The root problem with conventional currency is all the trust that's required to make it work
Satoshi Nakamoto, febrero de 2009
Durante quince años el cripto se contó como una fuga: salir del banco central, del intermediario, del Estado que imprime. El 21 de septiembre, el Banco Central Europeo encendió Pontes, en su fase inicial, un puente para liquidar operaciones mayoristas con activos “tokenizados” en dinero de banco central. Traducido: cuando los bonos, los fondos y los depósitos empiezan a vivir en cadenas de bloques, lo que piden para cerrar la operación no es menos banco central. Es más. Token, en este caso, es un activo registrado en una cadena de bloques, no la unidad de texto de la IA.
Piero Cipollone, del comité ejecutivo del BCE, lo escribió ese mismo día en una columna invitada en The Economist: el futuro de las finanzas digitales descansa en el dinero público, no en el privado. Abrió recordando que en 2008 un oscuro manifiesto en internet prometió volver obsoletos a los bancos centrales. Ese manifiesto, el de Satoshi Nakamoto, prometía pagos entre personas sin necesidad de confiar en nadie. Casi dos décadas después, los grandes jugadores del token (fondos, bancos, tesorerías) descubrieron que la confianza no se “tokeniza”. Una operación no termina cuando el registro dice que terminó. Termina cuando el dinero con el que se pagó no puede quebrar.
Eso tiene un nombre técnico aburrido: la unicidad del dinero. Un peso es un peso, esté en billete, en una cuenta bancaria, en una app o en un token. En cuanto el peso de un jardín amurallado vale distinto que el de otro jardín, se convierte en vales, deja de ser moneda.
En México vivimos esa pregunta sin nombrarla. Tenemos uno de los mejores rieles de pagos del mundo emergente, el SPEI, que liquida en dinero de banco central en segundos y a toda hora. Al mismo tiempo, Bitso calcula que por sus rieles pasa cerca de una de cada diez transferencias de Estados Unidos a México, buena parte en “stablecoins” como USDT, un token en dólares que emite una empresa privada con sede en El Salvador. Uno está anclado a Banxico mientras que el otro, a la promesa de alguien con reservas que el usuario no ve.
El “peso digital” se ha discutido como si fuera un gadget, una app más de Banxico que llegará o no. CoDi prometió mucho y lo usaron pocos. Pontes sugiere que la pregunta seria es otra: cuando la “tokenización” llegue a los CETES, a las facturas y a las garantías de crédito, ¿con qué dinero se va a liquidar? Si la respuesta es con tokens privados en dólares, nos habremos dolarizado por la puerta de servicio. Si es con dinero de Banxico conectado a esas redes, el SPEI se vuelve el riel de la siguiente década.
La disrupción financiera se vende como pelea entre innovadores y banqueros. Ese pleito es #ruidoblanco. La pelea real es por quién se para en la esquina del token. Europa decidió que sea pública. Estados Unidos optó por regular las “stablecoins” privadas con la ley GENIUS de 2025. China tiene su yuan digital. México no ha decidido, y no decidir también es decidir, porque el mercado elige la esquina más cómoda, y hoy esa es la del dólar privado.
Hay que leer el cripto con transparencia: sin satanizar y sin confundir un token con otro. La promesa libertaria de independizarse del Estado terminó pidiendo el respaldo del Estado. Falta saber de cuál.
@ricardoblanco
*La opinión es personal y no refleja la del medio ni la de la empresa para la que escribe.
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