DESDE EL PRINCIPIO, LA PEQUEÑA burguesía me acogió en su seno. Fui creciendo extasiado ante un paisaje de “Últimas Cenas”; llama-al-técnico-porque-se-descompuso-la-lavadora; qué-le-vas-a-dar-a-tu-mamá-el-diez-de-mayo; cómo-se-parece-tu-abuelita-a-Sara-García; vámonos-el-domingo-a-Cuernavaca, y demás símbolos de la elegancia y el ascenso de una clase. Nací, of all places, en el Distrito Federal y muy niño fui llevado en una emigración terrible, de la Merced a la Colonia Portales, “por la Calzada de Tlalpan”. Imagino esa diáspora a la luz de John Steinbeck, John Ford y Las viñas de la ira. Un carromato polvoso, una familia apiñada que entretiene la odisea cantando himnos, pruebas del cielo bajo la forma de agentes de tránsito y al final Canaán-Portales, la tierra prometida donde los hijos crecerán en paz, sin el espectro del hambre y la intolerancia. Portales-Peyton Place: un pequeño pueblo con cines mugrientos, dos casas de citas, médicos obsequiosos, un Seleccionado Olímpico que jugaba aquí a la vuelta, veinte equipos de futbol llanero, adulterios sorprendentes, pirotecnia malthusiana y un diputado, el Sr. Licenciado López Gómez o Hernández Díaz o Sánchez Pérez o Aquílefallastemnemotecnia. Por favor, no deje usted de anotar el problema de la delincuencia juvenil: es increíble, para qué sirve la policía, aquí hasta niños de once años fuman mariguana, y hace unos meses mataron junto al California Dancing Club al Terrible Canchola. Dicen que fueron... Pero siempre hay cambios significativos: las muchachas pueden usar pantalones, ir al Centro ya no es una excursión, la benzedrina se ha vulgarizado y sólo los recaderos usan bici-cleta. A la nostalgia olfativa no se le ofrecen vastos huertos o establos, ni se le entregan los seis o siete grandes aconte-cimientos anuales de una niñez provinciana. Una concien-cia laboriosa del tiempo domina en perjuicio del siempre escenográfico sentido del espacio. Las lecciones se obtienen no en la contemplación de montañas, árboles o rebaños, sino en el domeñamiento de semáforos y avenidas. Al fin y al cabo ¿cuál es la diferencia entre sortear las corrientes de un río traicionero y atravesar la Glorieta del Riviera?
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