En Tecolutla, Veracruz, niñas, niños y adultos viven la experiencia de adoptar y liberar sobre la arena una cría de las más de 30 mil tortugas lora, especie en peligro de extinción, que pueden verlas luchar contra las olas en su camino al mar.
Apenas salió el sol en una mañana nublada, pero el clima es cálido, y las caras de las pequeñas y los pequeños cambian el gesto de expectación a sorpresa y alegría, al ver a los quelonios abatir sus aletas sobre la arena, para después viajar entre las corrientes y algas marinas hacia diversas partes del Océano Atlántico.
Los integrantes y voluntarios de la asociación civil Vida Milenaria, previa compra de un recuerdo, entregan en canastilla a la cría, que inquieta se mueve en busca del mar, donde viajará durante más de 10 o 12 años por diversas aguas del mundo.
Durante la temporada de liberación de más de 30 mil loras (Lepidochelys kempi), la más pequeña de las marinas de caparazón casi circular, marca su mejores meses en junio y julio, pero la liberación sigue en menor medida y se junta con el de la tortuga verde.
De cada 100 liberadas de esta especie de mandíbula con forma de pico ancho poco puntiagudo, sólo ocho o nueve sobrevivirán y regresarán por instinto a estas playas, después de recorrer miles de kilómetros.
La Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) detalla que la lora llega a medir entre 52 y 74 centímetros y pesa entre 32 y 49 kilogramos de adultas, que en su alimentación incluye crustáceos, moluscos, algas y medusas, entre otros.
El organismo intersecretarial señala que este quelonio vive sólo en el Océano Atlántico, desde Nueva Escocia, hasta las Bermudas en el Caribe y en México arriba principalmente a Tamaulipas, además de Veracruz y Campeche.
Esta especie es la que principalmente arriba a las playas de Tecolutla, donde en el campamento ecologista Vida Milenaria la labor empieza temprano para recolectar las crías a lo largo de más de 32 kilómetros, con base en su mapa y registro del nacimiento de las tortugas.
La asociación civil fue fundada hace más de 40 años por Fernando Manzano Cervantes, conocido como “Papá tortuga”, con el objetivo de proteger las tortugas en un tiempo en que las mataban a palazos para aprovechar la carne, concha y huevos.
El ecologista nació aquí y de niño decían que estaba loco, porque siempre andaba pendiente de cuidar a los animalitos y trataba de convencer a las personas de que no masacraran a las tortugas, inspirado en los documentales de “El mundo submarino de Jacques Cousteau”, el oceanógrafo francés que navegaba en el barco Calypso.
Manzano Cervantes, de 66 años de edad, se enteró ahí de la gran importancia que tienen las tortugas marinas para diversas especies del mar, dentro de la cadena alimenticia.
Antes de cada 100 tortugas sobrevivía una o dos, sin protección humana, sin apoyo de los voluntarios, porque tiene muchos depredadores, desde coyotes, perros, aves, tejones, cangrejos, además de la cadena alimenticia que integra en el mar.
Al recibir a los visitantes que van a participar en la liberación de esta fauna marina, la integrante de Vida Milenaria, Estela Guevara, les platica que trabajan en equipo, “con el apoyo de ustedes y nosotros, llegan a sobrevivir entre ocho y nueve de cada 100 tortugas”.
Las tortugas se llevan 10 horas para aparearse, explica, pero una vez que el macho siembra sus espermas en la hembra, los mantiene por cuatro o cinco años frescos y año con año salen a desovar en su temporada y en ocasiones hasta tres veces por año.
Hay ocho especies de tortugas marinas que se conocen en el mundo y sólo hay dos países que tiene siete de estas especies, uno de ellos es México y el otro es Australia.
La ecologista aclara que ellos no son propietarios de la naturaleza ni de la fauna ni las venden, sólo protegen a las tres especies de tortugas en todos sus periodos normales que pasas aquí, en mayor medida la lora, además de la verde o blanca y la carey.
Durante la plática refiere que no reciben apoyo del gobierno y que venden los recuerdos para realizar su labor y les enseñan a los visitantes a adoptar una tortuga, a ponerles un nombre a las crías y a liberarlas, con lo que protegen la naturaleza.
Antes de la liberación, los voluntarios explican que para proteger a este quelonio cuando desovan, cavan unos nidos en lugares protegidos, donde les colocan encima una malla metálica y recubren con 15 a 20 centímetros de arena.
Los cangrejos, tejones y otros animales que escarban no llegan a los huevos con esta técnica, inventada por Papá tortuga, quien ha sido invitado en congresos internacionales para exponer la técnica, que ahora exportan.
Entonces se registra y se mapea y esperan entre 45 y 50 días, que es cuando puede eclosionar y pueden liberarlas, lo que se hace de acuerdo a la naturaleza.
Después de esa explicación, Fernando Manzano Cervantes da la bienvenida a los asistentes y comenta: “Soy “Papá tortuga”, así me conoce la gente, en este pueblo nadie se escapa de los apodos, pero es un apodo que me gusta, nos lo hemos ganado a través de 41 años de cuidar la especie”.
Ya en temporada baja, pidió comprensión porque hay pocas loras, y les dan prioridad a los niños, mientras que a las familias que no llevan niños ya entre dos o tres liberan una, para que nadie se quede inconforme.
El portal de Vida Milenaria señala al respecto que “el año pasado liberamos 32,000 tortugas, más que nunca. Lo importante es que hemos involucrado a la sociedad. Nos interesa la niñez, con su mente receptiva y limpia”.
Al terminar la exposición les entregan tarjetas para que puedan comprar en la tienda del campamento algún recuerdo, entre playeras, llaveros, tortugas de peluche y de piedra, algunos de 70 pesos y de 200, entre otros precios, lo que les dará la posibilidad de liberar una cría.
Al depositar las canastillas en la playa, las tortugas de color café oscura, de caparazón con 15 escudos mayores, además de los centrales, laterales y marginales, abaten sus aletas con fuerza para llegar al mar flotando con la ola fresca, que sorprende a los paseantes al cubrirle los pies al sentirla fría.
Algunas la regresan las olas, otras son volteadas y alguna no tiene la fuerza para adentrarse al agua, por lo que es retirada por los voluntarios, mientras las niñas y los niños gritan y animan a la tortuga que adoptaron, a la que pusieron nombre y liberaron, para después recibir su diploma.
Originaria de Orizaba, la menor Valentina adoptó una cría a la que le puso Mica, un nombre que se le ocurrió en el momento, a la que vio los esfuerzos que hizo con las aletas para recorrer la arena y aventurarse al fondo del mar.
También menores como Fátima, César, Juan Daniel, Jesús y Ángel coincidieron en que sintieron emoción al liberar quelonios, a las que les pusieron nombres como Locky, Ramona, Sara, Ismael o Chicharita.
Los integrantes del campamento, [email protected], hicieron un llamando a la gente al trabajo conjunto, a participar de voluntarios, al menos siete días, con el fin de despertar conciencias entre niñas, niños y adultos, para difundir la importancia de las tortugas y su protección.
Este municipio de Tecolutla, Veracruz, dedicado en parte a la pesca y al turismo, está ubicado a 300 kilómetros de la Ciudad de México y se llega desde la Terminal de Norte por la carretera a Tulancingo y Poza Rica.












