La oferta turística de Oaxaca se fundamenta en su densidad cultural. Obedece a la vocación de su gente de integrar el arte a la vida cotidiana. El gusto compartido por lo bello es vaso comunicante de comunidades separadas por valles y montañas. No es casual, por lo tanto, que sea cuna pródiga de artistas. Músicos, escultores, pintores, poetas y sobre todo artesanos encuentran un entorno propicio para desplegar su talento. Basta recordar aquí los nombres de Rufino Tamayo y Francisco Toledo para dimensionar la talla de los creadores oaxaqueños.
Se trata de un estado dotado integralmente para la actividad turística. Dentro de su vasto y accidentado territorio, que se distingue por una orografía que puede calificarse de barroca, hay sitios arqueológicos Patrimonio de la Humanidad, como Monte Albán; edificaciones coloniales deslumbrantes, como el templo de Santo Domingo; destinos de sol y playa de primer nivel, como Huatulco o Puerto Escondido; y paradores en la Sierra de Juárez ideales para la práctica del ecoturismo entre bosques, riachuelos y acantilados.
No obstante, la magia del estado está en sus tradiciones. Usos y costumbres de los pueblos originarios, mezclados con las aportaciones españolas, en particular las inculcadas por los frailes dominicos. Además de predicar y salvar almas, los religiosos construyeron en el estado más de cien edificios, entre conventos, parroquias y templos, varios de ellos joyas de la arquitectura virreinal. Las tradiciones han pasado de generación en generación y le dan al estado una personalidad irrepetible.
Encantos y sortilegios aparecen por todos lados; ya sea en la fusión descabellada de un alebrije tallado en madera; o en un tapete de lana elaborado con tintes naturales, a partir de diseños copiados de figuras labradas en los muros de las pirámides zapotecas, o de caprichos pétreos de cuevas milenarias. Destino gastronómico. La magia se extiende a la comida. La gastronomía tiene un lugar especial en la sociedad oaxaqueña. Ha sido elevada formalmente —decreto gubernamental de por medio— al estatus de “patrimonio cultural e inmaterial” del estado. Las autoridades locales hicieron lo correcto. Se pretende proteger la cocina del estado, que es muestra ancestral de identidad cultural. ¿Cómo hacer realidad esta protección? Respetando, desde luego, las recetas antiguas, pero también fomentando que los productores del campo privilegien el cultivo de ingredientes claves de varios platillos, como es el caso del chilhuaque, un chile básico para preparar los célebres siete moles del estado; algunos de ellos, por cierto, requieren de más de 20 ingredientes para obtener el sabor que los ha hecho famosos. Oaxaca formó parte de la primera ruta gastronómica “Aromas y Sabores de México”, que tiene el objetivo de diseñar nuevos productos turísticos, de alta calidad, que giren alrededor de las tradiciones y gastronomía de cada región. Es una idea espléndida. Conjuga los atractivos culturales con la experiencia de comer en los mejores restaurantes de cada localidad, desde los que ofrecen comida típica, hasta los gourmet. Todos los establecimientos seleccionados tienen una sazón que halaga los paladares más exigentes. La idea es que en un futuro cercano los recorridos se pacten en las agencias de viajes, en el sitio de origen de los visitantes, de manera que puedan tener la experiencia cultural y gastronómica en un solo producto turístico.
Se puede visitar un estado, o diseñar una ruta con entidades vecinas, como Puebla y Oaxaca, que tantos vínculos tienen. Lo importante es que el deleite gastronómico sea un incentivo más para viajar dentro del país. Los valles centrales de Oaxaca están a 450 kilómetros del Altiplano, lo que permite a la gente que vive en la zona metropolitana acceder por carretera, incluso para estancias cortas, de dos o tres días, por lo que es una opción espléndida como destino de fin de semana y “puentes”, no sólo en vacaciones largas; o en la segunda quincena de julio, cuando se celebra La Guelaguetza, fiesta mayor de la entidad. Así las cosas, de ahora en adelante habrá que desearle a los turistas no sólo buen viaje, sino ¡buen provecho!











