¿Hasta dónde serías capaz de llegar para conseguir lo que quieres? La respuesta, planteada con la misma naturalidad en una oficina corporativa, en la arena institucional o en el ejercicio profesional diario, suele esconderse detrás de eufemismos pulidos que justifican el fin a costa de los medios. La ficción dramática adora llevar las tensiones morales al extremo. Un claro ejemplo es el fenómeno televisivo Vale todo , concebido en Brasil durante la crisis de 1988. Sus personajes encarnan una ambición cínica —el acto de hacer daño a sabiendas—, pero el dilema trasciende la pantalla. Esta obra marcó un hito en la televisión internacional gracias a su audaz crítica social sobre el éxito, el dinero y el poder. En el tejido real de nuestra sociedad, esa misma tensión entre mantener los principios éticos y el mandato implícito de sobresalir a toda costa atraviesa a organizaciones, instituciones públicas y la vida ciudadana. Se trata de un debate universal que hoy, avivado por nuevas versiones, sigue más vigente que nunca.
La trampa invisible del atajo Para entender por qué personas con trayectorias y principios intachables cruzan la raya, la economía conductual y los informes internacionales de conducta ofrecen respuestas incómodas que tiran por tierra el mito de que el transgresor es siempre un villano de caricatura. La investigación pionera de los economistas conductuales Dan Ariely (Universidad de Duke) y Nina Mazar demostró algo fascinante y perturbador: casi nadie roba de un golpe maestro. La mayoría hace trampa justo lo necesario para sacar ventaja, mientras se sigue viendo al espejo como una persona honesta. Nadie se acuesta siendo íntegro para amanecer corrupto; la integridad se diluye mediante un proceso que el psicólogo canadiense Albert Bandura —profesor emérito de la Universidad de Stanford y uno de los teóricos del aprendizaje más influyentes de la historia— llamó «desconexión moral»: un mecanismo mental para justificar la falta y mirar hacia otro lado. Esta distorsión se vuelve peligrosa cuando involucra el bienestar ajeno. En este punto, Ariely , en colaboración con investigadores de la Escuela de Negocios de Harvard, identificó la llamada «trampa altruista»: la convicción de que corromperse es legítimo si se hace al servicio de los demás. Este fenómeno opera con la misma fuerza en el ámbito privado que en el corporativo. El caso judicial Operation Varsity Blues en Estados Unidos lo confirmó al revelar cómo múltiples padres canalizaron sobornos millonarios. Bajo el clásico y complaciente pretexto de «lo hago por mis hijos» —esa coartada moral con la que tantos justifican cruzar la línea—, empresarios y celebridades pagaron fortunas para falsificar perfiles atléticos, editar fotografías y alterar exámenes de admisión, todo con tal de garantizar un asiento en universidades de élite. A escala institucional, los informes de la Asociación de Examinadores de Fraude Certificados (ACFE) muestran la misma conducta: la mayoría de las faltas internas no las cometen criminales profesionales, sino directivos comunes que racionalizan el engaño bajo la coartada de «salvar los empleos del equipo» o «proteger a su familia» . Como resume Donald Langevoort, profesor de Derecho Corporativo en la Universidad de Georgetown, el incentivo más potente para la corrupción no es el lucro personal, sino el autoengaño del altruismo. El costo de la factura El problema real surge cuando la pequeña transgresión se vuelve normalidad. Tener leyes y códigos firmes no sirve de nada si en la práctica se tolera al que rompe las reglas para entregar resultados a cualquier precio. El politólogo estadounidense Francis Fukuyama —doctor por Harvard y profesor en Stanford— demostró en su célebre libro Confianza (Trust) que la prosperidad de una nación depende de la fiabilidad mutua de su sociedad. Este capital social tarda décadas en construirse, pero la trampa generalizada lo derrumba en semanas. Ganar haciendo trampa funciona igual que pedir un mal crédito: el cobro no llega al día siguiente, pero la deuda se acumula en los sótanos de la reputación colectiva. Cuando esa factura vence —en forma de crisis sistémica o colapso institucional— ya es tarde para fingir sorpresa. Apostar al «vale todo» no es viveza ni pragmatismo audaz; es una miopía profunda que corroe la convivencia pública. ____ Nota del editor: Jeannina Valenzuela es comunicadora, productora y emprendedora. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora. Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión ]]>
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