Los mapas engañan, y mientras que durante décadas buscamos la frontera entre Estados Unidos y China en el Pacífico Occidental, -específicamente en Taiwán, el Mar Meridional de China y Japón-, esta semana basta mirar desde Arizona hasta Perú, para descubrir que estamos mirando el mapa equivocado.
En Arizona, Estados Unidos continúa con sus planes para hacerle frente a un mundo que habla en términos de regionalización, instalando centros de producción de semiconductores, para reducir su dependencia tecnológica de Asia, y aquí es donde entra México. Porque aprovechando su geografía, quiere integrarse a esa industria mediante la creación de cadenas de proveeduría transfronterizas, la formación de talento especializado y convenios académicos con la Arizona State University. Pero mientras esto ocurre en el norte, en el sur del continente, -a 80 kilómetros de Lima-, las grúas azules de COSCO dominan Chancay, un megapuerto de 1,300 millones de dólares que conecta directamente a Sudamérica con Asia.
Aunque pueda parecer contradictorio, Arizona y Chancay son dos puntos de un mismo mapa. Porque ambos revelan cómo las grandes potencias están reorganizando la geografía económica para reducir sus vulnerabilidades y asegurar aquello que consideran indispensable para sostener su poder. Pero la diferencia está en cómo lo hacen.
Estados Unidos utiliza la doctrina geopolítica que ellos nombraron como “La Gran Norteamérica” para asegurar los territorios que van del norte del Ecuador hasta Groenlandia dentro de su esfera, mientras que China enfrenta el problema desde la posición contraria. Su poder depende precisamente de mantener abiertas las rutas que la conectan con los recursos y mercados del exterior. Por eso Chancay es mucho más que un puerto.
Porque más allá de que Perú es uno de los productores más importantes de cobre y China le compra cerca de un tercio de sus exportaciones, la conexión directa entre el Pacífico sudamericano y Asia, reduce de 40 a tan sólo 23 días, el trayecto marítimo hacia China, y ahí es donde las fronteras empiezan a adquirir otro significado.
De ahí el que Chancay preocupa tanto a Washington e incluso Marco Rubio, visite Perú esta semana. No porque el país esté cambiando de bando, sino más bien, porque demuestra que la frontera estratégica entre las dos potencias puede instalarse, incluso, dentro de un continente que Estados Unidos consideró durante dos siglos su espacio natural de influencia, y aquí es donde México vuelve a aparecer, y hace todavía más compleja esta nueva delimitación de poder.
Porque mientras Marcelo Ebrard busca insertar a la industria mexicana en el ecosistema de semiconductores de Arizona, esta semana el canciller Roberto Velasco viajó a Beijing para reunirse con su par chino,Wang Yi, y este aprovechó para asegurar que la relación entre China y México “no está dirigida contra ningún tercero” y defendió el derecho mexicano a mantener su “independencia” y “autonomía”.
Ahí aparece quizá la frontera más interesante de todas, y no pasa nipor Chancay ni por Arizona. Sino, por el margen de maniobra que conservan los países atrapados entre ambos sistemas.
Por eso es que estamos mirando el mapa equivocado. Porque las nuevas fronteras del poder ya no se concentran en separar países, separan cadenas de suministro, rutas comerciales, tecnologías y espacios donde cada potencia considera que ya no puede permitirse depender de la otra.
Para México la pregunta de los próximos años, no será si pertenece a Norteamérica. La geografía respondió eso hace siglos. La pregunta será hasta dónde podrá integrarse a “La Gran Norteamérica”, sin que esa integración termine decidiendo también con quién puede relacionarse fuera de ella.
El último en salir, apague la luz.
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/stephanie-henaro/estamos-mirando-el-mapa-equivocado/