No hace mucho tiempo, unos 15 años, los restaurantes en los museos no eran precisamente lugares para degustar un platillo; muy por el contrario, solían ser espacios de comida rápida que estaba muy lejos de ofrecer alta cocina.
Uno de los centros culturales que cambió drásticamente esta idea fue el Museo Hermitage, en Rusia. De manera inteligente y distinguiendo un modelo de negocio atractivo (flujo constante de visitantes que muy probablemente estuvieran interesados no sólo en la estética del arte sino también en la gastronomía local), el restaurante que se encuentra dentro del museo ofrece comida típica del país.
El lugar está decorado en piedra rústica y pulido de goma de color azul, además de ofrecer un ambiente relajado con un servicio impecable para todos los visitantes. El Hermitage emplea a destacados cocineros, creando una innovadora cocina de calidad y utilizando técnicas e influencias internacionales.
El menú cuenta con recetas de la era imperial cuando los zares ofrecían fastuosos manjares a sus invitados. Se sirven delicias rusas como la babka de chocolate, además de sopas y ensaladas clásicas de la región. Lo mejor: ofrece espectaculares vistas de la plaza central.
Otros museos que han incurrido en esta idea son: el museo Guggenheim de Bilbao, con su restaurante llamado Nerua; y también el museo Neue Galerie de Nueva York con Café Sabarksy.












