Hay historias que no se eligen, se heredan. Así es la de Itari Marta, que comienza en una mezcla de orígenes: ascendencia portuguesa y uruguaya por el lado de su padre y las raíces yucatecas y libanesas de su madre. Él fue un ingeniero que militó en el movimiento revolucionario Tupamaro, en Uruguay. Tras escaparse de la cárcel junto a otros profesionistas, vivió en la clandestinidad. En medio de ese remolino político conoció a su madre, una brillante académica de espíritu libre, que más tarde se doctoró en la Sorbona. Para ocultarse, la pareja se trasladó a Mérida, una sociedad conservadora donde la clase alta local miraba con desdén a los migrantes. Así, la infancia de Itari transcurrió entre el calor sofocante de Yucatán y la inestabilidad de una familia en fuga permanente. Cambiaban de casa y de estado todo el tiempo, lo que impidió que la niña echara raíces o construyera amistades duraderas.
Crecer en ese entorno le enseñó una lección muy pronto: “Tienes que pensar muy bien qué dices y qué no; mediar para proteger a los tuyos”. Con el tiempo se dio cuenta de que ahí nació su vocación por el teatro: “Tienes que mentir un poco para que no te pregunten, pero también decir la verdad para no perderte. El teatro es eso: una mentira, pero más verdadera que la cotidianidad; es cómo mientes diciendo la verdad, cómo eres tú siendo tú, pero sin ser tú del todo”.
Cuando tenía siete años, su padre decidió marcharse para continuar con su misión. Aunque fue doloroso, acabó agradeciéndolo, reconociendo que él era un hombre formado por la violencia política y el machismo estructural. Su madre se quedó sola, y ella enfrentó la vida sin el apoyo de una figura masculina en una época que castigaba a las mujeres independientes.
Un acontecimiento familiar marcó para siempre su comprensión del drama. Ocurrió durante una cena en casa de sus abuelos maternos. La mesa estaba rodeada de personalidades de la alta sociedad, incluidos mandos militares. De pronto, un hombre irrumpió en el jardín gritando con desesperación el nombre del primogénito de la familia. Saltó la reja, corrió por el pasto y se estrelló de lleno contra el ventanal. La familia alejó al intruso a bordo de un taxi, y los invitados volvieron a sentarse a la mesa pretendiendo que nada había pasado, atrapados en la convención social. Nadie dijo una sola palabra. Impulsada por la curiosidad de una niña a la que nadie prestaba atención, Itari le preguntó a su madre quién era ese personaje que había sacudido sus vidas.
Se trataba del actor Roberto Cobo. Fascinada, fue a verlo al teatro y quedó cautivada por su irreverencia. No se enamoró de la persona, sino de su capacidad para sacudir las emociones: “En ese momento dije: yo quiero hacer eso, quiero hacer eso que hace que las personas se sientan diferente”. Años después, cuando lo buscó para contarle que él era la razón por la que se había convertido en actriz, Cobo se convirtió en su padrino artístico.
A los 16 años, Itari Marta fue víctima de un secuestro exprés que alteró totalmente su estructura emocional. Estuvo horas retenida en un vehículo donde la golpearon y le hirieron las piernas para que diera sus claves bancarias. El terror le destrozó la memoria y le fue imposible recordar su contraseña. En un intento por salvarse, empezó a contar del uno al infinito, esperando que su mente reaccionara. Pero no. Perdió el conocimiento por la violencia de los golpes y la abandonaron descalza y herida en un acueducto en Lindavista. Al volver en sí, caminó pidiendo ayuda, pero la gente se apartaba, con miedo. Nadie la ayudó hasta que una mujer desconocida la acogió en su casa y la trasladó a un hospital.
Tras un mes, traumatizada y sin salir de su habitación, su madre le abrió la puerta una mañana y le dio una orden: tenía que salir, tomar el Metro, enfrentar el mundo exterior. Algo se rompió dentro de ella, pues perdió el miedo por completo: “Pensé en qué era lo peor que podía pasar… Cuando sobreviviste a lo peor, la perspectiva del peligro cambia por completo”. Esa falta de temor le dio una determinación feroz. A los 19 años abandonó el hogar materno para valerse por sí misma.
A pesar de la estabilidad económica que garantizaba su trabajo como conductora en TV Azteca, decidió dejar la pantalla para librarse de la dependencia hacia los productores y construir su propio camino en el teatro. Y también decidió generar su propio patrimonio. A finales de los 90 produjo una obra pionera de Antonio Zúñiga sobre los feminicidios en Ciudad Juárez. Enfrentó severas resistencias para montar un texto de denuncia tan duro, pero logró presentarla en el Teatro Helénico. Esa experiencia confirmó su necesidad de contar con un foro independiente.
Tras años de gestiones y con el apoyo técnico de su madre, obtuvo una beca otorgada por una ONG holandesa para desarrollar proyectos transformadores liderados por mujeres. Sin embargo, los vacíos legales impidieron ingresar los fondos a México, por lo que el dinero estuvo congelado en un banco durante un año. En ese periodo conoció a Bruno Bichir, quien dirigía artísticamente el Foro Shakespeare, un espacio en peligro de desaparecer por deudas. Decidieron asociarse para rescatarlo y ella asumió la dirección operativa. A pesar de varias crisis, la pandemia y la venta de su patrimonio personal para sostener la nómina del personal, el espacio se ha mantenido en pie. Actualmente impulsa la convocatoria Brujas, orientada a la dramaturgia feminista.
Su experiencia con la violencia también la jaló hacia el sistema penitenciario. Durante 16 años encabezó el proyecto de la Compañía de Teatro Penitenciario en Santa Martha Acatitla, que concibió como una herramienta de profesionalización laboral y humana. Logró modificaciones al reglamento para cobrar boletos de las funciones y generar un flujo de efectivo legítimo para los internos, para dignificar su trabajo. A pesar de los obstáculos institucionales que pausaron el proyecto, la experiencia fortaleció su convicción sobre la capacidad transformadora de las artes. Y también de que “el teatro es ese territorio donde la mentira se transforma en la versión más honesta de la realidad”.
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