Pintor innovador para su época y también llamado “Padre del impresionismo”, por la influencia que ejerció en esta corriente, aunque también en las posteriores, el francés Édouard Manet nació el 23 de enero de 1832.
Al mundo llegó en el seno de una familia de buena posición social y económica, hijo de un juez con gran reputación y su madre poseía ascendencia real, de acuerdo con información de su vida publicada en el sitio “manet.org”.
Desde edad corta decidió dedicar su vida a la pintura, a lo que se opusieron con toda su fuerza sus padres, si bien un tío suyo apoyo su determinación.
Acompañado por su tío, visitó el museo del Louvre, en el cual encontró gran inspiración, y en 1845 se inscribió en un concurso de dibujo, alentado por su familiar. En esta época entabló amistad con quien sería determinante en sus estudios artísticos y a la postre se convertiría en uno de sus mejores amigos: Antonin Proust.
Su padre, no obstante, había decidido otra profesión para el joven Edouard, e incluso lo obligó a viajar a Río de Janeiro, Brasil, para ganar su entrada a la Marina, lo que no consiguió su hijo y le causó gran decepción. Entonces le dejó que siguiera sus deseos.
Así, inició sus estudios con Thomas Couture y para ampliar su visión artística viajó por varias partes, como los Países Bajos, Italia y Alemania, donde encontró muchos motivos de inspiración, pero sobre todo de artistas como Caravaggio, Goya, Velázquez y Tiziano.
Abrió, entonces, su propio estudio en París y produjo sus primeras obras, en las que se puede apreciar la influencia de Gustave Courbet, de estilo realista, y con representaciones de la vida diaria, cotidiana, tomadas de la calle, en los cafés o puntos de reunión
De acuerdo con la fuente, “sus pinceladas eran también bastante flojas, y los detalles eran bastante simplificados y carecían en mucho de tonos transitorios”.
Su evolución pictórica fue constante y mudo también hacia temas sobre todo de corte histórico más que plasmar la naturaleza, como lo demuestran varios cuadros de cristos sufrientes, dos de los cuales se exhiben en museos importantes de Estados Unidos.
También consiguió que dos de sus pinturas fueran exhibidas en el Salón, un logro para los jóvenes pintores de su época. Una de ellas era una imagen de sus padres y la otra llevaba el título de “El cantante español”, que recibió una crítica muy favorable.
Su estilo único fue lo que más llamó la atención, en especial entre los jóvenes pintores, y Manet ganó una mención por esta obra de parte del Salón, cuyos jurados eran muy estrictos para aceptar obras.
Para 1860, las cosas cambiaron y sus obras recibieron una fuerte crítica, siendo rechazadas por el Salón. Entonces decidió no exponerlas en el Salón de Rechazados, que los jóvenes pintores habían abierto como alternativa al sitio oficial.
Las exhibió en lugares públicos y en su propio taller, donde llamaron la atención de quienes las veían, sobre todo por las mujeres desnudas o apenas vestidas que había plasmado más que por el estilo original de Manet, lo que quedó en segundo plano.
En 1864 volvió a intentar acceder al Salón y volvió a ser rechazado con una fuerte crítica de artistas e intelectuales, incluso acusaron que su “Cristo muerto con ángeles” tuviera poco decoro, con un cuerpo del hijo de Dios más parecido a un minero que alguien etéreo y espiritual.
Fuerte fue la crítica también a su “Olimpia”, que mostraba a lo largo del plano a una mujer desnuda. En contraparte, la comunidad de la vanguardia francesa defendió este cuadro, en especial Paul Cézanne, Claude Monet, Pierre-Auguste Renoir y Paul Gauguin.
Si bien Manet mostraba toques impresionistas en sus obras, su interés no fue participar con ellos en exhibiciones de este estilo de arte; su deseo se abocó a participar en el Salón, para diferenciarse de los primeros.
Lo anterior, pues si bien utilizaba colores claros como los impresionistas, a menudo utilizaba el negro, lo que no era corriente en esa época.
Entre sus obras más reconocidas están “Almuerzo sobre la hierba”, “La música en La Tullerías”, “Olimpia”, “El pífano”, “La ejecución del emperador Emiliano” y “La ninfa sorprendida”. El mayor galardón que recibió fue el premio especial del gobierno francés: La Legión de Honor.
El último gran cuadro que pintó fue “Un bar del Folies-Bergére”, en 1882, pues sufría de enfermedades graves que le llevaron primero a perder una pierna por gangrena y, después, a la muerte, en una villa, en la parte más tranquila de París, el 30 de abril de 1883.












