De qué? ¿Qué es eso?”, fueron las respuestas que recibió el promotor cultural Raúl de la Rosa cuando propuso al Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA) organizar un festival de blues. Era el segundo lustro de los años setentas cuando el rock estaba proscrito en el país y la oferta musical para los jóvenes era muy limitada.
Pero esa reunión sería la semilla para crear una época dorada del género en México, en la cual se presentaron las grandes figuras: Muddy Waters, John Lee Hooker, Willie Dixon, Jimmy Rogers, Magic Slim, “Big” Joe Williams… Fue en 1978 cuando se realizó el Primer Festival de Blues en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, los días 12, 14 y 15 de octubre. En total serían 11 ediciones y la última se llevaría a cabo del 16 al 24 de noviembre de 2007, en el Complejo Cultural Siglo XXI de Puebla. Ahora, el blues en el país subsiste mediante una especie de “sociedad secreta”, añade Raúl de la Rosa.
Hoy, la escena por donde los bluseros transitan es raquítica: sólo hay un sitio donde se toca en vivo, el Ruta 61, un programa de radio, Por los senderos del blues, en el IMER, una paulatina reducción de los discos para venta en los anaqueles de las tiendas y poca paga para los grupos.
Al respecto, la cantante Betsy Pecanins, con más de 40 años de carrera y 17 discos grabados, dice que “en este momento hay un bache cultural respecto al blues y en general en la cultura”.
Sin embargo, añade, la comunidad blusera, aunque pequeña, está viva, creativa y muy fuerte. “Hay algunos festivales que se realizan con muchos esfuerzos en universidades, pero en la televisión y la radio no existe el género”.
Por ello, explica, es necesario que regrese un gran festival. “Porque el blues tiene que ver con todas las músicas del mundo y por ser el primer canto de libertad contemporáneo, de lucha contra los abusos, la segregación y la esclavitud. Trascendió su marginación y se ha vuelto influyente para todo lo que pasa actualmente, desde el rock, el hip hop, rap, baladas e inclusive el jazz”.
Sobre esto, Raúl de la Rosa dice que tras haber organizado 11 festivales, espera llegar al 12. “Pero cada vez es más difícil, hay menos apoyos y los monopolios no permiten a nadie realizar evento alguno”.
LA ÁRIDA ESCENA. En el Distrito Federal, el Ruta 61 es el sitio emblemático del género y está cumpliendo diez años. Eduardo Serrano, su propietario, dice que “la mayor dificultad es la falta de público”.
La cultura del blues no es amplia en el país y mantener abierto el bar es una lucha permanente. Aún cuando, explica, se han presentado lo mejor de la escena internacional, como Billy Branch, Catherine Davis, Carlos Jonhson y Canned Heat, en su última versión, y nacionales como Betsy Pecanins, Real de Catorce, Las Señoritas de Aviñón..., no hay mucha asistencia. “Es la situación difícil que vive el género en el país, pero esto mismo pasa en EU. Estuve en el reciente Festival de Blues de Chicago y se nota la baja”.
Y entonces las bandas también sufren. Karla Gamboa, vocalista de Blues Demons, dice que en la mayoría de los foros no permiten la entrada a esta música. “Cuando te contratan, el pago es mínimo y para grabar un disco, ni pensarlo. Es caro y pocos grupos o ninguno lo pueden costear”.Al respecto, Raúl de la Rosa señala que aún no conoce a alguna banda que viva de tocar blues.
La venta de discos de grupos o solistas nacionales y extranjeros es otra arista crítica. Un ejemplo es la reducción de la oferta en la librería Gandhi. De ocho filas para venta en los anaqueles, se han reducido a tres en los últimos dos años.
Ángel Pérez, de la sección de música de la librería, dice que una de las causas es el precio del CD. “Va en promedio de 250 pesos en adelante, no muy accesible. Otra es que hay poca variedad en los títulos. Cada mes y medio llegan 100, pero sólo cuatro o cinco son nuevos.
En la radio la situación no es muy distinta. Mario Compagec, quien desde 1986 a 2013 tuvo el programa El blues inmortal, que se trasmitía por Radio Universidad, le fue cancelado. Hoy sólo subsiste el de Raúl de la Rosa, Por los senderos del blues, en el IMER y se trasmite los viernes de 20:00 horas a las 21:30 horas.
Y en publicaciones, sólo está Revista Cultura Blues, de manera digital, y está la asociación Amblues, que maneja Jorge García, del grupo Follaje, con la cual se buscan hacer conciertos y festivales.
EL BLUES MEXICANO. Betsy Pecanins cuenta que los primeros bluseros en el país son Guillermo Briseño, Eduardo Toral, Javier Bátiz y su hermana Baby Bátiz. Luego vendrían grupos como Real de Cartorce, Nina Galindo, Follaje, La Dalia Negra, entre muchos más, que siempre buscan tocarlo bien. Lo toman en serio. “Pero también hay algunos, y esto pasa en otras partes del mundo, creen que es una música de desmadre y eso sólo desvirtúa a los mismos músicos”.
Raúl de la Rosa dice que desde los años sesentas estaban grupos y solistas como El Hangar Ambulante, Three Souls in my Mind y Olaf de la Barrrera.
En su opinión, Guillermo Briseño, director de la Escuela de Música del Rock a la Palabra, dice que aún existe una concepción errónea del blues: “Lo piensan como un ritmo o incluso como un botón que apachurras en una caja de música y te aparece”.
Por esto, agrega, en la escuela cultivamos el blues como una necesidad. “Se orienta a los estudiantes para que lo conozcan y lo toquen bien, que sepan sus armonías, escalas y sean músicos completos. Hoy, algunos de los estudiantes ya formaron un grupo: Blues Band”.
FESTIVALES. Durante el primer festival estaba muy sorprendido, cuenta Raúl de la Rosa. “La gente llegaba poco a poco a la Sala Nezahualcóyotl y pudimos llenar a tope las tres funciones. Había un público para el blues”.
Betsy Pecanins recuerda que “la gente estaba feliz con los festivales. Vieron y oyeron a todos los grandes: Muddy Waters, Koko Taylors John Mayall, Willie Dixon, John Lee Hooker, Jimmy Rogers, Howlin Wolf..., fue un momento importante para los jóvenes encontrarse con esta gente, con su pasión”.
Pero uno de los momentos más sublimes fue el cuarto festival en 1982, añade Betsy. “Cuando “Big” Joe Willliams llegó al DF, sufrió una descompensación por la altura y lo mandaron al hospital. Los médicos le dijeron: `Usted regrese a EU, porque está muy mal y si se queda, puede morir´. Pero él había oído que en México había una gran pasión por el blues. Lo llevaron en silla de ruedas al Auditorio Nacional. Tenía 80 años de edad y Raúl de la Rosa dijo que a “Big” lo trajimos en ambulancia con tanque de oxígeno y sólo cantará dos canciones. No le vayan a pedir más. Y cantó y cantó al menos 6 canciones. Seis meses después murió”.
Aquí, Raúl de la Rosa señala que este fue el único recital que las autoridades cancelaron, aduciendo la famosa renovación moral. Pero en general, añade, en los 11 festivales pudimos traer al 90 % que eran leyendas vivas. “Hoy, de esos sólo sobreviven B.B. King y Buddy Guy”.
Explica que el propósito era que los chavos, de ese tiempo, conocieran el género y sus músicos. “Y por eso no dejaban de pasar cosas chistosas, como en los primeros conciertos en el Auditorio Nacional, de repente se oía el grito allá en el fondo: `queremos rock´”.
Los festivales fueron un éxito inesperado. “Cuando estábamos terminado el primer festival, ya pensábamos en el segundo. Queríamos que tuviera continuidad”.
Con este seguimiento, indica, daría otra perspectiva. “El Festival del Blues en México arrancó dos años antes que el de Jazz de Montreal y otras tantos antes que el Chicago Blues Festival. Hoy son eventos muy importantes y de haber tenido continuidad el mexicano, ahora tendríamos uno de los eventos más reconocidos del mundo”.
Para Guillermo Briseño los festivales fueron una manera de abrir la música ante la prohibición del rock. “Teníamos a la mamá del rock en el país. Fueron gloriosos conciertos. Creo que asistí a la mayoría, y en uno de éstos alterné con Albert King. Algo importante para mi fuego interno”.












