Por Fernando Torres
Hace unos días encontré un producto de La Esmeralda en otra ciudad. Lo miré y, por un instante, dejé de estar ahí. Volví a Chignahuapan, a sus calles, a sus paisajes y a aquellas visitas de mi niñez que, sin saberlo entonces, terminarían convirtiéndose en recuerdos que hoy conservo con especial cariño.
Hay sabores que tienen memoria; a mí me pasa con los dulces de La Esmeralda. Basta probar uno para regresar, casi sin darme cuenta, a ese Pueblo Mágico que tantas veces he recorrido. Porque no estoy saboreando solamente un dulce; estoy probando un pedacito de casa. Y eso, para mí, es una de las cosas más valiosas que puede conseguir una tradición.
La Esmeralda nació en 1979, gracias al Señor Efraín Herrera Huerta y la Señora Gloria Hernández Castillo, con una visión que ha sabido mantenerse vigente durante casi cinco décadas; elaborar dulces artesanales con ingredientes de calidad, conservar sus recetas y mantener vivo un sabor profundamente ligado a Chignahuapan.
Una palanqueta, una cocada, un dulce de leche, un tamarindo o el tradicional jamoncillo de pepita de calabaza pueden parecer, a simple vista, un antojo. Pero detrás de ellos existen manos artesanas, ingredientes como la semilla de calabaza, el cacahuate y la leche de vaca, recetas que han permanecido y una historia familiar.
Con el paso del tiempo ha sido necesario actualizar procesos, adaptarse y crecer, pero hay algo que no debe cambiar, la esencia. Esa es precisamente la parte que permite que quienes conocemos estos dulces desde hace años sigamos encontrando en sus productos aquel sabor que nos resulta familiar.
Hoy, después de tantos años, La Esmeralda es mucho más que una empresa de dulces. Es un referente de Chignahuapan y el Estado de Puebla, una muestra de cómo un producto puede convertirse en parte de la identidad de un destino.
Hay productos que se consumen y hay otros que representan un lugar. La Esmeralda pertenece a ese segundo grupo. Sus dulces han viajado a diferentes ciudades y regiones, llegando a familias que quizá están a cientos de kilómetros de Chignahuapan, pero que al probarlos pueden reconocer inmediatamente el sabor de este lugar.
Ahí está la verdadera fuerza de un producto turístico y cultural: su capacidad para contar de dónde viene.
Por eso me emociona tanto encontrar La Esmeralda lejos de Chignahuapan. Mientras sus productos llegan a nuevos mercados, también llevan consigo el nombre, la memoria y la identidad de un Pueblo Mágico. Eso también es hacer turismo.
No todo ocurre cuando llegamos a un destino. A veces el turismo empieza mucho antes, cuando un sabor despierta curiosidad, cuando alguien pregunta dónde se elaboró ese dulce o cuando una persona que ya conoce Chignahuapan vuelve a probarlo y decide regresar.
La Esmeralda ha logrado convertirse en una embajadora dulce de Chignahuapan. Durante casi 50 años ha llevado un pedacito de esta tierra a distintos rincones de México, demostrando que la identidad de un destino también puede viajar en una caja de dulces.
Para mí, La Esmeralda representa memoria, identidad y pertenencia. Porque hay lugares que recordamos por una fotografía, por una canción o por una persona. Chignahuapan también puede recordarse por un sabor.
Y cuando ese sabor aparece inesperadamente en otra ciudad, la distancia desaparece por un instante. Uno vuelve a aquel Pueblo Mágico, a sus calles y a sus recuerdos. Tal vez esa sea la mejor manera de entender la importancia de La Esmeralda: casi 50 años después, sigue convirtiendo el sabor de Chignahuapan en un recuerdo capaz de viajar muy lejos y tener siempre el poder de regresarnos a casa.
The post La Esmeralda, un dulce que sabe a México appeared first on México Ruta Mágica.Contenido sindicado vía RSS de México Ruta Mágica. Nota original: https://mexicorutamagica.mx/2026/10/19/la-esmeralda-un-dulce-que-sabe-a-mexico/