Es un destino pequeño que ofrece sorpresas grandes. Vale la pena descubrirlo. Está, para comenzar, muy cerca de la ciudad capital, en la carretera que conecta al Distrito Federal con Puebla. Se puede llegar de manera cómoda y rápida, en una hora aproximadamente, en una carretera que ofrece vistas espectaculares de los volcanes Popocatépelt e Iztaccihuatl en eterno romance de piedra y nieve. De manera que se puede ir un fin de semana con toda la familia.
La historia de este estado, el más chico de la República, se marca por la animadversión histórica entre tlaxcaltecas y mexicas, que fue un factor determinante en la conquista española y que permitió a los tlaxcaltecas conservar muchas de sus tradiciones, lo que lo hacen un destino muy atractivo desde el punto de vista cultural. El sitio arqueológico de Cacaxtla, con sus murales en buen estado de conservación, a pesar de que se pintaron en el año 700 de nuestra era, es ejemplo magnífica del poder y el refinamiento alcanzado por la cultura prehispánica de esas latitudes, del sincretismo alcanzado entre culturales tan distantes como la maya, o la olmeca, en el Caribe y en la costa del golfo.
La gastronomía es, como en otros muchos sitios, a base maíz, destacan en los fines de semana los convites con pulque y barbacoa de la mejor calidad. La Secretaría de Turismo declaró Pueblo Mágico a Huamantla, una localidad tlaxcalteca repleta de historia, escenario de batallas históricas y actual sede del Museo Nacional de Títere, edificado en honor de la familia Rosete Aranda. Tlaxcala es un estado eminentemente taurino, cuna de toros de bravura excepcional, sede de varias de las principales ganaderías del país. Tlaxcala está cerca físicamente, debe también estar cerca de nuestro ánimo.











