La capacidad de los modelos para interpretar contextos sutiles y complejos es clave...
Rodrigo Pacheco
La inteligencia artificial que se vende hoy pide todo en la frase. Quién lo dice importa poco. El saludo, la antigüedad, el tono de la sala: para el prompt eso es ruido. Geert Hofstede habría reconocido otra cosa, más de oficina que de chip: entre ingenieros el poder se aplasta. El programador instala la herramienta una noche, sin pedirle permiso a Recursos Humanos. Edward T. Hall y Hofstede no son el tema. Sirven para nombrar lo que el folleto no quiere ver.
Hall llamó bajo contexto a las culturas que ponen el significado en el mensaje explícito. Alto contexto, a las que lo dejan en la relación, en lo no dicho, en quién habla. Hofstede midió qué tanto se espera que la orden baje de arriba. Silicon Valley, en el oficio del código, es bajo contexto y (hacia adentro del gremio) poca jerarquía. México, en la oficina de verdad, suele ser lo contrario: alto contexto y mucha jerarquía. Dirás que eso es sociología de manual. Puede ser. También explica por qué la misma máquina no aterriza igual.
En un cuarto de ingenieros, el piloto empieza porque alguien lo bajó. En un ministerio, un banco o un despacho mexicano el piloto espera el oficio, el proveedor homologado, la rúbrica. No es que falte talento. Es que el error no se perdona igual. El expediente recuerda. El jefe tiene cara. Aquí la confianza no se deposita en el instructivo. Se deposita en quien lo avala.
El miércoles lo vimos sin teoría. Marcelo Ebrard subió a X un video de Jensen Huang, a quien llamó “gran amigo de México”: las supercomputadoras de inteligencia artificial de Nvidia se fabrican aquí (ensamble, con Foxconn de por medio) y Huang espera visitar el país para ayudar a impulsarlo hacia “la era de la inteligencia artificial”. Eso es alto contexto. El mensaje no es una especificación. Es la amistad, la foto, la promesa. En los comentarios unos oyeron potencia; otros, que Nvidia diseña y México arma cajas. Las dos lecturas preguntan lo mismo: quién lo dijo, antes de qué se va a construir.
El radar de obviedades disfrazadas de genialidad parpadea cuando esa ceremonia se toma por adopción. Adoptar sería dejar que un analista, un juez de mesa o una jefa de planta pruebe la herramienta sin esperar la circular. Eso choca con la cortesía y con el organigrama. Choca, también, con un modelo que no entiende el subtexto. La máquina no cacha la indirecta. Resume lo dicho y se pierde lo que se acordó con la mirada.
Yuval Noah Harari lo dijo hace unas semanas, en una entrevista con The Economist. Un escenario probable, dijo, es que la confianza migre de las personas a los algoritmos. Y que, por primera vez, se pueda producir intimidad en masa: el consejero que nunca se enoja, sin nadie al otro lado capaz de sentir la sala. Esa mudanza pega de lleno aquí. Nosotros confiamos porque hay cara, historial, vergüenza posible. El modelo finge la cara y no carga la vergüenza. Por eso el video suena a destino. Como también dice Harari, la narrativa de la inevitabilidad es la narrativa de que ya nadie responde.
Hemos vuelto a tomar el envase por el contenido. Importamos un aparato que habla en bajo contexto y lo recibimos con un ritual de alto contexto. El resultado no es atraso. Es #ruidoblanco: la era anunciada en el video y el permiso que todavía no baja.
La pregunta no es si México “ya está en la IA”. Es esta, y te la dejo: qué parte de nuestra manera de fiarnos de una cara estamos dispuestos a mudarle a la máquina. Y qué parte, con razón, no.
@ricardoblanco
Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/ricardo-blanco/el-prompt-no-saluda/