Químico, empresario, inventor de la dinamita y otros explosivos más potentes pero, sobre todo, creador de los premios que reconocen lo mejor del ser humano, Alfred Nobel nació el 21 de octubre de 1833 en Estocolmo, Suecia.
Sus padres fueron Emanuel Nobel, un inventor e ingeniero, y Caroline Andrietta Ahlsell, quienes se casaron en 1827 y tuvieron ocho hijos, de los cuales sólo cuatro llegaron a la edad adulta, uno de ellos Alfred, el cuarto de la familia.
De acuerdo con datos de la Enciclopedia Británica (britannica.com), tuvo una infancia enfermiza, fue muy cercano a su madre y desde esa etapa fue muy curioso, sobre todo de las cuestiones de la ingeniería, por lo que sus primeros conocimientos de ésta los aprendió de su padre.
Debido a varias empresas fallidas del padre, éste se trasladó en 1837 a San Peterburgo, Rusia, donde fructificaron sus esfuerzos en una fábrica de explosivos, máquinas y herramientas que abrió, y entonces su familia se le unió en 1842.
Con esta situación boyante, Alfred estudió con profesores particulares, con los que demostró ser un excelente alumno, de tal manera que a los 16 años ya era un químico avanzado, además de hablar bien el inglés, francés, alemán, ruso y sueco.
Para 1850 se trasladó a París para profundizar sus estudios en química y posteriormente trabajó durante cuatro años en Estados Unidos, con John Ericsson, quien construyera un buque de guerra acorazado.
Regresó a San Petersburgo para trabajar en la fábrica de su padre, durante la Guerra de Crimea, pero al terminar ésta, en 1856, la empresa tuvo dificultades para adaptarse a las nuevas necesidades técnicas y colapsó en 1859.
Mientras sus hermanos Robert y Ludvig se quedaron en Rusia para tratar de salvar la fábrica, Alfred regresó con sus padres a Suecia y empezó a experimentar con explosivos en la finca de su progenitor.
Recién se había descubierto a la nitroglicerina como un explosivo más potente que la pólvora, pero era muy inestable para un uso confiable, por lo que en 1862 abrió una pequeña fábrica en la que se avocó a lograr la estabilidad que se necesitaba.
Lo anterior lo logró en 1863 cuando inventó un detonador seguro que consistía en un tapón de madera con pólvora insertado en una carga mayor de la nitroglicerina contenida en un recipiente de metal.
La explosión pequeña de la primera servía para hacer detonar la mayor de la segunda. Este descubrimiento le dio fama y fortuna como fabricante de explosivos, especialidad en la que sucesivamente fue mejorando el mecanismo de detonación.
Así, según información del sitio “biografiasyvidas.com”, en 1867 llegó a la creación de la dinamita, explosivo plástico que resultó de mezclar un material sólido poroso que absorbía la nitroglicerina, lo que reducía verdaderamente las explosiones accidentales, en una de las cuales había muerto su hermano Emil y le habían generado críticas.
Alfred Nobel todavía inventó otros explosivos, entre ellos la gelignita y la balistita, en 1857 y 1887, respectivamente; patentó todos sus hallazgos y abrió fábricas y empresas comercializadoras en diversos países.
Su invento fue vital para las industrias de la construcción, minería e ingeniería, lo mismo que para la militar. Fue en este caso en el que, al darse cuenta de la destrucción que sus inventos causaban a la humanidad, decidió legar su amplia fortuna a la Fundación que lleva su nombre y que fue creada en 1900.
La institución tuvo la consigna de entregar premios anuales a personas que hicieran las mejores cosas en beneficio de la humanidad en los ámbitos de la Física, Química, Medicina, Literatura y Paz.
Dichos premios se han entregado cada año desde 1901, excepto durante los dos periodos de guerra mundial (1914-18 y 1939-45), y la decisión se dejó a varias academias científicas suecas y al Comité Nobel de Noruega, que otorga el de la Paz.
En 1968, el Banco de Suecia añadió el Premio de Economía, el sexto, que se entrega anualmente desde 1969. Alfred Nobel murió el 10 de diciembre de 1896, en San Remo, Italia.












