Camino por la calle 19, en El Vedado. Transcurre el segundo jueves de agosto, pasadas las cuatro de la tarde. El sol castiga. Al llegar al cruce con 18 —allí donde la basura se desborda de los contenedores y atrae una nube de moscas— veo a un joven rubio que lleva un sombrerito de fiesta. Parece un parrandero trasnochado. Pero últimamente en La Habana no hay demasiado qué celebrar: ha llovido poco, encaramos los días más cálidos del año, y los efectos del calor se acentúan porque la falta de electricidad impide conservar los alimentos. El olor a podredumbre domina la calle. El muchacho hurga en los desperdicios sin darle importancia a las moscas. De pronto, como quien descubre un tesoro, saca una bolsa, la rasga y allí mismo comienza a roer con avidez lo que a mí, que estoy a un par de metros, me parecen huesos de pollo. Ya me lo había advertido un colega que lleva meses aquí: espérate a que veas a alguien comer de la basura. (Toparse con personas hurgando en los desperdicios es ya habitual, pero ver a jóvenes, ancianas y niños comiendo allí es distinto).
"Bienvenido a Apagonia",me había escrito por WhatsApp ese mismo colega latinoamericano días antes, la tarde de julio en que llegué a La Habana. Aunque llevaba años sin venir, confiaba en que no me costaría adaptarme a las difíciles realidades que coexisten en la isla. A quienes me advertían que la situación no es sencilla, respondía con una cita de El hombre que amaba a los perros, la mítica novela de Leonardo Padura: "Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte —entre otros males— Ana y yo vivimos un período de éxtasis". El libro contiene una historia que transcurre en 2004, en donde se mencionan los problemas derivados del embargo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba en 1960. El tristemente célebre bloqueo.
Pero no, mis visitas anteriores no me prepararon para la Cuba de estos días. Recrudecido el embargo debido a las medidas anunciadas por Washington a inicios de 2026, la isla enfrenta una situación inédita que no pocos aquí comparan con un escenario bélico. Un cerco. Un asedio silencioso, una guerra sin bombas. En todo caso podría compararse con los años más duros del llamado "período especial" que siguió a la caída de la Unión Soviética en 1991. Entonces el Estado debió tomar medidas extremas de racionamiento de alimentos y combustibles, pues la caída en el comercio exterior fue drástica y la recepción de petróleo se redujo hasta en 90%..
El apagón es permanente
El endurecimiento del bloqueo ha invertido las proporciones: en La Habana, la mayor parte del tiempo no hay energía eléctrica. Esto opera para todo: hogares, negocios, espacios públicos, oficinas de gobierno, escuelas y hospitales. Incluso los semáforos dejan de funcionar. Dicho de otra manera, Cuba vive un apagón permanente que, con suerte, se interrumpe durante tres o cuatro horas al día en algunos sectores. La población aprovecha ese paréntesis —que no siempre llega— para juntar agua, lavar ropa, cocinar, recargar teléfonos y computadoras, e incluso para comunicarse con el exterior, pues las pocas casas que tienen internet solo pueden usarlo cuando hay energía. El problema es que esas tres o cuatro horas inician sin aviso, y lo mismo pueden arrancar a las dos de la madrugada que a las seis de la tarde, lo que impide planear cómo podría usarse mejor la poca energía disponible. No es extraño ver a todos los vecinos de una calle despiertos a las tres de la mañana, tratando de aprovechar que hay fluido eléctrico. Lo peor es que no siempre se tiene la suerte de contar con esos lapsos de energía: entre julio y agosto de este año, una caída en el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) dejó sin electricidad hasta por cinco días seguidos a buena parte del país, incluida la capital. En la Habana vieja no son pocas las personas que prefieren dormir a la intemperie, en el malecón o en las azoteas.
Una forma de mitigar los apagones es instalar plantas portátiles de energía adaptadas para funcionar con gas en vez de gasolina o diésel. A esa medida recurren sobre todo pequeños negocios que venden mercancía perecedera. Otra forma de paliar el apagón es instalando paneles solares en azoteas y balcones. Porque, si algo abunda aquí, es luz solar. No obstante, se trata de tecnologías que resultan muy caras para el grueso de la población. Poquísimas familias pueden adquirir paneles para mantener un refrigerador funcionando las veinticuatro horas. En consecuencia, la vida se trastoca: en muchos hogares lo habitual es comprar los alimentos del día justo antes de prepararlos y consumirlos. Porque el calor también causa estragos en la población: durante julio y agosto, seis de siete personas que viven en la casa donde me alojo sufren infecciones del estómago. En su mayoría son locales, no visitantes que resienten el cambio de dieta.
Alimentos, inflación y desabasto
Un médico gana, en promedio, unos seis mil pesos cubanos al mes. Al tipo de cambio de la calle, significa poco menos de diez dólares (175 pesos mexicanos). La pregunta es qué se puede comprar con esa cantidad. A fines de julio, el huevo empieza a escasear en La Habana: una cartera con 30 huevos se vende en 8.97 dólares (156.9 pesos mexicanos). También el pollo es difícil de encontrar: un kilo de pechuga con piel y hueso cuesta 9.64 dólares (168.7 pesos mexicanos). Y un kilo de queso cuesta 13.75 dólares (240.62 pesos mexicanos). Otros productos como la leche fresca y la crema son imposibles de conseguir. En las ferias y mercados es habitual comprar frutas y verduras de magnífica calidad a precios que resultan baratos en comparación con lo que cuestan en México: un kilo de limones por 600 pesos cubanos (15.4 pesos mexicanos). Y por 500 pesos (13.3 pesos mexicanos) se puede comprar un aguacate o un mamey de más de un kilo.
En 1963 se creó la Libreta de Abastecimiento, un sistema para dar acceso a las familias a una lista de alimentos subsidiados. Con sesenta y tres años de existencia, la libreta ha sido cuestionada en varias ocasiones, pero lo cierto es que para muchas familias representa la única posibilidad de acceder a ciertos productos. Con esta crisis, no obstante, eso parece cada vez más difícil: una vecina de 45 años, con un hijo de quince y un esposo de casi sesenta, accede a mostrarme su libreta. Este año sólo ha tenido acceso a ocho entregas de arroz. Nada más. Ni carne, ni leche en polvo, ni pollo. Ni café, ni aceite, ni azúcar. Me cuenta que, si tiene suerte, come queso una vez al mes.
Por 23 a vuelta de rueda
Otro ámbito donde el embargo extremo ha generado cambios radicales es el transporte. Si en otros tiempos La Habana era famosa por sus guaguas y sus camellos, hoy esas opciones de traslado ya no existen. El 12 de mayo, el Ministerio de Finanzas y Precios emitió un comunicado en donde reconocía que sostener un precio único y fijo en las gasolinas era imposible, de modo que en lo sucesivo los precios serían en dólares y responderían a los costos reales de importación. Dado que en el mercado negro un litro de gasolina puede costar hasta 8 dólares (140 pesos mexicanos), miles de vehículos públicos y privados han dejado de circular y las gasolineras lucen vacías. Si bien por las calles aún pueden verse almendrones —autos de años previos al triunfo de la Revolución—, en estos días el medio de transporte más popular y más barato son unos triciclos eléctricos de fabricación china cuya batería se recarga en cualquier toma de corriente doméstica. No es raro ver algunos de esos triciclos con adaptaciones caseras para funcionar con energía solar, con paneles fijos en el techo. Cada vehículo puede llevar hasta seis pasajeros que pagan en promedio 200 pesos cubanos (5.38 pesos mexicanos) por un viaje de unos cuatro kilómetros por la calle 23, en otros momentos una de las más transitadas de la capital, por donde hoy circulan muy pocosautomóviles. Aunque el manual afirma que los triciclos pueden desarrollar hasta 55 kilómetros por hora, en los hechos circulan a no más de 20 kilómetros por hora.
Más difícil aún resulta viajar a otras poblaciones de la isla: decenas de corridas de autobuses han sido canceladas, y en las pocas que permanecen se da prioridad a militares y a personas que viajan por razones médicas, ya sea para tratarse algún padecimiento o para asistir a familiares enfermos. Las dificultades inician desde la compra del boleto, pues la mayor parte del tiempo la estación permanece a oscuras, sin energía ni sistema electrónico. Cuando intento comprar un ticket para viajar a Cienfuegos, la mujer encargada de la taquilla me informa que "sólo se pueden adquirir por la red". Pero entonces la realidad se muerde la cola: en los días siguientes, cuando hay energía y señal en casa, intento comprar boletos en la página electrónica de Viazul, la línea de autobuses, sólo para toparme con que es imposible hacerlo por otro de los aspectos del cerco: las tarjetas bancarias internacionales ya no funcionan en la isla.
Cerco financiero y digital
El bloqueo es mucho más que escasez de gasolina y de alimentos. Plataformas como Zoom no operan en territorio cubano, lo que hace más difícil comunicarse con el exterior. Las herramientas de IA como Gemini tampoco pueden ser utilizadas aquí. Más crítico resulta que, desde junio pasado, es imposible hacer pagos con tarjetas Visa o Mastercard. Tampoco se pueden hacer retiros de efectivo en cajeros, ni transferencias locales, mucho menos internacionales. El cerco es tan estricto que ni siquiera los extranjeros pueden ingresar a sus propias cuentas de banca electrónica.
Estas condiciones obligan a hacer conciencia de la materialidad del dinero, pues en ciertos contextos tampoco es sencillo cambiar dólares a pesos cubanos. En muchos sitios aceptan pagos en dólares, pero hay billetes verdes que sencillamente no son aceptados en ninguna parte. ¿El motivo? Una ruptura mínima, a veces solo perceptible cuando se observa el billete a contraluz. Y eso es precisamente lo que hacen los dependientes de negocios: revisar con extremo cuidado cada billete no solo para verificar que tenga la marca de agua, también para estudiar los bordes, que luego palpan con las yemas de los dedos. Cualquier rotura, por mínima que sea, invalida el billete. ¿Por qué hacen esto? Le pregunto a la señora que a veces me cambia dólares en la tiendita de la esquina. Eso ustedes los mexicanos deben saberlo mejor que nosotros, me responde. Confieso que no comprendo su respuesta. Otro aspecto que permite dimensionar la materialidad del dinero es la gran cantidad de billetes que hay que cargar cuando se trata de pagar en pesos cubanos. Por ejemplo, para pagar una libra de café, que cuesta 3500 pesos cubanos, se requiere un grueso fajo de billetes de cien y cincuenta pesos. Así, por ejemplo, quien cambia un billete de cien dólares por pesos cubanos recibe cinco o seis gruesos fajos de billetes de distintas denominaciones, de modo que debe cargar una mochila para llevarse el efectivo.
Coda con orquesta
Se dice que el verbo que más usan los cubanos es resolver. Basta ver el tiempo que dedican al mantenimiento de casas, de aparatos, de motocicletas y autos. Basta ver el tiempo que dedican a conseguir y preparar ciertos alimentos. Basta ver el tiempo que dedican a paliar la falta de energía eléctrica y de combustibles. No obstante, esta necesidad continua de resolver no invalida otra clase de búsquedas. Eso me quedó claro una mañana que asistí a un concierto didáctico ofrecido por la orquesta infantil Sonido Auténtico en las instalaciones de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC): al explicar cómo funcionan los distintos instrumentos, el director, Janio Abreu, terminó hablándole al público de cómo los jóvenes músicos enfrentan las dificultades del bloqueo. Al presentar el clarinete y el oboe, Abreu aclaró que desde muy pequeños los músicos aprenden a elaborar sus propias cañas, esas lengüetas que permiten tocar el instrumento, porque las comerciales cuestan entre 40 y 100 dólares cada una, y un gasto así no hay quién lo aguante. Luego la maestra de ceremonias precisó que se trataría de un concierto acústico, porque no había corriente eléctrica. Pero entonces, cuando comenzó la música luego de resolver tantos problemas, comprendí que los personajes de Leonardo Padura tenían razón hace veintidós años, y que seguían teniéndola en ese momento. Últimamente en La Habana no hay demasiado qué celebrar, es cierto: pero cuando un grupo de niños y muchachos asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte —entre muchos otros males— puede ejecutar música como lo hacen ellos, es más fácil comprender que hay momentos en que no solo es posible, sino necesario, hurgar en la realidad para sacarle momentos de éxtasis.
Contenido sindicado vía RSS de El Universal. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/cuba-escenas-de-una-guerra-sin-bombas/