Por años, las paredes de la sede de Milton Keynes del equipo de la bebida energética guardaron secretos a voces. Rumores que recorrían el paddock, dudas que se instalaban en las gradas y una narrativa de igualdad entre Max Verstappen y Checo Pérez que, en el fondo, siempre se sintió frágil. Pero ahora, Christian Horner, el exjefe de equipo de la escudería durante dos décadas, decidió que es momento de confesar.
Horner acaba de publicar, el pasado 22 de octubre, Drive, libro en el que narra su paso por Red Bull y, a raíz de ello, ha emprendido una gira de medios para promoverlo. Sin embargo, ha utilizado algunas de las entrevistas al respecto como confesionario. Tal es el caso de la que concedió al podcast High Performance, en la que no ha hecho más que confirmar y poner el último clavo sobre el ataúd: el camino de Sergio "Checo" Pérez en la escudería no fue solo un desafío deportivo, sino un terreno diseñado paso a paso para que el tapatío corriera, literalmente, con una mano atada a la espalda.
La arquitectura del favoritismo
Las revelaciones de Horner lo dejan claro, especialmente en el terreno técnico. El punto de inflexión fue la temporada 2022. Horner admite que el RB18 original, con su tendencia al subviraje, era un coche que se adaptaba al estilo clásico de Checo, permitiéndole pelear de tú a tú en los primeros Grandes Premios del campeonato. Sin embargo, la política imperó sobre la ingeniería. Tras la presión del "clan" Verstappen —Jos (papá de Max) y Helmut Marko (el insufrible superasesor de RB)—, el equipo cedió. La reorientación del desarrollo hacia un coche con mayor agarre en el eje delantero (sobreviraje) fue una decisión estratégica para potenciar al piloto número uno, condenando técnicamente a un Pérez que, desde ese momento, vio cómo su capacidad de gestión y rendimiento desaparecían ante un coche que simplemente ya no estaba hecho para él.
Horner es tajante al desmentir las promesas de igualdad absoluta, algo que siempre presumió en su momento. Revela que, desde la firma del contrato en 2021, las cartas ya estaban sobre la mesa: el equipo estaba construido para ganar el título con Max como figura central. La posición de Checo era clara: si ganaba por mérito propio, excelente, pero si la situación lo exigía, debía ser el fiel escudero para batir a Mercedes. Según el británico, Pérez aceptó este rol, quizás obligado por la urgencia de no perder su asiento en F1. Fue una relación de conveniencia que, con el paso del tiempo, se tornó insostenible.
Nace el "Ministro de Defensa"
Entre las sombras, brilla la luz de aquel histórico Abu Dhabi 2021. La anécdota que narra Horner —el intercambio sobre un "bono" a cambio de frenar a Lewis Hamilton— retrata a un Checo Pérez que, en aquel entonces, era "fácil de tratar" y estaba comprometido al máximo con la causa. Es un recordatorio de que, cuando las condiciones se lo permitían, el mexicano era la pieza clave que le permitía a Red Bull alcanzar la gloria máxima… con Max.
Hoy, con Checo compitiendo bajo los colores de Cadillac tras salir de un entorno que él mismo calificó como tóxico y de inmensa presión, las confesiones de Horner parecen una reivindicación tardía. Para la afición y los analistas, estas palabras no hacen más que confirmar lo evidente: no se trataba de una cuestión de talento, sino de una estructura de poder diseñada por y para un solo hombre, en la que ni el propio Verstappen tiene la culpa. La historia de Checo en Red Bull fue, a fin de cuentas, la crónica de una misión imposible, firmada desde el día uno en el escritorio de Milton Keynes. Así lo ha confesado Christian Horner.
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