquería: las puertas batientes, los barriles pulqueros, el molcajete, un diminuto baño y el famoso Departamento de Damas.
Se trata, como se sabe, de un pequeño salón anexo con entrada independiente al de los hombres, donde las mujeres podían pedir tlachicotón para llevar y en ocasiones se les permitía beberlo ahí mismo. Fue la reforma constitucional de 1917, impulsada por el presidente Venustiano Carranza, la que expulsó a las mujeres de todos los centros donde se ofrecía alcohol.
Entonces las cantinas se acorazaron y se transformaron en sitios exclusivos para hombres hasta 1984, año en que se modificó esa ley y las mujeres, poco a poco, retornaron a esos territorios. En cambio, las pulquerías idearon el dichoso “departamento” un poco para darle la vuelta a la normativa, pero también porque debemos recordar que el pulque no sólo se consumía con fines de divertimento, sino que formaba parte de la dieta diaria de los hogares mexicanos: pan, salsa borracha, agua de día…
Antes del siglo XX, desde el XVIII, muchas mujeres fueron poderosas dueñas de pulquerías, al grado que llegaron a conformar sociedades femeninas pulqueras. Eran las dueñas ideales, no sólo por su eficiente organización, sino porque resultaron expertas sacaborrachos. Sin mediar violencia, decían: “Salte cabrón, ya estás muy pedo”. Y te salías porque te salías.
Las cantinas fueron las acérrimas rivales de las pulquerías. En esa lucha, que comenzó a finales del siglo XIX, las cantinas tuvieron tres aliados: los hielos, el agua limpia –un vaso de agua con hielos, ¡vaya lujo!– y, sobre todo, la cerveza. Eran símbolos asociados a la modernidad. En cambio, al milenario y popular pulque se le comenzó a mirar con ojos de reprobación, se le achacó la supuesta falta de asepsia y se le tildó de anticuado. Así, las tintineantes cantinas y la cerveza “noquearon al pulque”, dijera Armando Jiménez.
Continuará…
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