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“Mi esposo lo minimiza, pero yo creo que ya es un problema serio… Mi hijo se va al casino y, cuando lo castigamos, apuesta en línea. No sabemos cuánto debe, pero sabemos que nos ha tomado dinero”.

Son las palabras desesperadas de una madre frente a la creciente adicción al juego de su hijo, de apenas 18 años.

Durante mucho tiempo, las apuestas estuvieron menos al alcance de los adolescentes en México.

La expansión de las plataformas virtuales, la publicidad y un sofisticado entramado de diseño conductual han expuesto a las nuevas generaciones a formas de juego con un elevado potencial adictivo. Si bien existían espacios clandestinos, su naturaleza los hacía menos accesibles.

Las Vegas estaba demasiado lejos y los costos del viaje constituían barreras que hoy han perdido su eficacia.

Ahora, basta un dispositivo para tener acceso a un universo de apuestas.

Además, las computadoras para videojuegos, las tabletas y las consolas plantean nuevos desafíos para la crianza de quienes llamamos nativos digitales.

Nos sorprenden sus habilidades frente a las pantallas tanto como nos inquietan sus posibles repercusiones.

Una parte del fenómeno responde a la necesidad de inmediatez de las nuevas generaciones; otra, a la paulatina sustitución del juego en su sentido tradicional.

Los juegos de mesa, practicar con una pelota o correr entre los pequeños han cedido terreno ante experiencias digitales cada vez más inmersivas e hiperrealistas.

Estos entornos pueden favorecer el aislamiento, reducir las oportunidades de socialización y normalizar dinámicas de recompensa inmediata.

La posibilidad de que se convierta en un problema de ludopatía obliga a plantear varias preguntas: ¿por qué algunos menores transitan de los videojuegos a las apuestas? ¿Las consolas constituyen por sí mismas un factor de riesgo o importa más el tipo de contenido al que se accede? ¿Qué mecanismos neurobiológicos intervienen y, sobre todo, cómo podemos prevenirlo?

La gratificación inmediata es clave para entenderlo. Los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y la motivación participan en estas conductas.¹ Los dispositivos actuales están diseñados para ofrecer respuestas rápidas, series cortas, videos breves, partidas de pocos minutos y misiones en una escalada de niveles aparentemente interminable.

Todo ello favorece la pérdida de la noción del tiempo y la búsqueda continua de estímulos gratificantes.

En los juegos de azar intervienen mecanismos semejantes, aunque con una diferencia: el resultado depende del azar o de acontecimientos que el jugador no controla.

Ganar puede producir una intensa sensación de recompensa y alimentar la ilusión de dominio.

Las pequeñas victorias pueden convertirse en el camino hacia una conducta problemática; las derrotas, en cambio, se interpretan como contratiempos temporales de los que es posible aprender para ganar la próxima vez.

Cuanto más persiste esa ilusión, más difícil es abandonar el juego.

El recuerdo de las victorias pasadas alimenta la fantasía de que, tarde o temprano, se recuperará lo perdido.

El jugador puede pedir préstamos, ocultar deudas o tomar dinero ajeno con la intención de devolverlo después. La desesperación lo convence de que será la siguiente apuesta la que compense las pérdidas anteriores.

Hay factores que pueden incrementar la vulnerabilidad, como la impulsividad, la búsqueda intensa de sensaciones, las dificultades para regular las emociones y la presencia de otros problemas de salud mental.

Una vez instalada la ludopatía, el jugador siempre pierde, incluso cuando gana. Si pierde, experimenta frustración, culpa y desesperación, que pueden acompañarse de síntomas depresivos e incluso de ideación suicida.

Si gana, el alivio suele ser momentáneo; después aparece el reproche por no haber apostado más o la urgencia de continuar jugando. El juego deja de ser una actividad recreativa y se transforma en sufrimiento.

A la madre se le explica que la intervención depende de la gravedad del problema y de las necesidades particulares. Puede requerirse orientación familiar, tratamiento ambulatorio, atención psiquiátrica, grupos de apoyo o un programa residencial.

Sin embargo, la prevención comienza antes de que aparezcan deudas, mentiras o pérdidas económicas.

Necesitamos recuperar la función del juego como espacio para ejercitar habilidades intelectuales, emocionales y sociales; como una experiencia compartida, culturalmente enriquecedora y vinculada con la convivencia familiar.

Los padres y tutores somos el lugar seguro para que ello suceda.

Este contenido es responsabilidad de Cisne Negro y no forma parte del contenido editorial de EL UNIVERSAL.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/articulista-invitado/de-la-consola-al-casino-el-silencioso-paso-a-la-ludopatia/

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