El estado de Durango resolvió revelar sus encantos. Han estado ahí desde hace siglos, incluso milenios, pero faltaban ojos para verlos como atractivos turísticos. El tesoro arquitectónico de la catedral del estado y los incontables paisajes alucinantes de la Sierra Madre Occidental no son nuevos, claro que no; lo novedoso es que ahora se presentan como opciones para atraer visitantes de México y del extranjero. El turismo puede convertir a la entidad en un destino de altura.
Su oferta no le pide nada a nadie. Es original, variada y en algunos casos desconocida. Ideal para amantes de la aventura. El ancla es la naturaleza. El estado cuenta con la principal riqueza forestal del país, ¡650 mil hectáreas de bosque!, lo que define las características de sus productos más sobresalientes. Los aficionados al ecoturismo, turismo rural y turismo de aventura se darán un festín en Durango.
Los que no sean aficionados se convertirán. Nadie puede permanecer indiferente ante la belleza y variedad de los paisajes. Imposible no conmoverse, pues todavía no se crea el lente zoom que pueda captar, con justicia, la profundidad de las vistas. Bosques inmensos que resguardan cascadas, barrancas, desfiladeros, arroyos, presas, valles pequeños y rocas gigantes de caprichosas formas. La fauna es rica. Los guías aseguran que hay, entre las especies mayores, coyotes, guajolotes silvestres, venados cola blanca. Dicen haber detectado, en las rutas más inhóspitas, vestigios de magníficas bestias como oso y puma.
Los más intrépidos, acostumbrados a las descargas de adrenalina, pueden practicar, a poco más de una hora de la capital, tomando la carretera que va a Mazatlán, ciclismo de montaña, rapel, kayak o deslizarse en una tirolesa tendida sobre un barranco, cuyo fin apenas se adivina. Es un viaje que dura 10 segundos pero que se recuerda toda la vida. Las fotos de esas pequeñas hazañas preservarán la emoción, de manera que está prohibido viajar sin cámara. Quienes prefieran pueden hacer caminatas, paseos en cuatrimotos, a caballo, observar pájaros, mariposas o serpientes que cruzan por los senderos. Lo mejor es sentarse a escuchar lo que el bosque tiene que decir. Como todos saben, a los bosques les da por contar cuentos y el de Durango no es la excepción. Con la ayuda del viento y de las ramas de los árboles platica, a quien pone atención, historias de animales y seres fantásticos que lo habitan desde el principio de los tiempos.
Seres como ninfas, como hadas, duendes, brujas, que en lo más profundo del bosque, apartados de la vista de los humanos, hacen ritos mágicos que desafían la imaginación. El murmullo hipnotiza. Hace que las horas pasen como minutos. Al final queda la sensación de que el bosque nos obsequió algo de su sabiduría.
En los principales paradores de la montaña opera una funcional infraestructura donde se puede acampar o rentar, con tarifas accesibles, pintorescas cabañas con todos los servicios para pasar la noche en la Sierra Madre. Después de una jornada de aventuras, con los pies adoloridos, nada mejor que sentarse frente a una chimenea, disfrutando un “ochito” de cervezas, o dándole traguitos al afamado mezcal de la región para recordar las anécdotas del día o ensimismarse en sus reflexiones. Las noches del bosque ofrecen una experiencia imposible de replicar en las ciudades: admirar la bóveda celeste tapizada de estrellas, lo que nos lleva, sin exagerar, a replantearnos el concepto de infinito.
El bosque es patrimonio del país, no sólo de Durango. El turismo es opción concreta para preservarlo, para permitirle descansar de una tala intensiva, y que los ejidatarios tengan una alternativa sustentable de ingresos sin tener que cortar árboles. Por el contrario, mantenerlos de pie es la clave del éxito.
La cultura es el complemento ideal del turismo de aventura. A los duranguenses les gusta decir que su centro histórico es el más hermoso de los estados del norte de la república. Tienen argumentos para sustentar su dicho. Hace poco se puso en marcha un programa de rescate integral del Centro Histórico, cuya acción más notable fue dotar de una iluminación especial a los edificios más representativos, comenzado por la Catedral, concluida en 1787, que contiene múltiples obras de arte colonial, y el Palacio de Zambrano, que ahora funge como Palacio de Gobierno.
A la salida de la ciudad, a tiro de piedra, como quien va para Parral, están las Villas del Oeste. Se trata de un pequeño pueblo donde se han filmado varios westerns y que opera como parque temático. Ahí se hacen realidad las fantasías de chicos y grandes que en algún momento de su vida soñaron con protagonizar un duelo al atardecer, salvar a la chica más guapa del pueblo de las garras de los malosos o ajustar cuentas con apaches rijosos. Es un paseo obligado sobre todo si se viaja con la familia. La diversión está garantizada. Lo dicho, la oferta es variada y original.











