Combinación de realidad y mito, existen diferentes versiones respecto de la llegada de los aztecas al Valle de México; según las crónicas más aceptadas, emigraron del valle de Aztlán alrededor del año 1111, los futuros mexicas recibieron la orden de su dios guía, Huitzilopochtli, para abandonar el lugar donde se encontraban e iniciar un peregrinar hasta descubrir la señal que él les había prometido: un águila devorando una serpiente, mientras estaba posada sobre un nopal. Esa imagen sería el indicador de que habrían llegado el sito en donde debían fundar una nueva ciudad y un nuevo imperio que estaría por encima de los demás. De esta manera se convirtieron en un pueblo errante; hasta que un día, al llegar a los límites del lago de Texcoco, vieron la señal que tanto esperaban justo en un islote en medio del lago, tal como Huitzilopochtli les había indicado, y la migración concluyó, y tras varios años de peregrinación llegaron el 13 de marzo de 1325 (fecha más aceptada) a un islote, en la parte pantanosa del Lago de Texcoco, al que llamaron México-Tenochtitlán, donde iniciaron una nueva era, la de sedentarización definitiva.
Las características del sitio, una tierra rodeada de aguas, ofrecieron grandes beneficios militares y económicos, lo que permitió que en poco tiempo la ciudad creciera en tamaño y poderío; hasta convertirse en la capital del poderoso imperio azteca, y en uno de los más importantes centros políticos, religiosos y económicos de toda Mesoamérica.
La capital de los mexicanos se convirtió en una de las mayores ciudades de su época en todo el mundo y fue la cabeza de un poderoso estado que dominó una gran parte de Mesoamérica. Llegó a albergar a más de 2 mil habitantes por kilómetro cuadrado; el diseño geométrico de la ciudad abarcaba 3 kilómetros cuadrados. En ella se edificaron más de 70 templos majestuosos, la mayoría de ellos construidos sobre el lago. Calzadas, avenidas y canales conectaban a la gran ciudad, donde el Templo Mayor (recinto sagrado con templos dedicados a Tláloc, dios de la lluvia, y a Huitzilopochtli, dios de la guerra y del sol) marcaba un lugar emblemático para la sociedad.
México-Tenochtitlan fue ejemplo de una metrópoli bien estructurada, higiénica y organizada.
Sus habitantes vivieron casi 200 años el militarismo, envueltos en luchas de poder y conquista, hasta la llegada de los españoles en 1521.












