Hace algunos domingos conversaba en San Telmo con Alejandro Katz sobre el cariz apostólico propio de los cruzados por la causa de la lectura. Lectores impenitentes no pocos de ellos parten de un prejuicio tan popular como escasamente atendido por el público distraído: el de que la lectura hace mujeres sabias y varones ejemplares, despertando, por ejemplo, la inteligencia desde la edad temprana. Y aún cuando es una elección tardía puede alegrar una vejez: he contado, en alguna ocasión, que mi tío Juan, trailero de profesión, quedando disminuido por un derrame que lo dejó inmóvil pero en plena posesión de sus sentidos, empezó a leer a sus setenta años y leyó con provecho En busca del tiempo perdido.
Pero ese optimismo, decíamos Alejandro y yo, tiene, como todo, su lado oscuro: la interpretación de las Sagradas Escrituras arrojó miles y miles de muertos a causa de sutilezas y quimeras. Cuando la Reforma azuzó a sus parroquianos a leer directamente la Biblia, sin la intermediación de los sacerdotes adscritos –decían– a Babilonia, las guerras de religión entre protestantes y católicos ensangrentaron Europa. Para no hablar del Corán y de las matanzas de millones provocadas por sus cismas y por sus herejías. Sociedades muy letradas –la alemana en 1933 o la argentina en 1976– se entregaron a la contienda civil sin piedad ni contemplaciones.
Se dirá que aquellas eran lecturas fanatizadas ajenas al buen lector usualmente disfrutando bajo la sombra de un árbol con un libro impreso o un Kindle en la mano, pero me temo que a toda lectura –al igual que a casi cualquier persona– la acecha el fanatismo. Quienes nos quemamos las cejas con la patrística marxista asumíamos que –idealmente– a la teoría la seguiría la praxis, y con ella, la Revolución y por qué no, alguna Revolución cultural o potente hegemonía. Leíamos –parafraseando a Octavio Paz– sin inocencia. Leer acarrea todas las consecuencias de lo humano: Mark David Chapman, asesino de John Lennon en 1980, manchó de sangre la reputación de su novela favorita, la enternecedora y desde entonces sospechosa obra de J.D. Salinger, El guardián entre el centeno.
Pero una parte de quien acaba de escribir la página anterior –yo mismo– sigue creyendo que leer es, también, gran cosa, heroísmo, signo de distinción, afán civilizatorio, etc. De lo contrario, sería improbable que haya sido editor, escritor, crítico y, sobre todo, lector, y de ello me volví a dar cuenta apenas crucé de nuevo la cordillera y conocí en las faldas del Cerro San Cristóbal, otro domingo, a Soledad Bianchi (Antofagasta, 1948), crítica literaria quien me obsequió con Entre puntos de lectura. Reflexiones, recortes, enlaces (publicado en Chile y en España en este año de 2026), una bitácora o crestomatía que destaca como empeño prodigioso el arte de leer, desde abundantes y meticulosos “puntos de lectura”, como ella prefiere llamarlos.
El libro de Bianchi comienza, como la conversación previa con Katz, con El infinito en un junco (2019). Decíamos, el amigo argentino y yo, que esas varias decenas de ediciones son un gasto noble en un mundo pérfido, pero que de ello a elevar a Irene Vallejo a la cúspide del ensayismo hay un largo trecho que los pedantes entendidos no estamos dispuestos a concederle.
Bianchi pasa de Vallejo a Gabriela Mistral, preguntándose si la poeta, al firmar sus Lecturas para mujeres (1923) sólo como “la recopiladora” había sido “un acto de modestia o de soberbia”, para remontarse a la China del siglo III, cuando a las mujeres, a quienes se les prohibía leer y escribir, se las ingeniaron para expresarse bordando en “abanicos, ropas y pañuelos”.
Con muy variadas citas y útiles ejemplos, Bianchi hace la historia de la lectura femenina desde “las formas fonéticas de escritura”, hasta la abundante retratística donde aparecen mujeres leyendo. En buena medida, Bianchi se concentra en Chile, para apoyarse después en especialistas como Roger Chartier y Alberto Manguel, muy dada, a su vez, a citar a Joseph Joubert (1754–1824), quien bien sabía que “en los gustos y en los juicios literarios siempre entra la moda”.
La novela del siglo XIX, desde el folletín más modesto hasta Madame Bovary o Anna Karenina, fue en gran medida escrita para mujeres, pues el ígnaro varón consideraba sentimental y ociosa esa práctica, no así Honoré de Balzac, ni su crítico Sainte-Beuve quienes se acusaron mutuamente de vivir en el vestidor femenino. A esa venturosa moda, de orígenes despiadadamente comerciales –Balzac se descubrió ganando más dinero escribiendo novelas que imprimiéndolas– debemos el género moderno por antonomasia. Sus mejores lectores siguen siendo las mujeres.
No se evade el punto de la lectura fanática en Entre puntos de lectura y la autora se respalda en Edith Wharton, quien consideraba “mecánico” a ese tipo de lector, incapaz de ligar un libro con otro. Bianchi pasa al glosario de vicios propios del lector, como subrayar o no, asegurando la autora que su bien amado Pedro Lemebel subrayaba “con rouge”, autor quien hizo rimar “literatura con tortura” gracias a la horrenda historia de Mariana Callejas (1932–2016), quien compaginó el taller literario con el potro pinochetista. De su descenso infernal han dejado testimonio el propio Lemebel, Roberto Bolaño (Nocturno de Chile) y Juan Cristóbal Peña. Un punto a favor de la lectura como actividad de consecuencias siniestras, algo más que mecánicas.
Mao Tse–Tung, lector omnívoro que lloró cuando las cataratas le impidieron seguirse paseándose por sus bibliotecas, advirtió –nos lo hace saber Bianchi en Entre puntos de lectura– que eran los letrados quienes con más frecuencia apostasiaban del Libro Rojo mientras que al marxismo, en concordancia con “la situación real”, lo dominaban sin desfallecer los “obreros analfabetos”. Por ello, había que encontrar la manera de “superar el culto a los libros”, sentenció el bibliómano Gran Timonel.
Entre puntos de lectura aborda el asunto del espanglish, acaso olvidándose de que sólo es, fue y probablemente sólo será, una “lengua de tránsito”, abandonada –aunque sin duda enriquecida– cuando la siguiente generación se adueñe totalmente del inglés, aunque esa transición dió para que un académico se divirtiera inventando, así redactado, un primer capítulo del Quijote, aventura tan notable o inocua como traducir el mismo trecho de Finnegans wake.
Bianchi concluye este punto con el gramático Antonio de Nebrija, quien dijo que “siempre la lengua fue compañera del imperio”. Está por verse si es grave lo temido por George Steiner, para quien más allá de Babel está un aeropuerto planetario vociferando sólo “palabras angloamericanas”. Bianchi evade virtuosamente esa aflicción averiguando si realmente los llamados esquimales tienen cincuenta palabras para denominar a la nieve.
Entre puntos de lectura, de Soledad Bianchi, sin ocultar el lado oscuro de la luna libresca, claramente se asombra ante la cara sonriente del satélite. Libro de citas, más vale recomendarlo citando dos de ellas: una de Umberto Eco (“Sin unos ojos que los lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y por lo tanto, es mudo”) y otra de Sylvia Molloy. Ella confesaba tomar el avión con más lecturas de las que humanamente podía hacer (y cargar): “No importa: me siento acompañada y siempre es bueno tener lectura de más por si hay demoras”.
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